Salomé Moltó
Por fin parece que íbamos a poder realizar el crucero que tanta ilusión nos hacía, una vez superados una serie de pequeños inconvenientes que surgieron en los dos últimos meses de espera.
Floreal nos llevó a Elvira y a mí hasta la estación de Alicante, llovía a cántaros y yo me preguntaba
a donde había ido a parar el “veranillo de San Miguel”, temiendo, por supuesto, que la lluvia nos acompañaría el resto del viaje.
Pero no fue así, en todo el trayecto a través del mediterráneo, y el mar Egeo, el tiempo fue espléndido. Subimos al tren, y esa noche dormimos en Barcelona y a las siete de la mañana del 28 embarcamos en vuelo directo a Atenas, donde llegamos a medio día.

El personal del Gran Mistral vino a recogernos al aeropuerto y nos conduzco al barco.
Una vez instaladas en nuestro camarote y nuestro equipaje en los correspondientes armarios nos dimos una vuelta por esta hermosa ciudad flotante que es el Gran Mistral.
El servicio, que comprende una treintena de nacionalidades diferentes, es de suma
amabilidad y simpatía. Compruebo que la palabra Barcelona en griego es “Bapkeyovia”(la y hay que escribirla al revés). Me doy cuenta que va a ser imposible de pronunciar, ni mínimamente, una sola palabra en este idioma que tiene 24 letras como las nuestras y 10 se escriben de forma diferente.
Me atrevo con otra palabra, “Efharistó”, que significa gracias.
Concibo rápidamente que voy a depender totalmente de la buena voluntad de los guías, a los que voy, por supuesto, a bombardear con las mil preguntas que sin duda van a surgir en esta aventura que significa visitar Atenas, Heraklion (capital de Creta) (he comprado una cabeza del
Minotauro y visitado el laberinto) Egipto, Rodas, Esmirna con la antigua ciudad de Éfeso, y Estambul.
Estos lugares son la cuna de nuestra civilización y tomar conciencia de ello supone una gran emoción. Cada paisaje, montañas, campos, ciudades no escapan a la avidez de nuestros
ojos.
29 de septiembre: Atenas recostada entre el puerto del Pireo y los montes que la circunvalan es de una luminosidad extrema. Chocante el parecido con el levante español, tanto en el paisaje como el paisanaje. Abundantes olivos, pinos y helechos, mayormente.
La gente es educada de aspecto sencillo.
El puerto cuenta los 100.000 habitantes junto a Atenas cuatro millones y medio. Hay pocos espacios verdes, en cambio la gente tiene hermosas plantas en los balcones, como en Andalucía. Visitamos la
Acrópolis y demás barrios, a decir verdad, no podría escribir tanto como nuestra amable guía nos va contando. Grecia tiene 10 millones de habitantes y un millón de extranjeros, miles de islas la configuran, pero miles de ellas son islotes deshabitados; obtuvo la independencia de los turcos en 1830. Hay una manifiesta hostilidad entre turcos y griegos (a decir verdad, una rivalidad que dura más de tres mil años, si tenemos en cuenta la eterna pugna entre griegos y persas). A nuestra vuelta observamos, que. a nuestros pies, las olas ondulan suavemente mientras nosotras cenamos y el barco sale del puerto rumbo a Heraklion.
30 de septiembre: La isla de Creta se incorporó a Grecia en 1913, tiene unos 600.000 habitantes y fue dominada por los venecianos durante más de cuatrocientos años. Visitamos sus ruinas, son de las más antiguas, es admirable los empedrados, las figuras y los frisos, las calles enlosadas.
El palacio de Cnosos, la leyenda del Minotauro, todo bulle en nuestra mente, resulta impresionante.
1 de octubre 2009: Llegamos a Alejandría, en la desembocadura del Nilo, con sus más de seis mil kilómetros es el más largo del mundo. Los egipcios viven del y para el Nilo, a ambos lados el desierto imponente.
Salimos de Alejandría, todos los autobuses en caravana, escoltados por policías egipcios, a nuestro lado se sentó un joven policía de paisano.
Nuestro guía Zizo nos narra incansablemente sobre nuestro recorrido, sobre todo, del islam. Es la primera vez que tengo ocasión de saber sobre esta importante religión que practican más de mil millones de seres en este mundo. Escrito en árabe han quedado varias palabras que
gráficamente son así: ailla = sí; la = no y gracias que suena así: chokran.
Qué curioso, no dejo de sorprenderme. Delante de las pirámides de Gizha, ya en El Cairo, somos literalmente asaltadas por personas que intentan vendernos un montón de “souvenirs”, hasta nos es difícil poder hacernos unas fotos; un policía que monta guardia delante de las Pirámides, mosquetón al hombro, se ofrece a hacernos unas fotos, luego nos pide dinero por el servicio. El inmenso cementerio, que se encuentra a la entrada de la ciudad, está habitado tanto por muertos como por vivos que comparten espacio. Egipto es un país musulmán en donde está prohibido hablar de política, de religión y de sexo, justo de lo que hay que hablar le digo al guía, que sonríe, “menos rezar y más trabajar”, vuelve a sonreír y asiente con la cabeza. Comemos en un restaurante
Del barco, al borde del Nilo. Se mezclan en mi mente un sin fin de cosas, colores, dibujos, la mezquita de Alabastro, llamada Salah Al-Din, los mamelucos, antiguos piratas y mercenarios, música que sale de una flauta mientras un hombre vestido con una túnica da vueltas a una especie de sombrilla que hace girar por encima de su cabeza, acabo aturdida y subo al autobús mientras el guía nos dice que El Cairo tiene treinta y cinco millones de habitantes y Egipto en su totalidad, unos 80 millones, todos viven a lo largo de ese río sagrado y ancestral de más de seis mil kilómetros de largo, sede de una antiquísima cultura, protegida por el desierto que se expande a ambos lados.
