Patricio Barquín Castañ (La Sindical de Fraga)
Mientras 1911 transcurría parsimonioso, Franz Boas explicó cómo el pueblo inuit tenía cuatro formas de nombrar a la nieve en función del lugar y estado en que se encontraba esta. Así, según el antropólogo alemán, se designaba con un nombre diferente si la nieve estaba a la deriva, en el suelo, arrastrada por el viento o simplemente cayendo. Este tramo de la investigación, que pudiera parecer bastante anodino, acabó convirtiéndose en un mito conforme pasaba el tiempo y se iba replicando el relato apócrifo del estudio por parte de medios de comunicación que acabaron transformando esta descripción del antropólogo en “más de cincuenta formas de nombrar la nieve” o “entre cien y doscientas formas de nombrar la nieve”. Y una cuestión para nada extraordinaria y tan habitual en infinidad de lenguas (pensemos en las formas de designar el agua en nuestra lengua: lluvia, charco, ola, etc) acabó convirtiendo al pueblo inuit en una suerte de semidioses capaces de detectar una infinidad de tonalidades de blanco vetadas para el común de los mortales.
En nuestra cultura contamos con un gran poder blanqueante, mucho más blanqueante que las dichosas bolitas oxiaxion, esas o como narices se llamen, eso sí, sin matices. Se trata de la maravillosa cultura pop y sirve prácticamente para todo desde la diversión sin contenido hasta la publicidad y la propaganda. Así es como se consiguió transformar lo que debiera ser un ejercicio de memoria histórica, en una efeméride que llega tarde y mal. Es posible que el tiempo transcurrido no ayude en la ardua tarea de recuperar el tiempo perdido, pese a que tampoco se pone mucho empeño en explicar cómo realmente funcionaba la dictadura de aquel señor bajito de voz aflautada y ausencia de humanidad.

No seré yo quien le enmiende la papeleta al gobierno más progresista de la historia de este país. Total, yo sólo soy un don nadie, una pobre persona del mundo rural que por no tener no tiene ni aspiraciones de ascenso social. Y sin embargo me gustaría profundizar un poco más en el tipo de desastre que supuso padecer una dictadura fascista en nuestro país. Sí, digo fascista porque es lo que fue, porque es el sistema fascista que más se prolongó y por tanto el que sufrió una evolución lógica desde el punto de vista económico, pasando de la pesadilla autárquica a abrazar el liberalismo imperante.
Digo dictadura fascista pese a que los que andan blanqueando la dictadura afirmen que aquello no era fascismo sino franquismo. Claro, en realidad la mayor parte de las ideologías, especialmente las totalitarias, tienen esa característica de matizarse según el líder que lleva a cabo el sueño sanguinario. Así, tenemos, por ejemplo: franquismo, leninismo, estalinismo, castrismo, maoísmo, etc. Todos ellos parten de unas ideologías que acaban adaptando a su forma de gobernar, a las circunstancias históricas y, por encima de todo, a su afán por mantenerse en el poder.
Y ¿qué supusieron estas dos etapas de la dictadura para las pobres gentes que las sufrieron? Pues en un primer momento la gran miseria y hambruna por el empeño del dictador de autoabastecer al país con lo que este producía. Como idea puede parecer una buena cosa, sobre todo en estos tiempos de reivindicación de soberanía alimentaria, pero el régimen no pensaba en producir para repartir equitativamente y que el pueblo, ¡ay, siempre el pueblo!, pudiera alimentarse. Además de este supuesto falso deseo incumplido, la dictadura se caracterizó por la certeza de dedicarse al saqueo, el acaparamiento y a la corrupción generalizada y normalizada, que era parte intrínseca e indisociable del propio régimen. La imposición de cartillas de racionamiento, con raciones que no cubrían las necesidades calóricas de ningún ser humano, amparados en las consecuencias de la guerra, siempre fue una coartada difícil de mantener y más cuando no se recuperó la renta per cápita de 1935 hasta 1953.
