Pedro Ibarra
El coleccionista de trabajos precarios
Este depauperado ser es el penúltimo escalón que hay bajando desde arriba, pues el último es el mendigo. Su signo será el tener que coleccionar siempre el apoyo moral de sus familiares y amigos (junto con la ayuda económica), que tanto es deseada por su estado semi agónico. Es su vida laboral igual que la de antaño ejercida por los “saltimbanquis”, haciendo tres trabajos diferentes por jornada, y en tres empresas diferentes, sin más cosas seguras que la luna y el sol. Su vida dependerá de tres letras E.T.T, y la multiplicidad de sus empleos servirán para hinchar las estadísticas de puestos de trabajo, que tanto favorecen propagandísticamente a los gobiernos de turno, siendo el mismo infeliz que lo han clonado mil veces por año. A lo largo de su carrera profesional (y nunca mejor dicho lo de carrera) ejercerá mil y un oficios, pero no dominará ninguno. Será un cliente habitual en las Mutuas de Accidentes Laborables y en los Campos Santos, por ser su trabajo precario y su destino igual. Adolecerán también de calidad los productos por él confeccionados por estar contaminados por esa precariedad. Precaria será la relación con su familia y amistades, su vida se verá llena de muros inaccesibles, en cuyas paredes hay un grafitti que dice: “Ama las E.T.T.s como a ti mismo”. Cabeza baja y cuerpo encogido, extenderá la mano igual que el mendigo para recoger las monedas de sus familiares solidarios, y las que resten después de los “filtros cristianos” de las E.T.T.s , verdaderas Santa Teresas de Calcuta.
El coleccionista de deudas
Fervoroso creyente que arrastra y soporta el peso de las deudas contraídas y su cruz. Persona retraída, introvertida y silenciosa que raramente se la puede ver pasear, y si alguna vez se le ve, será después de colocarse en su hombro derecho un espacioso retrovisor personal con el fin de ver venir a sus fans deudores con anticipación. Este encogido individuo se auto exculpará de su debilidad coleccionadora de deudas al saber que no hay en todo el mundo una nación, pequeña o grande, que no tenga serias y extensas deudas contraídas. No hay Estado que no esté endeudado por miles de millones. Además, no hay municipio en toda la piel de toro que no tenga agujeros negros, ni gobierno, ni partido político que no tenga más trampas que un trampero. Y no digamos del Tercer Mundo, donde las deudas perforan los suelos, donde se envían, por parte de las “Naciones Pudrientes”, de ingentes cantidades de desechos industriales y urbanos para que sean reciclados por las masas populares en su provecho. Sólo así podrán amortizar los intereses a los propietarios de las Escrituras.
El coleccionista de multas urbanas
Motorizado individuo pretendiente a obtener un empleo vitalicio en la Papelara Española S.A. Su pertinaz obsesión por querer ser un empleado más en esta empresa hace que meticulosamente agregue en cada solicitud de trabajo una cantidad indeterminada de multas sin pagar, dando fe con ello de su gran destreza en el manejo de los papeles» Otra de las peculiaridades de esta persona es que en su hogar no tienen necesidad de adquirir papel higiénico, pues entre las multas y los listines de teléfonos cubren holgadamente sus necesidades oculares.
El coleccionista de obreros
Singular componente de nuestra sociedad cuyo espécimen se remonta, en sus orígenes, a los primeros humanos que aprendieron a ordeñar económicamente a sus semejantes. Portentoso individuo especializado en el difícil arte de las matemáticas, experto en las restas y cínico usuario de la expresión: “y me llevo…?”.
Fiel cumplidor de toda Ley y Decreto Laboral siempre y cuando no perjudique sus honestos intereses. Respetuoso con las Leyes, principalmente por haber tomado parte en la confección de las mismas. Presto a cualquier obra social, despidos, reducciones salariales, expulsiones de obreros caros, sustituyéndolos por baratos, o bien, licenciando a los venerables ancianos trabajadores que hayan cumplido la extremada edad de cincuenta años. Personaje paradójico y sorprendente que, por robar los beneficios que genera el sudor de sus empleados, no puede ser denunciado en ninguna comisaría, a no ser que quiera provocar un ataque de risa al señor comisario. Fervoroso creyente, fiel cumplidor de todos los perceptos de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y asiduo aportador de las cantarinas monedas en el cepillo de la misa.
