Bruno Servet
A raíz de una entrevista realizada en la cadena de televisión pública TVE1, en su programa nocturno 24 horas, al teólogo español Juan José Tamayo Acosta, que es el actual Secretario General de la Asociación Teológica Juan XXIII, compuesta íntegramente por teólogas y teólogos cristianos, me interesé por su último libro Cristianismo radical, editado por la editorial Trotta. La verdad es que su pausada lectura no me ha defraudado, ya que su contenido va más allá de lo que se puede esperar de un teólogo cristiano, en él se recoge su compromiso intelectual y vital, que ya lo quisieran para sí muchísimos de los políticos y políticas que se autoproclaman de izquierdas. En su lectura se tiene que tener muy presente que él es creyente practicante y que cree en la existencia de Dios y en la de su hijo Jesús de Nazaret.
Su postura tiene como base la Teología de la liberación, que tanto arraigo tuvo en los países del Sur de América. Basta con echar un vistazo a los principios que rigen dicha Asociación para entender mejor lo que se expresa de manera rotunda en las 222 páginas del libro. Escribe, sin tapujos, sobre la Jerarquía eclesiástica y su alianza con el poder político y económico, por lo tanto, no es de extrañar que la Curia Vaticana se oponga a sus tesis, ya que pone el dedo en la llaga que tiene abierta la ICAR con relación a toda disidencia ideológica.

Los principios básicos de dicha asociación, que hacen que no sea muy querida por las instancias oficiales de la jerarquía vaticana, son los siguientes: A) Promoción de la Teología, su investigación y divulgación en el espíritu de libertad, diálogo y compromiso, iniciado con el Concilio Vaticano II. B) Conjugar el rigor teórico con la inserción vital en las comunidades y los movimientos eclesiales; en diálogo con la cultura contemporánea y los logros de la modernidad. C) Propósito de comisión con la Comunidad cristiana asumiendo responsablemente el uso de la libertad en la búsqueda de la verdad. D) Opción preferencial por los pobres como marco básico y lugar epistemológico de la reflexión teológica. E) Contribuir a la renovación evangélica de las iglesias, vinculando sus esfuerzos con los grupos y sectores cristianos comprometidos en este esfuerzo, especialmente cuando los márgenes de libertad de enseñanza o de publicaciones se vean amenazados. F) Establecer lazos de colaboración y ayuda efectiva – incluso económica- con grupos de Iberoamérica, Asia y África. G) Fomentar la solidaridad fraterna entre sus miembros, con prioridad en lo referente al desarrollo de la investigación y docencia teológica.
No nos tiene que extrañar que con esos elementos constitutivos de su ideario, los poderes eclesiales que mandan en la ICAR no vean con buenos ojos esa autonomía de pensamiento que está en la base de la mencionada asociación. Tener como guía el movimiento religioso, que se decanta abiertamente por la llamada Teoría de la Liberación, es como mínimo sospechosa de estar en una línea, casi herética, para la dogmática curia vaticana. Poner al descubierto la estrecha relación de la ICAR con el poder político y económico, y la aceptación del neoliberalismo actual, como un modelo de sociedad, sin posibilidad de cambio radical es una claudicación de los intereses que el cristianismo actual tiene en su propio beneficio. Frente a dicho estado de cosas, el teólogo palentino y la asociación proponen un cambio radical, que se expresa a lo largo de todo el libro.
La crítica de la alianza entre altar y trono a lo largo de sus casi dos mil años de existencia, y la permanente apuesta del cristianismo por los ricos y en contra de los marginados de la sociedad, a escala planetaria, ha llevado a que la Iglesia haya perdido a extensas capas sociales. En el siglo XIX (sigo al autor del libro), el cristianismo perdió a la clase obrera porque se puso, de manera vergonzante, del lado de los patronos que la explotaban y condenó las revoluciones sociales que luchaban por una sociedad más justa, igualitaria y solidaria. Por lo tanto, la clase trabajadora le dio la espalda al cristianismo, ya que se sintió traicionada al alejarse la ICAR del mensaje igualitario y solidario de su fundador, mensaje que estaba en sintonía con las reivindicaciones de las condiciones de vida y trabajo de las masas proletarias.
