karles Gisbert (Secretario de acción sindical-Sov CA-AIT TOLEDO)
Una organización no es anarquista porque lo afirmen sus estatutos. No es federalista porque celebre congresos. No es horizontal porque sus dirigentes se llamen secretarios. No practica la acción directa porque la invoque en sus comunicados.
Una organización es aquello que hace.
Sus principios no son las palabras que repite cuando todo resulta sencillo, sino los límites que se niega a cruzar cuando respetarlos deja de ser cómodo o eficaz.
Por eso debemos analizar lo ocurrido en la CNT atendiendo a sus prácticas y no solamente a sus declaraciones.

Una historia que ya habíamos vivido
La crisis actual no puede explicarse como la ruptura entre dos organizaciones equivalentes llamadas CNT-CIT y CNT-AIT. Esa explicación oculta la continuidad histórica del problema.
La CNT reconstruida durante la Transición ya sufrió una profunda división en su V Congreso de 1979. Entonces se enfrentaron dos concepciones del sindicalismo.
Una defendía la acción directa, las secciones sindicales, la autonomía de los sindicatos y el rechazo de las elecciones sindicales y los comités de empresa. La otra proponía flexibilizar esas posiciones para intervenir con mayor eficacia en la nueva realidad laboral surgida tras el franquismo.
El argumento era perfectamente reconocible: había que modernizarse, crecer, aumentar la implantación y dejar atrás ciertas rigideces ideológicas.
De aquella escisión surgió la denominada CNT Renovada, posteriormente reunificada con otros sectores y finalmente convertida en CGT después de perder judicialmente el derecho a utilizar las siglas CNT.
La organización que conservó las siglas fue la CNT-AIT. La que afirmaba haber rechazado la adaptación institucional, la participación en elecciones sindicales y la transformación del anarcosindicalismo en un sindicalismo representativo más.
Parecía que el debate había quedado resuelto.
Pero décadas después volvió a aparecer la misma lógica dentro de la organización que había sobrevivido a aquella escisión.
No regresó exactamente con las elecciones sindicales. No reapareció inmediatamente bajo la forma de subvenciones o liberados. Llegó nuevamente hablando de eficacia, implantación, crecimiento, especialización y modernización.
Cambió el camino, pero no la dirección.
De la militancia a la profesionalización
La burocratización no comienza necesariamente cuando una organización recibe subvenciones del Estado o participa en elecciones sindicales.
Comienza cuando las funciones que debería asumir y controlar la militancia se trasladan a estructuras especializadas y permanentes.
Comienza cuando aparecen gabinetes técnicos que acumulan conocimientos e información inaccesibles para la mayoría. Cuando se contrata personal para realizar tareas orgánicas. Cuando la organización depende cada vez más de abogados, economistas, técnicos y especialistas. Cuando quienes administran los recursos adquieren una influencia política superior a la de quienes solamente acuden a su sindicato y participan en su asamblea.
Puede afirmarse que ese personal no está liberado por ninguna empresa. Puede insistirse en que su salario procede de las cuotas. Pero el problema de la profesionalización no desaparece por cambiar el origen del dinero.
Una persona liberada por una empresa y una persona contratada por el propio sindicato no son jurídicamente lo mismo. Sin embargo, ambas situaciones pueden producir una separación entre quienes viven diariamente la explotación laboral y quienes convierten la actividad sindical en una ocupación profesional.
El problema no es que una persona cobre por realizar un trabajo. El problema aparece cuando la organización comienza a depender de esa capa técnica; cuando el conocimiento deja de compartirse; cuando las tareas dejan de rotar y cuando quienes deberían proporcionar herramientas terminan determinando la orientación sindical.
La militancia se convierte entonces en usuaria de unos servicios gestionados por especialistas.
El sindicato deja progresivamente de ser una organización de trabajadores que resuelven directamente sus problemas y comienza a comportarse como una estructura que presta asesoramiento, cobertura jurídica y representación.
