Miguel Correas Aneas
Diez años después del Acuerdo de París la COP30 reunió en Belém (Brasil) a más de 56.000 participantes, incluidas las delegaciones de 194 países y cerca de 1.600 líderes indígenas. En la primera COP, celebrada a las puertas de la Amazonía (símbolo de biodiversidad, resiliencia y también de vulnerabilidad), las negociaciones se desarrollaron entre momentos de tensión, anuncios relevantes y renovado sentido de urgencia.
Lo que pasa en la selva amazónica no se queda en la Amazonía, ya que ello nos afecta a todos. Hay que tener en cuenta que nadie luchará con más interés por su conservación que los Pueblos Indígenas, es por ello que reconocer los derechos territoriales que ellos tienen sobre el territorio que habitan, desde miles de años, es de suma importancia para la Humanidad. La selva amazónica es fuente de vida. En sus frondosos bosques almacena millones de toneladas de carbono, regula las lluvias que riegan continentes enteros y en su seno cobija una de cada 10 especies que existen en la Tierra. Por fin la Ciencia ha confirmado lo que la historia ha demostrado: los Pueblos Indígenas son sus mejores guardianes. Pero, necesitan nuestro apoyo. Donde los Pueblos Indígenas ostentan sus derechos territoriales, la deforestación disminuye drásticamente y la natura prospera.

Dicho apoyo tendría que ir enfocado, entre otros muchos aspectos, en 4 líneas fundamentales: A) Impulsar victorias históricas para los derechos territoriales indígenas, con giros de incidencia política de representantes indígenas, estrategias legales creativas, movilizaciones ciudadanas y campañas de comunicación atrevidas. B) Apoyar a los guardianes de la selva. La comunidad se enfrenta a algunas de las industrias más ricas del planeta con medios escasos y recursos insuficientes. Nuestro apoyo puede ayudarles a viajar, organizarse y llevar su mensaje donde más tiene que oírse. C) Fortalecer la red de aliados indígenas en el Congreso brasileño para poder defender desde dentro sus derechos territoriales, el medio ambiente y la biodiversidad frente a intereses de los sectores minero, maderero y agropecuario. D) Restaurar partes críticas de la selva. Financiar proyectos de regeneración que devuelvan la vitalidad a la flora y a la fauna salvajes y enseñar al mundo que la restauración liderada por las comunidades indígenas funciona.
Otros aspectos a tener en cuenta. Bosque vivos:los Pueblos Indígenas custodian varios de los bosques más sanos del planeta. Reconocer sus derechos fundamentales y territoriales es una manera de permitirles usar su conocimiento ancestral para cuidar mejor los ecosistemas allí donde otros han fracasado. Menos tasas de deforestación: los territorios gestionados por los Pueblos Indígenas sufren hasta un 83% menos de deforestación. Sus bosques se recuperan hasta un 20% más rápido que en otras zonas. Freno a la minería y el extractivismo: allí donde los Pueblos Indígenas tienen derechos territoriales, se consiguen frenar los proyectos de minería y otras actividades extractivas nocivas para el planeta. como resultado se evita la contaminación de los ríos, los bosques se mantienen en buen estado y las personas y la naturaleza permanecen a salvo. Justicia que funciona: reconocer los derechos territoriales indígenas suele tener una forma más rápida, más justa y más eficaz de conservar los bosques que imponiendo decisiones desde arriba.
No todo fue negativo en la COP30, ya que la cumbre logró articular una estructura de acción más cercana a la realidad que en ediciones anteriores. Se podrían destacar entre los avances más importantes los siguientes: un portafolio de 117 planes de aceleración climática, elaborados a partir de más de 480 iniciativas ya existentes; seis ejes estratégicos y 30 objetivos claves, que buscan orientar la implementación real de las políticas climáticas; el compromiso de triplicar la financiación para adaptación antes de 2035, una señal relevante hacia uno de los pilares más relegados del Acuerdo de París y, finalmente, un refuerzo del enfoque de resiliencia, cooperación técnica y justicia climática, con reconocimiento explícito del papel de los pueblos indígenas y comunidades vulnerables. Estos avances no resuelven, por sí solos, los desafíos globales, pero sí consolidan una dirección política compartida: la acción climática deberá ser más práctica, más territorial y más basada en evidencias. El mensaje es claro: ya no basta con reducir emisiones, hace falta adaptar territorios, sistemas económicos y comunidades a un clima que ya está cambiando de forma irreversible.
La mayor sombra, en Belém, fue la incapacidad de consensuar una hoja de ruta global para eliminar progresivamente los combustibles fósiles. La presión diplomática y el creciente peso de los lobbies energéticos mantuvieron fuera del texto final una referencia explícita a su eliminación. La Ciencia, por su parte, advierte que, sin ese paso, los 1,5ºC serán inalcanzables. En términos de justicia climática, Belém reconoció el papel de los pueblos indígenas, pero la implementación de estos reconocimientos sigue siendo una asignatura pendiente.
