José Viadiu
Un pueblo en ebullición
Barcelona ha sido siempre la ciudad que ha dado más que hacer, que ha proporcionado mayores inquietudes al Gobierno central. Su desarrollo industrial, el hecho de ser el puerto más importante de España, el espíritu acogedor de sus moradores, le habían convertido en un centro donde convergían los trabajadores del campo de las regiones más desdichadas. No era cosa rara ver llegar a una pareja cualquiera de no importa el lugar, que una vez situados, o sea que trabajando podían comer, llamaban a sus familiares y estos a otros, hasta el extremo de desalojar pueblos enteros que confluían en la capital catalana. Tanto es así que algunos de sus barrios y aledaños, como Terrasa, Hospitalet, Cornellá y muchos pueblos del llano del Llobregat, así como San Adrián, Santa Coloma, hasta llegar a Badalona, se hablaba más el castellano que el idioma nativo. Ello dio lugar a una exacerbación cultivada por cierto catalanismo morboso que los trataba con despego y desdén, motejándolos de “murcianos”. Tal estúpido hábito creó en los inmigrantes resentimientos y encono contra esta especie de irritante discriminación.

Precisamente por tener la CNT un espíritu humano y comprensivo, por el hecho de saber que es esencial en el hombre buscar un lugar adecuado para poder subsistir, hizo que se les diera el mismo trato, la misma cordial acogida que a los demás sindicados, lo que dio por resultado que en estos núcleos de campesinos incorporados a la vida de la ciudad se forjaran grandes y valiosos compañeros que mucho enaltecieron a nuestro Movimiento Libertario. Y si ahora hacemos mención a ellos es debido a que gran número trabajaban en La Canadiense, portándose como hombres en todos los avatares de la lucha.
Por aquellas fechas, además del tormentoso y justiciero movimiento sindical, andaban muy soliviantados los “lligueros”, movidos, ante todo, por la cuestión financiera y arancelaria, que embadurnaban con determinadas peticiones de tipo regional. A tal efecto, los primates de la Lliga habían redactado unas llamadas “bases úniques” para someterlas al Gobierno central. Dichas bases consistían en una especie de ultimátum político y económico que debía regular la vida de Cataluña. Eso quería decir que los gritos de “¡Visca Catalunya!” se sucedían por doquier estentóreamente, a toda voz.
Este era una especie de truco que esgrimían habitualmente Cambó y familia. El grito de “¡Visca Catalunya!” era usado en diversos tonos. Cuando formaban parte del corro ministerial dejaban fuera de concurso toda clase de vociferaciones; cuando gobernaban los conservadores lo utilizaban como un susurro, pero en cuanto disfrutaban del poder los liberales, como en estos momentos a que hacemos referencia, entonces se convertía en lo que ellos llamaban “crit de guerra”, es decir, adquiría toda la potencia vocal y gesticulante.
Pero con todo el alboroto, con todas las algaradas que armaban, los gobernantes sabían bien que todo quedaba arreglado haciendo pequeñas concesiones. Todo consistía en rebajar un poco los tributos sobre la exportación de paños, vinos, aceite, naranjas, avellanas y demás productos que se elaboraban o se producían en tierras catalanas. Era lo que ellos llamaban “política práctica”, que abarcaba desde una protesta callejera hasta el mutismo. En fin, se trataba de posiciones camaleónicas al servicio y en provecho de la gran burguesía y de los amos de la tierra.
No obstante, al margen de esta politiquería escandalosa y convencional, otras eran las caudalosas y agitadas aguas que causaban verdadera inquietud a los gobernantes y a las clases adineradas españolas. Nos referimos al Movimiento Libertario patrocinado por la CNT, que por aquellos días había arrumbado a todos los políticos y politiqueros, desde Lerroux a Cambó, para irrumpir como una tromba colocándose en el primer plano de un nuevo tipo de lucha que tuvo su culminación, precisamente, en la huelga de La Canadiense, seguramente el movimiento más vertebrado e importante de las luchas sociales internacionales y que evidenció la importancia combativa de la huelga cuando confluyen el entusiasmo colectivo y la experiencia y decisión de los elementos directivos.
