Xavier Díez

Un paseo por Manhattan

Agosto de 2019. Habiéndose enterado de que estaba en Nueva York, el periodista y buen amigo Andreu Barnils me llamó para quedar con él y pasar un día juntos. Barnils, que pasa todos los veranos en la ciudad con su familia americana, conoce bien mis investigaciones sobre el movimiento libertario y mi curiosidad por todo lo relacionado con la historia del anarquismo. Por ello, me propuso visitar una de las principales librerías del Lower East Side de Manhattan, especializada en todo lo relacionado con el anarquismo.

Sin embargo, al empezar a pasearnos por los estantes, al hojear algunos de los libros expuestos, empezó a emerger un cierto sentimiento de decepción. En muy poco tiempo, el establecimiento, sin cambiar de nombre ni de carácter agitador, había cambiado radicalmente de orientación. Apenas unos pocos clásicos reeditados, algún volumen de Noam Chomsky —no precisamente los más interesantes— y poca cosa más. El resto, diría que entre el 80 y el 90% de la oferta, eran libros sobre gordofobia, orgullo LGTBIQ+ (juraría que me dejo alguna letra), crianza trans, islamofeminismo (defensa del velo incluida), antirracismo (básicamente, racismo anti blanco), pensamiento decolonial (más de medio siglo después de la descolonización), mucha sexualidad poco convencional, exaltación de las virtudes del veganismo y toneladas de páginas que, básicamente, versaban sobre lo que podríamos definir como ombliguismo.

O, si me permiten una versión menos coloquial, una especie de teología del yo: visiones periféricas del mundo, exaltación del victimismo y criminalización de la discreción, así como de la vida y apariencia convencionales. No se podía hallar nada de Bakunin, de Kropotkin, poco de Proudhon, mientras que en las zonas privilegiadas abundaban textos de Judith Butler, Kimberlé Crenshaw, Frantz Fanon, Ibram X. Kendi y otros que, en los últimos años, he ido conociendo y analizando. También mucho Marx —el más periférico, el de los papeles de juventud que él mismo repudió— y algo de Freud.

El auge del wokismo y la interseccionalidad

Como soy una persona curiosa, fue quizá la primera vez que empecé a familiarizarme con las teorías de la nueva izquierda. Todo aquello que ha quedado bajo la denominación, con ansias denigratorias, de wokismo —término surgido entre activistas afroamericanos hace casi un siglo— y que hoy acaba designando toda esta inmensa fragmentación de luchas particulares que dominan los espacios académicos y el activismo de izquierdas.

 Así, por ejemplo, empecé a introducirme en la teoría de la interseccionalidad, que básicamente consiste en establecer una interminable taxonomía de categorías a partir de la dialéctica discriminación/privilegio. Así, ser mujer puntúa más que ser hombre; ser racializada, todavía más; ser trans, musulmana, gorda o poseer cualquier otra característica da el “premio gordo” (sic). En cambio, apenas se habla de elementos como la cuestión de la clase social, la posición que ocupa un individuo en la producción o su acceso a los recursos materiales.

 El espacio que cada uno ocupa en la dinámica discriminación/privilegio implica que a las víctimas se les debe compensar, mientras que a los privilegiados se les debe desposeer. Esto podría sonar bien, pero en cuanto miramos la letra pequeña, supone, en la práctica, que la persona trans, gorda, vegana y racializada puede ser, por ejemplo, la CEO de una empresa tecnológica al más puro estilo Elon Musk, mientras que el hombre blanco, de mediana edad y heterosexual, en realidad sea un precario dependiente del Walmart (una versión aún más cutre del Mercadona, donde los sindicatos están prohibidos).

 ¿Qué sucede, entonces? Nada: en una relación fundamentada en el resentimiento acumulado secularmente, a la víctima se le debe premiar, y al opresor blanco, se le debe castigar. No se tienen en cuenta ni méritos ni deméritos, ni pensamientos ni acciones. No se valora en función del hacer o tener, sino del “ser”. En otras palabras, el retorno a una especie de determinismo feudal donde la responsabilidad está asociada a la condición, nunca a la acción.

Cultura de la cancelación y resentimiento

Una vez, un colega norteamericano, profesor jubilado de universidad, me explicó que esta técnica “interseccional” ha servido para deshacerse de competidores en los departamentos académicos. Componentes de la burguesía afroamericana echando a colegas suyos blancos y maduros, a base de crear un clima de intimidación en lo que se conoce como “cultura de la cancelación”.

 Graduadas en estudios de antropología cultural que, ocupando espacios estratégicos en las facultades, cierran departamentos de historia, de literatura, de filosofía, porque no son “suficientemente inclusivos”, o explican cosas (como la historia de la esclavitud, las obras de Shakespeare con la mentalidad del siglo XVII) que incomodan a algunos estudiantes. Se crea así una cultura del resentimiento y el miedo en la que la objetividad es siempre censurable, porque importan más los sentimientos que la realidad.

