Encarnación Juliá García

Quienes vivieron en aquel tiempo de guerra y revolución se van muriendo. Los que les siguen en edad nos transmiten el recuerdo de la quema de iglesias, destrucción de imágenes religiosas, y de los archivos. Sí. Suele surgir esta referencia cuando se pregunta por los archivos. A la pregunta de “por qué”, no se responde con precisión, pero sí hay contestación al “quiénes”: “Los más salvajes, los más radicales, tomaron el control”. Y no queda en la memoria de los pueblos mayor conocimiento de estos supuestos “salvajes”, de qué fin perseguían con sus actos, y si alguna vez llegaron a hacer otra cosa, más allá de la destrucción.

Cuando escuchamos o leemos en las noticias la explicación de los expertos académicos acerca del auge de la extrema derecha en la actualidad, ellos ofrecen un esquema multicausal. Más que de multiplicidad de causas, se trata de dimensiones del mismo fenómeno. Al no poner en cuestión al sistema, queda oculta la causa real, que es el propio sistema: el capitalismo sin frenos sociales, se quita la careta humanitaria y vuelve al núcleo supremacista de la ideología liberal: el darwinismo social. Ya no necesita tanto del parlamentarismo y va haciéndose más autoritario, saltándose los límites de la democracia formal. Este pensamiento de la élite impregna a los sometidos por la propaganda, “polarizando” a la sociedad, al introducir unos valores regresivos y antidemocráticos que impiden el diálogo social y provocan miedo a disentir. Y dividiendo en el interior de la clase trabajadora, es decir, enfrentando y dividiendo al pueblo y a los pueblos. Para eso, se criminaliza a la población más vulnerable, supuestamente prescindible o excedente, divergente, o peligrosa para el sistema, y se señala a esta población como chivo expiatorio de la orgía de sangre que es la onda expansiva de este capitalismo maduro y decadente, lanzado a la empresa de conquista de más territorios, a los que destruir, luego reconstruir según sus intereses, y explotar…

Durante décadas, la izquierda ha hecho crítica de este “capitalismo sin frenos”, pero la solución que ofrece no solamente forma parte del problema, es que es el problema, en tanto recaemos en la retórica “mercado versus estado”, y reforzamos con ello la pasividad popular, que es la parte causal del auge fascista que menos se estudia. Porque hacerlo supondría dejar al descubierto que esta “democracia” es una farsa. Primero, en cuanto el pueblo delega su soberanía en profesionales y a partir de que elige gobierno, queda apartado del proceso de toma de decisiones. Segundo, porque no hay partido político ni gobierno que no sea financiado por el Capital y no sea su servidor. Y no podemos conformarnos con migajas de la socialdemocracia, porque al hacerlo ponemos las bases para la desmovilización, y la destrucción de nuestros vínculos sociales, nuestras comunidades, y nuestras organizaciones, dejando el terreno libre para el fascismo del futuro. Es la razón por la que quien es capaz de ver esto, se abstiene de votar en este sistema. Y cuando los analistas de izquierda señalan la ausencia de propuestas o soluciones desde ese lado del parlamentarismo, hay que entender que los que se giran hacia la ultraderecha, porque incluso las terceras fuerzas políticas como Podemos les defraudaron, ya que nunca les procuraron la vivienda, el empleo, y las otras claves económicas para no ser precariado o tener una estabilidad y una paz, no tienen en esas mejoras su solución. Las demandas de este “precariado”, por supuesto, nunca serán satisfechas, y menos por parte de partidos que esperan llegar al poder para meterle motosierra al gasto social, y que, por otra parte, son grandes negacionistas de la crisis climática, de la desigualdad global y de los genocidios, de la violencia de género, y de las pandemias… Pero, además, hay que reconocer en esas demandas, necesidades moldeadas por el sistema, de un materialismo burdo, que no afecta a la estructura básica de clases, que sigue siendo la de los que poseen los medios de producción y los que se ven obligados a trabajar para ellos (o sea, Trabajo y Capital). Por mucho que los trabajadores se quieran hacer la ilusión de ser “clase media” por tener más capacidad adquisitiva, ya que la clase media vive de las rentas de su propiedad, y no del trabajo.

Para los expertos académicos, la lección para los partidos de izquierda es la de “¡es la economía, estúpidos!”. No es el materialismo del socialismo revolucionario, que comprende al ser humano como parte de la naturaleza y busca integrarse en esta economía natural, replanteando las relaciones de producción y de convivencia con el entorno, ya no solo el cómo se reparte el producto, sino cómo se trabaja, con qué tecnología, con qué esquema de división social de funciones, tratando de eliminar la contradicción campo-ciudad… Y así, se olvidan estos expertos de que el motor del cambio social es la lucha de clases, o entre estratos superiores e inferiores de la pirámide social. Olvidando también la insatisfacción por los vacíos que la sociedad de consumo origina, y que en mayo del 68 llevó a una revolución cultural por la crítica al autoritarismo de las instituciones, onda liberadora que transformó la mentalidad social. En España la lucha democrática va perdiendo fuerza en los noventa, al igual que el movimiento obrero retrocede, conforme avanza la derecha, y aumenta la precariedad a todos los niveles: en el plano estrictamente económico, en lo laboral, y también en la calidad de vida y en el tejido social que se va destruyendo y se destruiría igualmente, aunque la capacidad adquisitiva estuviera en ascenso. Hay fuentes de malestar que la ultraderecha está aprovechando pero que jamás podrá solucionar, ni tampoco la izquierda estatal. La cuestión no es de alternancia, sino de Alternativa. Y ningún partido lo es. Ninguno es antisistema. Y menos los fascistas.

Si la población se ha hecho pasiva, tiene que haber una fuerza que le saque de su pasividad, que rompa el círculo vicioso que es la minoría de edad política del pueblo. Debe tener a dónde recurrir cuando la democracia parlamentaria y los partidos progresistas le traicionan. Aquí, en la generación de alternativa, es donde tendrá que hablar quien sepa la verdad acerca de aquellos supuestos “salvajes” que amenazaban a la civilización de la espada y la cruz, pero también, a la del imperio del dinero. Y explicarles a nuestros jóvenes qué es la autogestión y el asamblearismo en el ideal de una sociedad sin jerarquías, la Anarquía, y cuál es la diferencia, desmontando los discursos falsos. Esto de forma transversal, dentro y fuera de las organizaciones, dentro y fuera de los espacios de afinidad. Tal vez no sea demasiado tarde y podamos ayudarles a salir de la “fachosfera”, confiando en la fuerza de lo real frente a lo virtual, dominado por los que tienen el poder y el capital, aunque se pueda luchar también en su terreno sin bajarnos a su nivel. Es difícil ganarles en visibilidad mediática y virtual. Así, vemos que las manifestaciones de decenas de miles de personas en contra del genocidio en Gaza, la tercera huelga general en Italia por el mismo motivo, la rebelión cívica en Marruecos, ya ahogada con represión y patriotismo (el plan sobre el Sáhara, ayudado por Estados Unidos y el Consejo de Seguridad de la ONU)… son hechos que han quedado invisibilizados en los media, frente a, por ejemplo, la gira universitaria del agitador fascista V. Quiles, hecho que desde luego, no deja de ser grave.

Es David contra Goliat. De nuestra parte tenemos la verdad, que no es poco, y la superioridad del ser humano sobre la máquina, que no da calor ni tiene sentimientos, ni el ejemplo de una vida de dignidad y de sentido que nos ofrecen esos supuestos “salvajes”, los de antes y los de ahora.  ¡Va por ellos! ¡Mucha salud!

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