Primera fase del conflicto
Andábamos por los inicios del mes de febrero de 1919. La empresa Riegos y Fuerzas del Ebro, vulgarmente conocida como La Canadiense, cuyo director era un tal F. Fraser Lawton, que según se dijo entonces, cobraba 30.000 pesetas oro mensuales por ejercer dicho cargo, y tuvo la feliz idea de hacer economías. En realidad, se trataba de un pretexto para reducir al silencio a los elementos más inquietos que intentaban formar en las filas sindicales. A tal fin anunció la rebaja de salarios a los individuos inscritos en su libro negro. Los trabajadores se resistieron y la empresa recurrió al procedimiento habitual de la burguesía, despedir a los inconformes. Desde luego no contaba con que los inconformes eran el conjunto de los trabajadores que estaban al servicio de la empresa. Tanto es así que el día 5 de febrero, igual en la central que en sus diversas sucursales, y lo mismo en los despachos que en los talleres, como ensayo se produjo una huelga de brazos caídos, que consiste en que empleados y obreros ocupan su puesto, pero sin dar golpe, sin hacer nada. Este tipo de lucha fue usado con bastante eficacia, evitándose muchas veces la declaración de huelga.
La cosa fue complicándose y a partir del día 8 de febrero se declaró la huelga total en La Canadiense. Los trabajadores presentaron sus bases en las que apremiaban a la empresa a que readmitiera al personal despedido, estableciera aumento de sueldos, garantías de que no habría represalias y limpia de esquirolaje. La empresa, en un acto de soberbia muy propio de quien trata con esclavos de país conquistado, en vez de entablar conversaciones con los obreros y discutir las peticiones presentadas, anunció la admisión de nuevo personal y el despido de todos los huelguistas.
Intervención de la autoridad
Como siempre, esta llegó tarde y con daño. En ese momento, ya de por sí grave, es cuando intervino el gobernador González Rohwos, individuo untuoso y reaccionario, uno de los tantos gobernadores que el poder central mandaba a provincias, ignorante de sus problemas y para que en unos cuantos años redondearan su buen pasar para la vejez. Este señor celebró varias conferencias con el director de La Canadiense y con las fuerzas vivas, ya puede suponerse que tal denominación equivale a decir otras autoridades y los representantes de la burguesía, pero como en estos conciliábulos estaban ausentes los obreros, que siempre rehuían la intervención autoritaria, el conflicto fue agudizándose. Por si fuera poco, simultáneamente a la huelga de La Canadiense, la Federación Nacional del Arte Textil y Fabril presentó una demanda, seguida de huelga, que afectó a más de 20.000 trabajadores; sin embargo, lo que despistó a las autoridades y a la burguesía fue que estando presa la mayor parte de la militancia cenetista, el movimiento huelguístico fuese llevado a término con tanta precisión y pericia. Y es que, por lo general, desde el exterior, se sobrestimaba el valor del liderazgo en nuestros medios. La gente creía que todo se reducía a Pestaña y Seguí, por ejemplo, y que el movimiento quedaba desvinculado por estar ellos presos. Cuando la realidad era que existían núcleos de militantes muy competentes apenas conocidos por la policía que eran capaces de conducir cualquier movimiento, por intrincado que fuese, como se demostró en el caso al que hacemos referencia.
Aquí podemos decir que en la huelga de La Canadiense hizo su debut un equipo de elementos jóvenes. Aunque bregados en las luchas sindicales, nunca habían actuado en cargos y conflictos de tanta responsabilidad. En ese momento formaban la Federación Local, en cuyas manos estaba el desarrollo del conflicto, Daniel Rebull, Ricardo Fornells, Emilio Mira, José Mascarell y Vicente Botella, si no recordamos mal. Todos ellos rindieron al máximo durante el curso del movimiento, a pesar de que todo el mundo creía que la dirección era llevada por los compañeros presos.
Así las cosas, la situación se iba poniendo cada vez más “oscura”, dado que a los pocos días secundaron la huelga la Energía Eléctrica, La Catalana y La Barcelonesa, es decir, todas las compañías que proporcionaban luz y fuerza a la capital catalana. De modo que todos los establecimientos, industrias, cafés, espectáculos públicos y los propios organismos oficiales andaban alumbrándose como en los tiempos de Isabel la Católica. Daba gusto ver que en el Gobierno
Civil alguno de los empleados seguía vela en mano al gobernador para que pudiera asistir a sus reuniones con los periodistas y las otras autoridades.