Decepción y desplazamiento del anarquismo

Como Barnils, salí algo decepcionado de la librería. Era el mismo espacio, probablemente una clientela similar, un ambiente contracultural equivalente, pero un concepto radicalmente diferente. Poco más tarde, empecé a preocuparme, puesto que esta tendencia de sustituir el anarquismo (u otras corrientes tradicionales de izquierda) por un conjunto de teorías… ¿cómo decirlo sin ofender a nadie?… ¿psicodélicas?, empezaba a trasladarse a Europa en menos tiempo del imaginado.

 Los mismos libros, los mismos autores, las mismas ideas fueron apropiándose del catálogo de las editoriales militantes, de las ferias del libro anarquista y de las librerías de vocación social de nuestro país. Y el proceso empezaba a ser similar, con actores parecidos, objetivos semejantes y una misma hostilidad hacia el viejo mundo. No solamente contra los hombres blancos heterosexuales de mediana edad, como es mi caso, sino respecto a otros señores blancos, heterosexuales de mediana edad como Bakunin, Trotski, Tolstoi, Proudhon, Mella, Montseny padre, Seguí o tantos otros nombres que pusieron las bases al discurso, en términos de Gian Pietro Berti, más genuinamente liberal de las ideas filosóficas.

Aproximación intelectual y marginalidad

Confieso que me aproximé al anarquismo, ya hace más de treinta años, desde una perspectiva intelectual. Efectivamente, el movimiento libertario siempre me ha resultado muy atrayente, básicamente por buena parte de sus postulados filosóficos, y por cómo eran capaces de dar respuesta a los desafíos políticos y sociales derivados de su tiempo.

 Pero, habiéndome educado de la manera más convencional posible, es decir, desde la universidad, a la salida de mi carrera de filosofía y letras era claramente consciente de mi más absoluta ignorancia sobre el tema. Normal, si tenemos en cuenta que las instituciones académicas en general, y unos profesores que tuve, de mayoritaria adscripción marxista en particular, no les interesaba explicar una de las más trascendentales escuelas filosóficas de la contemporaneidad, que generalmente rompía con el relato oficial y el oficioso.

Investigación y tesis doctoral

Así que no tuve más remedio que ponerme a estudiar por mi cuenta. Y, para ello, nada mejor que elaborar una tesis doctoral. Una tesis representa algo así como unos cuantos años de soledad. Estás con un tema complejo que debes desenredar, debes ser paciente, indagar, descubrir, impregnarte, no solamente de unas lecturas, sino de una atmósfera y una forma de pensar. Y, ciertamente, las teorías libertarias, a partir de sus continuidades filosóficas y propuestas políticas, son un marco necesario para poder analizar un tema en particular.

El anarquismo individualista y sus tensiones

Y curiosamente, me dediqué a investigar una corriente, en aquellos momentos poco conocida y coetáneamente considerada marginal, dentro del campo libertario. Se trataba del anarquismo individualista, un movimiento que precisamente abordaba cuestiones como las que podía hallar en aquella biblioteca del sur de Manhattan.

 Así, cuestiones como la libertad sexual, los conceptos plurales de feminismo, el eclecticismo filosófico, el amor libre, el vegetarianismo, el naturismo, el eugenismo y tantas otras cosas que, visto en perspectiva, actúan como precedentes de las corrientes culturales que dominan hoy la mayoría de las izquierdas.

 Era un discurso a contracorriente, fundamentado en la emancipación, no tanto de la sociedad en general como de los convencionalismos morales. Arrancando desde sociedades librepensadoras de finales del siglo XIX, el movimiento arraigó muy especialmente en Francia y en Estados Unidos durante el primer cuarto del siglo XX, y tuvo su reflejo especialmente en Cataluña y el País Valenciano.

 De hecho, la Revista Blanca de la familia Montseny fue una de las que informaron y dieron voz a estas tendencias. Sin embargo, desde la corriente principal —un anarcosindicalismo hegemónico a partir de la creación de la CNT— se emitieron bastantes críticas y hubo numerosas tensiones entre individualistas y sindicalistas. Unos acusaban a otros de ensimismarse con cuestiones accesorias a las luchas del proletariado, y otros acusaban a los unos de resultar excesivamente conservadores, incluso carcas.

Max Nettlau y la dispersión de tendencias

Fue, sin embargo, la lectura de la obra de Max Nettlau, historiador austriaco del movimiento libertario, considerado “el Herodoto de la anarquía”, quien me ofreció una crítica más sólida y coherente contra este espacio filosófico.