A modo de ejemplo me gustaría relatar una anécdota que me explicaba un familiar muy mayor que vivía en el campo y del campo con su amplia familia que producían, como lo habían hecho siempre, para autoabastecerse y obtener una parte de excedentes para vender y adquirir, con ese poco dinero, aquello que no podían cultivar o elaborar. Pues bien, el hombre me explicaba como al acabar la guerra (y esto se prolongó en el tiempo), tenían que esconder el aceite, el grano y otros productos en agujeros que excavaban para evitar que los fascistas vinieran a requisárselos. Y a mí, todo esto me recordó la gran hambruna de Holodomor durante el gobierno de Stalin. Distintos lugares, distintas fechas, dictaduras aparentemente opuestas, pero con un menosprecio común al campesinado.
Más adelante, cuando se vieron obligados a convencerse de que eso de la autarquía no era una buena idea, si querían seguir enriqueciéndose, gracias a la llamada del tío Sam a la puerta de los negocios, entraron en modo desarrollismo y apertura. Aquí empezó el saqueo definitivo al mundo rural. Parece que el señor bajito de voz aflautada compartía un odio exacerbado por el campesinado, tal y como le ocurriera a un Lenin horrorizado de que un país agrícola se hubiera saltado las etapas para el advenimiento de la revolución comunista según las estableció Marx.
El fin del mundo rural, aquello que ahora se etiqueta como España vaciada por los más realistas y como España vacía por los más cercanos a la cultura pop, resulta ser una consecuencia de la dictadura. Cuando prácticamente se obliga a la migración hacia las ciudades a un campo asfixiado por la hambruna y la miseria. La creación de grandes cinturones industriales y la fuerte demanda de mano de obra resultarían ser el polo de atracción para una clase campesina que se vio obligada a escapar de los pueblos y que tuvo que construirse sus propias viviendas en forma de chabolas. Bienvenidos al llamado despectivamente chabolismo, como si este formara parte de alguna clase de cultura.
Estos barrios de chabolas supusieron espacios de apoyo mutuo y vida comunitaria, pero también la miseria y la explotación laboral prolongada en el tiempo que llevó al embrutecimiento y al nihilismo. Todo ello acompañado de una criminalización de la pobreza y de la vida comunitaria. Ya sabes, la alegría del pobre infunde pánico en la burguesía.
Después de años de miseria en los barrios, las ocurrencias de la dictadura contribuyeron a transformar esas chabolas horizontales en chabolas verticales (los famosos pisos que construyó Franco. Como si hubiera estado allí con el pañuelo de cuatro nudos en la cabeza, trasegando hormigón). Avisos de desalojo inmediato para traslado a unos grupos de edificios infames, con las infraestructuras a medio acabar o directamente sin ninguna intención de acabarlas, dieron el empujón que le faltaba a toda aquella situación para devenir en un absoluto desastre social.
En definitiva, la dictadura que ahora tanto adoran los imbéciles no es como se la han contado ni como se la imaginan. Esa dictadura es la que nos ha llevado de la mano a la desastrosa situación que tenemos, básicamente porque jamás se ha roto con ella. Porque las formas mal llamadas pactistas no han servido más que para blanquearle el culo a Franco, tal y como lo hiciera la funesta Carmen Polo. Porque el culo de Franco no se blanquea solamente con Ariel, se hace por sustitución de la memoria histórica por la memoria histérica, esa memoria en la no sirven de nada los datos. sino que se transita por un mundo de fantasía en el que se imaginan cosas que jamás sucedieron.
La transformación del fascista Franco en un icono pop protagonista de memes que deberían horrorizar a cualquiera, pero que, por ese poder del popart, ha conseguido calar más hondo que el bote de sopa aquel del Warhol de las narices. La visión anodina, casi desganada con la que los diferentes gobiernos han hecho las aproximaciones a la dictadura, como si de cumplir con la papeleta se tratara, se parecen más a un concierto de Viva Suecia que a un verdadero intento de reparación y recuperación del tiempo perdido.
Es cierto que, en el camino, me he dejado el desastre de la turistificación, pero es un tema que merece más profundidad. También que en ningún momento he hablado de todas las muertes causadas directa e indirectamente por la dictadura, ni de los sueños rotos, ni de los sueños que no pudieron ser soñados, pero es que prefiero hablar de las ideas que defendían todas esas personas que se dejaron la vida por construir un mundo mejor en el que la vida valga la pena realmente ser vivida y creo que merecen un capítulo aparte.
Salud y amor fraterno.