Del golpe que sufrió el Gobierno y de la demostración de cómo iban de cabeza da fe la nota facilitada a la prensa el día 17 de febrero por el ministro Baldomero Argente. Dice así:
“Sobre todas las cuestiones planteadas al Gobierno, ninguna supera en gravedad e importancia a la del orden público en Barcelona y otros puntos de España. La huelga de La Canadiense es quizá la más grave de cuantas estallaron en Cataluña. De dicha compañía dependen infinidad de servicios que irán paralizándose sucesivamente y que obligarán a miles de obreros a holgar forzosamente. Para darse cuenta de la importancia del movimiento baste decir que hay subcentrales de la compañía en Tarragona, Lérida y Gerona con numerosísimos empleados y que sólo en las oficinas de la central en cuyo departamento comenzó la huelga hay más de 1 000 empleados.”
Incautación de las fábricas
Al ver que Barcelona permanecía a oscuras durante varios días, las autoridades decidieron incautarse provisionalmente de todas las fábricas de electricidad. Así que el día 21 de febrero, el «glorioso» ejército español irrumpía en calidad de esquirol en las oficinas y talleres de las empresas incautadas. En ello se evidenció la incapacidad y su inopia en tales menesteres. Días más tarde declaró la suspensión de garantías y con este pretexto se encarceló a todo bicho viviente. De modo que el poder central fracasó rotundamente en su empeño de proporcionar luz y de restablecer el orden, ya que a partir de tales disposiciones la situación fue empeorando. Es cosa difícil evidenciar hasta qué extremo el Gobierno y las autoridades no daban pie con bola. Ora adoptaban actitudes despóticas y draconianas, ora transigían hasta el extremo de mandar a representantes oficiales para que se entrevistaran con los compañeros presos y con el comité de huelga. Hubo crisis ministerial. Se celebraron mil y una reuniones y conciliábulos, con dimisión del gobernador y del jefe superior de policía de Barcelona. En contraste con el aquelarre oficial, pasamos a reproducir un manifiesto que se publicó aquellos días avalado por la Federación Local y por los sindicatos afectados, que dice así:
“A la opinión pública: Nos vemos precisados a aclarar una cuestión que para nosotros tiene gran trascendencia, toda vez que en ella se juegan intereses y estos afectan al público en general. La prensa emite juicios en estos días que desvirtúan la verdad de los hechos, por esta razón nos vemos obligados a hacer afirmaciones y a desvirtuar los conceptos falsos e intencionados que en prejuicio nuestro se hacen circular.
El origen y el desarrollo de la huelga de La Canadiense no es conocido en todos sus detalles y a ello van encaminadas estas líneas. El conflicto surgió por el despido de ocho empleados. Estos recurrieron a la dirección, negándose ésta a dar explicaciones. Aquí empezó la peregrinación de estos obreros.
Se entrevistaron con el señor Coelson y éste, para justificar el despido, alegaba que eran ineptos en el trabajo, cosa falsa. El siguiente día los demás compañeros de la sección de facturación hicieron la huelga de ‘brazos caídos’. Llamada una comisión de seis empleados por el jefe de la sección, señor Evans, la comisión manifestó el deseo de que se admitiese a los compañeros despedidos, negándose la dirección a tal pretensión. Luego visitaron al gobernador para manifestarle el motivo de la huelga. Este les prometió que se harían las gestiones pertinentes para que la empresa remitiera los despedidos.
Mientras la comisión celebraba esta entrevista con el gobernador, la policía, a las órdenes de Martorell, expulsaba a los empleados de las oficinas.
Visitaron también al alcalde y al presidente de la Mancomunidad y éstos, al igual que el gobernador, prometieron solucionar el conflicto que con tantas intervenciones se complicaba más. En La Canadiense trabajaban obreros sindicales del ramo de la Madera, de la Construcción, de la Metalurgia y de Agua, Gas y Electricidad, quienes hicieron causa común con los empleados. Los sindicatos afectados nombraron una comisión y a partir de este momento fue la organización obrera la que había hecho suya la dirección del movimiento, con la que se había de pactar, por ser ella la afectada. Entonces el gobernador dirigió un comunicado a la comisión invitándola a que acudiera a su despacho, a lo que se negó alegando que era la empresa a quien se reclamaba y no al gobernador.