En el siglo XX la Iglesia católica perdió a los jóvenes y a los intelectuales por sus posiciones filosóficas y culturales integristas, alejadas de los nuevos climas de la modernidad. Si continúa por la senda patriarcal y anti-LGTIQ+ por la que ahora camina, en el siglo XXI perderá a las mujeres, hasta ahora sus mejores y más fieles seguidoras, ya que la Iglesia vaticana es uno de los últimos bastiones del patriarcado, además de practicar en su seno la discriminación femenina, apelando incluso a la voluntad de Dios y a Jesús de Nazaret, a quienes convierten en contrarios a los derechos de las mujeres. Perderá a las personas LGTBI+ por su tozuda defensa de la heteronormatividad y de la binariedad sexual, así como la condena del matrimonio igualitario, de la homosexualidad, bisexualidad, transexualidad, de las personas queer, etc. La ICAR excluye a las personas LGTBI+ de la comunidad cristiana por una infundada incompatibilidad contraria a la universalidad del amor, que constituye el corazón del cristianismo, y no del odio al diferente. Según Tamayo, la incompatibilidad radical entre cristianismo y LGBTI+ viene generado por el magisterio eclesiástico y es una construcción ideológica que carece de base, tanto en el plano de la antropología como de la fe cristina, ya que no existe una ética cristiana respecto a la homosexualidad, y esto es aplicable a las mencionadas personas con diferencias en su práctica sexual. No hay criterios específicamente cristianos para juzgarlas y menos para calificarlas de pecadoras. Sexualidad y LGTBI+ siguen siendo asignaturas pendientes en el cristianismo, y de manera especial en sectores de la ICAR, que en 20 siglos de historia no ha podido o no ha querido aprobar. El autor se dirige a los confesores, pidiéndoles que se lean un poema del poeta, periodista y escritor uruguayo, Eduardo Galeno:
Dice la Iglesia: el cuerpo es pecado.
Dice la ciencia: el cuerpo es una máquina.
Dice la publicidad: el cuerpo es un negocio.
Dice el cuerpo: Yo soy una fiesta.
El día que los jerarcas eclesiásticos, el clero, los confesores, los predicadores y los diversos “padres espirituales” dejen de considerar al cuerpo como obstáculo para la salvación y vivan su propio cuerpo como una fiesta, habrán dado un paso muy importante en el camino hacia la felicidad de los seres humanos. El día que todos ellos respeten la pluralidad de identidades sexuales y de género, y descubran que la práctica sexual, en su modalidad LGTBI+, vivida de manera liberadora y no opresiva, es una fiesta, y que no las incluya en el libro de los pecados, mortales o veniales, habrá comenzado una nueva era, y la liberación del ser humano habrá dado un salto cualitativo. Mientras lo consideren pecado, al cuerpo, hasta Dios se dará de baja de las religiones, así como muchos seguidores y seguidoras, las primeras, sin duda, las mujeres y las personas LGTBI+. Sin la clase trabajadora, sin la juventud, sin los intelectuales, sin las mujeres, y sin las personas LGBTI+, el cristianismo podría convertirse en un desierto, dice el autor de este libro, el cual con el paso del tiempo llegará a ser un verdadero referente dentro del mundo del ámbito religioso, más allá del cristianismo. Por lo antes descrito, el cristianismo no podrá echar la culpa a nadie de su fracaso, ya que él mismo se habrá hecho el famoso harakiri, dice Tamayo, y afirma que, para que eso no suceda, es necesario que la ICAR pase de una Iglesia excluyente a una Iglesia inclusiva de las diferentes identidades sexuales, etnias, culturas, espiritualidades. Pero el libro contiene reflexiones y propuestas que merecen la pena mencionarlas, porque su valor va más allá de lo puramente religioso, católico o no. Pienso que esta joya de la disidencia católica merece una segunda entrega, y es mi intención llevarla a cabo en el siguiente número de nuestra veterana revista.