Puede continuar llamándose anarcosindicalismo. Pero sus relaciones internas ya han comenzado a cambiar.
Cuando los comités dejan de coordinar
En el federalismo libertario los comités no gobiernan.
No poseen una voluntad política propia. No están por encima de los sindicatos. No interpretan libremente sus acuerdos ni deciden qué resulta conveniente para el conjunto. Reciben mandatos concretos, los ejecutan y responden ante quienes los han delegado.
La Confederación no es una estructura superior a los sindicatos. Existe porque los sindicatos deciden federarse y solamente puede actuar dentro de los límites que estos establecen.
Cuando un comité comienza a dirigir en lugar de coordinar, aparece el centralismo.
Cuando los acuerdos generales se utilizan para anular la autonomía de los sindicatos, aparece el centralismo.
Cuando una mayoría puede decidir no solamente qué hará conjuntamente la organización, sino también quién merece seguir perteneciendo a ella, aparece el centralismo.
Cuando la discrepancia se presenta como indisciplina y el cumplimiento de los acuerdos se convierte en obediencia, aparece el centralismo.
No importa que los cargos sean elegidos, que las decisiones se adopten en un congreso o que todo el procedimiento se ajuste formalmente a unos estatutos. También los gobiernos celebran votaciones y también los partidos autoritarios aprueban sus decisiones mediante congresos.
La mayoría es un procedimiento para alcanzar determinados acuerdos. No es una autoridad moral ni una fuente automática de verdad.
Una injusticia no deja de serlo porque haya sido votada. Una jerarquía no se vuelve libertaria porque haya sido elegida. Y el centralismo no se convierte en federalismo porque la orden haya sido aprobada por mayoría.
Las palabras son anarquistas; las prácticas, cada vez menos
La CNT-CIT continúa definiéndose como anarcosindicalista. Proclama su federalismo, su horizontalidad y su rechazo de las elecciones sindicales, las subvenciones y los liberados.
Pero no basta con pronunciar los principios. Hay que practicarlos.
Se puede hablar de federalismo mientras se somete a los sindicatos al aparato confederal.
Se puede defender la horizontalidad mientras la información, los recursos y la capacidad técnica se concentran en pocas manos.
Se puede rechazar a los liberados mientras se normaliza el personal contratado para desempeñar funciones permanentes.
Se puede invocar la acción directa mientras se entrega a los tribunales del Estado la resolución de los conflictos internos.
Se puede proclamar la autonomía sindical mientras se expulsa o desfedera a quienes se niegan a seguir la orientación de la mayoría.
Por eso la discusión sobre si la actual CNT es marxista resulta secundaria.
No sabemos si sus responsables se consideran marxistas. Probablemente lo negarían y mostrarían unos estatutos llenos de referencias al anarcosindicalismo y al comunismo libertario.
Pero una organización no se define solamente por los autores que cita. También se define por la lógica mediante la que funciona.
Cuando la mayoría se convierte en autoridad; cuando los acuerdos centrales disciplinan a las partes; cuando los comités adquieren capacidad política propia y cuando la disidencia debe someterse o desaparecer, se está aplicando una lógica semejante al centralismo democrático.
No han sustituido oficialmente a Bakunin por Marx. Han hecho algo mucho más contradictorio: conservar el lenguaje de Bakunin mientras incorporaban unas prácticas organizativas que Bakunin combatió durante toda su vida.
Las palabras continúan siendo anarquistas.
Las acciones dicen otra cosa.
De la discrepancia a la expulsión
Los sindicatos que rechazaron esa evolución no abandonaron simplemente la organización para construir un proyecto diferente.
Muchos fueron expulsados, desfederados o empujados fuera. Su oposición dejó de considerarse una discrepancia legítima y comenzó a presentarse como un obstáculo para el funcionamiento, el crecimiento y la eficacia de la Confederación.
El mecanismo fue el mismo que aparece una y otra vez en los movimientos que se burocratizan.