Vuelvo al autobús medio mareada, no sé si por el calor, el agobio o la impresión ante tanta miseria. Nuestro amable guía nos lleva a una lujosa tienda y algunos compran papiros, donde están escritos mensajes jeroglíficos. Yo le encargo una colgante con “Ruth” para mi sobrina. De Alejandría hasta El Cairo hay una recta de 250 kilómetros que alcanzamos en algo más de dos horas de trayecto, tanto de ida como de vuelta. Subimos al barco a las 8 y media de la noche y poco después nos
alejamos subiendo el mediterráneo para llegar al día siguiente a Rodas.
El 2 de octubre: llegamos a Rodas, una preciosa isla, pertenece a Grecia
(tiempo soleado, temperatura mínima de l6 grados y máxima de 35), hay varios miles de
islas e islotes, Rodas es la cuarta en tamaño. De 1913 a 1943, estuvo ocupada por los italianos, luego fue incluida a Grecia, tiene 500 hoteles, es eminentemente turística, el pueblo medieval, precioso, fruto de la dominación veneciana. Ya no existe el Coloso de Rodas, del que tanto nos
hablan las fábulas, pero eso no le quita belleza. Está a 244 millas náuticas de Esmirna, la primera ciudad turca que vamos a visitar y a donde llegamos el 3 de octubre. La ciudad de Esmirna es famosa por albergar, un poco hacia el interior, la ciudad de Éfeso, donde nacieron tantísimos
sabios griegos de la antigüedad, Homero, Tales de Mileto y tantos otros. En turco Esmirna es Izmir. Nos dice nuestra guía que la guerra de Troya no fue por amor sino por no pagar tributo a los persas que dominaban el estrecho de los Dardanelos (El Bósforo). Anatolia es el nombre de la
provincia, Cibeles es la diosa que se transforma en Artemisa, y para los romanos en Diana. Impresionante la mezcla de culturas, los personajes que pasaron por esas ruinas, ciudad de Éfeso, que con sólo un 15 por ciento, que hoy está descubierto, tiene un teatro que se supone con una
cabida de 25.000 personas, lo que nos hace una aproximada población de unos 250.000 habitantes, algo verdaderamente sorprendente para una época tan antigua de hace más de cinco mil años. Los baños y las letrinas, los acueductos, los pilares y las columnas, dóricas, jónicas, verdaderamente preciosas. Se puede imaginar mucho más de lo que se ve, pues su grandeza nos impresiona. Cerca hay un monte con una basílica de la virgen, que han visitado los dos últimos papas y donde los
cristianos van a rezar y a pedir deseos; una especie de “Lourdes”.
Esmirna rodea todo el golfo como un cinturón, no se ven espacios verdes.
El 4 de octubre: sobre las 3 de la tarde llegamos a Estambul, estaba lloviendo, pero desembarcamos para visitar la Mezquita Azul y la catedral de Santa Sofía, joya de la cultura bizantina, después mezquita y hoy biblioteca. Por la noche vamos a cenar a un restaurante donde nos ofrecen bailes folclóricos y por supuesto la “danza del vientre”, con cuatro hermosas danzarinas con sendos espectáculos.
En nuestro segundo día en Estambul damos un paseo de más de dos horas en barco; viajamos a través del “cuerno de oro”, una manga marítima que se introduce por suelo turco dejando a ambos lados la preciosa ciudad, mitad europea mitad asiática. El puente Gálata une las dos partes de una ciudad de 15 millones de habitantes. El puente de Atakun, la mezquita de Solimán, las termas y un sinfín de otros preciosos lugares.
El Bazar sorprendente. La gente es seca en el trato, pero educada.
El estrecho del Bósforo es peligroso, se necesita mucha pericia en la navegación de los barcos. Al borde del estrecho lucen los chalets y los antiguos palacios. El resto del día lo pasamos visitando el palacio de Topkapi donde se halla uno de los tesoros más impresionante que jamás he visto. Hay un diamante que fascina y te preguntas cómo es posible que pueda existir un diamante tan enorme, así como las esmeraldas que cubren la empuñadura de un sable cubierto en su totalidad de piedras preciosas de un valor incalculable, trajes de sultanes cubiertos de pedrerías, todo ello de verdad, impactante.
Ciento sesenta kilómetros de largo por sesenta de ancho comprenden Estambul, cuya belleza nos llevamos tanto en la retina como en el corazón y por supuesto guardando el sentimiento íntimo de un día, a ser posible, volver.
