Xavier Díez

Hace ya más de treinta años, cuando empecé a dedicarme a esto de la historia del anarquismo, una de las cosas que me sorprendieron gratamente fue la cuestión de la coherencia. Por supuesto, con sus límites y contradicciones, se podía percibir en los esbozos biográficos, un esfuerzo para que ideología, personalidad y hechos mantuvieran cierta sensación de armonía. Teóricos como Bakunin, Kropotkin, Malatesta o Proudhon intentaban que sus actos fuesen acordes con sus ideas, y viceversa. Por supuesto, no siempre lo conseguían, aunque, sin pretenderlo, muchos de los anarquistas clásicos podrían haber protagonizado “vidas de santos”, incluida su condición de mártires, como muchos de sus críticos reconocían. En cierta manera, el prestigio de las ideas libertarias, más allá incluso de los ambientes obreros, tenía que ver con este conjunto de trayectorias vitales. 

No puede decirse lo mismo ni del marxismo, ni especialmente de su ideólogo, el pensador alemán Karl Marx. No podía decirse que fuera un dechado de virtudes. Vivió de sus amigos –especialmente de Engels, a quien sableaba y plagiaba constantemente–, a pesar de su lucha de clases, llevaba un pretencioso estilo de vida burgués. Dejó embarazada a una de sus criadas, era un padre tiránico, especulaba en bolsa, apuñalaba por la espalda a sus aliados, y se dedicaba a difamar a sus adversarios. Sin embargo, a pesar de la amoralidad de sus actos, consiguió crear una cosmovisión filosófica y crear un universo político que, a pesar de sus fracasos reiterados y sus ostensibles errores de diseño, perduran todavía. El anarquismo constituía una filosofía ética y social; el marxismo, surgido de la metafísica alemana, que empezó con una interesante propuesta analítica de pretensiones científicas, acabó como un dogmatismo con numerosos cismas.

Efectivamente, existe siempre una complicada relación entre lo político y lo personal. A pesar de los párrafos precedentes, siempre he considerado que lo personal y lo político deberían ir por separado (más que nada, porque creo profundamente en la idea de diálogo civilizado y en una cierta dialéctica hegeliana a la búsqueda de síntesis razonables). Curiosamente, me he encontrado en discusiones con marxistas contemporáneos para quien lo político es personal (que es una manera de señalarme que les caigo mal porque no pienso como ellos). Sin embargo, la relación entre lo político y lo personal se complica en esta era contemporánea en la que las redes sociales y la globalización han roto completamente con las reglas del juego. 

No hace mucho, a través del psicólogo Pablo Malo leí sobre las teorías de Robin Hanson y Kevin Simler, que trataban sobre esto último. Para los autores, de formación económica el primero e ingeniero el segundo, el prestigio moral se conseguía, tradicionalmente, mediante “señales costosas”, es decir, mediante actitudes morales y sacrificios personales tangibles –por ejemplo, la generosidad, la ayuda y el compromiso personal o actitudes discretas y modestas–. Sin embargo, y especialmente a partir de la aparición de las redes sociales –aunque personalmente preferiría situarlo en la era de lo que Guy Débord denominaba “la sociedad del espectáculo” (1967) y el corte generacional que supuso mayo del 68, la situación da un giro copernicano. A partir de entonces, y acentuado en los últimos años, hemos pasado a una “señalización de bajo coste” a perseguir y obtener prestigio mediante la adhesión a causas que no requieran ni compromiso ni sacrificio real, pero que impliquen reconocimiento y rendimiento entre la propia tribu. Lo importante ya no es lo que haces o lo que piensas, sino en apoyar lo que la corriente política o ideológica considera lo correcto, y señalarte proactivamente en ello cuando discrepas. Siguiendo en esta línea, el psicólogo Rob Henderson, en su teoría sobre las creencias de lujo (Luxury Beliefs), considera que el estatus social se adquiere adoptando ideas morales o causas sociales que ofrecen prestigio moral, pero sin apenas coste: acudir a una manifestación, exhibir banderas o logotipos a determinadas causas, otorgar un apoyo público a personas, países o movimientos, militar en lo “políticamente correcto” o tantas otras cosas que nos podrían resultar familiares. No importa que, en lo personal, seas un hipócrita o un cretino, sino la proyección que ofreces ante tu propia parroquia, hecho que se facilita en un ágora pública como las redes sociales, cuando el individuo puede exhibir una parte pública de sí mismo, pero sus seguidores no lo conocen ni lo pueden tratar personalmente, y, por tanto, suelen tener una visión limitada a lo que publica. Tampoco parece necesario poseer cierta capacidad de bucear entre la complejidad y los matices de lo que podríamos denominar “causas justas”, sino adherirse incondicionalmente a aquellas consignas que, desde la propia tribu, se consideran correctas.

