Si nos asomamos a la información que nos da la prensa escrita, la radio o la televisión, ya sea pública o privada, podremos constatar que el tema de los incendios forestales es un asunto que no vende. No aparecen ni en portadas ni en páginas interiores. Cuando lleguen otra vez los meses de primavera y verano, los medios de comunicación de masas llenaran sus páginas con noticias sobre el tema. Pero el tema volverá a caer en el olvido cuando septiembre de sus últimos coletazos. Y así un año y otro, hasta que la situación termine de manera irreversible en una tragedia de magnitud jamás vista en nuestro entorno.

Eso no lo decimos los “catastrofistas de siempre”, “los que llevamos decenas de años advirtiendo de la gran tragedia que se avecina a marchas forzadas”. NO. Lo dice quien tiene las herramientas a su alcance para escribir, con autoridad científica, la gravedad de lo que se nos viene encima, más pronto que tarde. Estas son las palabras de la Agencia Española de Meteorología (AEMET): “He aquí los datos reales que certifican la magnitud del fenómeno en España: Julio fue el mes más seco registrado desde el inicio de la serie histórica en 196 años. La precipitación normal, anual, apenas llegó a un 26 %, y fue el mes más cálido, junto con el de 2022. El impacto es especialmente severo en la Cornisa Cantábrica: en Galicia las lluvias de julio se quedaron en tan sólo 5 litros por metro cuadrado, es decir, un 86% menos de lo habitual en ese mes; en Asturias, la estación de referencia del aeropuerto registró sólo un 38% de la precipitación para el mes de julio; en Cantabria se recogieron  27,8 l/m2, siendo un 45% menos de lo esperado, siendo el julio más cálido en la región desde 1961; en el País Vasco, la agencia del Gobierno de la Comunidad Autónoma (EUSKALMET) califico el citado mes como extraordinariamente cálido y muy seco, con temperaturas de 3,6 º C por encima del promedio histórico.”

El mes de agosto pasado se cerró con un 220% más de superficie calcinada en ese período del año anterior, siendo julio el mes en que más ha ardido el monte. En lo que llevamos de siglo en España se han producido 386 grandes incendios (con más 50 Ha cada uno). Los grandes incendios forestales arrasan más superficie forestal y son más difíciles de controlar, además dejan secuelas ambientales que tardan décadas en poder recuperarse.

Veamos a continuación las principales causas de los devastadores incendios veraniegos de 2016: a) combinación de una primavera extremadamente seca y las olas de calor encadenadas desde el inicio del verano. b) más allá de la meteorología, tras la tragedia subyace un factor silencioso, que nos acompaña desde hace muchísimas décadas: el cambio climático. c) otro factor, también silencioso y repetitivo son las masas calientes del Norte de África, que barren con frecuencia nuestro ya de por sí cálido territorio, y que elevan, de manera considerable, las temperaturas en las zonas del interior del país. d) se ha cumplido la Regla del 30, que multiplica el riesgo de propagación. Regla del 30: temperatura por encima de los 30 grados, rachas de viento por encima de los 30 km/hora y porcentajes inferiores al 30 % de humedad relativa del aire.

Las comunidades del centro de la península son auténticos polvorines forestales. Los expertos en la materia afirman que “el cambio climático no provoca los incendios, pero los agrava hasta límites nunca vistos”. Por otro lado, esos mega incendios son casi imposible de extinguir si no se produce un cambio en las condiciones meteorológicas favorables a su total eliminación. Son incendios tan intensos y tan rápidos que superan la capacidad de extinción de los actuales dispositivos de carácter tradicional. Para los técnicos son incendios extremos o de sexta generación (de los que hablaremos, brevemente, en la segunda editorial), capaces de generar su propia meteorología y avanzar con una velocidad que deja muy poco margen para reaccionar.