La empresa, ensoberbecida, creía que los trabajadores, al abandonar el trabajo, se encontrarían sin apoyo; de ahí que no admitiese explicaciones. Esta fue la causa del paro total”.
Iba calzado con los sellos sindicales.
Después de la incautación, el gobernador se dirigió de nuevo a la comisión facultada para resolver el conflicto pendiente con la compañía de Riegos y Fuerzas del Ebro, ya que como consecuencia había de negociarse con el Estado convertido en patrón.
Esta comunicación oficial fue contestada por los sindicatos en los siguientes términos:
“Si el Estado se ha incautado de los intereses de la citada empresa, y siendo el Gobierno el causante de la suspensión de garantías constitucionales, de la clausura de los sindicatos obreros y de la prisión de obreros a consecuencia de la suspensión de garantías, la comisión sólo accederá a tratar con V. E. con la garantía de que serán levantadas todas las limitaciones. Si, por lo contrario, la empresa continúa al frente de sus intereses, el comité discutirá directamente con ella la solución del conflicto”.
Esta nota evidencia hasta qué extremo y firmeza la CNT mantenía una de las facetas más importantes de la acción directa, o sea, el hecho de no admitir intermediarios, de no mantener más diálogo que con la parte interesada en resolver el conflicto. En este caso, tratar con el Estado en cuanto a este afecta, o sea, el restablecimiento de la normalidad constitucional y la libertad de los presos, y con la empresa cuanto se relacione con el pleito de la huelga.
Así andábamos cuando el alcalde de Barcelona hizo también sus pinitos para acabar con el desbarajuste de la ciudad. Celebró diversas entrevistas con el comité de huelga, en las que este llegó a formular las condiciones previas para discutir luego la solución. Estas fueron:
“Primero: libertad de todos los presos detenidos a causa de la suspensión de garantías.
Segundo: apertura de los sindicatos clausurados.
Tercero: inmunidad del comité de huelga y de las juntas sindicales.
Cuarto: plazo de dos días para recibir la contestación oficial».
El plazo se cumplió sin que el Gobierno, al cual le fueron remitidas las condiciones, contestara, alegando que era cuestión de estudiar a fondo el problema para darle una solución definitiva. Por otra parte, la empresa La Canadiense el 6 de marzo publicó en la prensa un anuncio despidiendo a todo el personal que había secundado el movimiento, y casi simultáneamente el poder militar decretó la movilización de todos los obreros y empleados afectos a los servicios de alumbrado, aguas, energía eléctrica e industrias conexas.
Las demoras de la autoridad, la conminación de la empresa y el decreto de movilización no tuvieron mayor beneficio que engrosar el número de detenidos, pues los obreros se opusieron a usar el brazal rojo y la resistencia de los trabajadores se hizo más cerrada y violenta.
El decreto oficial fue contestado en los siguientes términos por los trabajadores:
“A todos los empleados movilizados:
Enterada la organización obrera de Barcelona y teniendo en cuenta el bando publicado por la primera autoridad militar, y creyendo nosotros que esto representa una maniobra para contrarrestar la fuerza indestructible de la organización obrera de Cataluña, hemos determinado que todo individuo sujeto a las reservas que acepte el bando militar tendrá que aceptar las consecuencias en su propia persona. Y para terminar le decimos que escoja entre las dos suertes que se le ofrecen”.
El dramatismo de esta nota revela hasta qué punto la contienda se había puesto al rojo vivo. Pero es tal la fuerza y la cohesión de los trabajadores vinculados a la CNT que no había bandos militares ni presiones que les pudieran apartar del cumplimiento de su deber de obreros sindicados fieles a los suyos en todo momento en el tipo de lucha que fuera.
La prueba está en que el 12 de marzo, a la larga serie de huelgas se unieron los empleados y trabajadores de la compañía de tranvías. Este era un baluarte que presidía el déspota Foronda, militar también al que se le concedió el título de marqués por el cumplimiento de su misión de aplastar todo intento de huelga. La organización obrera había reñido duras luchas para sumar a los tranviarios al movimiento sindical, pero en este momento todos se incorporaron al movimiento huelguístico como un sólo hombre.
Este articulo se publicó en Solidaridad Obrera (París), en los número 802, 803, 806 y 811.