Y aquí entramos en el movimiento antifascista. Como historiador –y lector de Hannah Arendt– me hallo entre quienes creen que el fascismo es un tema muy serio y sobre el cual más nos vale no banalizar. El fascismo histórico, fundamentado en unos cuantos axiomas y sistema de creencias (la supresión de la libertad, la supremacía de un grupo sobre los demás, la legitimidad de la violencia contra los débiles y los considerados enemigos, la primacía de los medios sobre los fines, el principio que la desigualdad es necesaria y deseable o que el poder y el autoritarismo debe imponerse sobre la solidaridad) generó un gran dolor, se llevó por delante a decenas de millones de personas e implicó grandes sacrificios entre los héroes que se enfrentaron a éste. Hoy, el antifascismo, con sus emblemas en forma de chapas, lemas ocurrentes o de logos estéticos en camisetas pretenden exhibir cierta superioridad moral a un escaso coste y nula reflexión. No es que lo de antes fuera fantástico. Como historiador, es necesario recordar el vergonzante papel del comunismo de obediencia soviética durante los primeros años de la segunda guerra mundial, cuando en el nombre del antifascismo de aplastó al movimiento anarquista ibérico (demasiado revolucionario a sus ojos), o se tildó de “fascistas” a los polacos, o a los bálticos o a los finlandeses por resistirse a la invasión soviética, o se inhibió durante la ocupación francesa por parte de Hitler en mayo de 1940 “cosas de burgueses”, era la consigna lanzada desde el Kremlin hasta que el Wehrmatch atacó la URSS en junio de 1941. Aun así, y posteriormente a la guerra fría, se denominaba fascista a cualquiera que fuera considerado como tal por el comunismo de Moscú, incluidos a los húngaros en 1956, a los checoslovacos en 1968, a los polacos en 1981, a los yugoslavos durante toda el período, y podríamos continuar. Sin embargo, muerto el perro no acabó la rabia. Y ciertas dinámicas han perdurado (y se han sofisticado) en nuestros días.

Buena parte del antifascismo actual podría clasificarse dentro de la categoría de banal. Hace unos veinte años ya, experimenté un shock. Una polémica local –en Girona, se generó un pequeño escándalo cuando en una escuela de primaria, una niña de ocho años empezó a llevar puesto eso que llaman “velo islámico”. Recuerdo que publiqué un artículo, más bien modesto, donde rebatía –utilizando incluso argumentos fundamentados en el Corán– las justificaciones del padre. Eso me llevó incluso a un debate televisivo en el que exponía algunos argumentos (dudas sobre la capacidad de decisión de una niña de ocho años, los problemas de relación que generaría en la comunidad educativa, los problemas de traducción de los textos islámicos, el uso político de una prenda de vestir) que tuvieron en las contrarréplicas de mi antagonista (una conocida celebridad del progresismo catalán, posteriormente destacado independentista) la idea de que estaba equivocado, que exageraba las cosas, y que mejor abstenerse. Bueno, no me quejaré de mi señalamiento, hecho que al fin y al cabo representa un riesgo a todo aquel que expone públicamente sus ideas, pero debo decir que, mientras difundía la historia del anarquismo histórico e incluso mostraba mi simpatía por los principios morales de Kropotkin, Bakunin o Ricardo Mella, unos cuantos dejaron de hablarme y me negaban el saludo, porque les parecía de extrema derecha o me acercaba a los postulados racistas. No importaba en absoluto que, en mi labor concreta como profesor de la enseñanza pública, me esforzaba para conseguir que todos mis alumnos, independientemente del color de su piel, creencias u orígenes, pudieran obtener la máxima cultura con un trato siempre respetuoso, y en algunos casos, también afectuoso. Lo importante no eran mis actos concretos, sino mis posicionamientos públicos.

Algunos años después –2016–, tras un dramático atentado islamista en Bélgica, publiqué otro artículo sobre la cuestión en uno de esos medios progresistas con los que llevaba colaborando hacía algunos años. Mi tesis me parecía racional y en un tono analítico más que opinativo. Explicaba que el terrorismo islamista buscaba, sobre todo, aislar las comunidades musulmanes de Europa, y levantar un muro de desconfianza entre los inmigrantes de países islámicos –y sus descendientes– y las sociedades autóctonas, cosa que convertía a los musulmanes europeos en las principales víctimas de una ideología política teledirigida desde Riad, Estambul y Rabat. En uno de los pasajes, quizá el más polémico, consideraba que los efectos de la violencia de los atentados era limitada –la gente sabe distinguir entre individuos extremistas y amplias y heterogéneas comunidades, pero para conseguir esta nítida separación, se utilizaba, sobre todo, el “velo islámico” y sus variantes, que, al multiplicarse, sí suponían una arma mucho más poderosa que poner bombas o tiroteos masivos. Y exponía una teoría, si bien provocadora, bastante refrendada, especialmente por algunas mujeres musulmanas. No se trataba tanto de un símbolo político como de una barrera física y mental. Teniendo en cuenta que las chicas musulmanas son mejores estudiantes que ellos, y a partir de las evidencias que nos ofrece la investigación sociológica, a medio plazo implicaba un grave problema. En el mercado matrimonial, ellas difícilmente aceptan a cónyuges con menor nivel educativo, y, en consecuencia, económico. Y eso implicaba que muchas preferirían casarse con autóctonos o con personas de fuera de su comunidad. La imposición del velo básicamente cortaba de raíz esa posibilidad (según la sharia, está prohibido que las mujeres musulmanas se casen con personas de otra religión). Dentro de las comunidades islámicas de Europa, muy patriarcales, muy autoritarias, y muy clientelares, eso implica perder el control de los individuos y las familias, poner en crisis los caciquismos de suburbio por el cual unos pocos hombres ejercen un poder desorbitado hacia sus connacionales –papel que suelen ejercer descaradamente los imanes–. El control de la sexualidad de las mujeres es necesario para preservar la reproducción (y el statu quo) de los comunitarismos, y, por tanto, de las relaciones de poder internas en las que el factor religioso es fundamental. Lo sabemos muy bien aquí, cuando la descristianización ha permitido disponer de una libertad personal e intelectual sin precedentes.