Primero se identifica a la disidencia como un problema.
Después se afirma que esa minoría incumple los acuerdos adoptados por la mayoría.
Finalmente se concluye que, si no acepta la línea mayoritaria, ya no puede formar parte de la organización.
La mayoría deja así de decidir qué camino quiere seguir y pasa a decidir quién tiene derecho a existir.
Eso no es federalismo.
El federalismo no exige uniformidad. No convierte cada acuerdo común en una orden que anula la autonomía de las partes. No utiliza a la mayoría para destruir a la minoría. Busca fórmulas de coordinación allí donde existe voluntad compartida y reconoce la autonomía allí donde no existe.
Una organización libertaria no debería temer la diversidad de sus sindicatos. Debería temer mucho más la capacidad de su aparato para uniformarlos.
El abandono de la AIT
La misma organización que durante décadas había construido parte de su identidad alrededor de su pertenencia a la Asociación Internacional de los Trabajadores decidió romper con ella e impulsar una nueva Internacional: la CIT.
Sus defensores presentaron la decisión como una refundación necesaria. Argumentaron que la AIT ya no era útil, que organizaciones numéricamente pequeñas impedían avanzar y que era necesario crear una herramienta internacional más efectiva.
Otra vez aparecieron las mismas palabras: eficacia, crecimiento, representatividad y adaptación a la realidad.
La cuestión no es negar que la AIT pudiera tener problemas. Toda organización los tiene. La cuestión es cómo se responde ante ellos.
Se podía trabajar desde dentro para corregirlos, respetando la autonomía y los mecanismos federales. O se podía considerar que las organizaciones más grandes, por reunir a más afiliados, poseían una legitimidad superior para marcar el rumbo.
Se eligió lo segundo.
La fuerza numérica volvió a presentarse como razón política. Las organizaciones pequeñas fueron tratadas como una rémora y la mayoría cuantitativa se arrogó el derecho a reconstruir el espacio internacional conforme a sus propias necesidades.
Eso no supera el centralismo. Lo reproduce a otra escala.
La paradoja de los tribunales
La contradicción alcanzó su expresión más clara cuando el conflicto sobre las siglas llegó a los tribunales.
La continuidad jurídica de la CNT que en los años ochenta había acudido a la justicia para impedir que el sector posteriormente denominado CGT utilizara su nombre recurrió décadas después al mismo Estado para impedir que los sindicatos vinculados a la AIT continuaran utilizándolo.
En el primer conflicto, la CNT-AIT argumentaba que quienes habían adoptado otro modelo sindical no podían conservar las siglas históricas.
En el segundo, la estructura que abandonó la AIT conservó la personalidad jurídica y utilizó esa continuidad legal para reclamar en exclusiva el nombre frente a quienes permanecieron en la Internacional histórica.
El Estado terminó decidiendo quién podía llamarse CNT.
Una sentencia puede determinar quién posee jurídicamente una marca. Puede prohibir unas siglas, ordenar la retirada de un emblema o reconocer la personalidad legal de una organización.
Lo que ningún juez puede determinar es quién conserva la coherencia anarcosindicalista.
La legitimidad revolucionaria no se inscribe en un registro de marcas. No la concede un tribunal. No depende de quién conserva una sede, un patrimonio o una personalidad jurídica.
Se demuestra en la práctica.
Y existe una contradicción imposible de ocultar cuando una organización que proclama la acción directa necesita recurrir a la autoridad del Estado para que este elimine el nombre de sus antiguos compañeros.
Se puede ganar un juicio y perder políticamente.
Se pueden conservar las siglas y abandonar aquello que significaban.
El mismo camino, con diferentes pasos
La actual CNT-CIT no es idéntica a la CGT. Afirmarlo sería históricamente falso y políticamente torpe.
La CGT participa en elecciones sindicales, forma parte de comités de empresa y utiliza derechos derivados de la representación institucional. La CNT-CIT continúa rechazando formalmente ese modelo.
