Salomé Moltó

En las cárceles de las grandes ciudades o pueblos había un “llavero”, es decir, un preso que durante el día guardaba las llaves de todas las celdas y a la hora señalada lo encerraban hasta el día siguiente.

El “llavero”, cuando olfateaba que había “saca”, pegaba un puñetazo en la puerta de la celda donde moraban los destinados al piquete de ejecución. Los mismos presos se amortajaban con el mejor traje que tenían y aceptaban su muerte sin dobleces ni lágrimas. Entre tantos había dos abuelos de Cervera del Maestre (Castellón), uno alto, bien fornido, el otro pequeño de talla, pero entero de corazón. Llamado el pequeño, salía con los demás y, al subir al camión, le decían con

sonrisa, “usted no suba, nos hemos equivocado, otra vez será”. Así hasta tres veces, para prolongar su sufrimiento y reírse a su costa. Jugaban con la muerte del anciano campesino, que no tuvo otro delito que alcanzar la categoría de republicano.

Entre tanto, las fuerzas laboriosas se iban organizando. Grupos clandestinos funcionaban más o menos bien en las ciudades y pueblos grandes. Hubo Federación Local de grupos, Federación Comarcal, Comités Regionales y, finalmente, se constituyó el Comité Nacional de la CNT.

Cada grupo se bautizaba con el nombre que quería, a gusto de sus integrantes. Por cierto, no muy numerosos para mejor conocerse y evitar los intrusos, lo que con todo no impidió algunas infiltraciones.

En Valencia, durante los años de clandestinidad, funcionaron elementos y grupos de casi todas las regiones españolas: la Agrupación del Centro, la Agrupación de Aragón y el Grupo Sur de Andalucía. El último, a pesar de la distancia, mantenía estrecha relación con los compañeros andaluces. Cuando algún ave de paso se arrimaba a través de un conocido se pedían informes sobre el individuo. Pronto se tenía la respuesta, fuese negativa o favorable.

El Grupo Sur colaboraba en toda acción contra el régimen franquista que encadenaba a todo el país, desde los Pirineos a Cádiz, y desde el Mediterráneo a Portugal.

De noche se ponían pegatinas en los lugares más frecuentados por los trabajadores: mercados, bares, campos de fútbol, etc. También se tiraban manifiestos subversivos contra la falange y el régimen totalitario. Y, como es natural, se publicaban en pequeño tamaño algunos periódicos, voceros de la CNT. En Madrid se publicaba el periódico “CNT”, en Valencia “Fragua Social” (con imprenta propia), en Barcelona “Solidaridad Obrera”. La “Soli”, tan querida de los productores.

Los grupos se reunían y discutían en un mar de dificultades, cambiando de sitio cuantas veces fuese necesario. El Grupo Sur se reunió muchas veces en la Cañada, lugar poblado de chalés de familias acomodadas o burguesas.

Otro lugar que ocupó algún grupo era un bar de lujo. Alrededor de una mesa como conversando amigablemente, si algún “moscardón” se arrimaba, se cambiaba de conversación y se hablaba de fútbol con cierto aire de suficiencia o de bien enterados. También se reunieron algunos grupos mientras disfrutaban del partido de fútbol de algunos aficionados. Se pasa más inadvertido en lugares visibles que en barrios obreros.

Hubo un militante del Grupo Sur que hizo “amistad” con los carabineros que guardaban el puerto de Valencia. Los carabineros, salvo excepciones, siempre fueron adeptos a la República. Al confundirlos y fundirlos Franco con la Guardia Civil, en el alma de estos veteranos carabineros gravitaba más el republicanismo que la llamada benemérita y muchos de ellos optaron por licenciarse. Otros se adaptaron al tricornio. El caso es que el compañero comprometido repartía más de treinta ejemplares de los periódicos aludidos a los carabineros de ayer y guardias civiles de hoy.

Los años han pasado deprisa y corriendo. Ya son pocos los supervivientes que quedan, pero el bagaje de experiencia, de literatura y de solidaridad que nos dejan a las nuevas generaciones es meritorio.

Huelga decir que, entre los muchos y convencidos militantes, había también mujeres comprometidas en la lucha antifascista, activas tanto en el plano conspirativo como en el plano literario. No damos nombres: repartir elogios a unas (merecidos), olvidando a las demás, sería injusto. En conjunto sirvieron a la misma causa, al antifascismo activo. Visitaban las cárceles, sacaban información veraz de los lugares de trabajo. Algunas se arriesgaron, si estaban empleadas en altos despachos, sacando papel timbrado o el cuño de la empresa. Todo lo que fuese documentación o información servía para la causa general antifascista.

A trancas y barrancas pudimos llegar al cambio condicionado democrático y a nuevas elecciones. Con todo atado y bien atado, como dijo el tirano español, que murió, sin merecerlo, en la cama, sostenido por obispos y cardenales.

Lagrimeó el jefe del gobierno Arias Navarro anunciando la muerte de su protector y amigo Francisco Franco.

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