Se montó la de Dios es Cristo. Algunas destacadas firmas del progresismo me rebatieron con saña, por supuesto, acusándome de racismo. Un destacado miembro (en cierta manera, un líder intelectual de la comunidad musulmana local) me citó a un encuentro en un café para pedirme que me retractase (cosa que, a falta de argumentos que me convenciera de que estaba equivocado, no hice). Después supe que, en la alianza local de la izquierda y miembros de la comunidad musulmana me hicieron una especie de juicio in absentia según el cual pasaba a ser una especie de apestado público, reclamando mi ostracismo en el mundo más o menos izquierdista. Algunos medios con los que colaboraba dejaron de publicarme. Algunas personas dejaron de dirigirme la palabra. A ver, tampoco me impresionó excesivamente el tema. Esos medios no me pagaron nunca –mis colaboraciones siempre fueron desinteresadas, como acto de compromiso con algunas ideas– y tampoco eran tantos los que me retiraban la palabra (entre según quién, más bien me pareció un alivio). Otros, en privado, me confesaron que les parecía muy acertado lo que escribía, pero que sentían cierto pánico a ser señalados –por suerte, mi vida social es amplia, variada y cuenta con personas de toda idea, y en la mayor parte, alejada de ellas–. Años después, el gurú musulmán que pretendía reñirme apareció en los medios de comunicación como acusado de acoso sexual en la universidad –hecho que, por otra parte, no pareció sorprender a nadie. Y todo aquel espacio de superioridad moral que trataba de cancelarme resulta cada vez más reducido e irrelevante. No porque la mayoría de sus ideas sean incorrectas, sino porque probablemente han renunciado a nadar en un océano complejo y contradictorio, en el que las verdades nunca son blancas ni negras. Aunque en los últimos años, ebrios de postmodernismo postmarxista, han naufragado ante los escollos del nihilismo según el cual todo es relativo y no puede existir ni el bien ni el mal. O peor aún, han quedado atrapados en su propia trampa ideológica según la cual existen dos corrientes de pensamiento principales: la propia, y el fascismo.

Vivimos unos tiempos difíciles, en los que las viejas categorías ya no son funcionales para comprender la dimensión de las mutaciones trágicas de una globalización decidida a destruir al individuo y a los logros materiales y culturales creados por nuestra propia civilización. Entre todos estos logros en peligro no me importa señalar la herencia del anarquismo clásico, imbuido del deseo de verdad y justicia social, de ideales de libertad, igualdad y solidaridad. Los peligros que nos acechan son el cuestionamiento de nuestros valores más o menos consensuados. Podríamos citar algunos de ellos: la libertad personal, en la que el individuo toma sus propias decisiones. La de pensamiento, en el que uno puede expresar sus propias ideas sin que ello implique problemas hacia su seguridad. La igualdad de sexo, cada vez más en riesgo ante ideologías totalitarias –el islamismo es un ejemplo– o delirios ideológicos como la cuestión trans, en el que el género pasa de ser un hecho fundamentado en la ciencia para resultar un estado de ánimo performativo. La seguridad económica, fundamentada en ejercer profesiones útiles para la sociedad, amenazadas por el uso descontrolado y privatizado de las tecnologías. Una globalización que implica una pérdida del control por parte de los individuos y las sociedades sobre ellas mismas. Cambios en el paisaje demográfico y de valores culturales. Transformaciones radicales que dejan desprotegidas a las familias. Y es normal que la gente se resista. Trabajadores que se irritan porque en nombre del ecologismo ya no pueden conducir sus coches diésel; mujeres que viven con angustia el avance del islamismo político y que pueden verse asediadas ante el fanatismo religioso, personas que ya no reconocen sus barrios ante radicales cambios de paisaje demográfico, chicos que son tratados sistemáticamente como sospechosos de violencia de género por disponer de cromosomas XY, mujeres deportistas que se ven amenazadas ante el intrusismo de personas trans que explotan su superioridad física en las competiciones deportivas, escritores o profesores con miedo a ser cancelados. Ante estas angustias, que pueden acabar derivando en expresiones políticas incómodas, muchos optan por el confort de los grupos afines, la comodidad de la consigna y la calidez de la parroquia propia sin tener que preocuparse por la coherencia personal, ni los hechos, ni los matices, ni las contradicciones.

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