 Nettlau, precisamente un amigo muy querido de la familia Montseny, habitual invitado de la calle Escornalbou y colaborador habitual en La Revista Blanca, en su obra La anarquía a través de los tiempos, dedicó un interesante capítulo al anarquismo francés de principios del siglo XX en que advertía del peligro de esta corriente a partir del concepto “dispersión de tendencias”.

 Para este historiador, buena parte del declive del anarquismo en Francia, probablemente el país con mayor peso del movimiento durante el siglo XX tenía que ver con el abrazo respecto a estas tendencias. Y fue así como, a pesar de sus inicios en París, el anarcosindicalismo acabó perdiendo la batalla con el marxismo, y finalmente el comunismo acabó apropiándose de la CGT.

Contracultura, revolución sexual y alienación

En mi tesis ya expliqué la fortaleza e influencia de este conjunto de ideas, especialmente hasta la década de los años 30, las cuales fundamentaron la eclosión de la contracultura y los movimientos emancipadores respecto a cuestiones relacionadas con la revolución sexual que enraizaron fuertemente en Occidente a partir de mayo de 1968.

 En cierta manera, y no es una crítica, puesto que la liberación de las costumbres y la fuerza del individualismo consiguieron romper con determinadas rigideces morales tan opresivas como la sociedad de clases, todo este conjunto de ideas modeló claramente nuestra contemporaneidad, nuestra manera de pensar y actuar vigentes, en las que las libertades personales implicaban un mundo de menores ataduras personales y el dogmatismo reinante entre una parte substancial del movimiento obrero.

Todo progreso, sin embargo, suele poseer dos caras. La mayoría de la gente pudo tener un mayor control de sus vidas y vivirlas con mayor plenitud. Pero, a su vez, la plaga del individualismo, junto con una sociedad de consumo con gran capacidad de alienación, actuó como disolvente respecto a los lazos sociales y la comunidad.

Wokismo, alienación y pérdida de raíces

En esta era de wokismo, en la que la reivindicación de las minorías parece desplazar al interés común, estamos dando pasos hacia adelante, aunque no tenemos demasiado claro en qué dirección. O quizá sí: en dirección al ombligo de cada uno de nosotros.

 El individualismo es emancipador cuando se libera de determinadas rigideces y homogeneidades, aunque también puede ser opresor cuando nos convertimos en siervos de nuestros propios caprichos u obsesiones. Y, sobre todo, puede generar una peligrosa alienación. La alienación del yo respecto al “nosotros”. Peor aún: nos aliena respecto a un pasado compartido y a una tradición que es la que nos permite disponer de raíces con lo que nos hermana.

Reflexión final: entre la estética y la ética

Tengo la sensación, cada vez que acudo —cada vez menos— a actos relacionados con el movimiento libertario, de quedar fuera de lugar, de ser contemplado como un anacronismo al observar a jóvenes militantes seducidos más por una estética que por una ética genuinamente anarquista.

 Se ven muchas más banderas libertarias que hace tres décadas, cuando éramos media docena de historiadores dedicados a investigar el pasado anarquista. Me siento como un pulpo en un garaje al oír hablar a algunos militantes de la importancia de acabar con la opresión de las personas “de peso no normativo”, al denunciar la gordofobia como elemento fundamental de las opresiones contemporáneas, o considerar a los férreos partidarios del movimiento LGTBIQX+ como el elemento central de la existencia.

 ¡Como si tuviera alguna relevancia la condición física o las preferencias sexuales de cualquier persona!, cosa que, por lo menos para mí, no la tiene. Percibo, preocupado, cómo tantas personas enarbolan enfervorizadamente las banderas rojinegras, ante militantes que desconocen a Bakunin o Kropotkin, o que desautorizan a Proudhon por ser un heteropatriarcal opresor.

 Me molesta profundamente esta época de eslóganes vacíos sin análisis ni pensamiento. Creo que esto fue lo que le pasó por la cabeza a Federica Montseny cuando fue invitada, como ponente, a las jornadas libertarias de Montjuïc en 1977, cuando, efectivamente, había muchos jóvenes con muchas ganas de revolución, aunque sin tener ideas claras y demasiada confusión sobre lo que representaban aquellas banderas que inundaban aquel espacio tan lleno de esperanzas, posteriormente defraudadas.

Epílogo: responsabilidad con el pasado

En cierta manera, estamos viviendo una especie de Revolución Cultural maoísta, con su punto de histeria e irracionalidad dispuesta a romper con el pasado. Y es justo lo que los adversarios del socialismo emancipador anhelaban: sin raíces, cualquier disidencia es frágil y voluble.

 Los libertarios de hace un siglo eran capaces de construir un discurso sólido, de generar ideas fuertes a base de debates sustantivos. Creo que tenemos responsabilidad respecto al pasado, que es la mejor manera de ejercer responsabilidad ante el futuro.

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