Pero ambas transformaciones nacen de una lógica semejante: la idea de que el anarcosindicalismo debe adaptarse para resultar más eficaz dentro del capitalismo.
En 1979 esa adaptación conducía hacia las elecciones sindicales.
Décadas después se manifestó mediante la profesionalización, los gabinetes técnicos, la concentración de recursos, el fortalecimiento del aparato confederal y una concepción disciplinaria de los acuerdos.
No son los mismos pasos, pero el camino comienza en el mismo lugar: considerar los principios como obstáculos que pueden reinterpretarse cuando dificultan el crecimiento.
La CGT no apareció de un día para otro completamente integrada en el modelo sindical institucional. Fue el resultado de un proceso gradual, justificado mediante necesidades prácticas y decisiones aparentemente razonables.
Ninguna burocracia nace proclamando su intención de convertirse en burocracia.
Por eso no debemos esperar a que la CNT-CIT participe en elecciones sindicales o reciba subvenciones para señalar su deriva. Cuando se alcance el final del camino será demasiado tarde para discutir cuándo comenzó.
Tampoco las siglas AIT nos hacen inmunes
Denunciar esta evolución no significa declarar que quienes permanecemos en la AIT poseemos una pureza garantizada.
También nosotros podemos burocratizarnos.
Podemos convertir los cargos en posiciones permanentes, utilizar la experiencia como autoridad, ocultar información, sustituir el debate por la disciplina y convertir nuestros principios en consignas vacías.
Podemos denunciar el centralismo ajeno mientras construimos pequeños centralismos dentro de nuestros propios sindicatos. Podemos rechazar a los profesionales mientras permitimos que siempre decidan las mismas personas. Podemos hablar de acción directa y recurrir a especialistas para evitar asumir colectivamente nuestras responsabilidades.
Las siglas AIT no son una vacuna contra el poder.
La única protección posible es una vigilancia constante sobre nuestras propias prácticas: rotación de responsabilidades, mandatos concretos, revocabilidad inmediata, transparencia, socialización de conocimientos y autonomía real de los sindicatos.
No basta con haber permanecido en la AIT. Debemos demostrar diariamente por qué lo hicimos.
Lo que realmente está en juego
Este conflicto no trata únicamente sobre unas siglas.
Trata sobre la posibilidad de construir una organización capaz de combatir el poder sin reproducirlo en su interior.
Trata sobre si los sindicatos controlan a sus comités o los comités terminan controlando a los sindicatos.
Trata sobre si la experiencia se comparte o se convierte en autoridad.
Trata sobre si la mayoría coordina la acción común o gobierna a la minoría.
Trata sobre si la eficacia está al servicio de los principios o si los principios son sacrificados para alcanzar una supuesta eficacia.
Y trata, finalmente, sobre nuestra capacidad para aprender de nuestra propia historia.
La CNT ya vivió una escisión provocada por quienes afirmaban que era necesario adaptarse para crecer y actuar con mayor eficacia. De aquella escisión surgió la CGT.
Décadas después, la organización que había sobrevivido a aquella crisis volvió a escuchar los mismos argumentos, aunque expresados mediante otras propuestas. Volvió a fortalecer sus estructuras. Volvió a identificar la discrepancia con la indisciplina. Volvió a dividirse. Y volvió a pedir al Estado que determinara quién tenía derecho a conservar el nombre.
De aquellas lluvias, estos lodos
Una organización no es libertaria por llamarse libertaria.
No es federalista porque lo afirmen sus estatutos.
No practica la acción directa cuando entrega sus conflictos al Estado.
No es horizontal cuando su aparato se sitúa por encima de sus sindicatos.
No deja de estar burocratizada porque sus profesionales cobren de las cuotas en lugar de hacerlo de la patronal.
Y no conserva los principios de la CNT únicamente porque un juez le haya reconocido el derecho a utilizar sus siglas.
Las palabras pueden seguir siendo anarquistas.
Lo que importa son las acciones.
