Patricio Barquín Castañ (La Sindical. Fraga)

Desde que empezó el verano que el sudor se ha deslizado por mi pecho como un torrente desbocado, descendiendo con la virulencia de un ángel exterminador con una misión destructora; erosionando el pellejo que recubre las costillas, confluyendo en el nacimiento del esternón que, sobrepasado, ha mostrado su desnudez al mundo; su estar exhibido, expuesto, olvidando por completo que forma parte de lo oculto, de aquello que no debe ser mostrado, como mi corazón que, rotas las carnes con tanta torrentera, ha quedado en exposición pública para que todo aquel que lo desee pueda mancillarlo sin remordimiento.

No, no ha sido el calor sofocante lo que ha provocado la aparición del efímero río transpiratorio. Hubiera preferido mil veces que fueran las altas temperaturas las causantes de mi desazón exudante, pero lo que realmente me ha destrozado ha sido el comprobar, una vez más, que las peores predicciones de Antonio Turiel se están cumpliendo. Lejos quedan los viejos profetas, aquellos a los que daba gusto serrar por la mitad, apedrearlos o lanzarlos por un precipicio. Ahora, todo resulta más trágico porque las predicciones se cumplen irremisiblemente y los profetas no son arrogantes enviados de Dios, más bien ruegan a los dioses porque esta vez estén equivocados y todo sea una terrible pesadilla.

Los incendios, la predicción de cada vez más y mayores incendios devorando bosques, convirtiendo la naturaleza en un gran tizón descorazonador. Sí, ya sé, conozco lo que se cuenta. Sé que en un año vuelve a brotar tímidamente la vida allá donde el fuego lo arrasó todo, pero esta vez no basta, no hay tiempo para recuperarse de la destrucción que se ha desatado.

El monte ardiendo y el electoralismo tratando de sacar rendimiento político. Las empresas afilando sus pestilentes colmillos viendo lo que cínicamente llaman oportunidad de mercado para recalificar, repoblar o rejoderlo todo más de lo que está a cuenta de los putos beneficios.

El monte ardiendo y los señoritos hablando de que no se está gestionando bien la naturaleza, que ya no hay cabras en el monte, que ya no hay ovejas… Como si el monte necesitara de gestión. Como si la naturaleza fuera tan sumamente gilipollas que le resultara imposible mantenerse ella sola con vida. Como si la naturaleza estuviera aquí para postrarse en una cama olvidando su capacidad para respirar y alimentarse sin ayuda del ser humano.

Cortafuegos, ¡hay que hacer cortafuegos! Grita la impotencia de quien se intuye culpable, al tiempo que agita Agendas 2030 que no tienen ningún tipo de sentido y que si lo tuvieran yacerían olvidadas en el fondo de un cajón atascado que ya nadie se molesta en tratar de abrir.

Mientras tanto, pensadores de todo tipo hacen el juego sucio (no siempre conscientemente) al sistema, devanándose los sesos tratando de buscar una solución que nace sobre un paisaje soñado que, en realidad nunca existió. Te hablan, también estos, de ganadería extensiva, de cultivos en cuadrículas y demás paisajes oníricos. En realidad, lo que están haciendo es, una romantización de lo que era el paisaje que nunca existió. Son, por así decirlo, como esos viejos poetas de finales del siglo XVIII que perseguían una belleza más evocadora que real. O, peor aún, como esos ideólogos que soñaban con paisajes pasados, inventados, y ajustados a un pensamiento que trataba de justificar lo injustificable. Un pasado inventado para un cultura inventada para un autoritarismo no tan inventado, pero sí mucho más extenso y asfixiante.

No, el ser humano no es el animal elegido por Dios para gobernar sobre el mundo. Ni siquiera es el más indicado para erigirse en la intelligentsia de los seres vivos. En realidad, es posible, que el principal problema del ser humano (entendido este como el homo occidentalis) sea el haber gestionado malamente esa consciencia de sí mismo, ese haberse desnaturalizado, ese alejarse a tal punto de la naturaleza que ha inventado incluso una palabra para diferenciarse de esta: “artificial” en contraposición a natural.

Los modelos más “innovadores” de agricultura, como la permacultura, parten de una premisa determinante a la hora de planificar las acciones a realizar sobre los cultivos. Lo que plantean es que cada intervención humana genera un desequilibrio en el ecosistema, por eso piensan la agricultura desde la mínima intervención y el mínimo esfuerzo, tratando de no incidir demasiado en el normal desarrollo de los cultivos. Hablan de bosques de alimentos en lugar de explotaciones. Mantienen una concepción holística que abarca el paisaje, las corrientes de aire, las escorrentías de agua, etc.; al tiempo que rehúyen la maquinaria pesada y el andar pisando la tierra sin sentido. Han recuperado, de alguna manera, una visión sagrada de la naturaleza.

Que sí, que si, somos ateos y que si bla, bla, bla. No estoy aquí haciendo de Santo Tomás (ups, me vino una arcada). Lo que quiero decir es que cambiar la visión de las cosas ayuda a no destrozarlas, y la sacralización de aquello que nos mantiene con vida es una buena manera de concienciar más allá de la conciencia.

Cierto, el sistema capitalista no solo no ayuda, sino que además es el causante de todo este dislate, pero jamás ha pretendido otra cosa que no sea la destrucción en pos del beneficio, y aquí seguimos en la brega a pesar de los pesares. A pesar de que el tiempo ya corre en contra de todo. A pesar de que el cambio climático ya está aquí mostrándose como el terrible monstruo que es. A pesar de que la crisis energética está gritando que esta forma de vida no se puede sostener, que no hay alternativa energética para este mundo agonizante. A pesar de que los más millonarios tratan de entretenernos con polichinelas de Temu para que creamos que la salvación no depende de nosotros, mientras nos piden que nos esforcemos, que trabajemos y así les daremos mayores beneficios (bueno, ellos dicen que así llegaremos a ser ricos, pero se ve la trampa desde kilómetros de distancia). A pesar de que la agricultura agonizante ha claudicado a la agroindustria y los agricultores han comprado el discurso de esta y andan repitiendo por los rincones el nuevo catecismo agrario: cabras, “limpieza del monte”, paisaje agrario de cuadrículas, dejar de ahogar con impuestos, salir los domingos a asesinar animales (perdón, cazar quise decir), explotación de los montes, abaratar la mano de obra y un etcétera larguísimo. A pesar de que “cuando la burguesía ve que el poder se le escapa de sus manos, alzan el fascismo para mantener sus privilegios”.  A pesar de todo y de la urgencia que siempre tuvimos pese a saber que las prisas no son buenas, que el camino se hace despacio porque sabemos hacia donde caminamos. A pesar de que nos quieren calladas, muertas. A pesar de todo, seguimos en pie. Y mi corazón en carne viva, expuesto por la tragedia frenética de los incendios inconmensurables, ha decidido portar un mundo nuevo, un mundo que vamos a construir todas juntas desde todos los momentos pasados, desde este momento presente y en los momentos futuros, porque nuestra revolución es social y porque no tiene fin porque es y debe ser permanente.

Saludos de todo corazón

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