Por otra parte, el clima no lo explica todo. Durante décadas, el abandono del medio rural ha ido transformando el paisaje español; de manera muy alarmante desaparece la ganadería extensiva, los cultivos tradicionales y la gestión forestal activa; el matorral crece de forma continua y muy desordenada, formando verdaderas autopistas de combustible vegetal que favorece los muchos y grandes incendios. El paisaje de mosaico que antes frenaba el avance del fuego se ha perdido. Ahora tenemos masas forestales densas e inaccesibles, que cuando arden lo hacen con ferocidad inédita. Es verdad que la despoblación no origina directamente el fuego, pero proporciona una situación geográfica, bastante idónea, para que un pequeño conato de incendio acabe en un verdadero desastre natural.

Las técnicas de prevención de incendios forestales se dividen en medidas activas de gestión del territorio, las restricciones de comportamiento y las pautas de autoprotección ciudadana. Y combinan la silvicultura preventiva con la creación de marcos estratégicos como los cortafuegos y los mosaicos agroforestales que rompen la continuidad vegetal. Por otro lado, la infraestructura tecnológica esencial incluye depósitos hídricos, vigilancia con redes de torres ópticas, censores tecnológicos de detección temprana. Paralelamente, poner medidas de regulación ciudadana y campañas educativas de sensibilización social deben prohibir las diversas quemas agrícolas que no estén autorizadas.    

La gestión del territorio e infraestructuras: a) Franjas de terreno donde se elimina la vegetación para romper la continuidad del combustible y frenar el avance del fuego. b) Poda y limpieza preventiva de residuos secos, matorrales excesivos y realización de poda en altura en los árboles para evitar que las llamas asciendan a las copas. c) Mantenimiento de caminos forestales para garantizar el acceso rápido de los equipos de extinción y construcción estratégica de depósitos de agua. D) Infraestructura tecnológica con depósitos hídricos, vigilancia con redes de torres ópticas, sensores tecnológicos de detección temprana.

Prevención activa y restricciones: a) Restricción absoluta o controlada de quemas agrícolas o de rastrojos en épocas de alto riesgo meteorológico y altas temperaturas. b) Evitar el uso de desbrozadoras, sierras mecánicas o vehículos de combustión en el monte durante las horas de más calor o viento.  

Conducta ciudadana en el medio natural: a) No encender fogatas, barbacoas ni fumar en zonas forestales o no autorizadas. b) No abandonar basuras, papeles ni objetos de cristal o botellas que puedan generar un efecto lupa o iniciar un foco de incendio. c) Estacionamiento seguro. Hay que aparcar los vehículos en zonas habilitadas, despejadas de pastos secos, ya que el tubo de escape caliente puede prender la vegetación.

A pesar de todo lo dicho anteriormente, las verdaderas causas de los incendios pivotan sobre los siguientes ejes: crisis climáticas, falta de prevención y abandono rural. Sin embargo, las principales causas son de tipo estructural: escasa inversión, arraigado uso del fuego en el medio rural, abandono del paisaje agroforestal y ausencia de gestión forestal y nula planificación territorial. Un dato muy significativo de la cuestión es que el 95% de los 8.000 incendios forestales son causados por la mano de ser humano. Sin embargo, para que todo lo dicho hasta aquí se pueda llevar a cabo, se necesita voluntad política y compromisos concretos y coherentes en los tres ámbitos de la administración pública, además de obligar a los propietarios del monte a cumplir con sus obligaciones (hasta ahora sólo un 20% ha cumplido con ellas), que se sepa no se ha dado todavía ninguna sanción ejemplarizante. Y como dice en castellano “ni está ni se le espera”. No es que “las cosas de palacio vayan despacio”, es que nunca empiezan a andar, esté quien esté en el Gobierno Central o en el autonómico.

La respuesta a la pregunta del inicio: ¿Se puede evitar la tragedia? Sí. Aunque no será posible si continuamos mirando para otro lado en lo referente al cambio climático.  

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