Francisco José Fernández Andújar
La palabra «reforma» deviene de «reformare», «volver a dar forma», y más concretamente de «re» (hacia atrás) y forma (imagen, modo). Cuando Martín Lutero la usó, fue con el propósito de volver a los supuestos orígenes del cristianismo, volver hacia atrás. Hoy, en la práctica, se refiere a mejorar lo que ya hay, reforzar el Sistema. En cambio, la revolución, de «revolutio», que es «giro», «dar la vuelta», que viene de un ámbito científico para referirse a un cambio hacia la otra parte, se refiere a transformar el Sistema, casi a lo opuesto, incluso de, simplemente, destruirlo.
La palabra «reformismo» encierra en sí un «ismo» que bien merece analizar, pues se usa con frecuencia en contextos polémicos y problemáticos, tanto en el ámbito teórico como, sobre todo, práctico y actual. Pero efectivamente, según cómo son los tiempos o lugares, se manifiesta de un modo u otro, y tiene aspectos que pueden confundir porque se interpreta de modo fluido. Mas, tiene siempre un trasfondo profundo que lo ha mantenido como una corriente que se ha mantenido de un modo permanente, siguiendo sus propias lógicas y expectativas.

Revolución y evolución: el gradualismo
El término de revolución y evolución se emplearon con frecuencia en este pasado de la historia del movimiento obrero. Los términos no eran aleatorios y estaban relacionados con las ideas progresistas y cientificistas que ya hemos citado de un modo muy somero. Por otra parte, Darwin presentó su teoría de la evolución de las especies, y ese concepto también se recicló políticamente. Parece inocente, pero frente al Antiguo Régimen, anticuado y religioso, fue natural utilizar estos términos científicos y progresistas, en términos y tonos positivos.
Dentro del movimiento anarquista, el reformismo se ha enfrentado contra el «purismo» o el revolucionarismo/insurreccionalismo. En perspectiva, el reformismo en el anarquismo suele centrarse en la cuestión de medios y fines. Mientras que el anarquismo más clásico procura buscar una coherencia entre medios y fines, por esto de que el manzano no da peras, y buscar la revolución anarquista, o por lo menos más anarquismo en la sociedad. Lo cual no se puede lograr con medios no anarquistas que dan ejemplo.
Sin embargo, ante retrocesos y situaciones imprevisibles, hay corrientes que, dando una gran importancia al relato y a la autoafirmación, entienden que conseguir éxitos beneficia a las personas y grupos que lo consiguen, y si éstas defienden el anarquismo, pues favorece a un colectivo partidario. Si, además, logran ventajas y victorias con hechos, pues debe dar «más anarquismo». Groseramente, el reformismo suele centrarse en el medio, que da el bienestar y la libertad a la gente, mientras que los anarquistas revolucionarios se centran en los fines, pues mientras persista el autoritarismo y el capitalismo, toda victoria es siempre relativa, pues se puede sufrir una derrota y volver al estado anterior: sólo la revolución anarquista puede dar unas soluciones más consolidadas. En muchos casos, sólo vale aquello que logre la revolución, no haciendo esfuerzos en la vida cotidiana: se entra así en posturas maximalistas, de máximos, entrando en unas dinámicas de altas expectativas, con las consiguientes frustraciones cuando nunca se cumplen.
Marxismo y reformismo
El reformismo es una cuestión que se ha debatido mucho en el movimiento marxista, generalmente de un modo negativo. El marxismo ha sido por lo general un movimiento de vanguardias, muy enfocado en las teorizaciones y la superintelectualización. Pese a sus críticas al Sistema, el marxismo surge dentro de la Primera Internacional como una tendencia que apuesta por la conquista del poder político dentro del sistema capitalista y parlamentario, en lugar de procurar su destrucción. El socialismo utópico careció de reflexiones críticas sobre actuar o no dentro del sistema capitalista o estatista, o promover la transformación social a través de la participación de las masas. Lassalle, en algunas etapas de su vida, abogó por el parlamentarismo y el uso de leyes progresistas, contactando con Bismarck, canciller de Alemania. Posteriormente surgieron las famosas polémicas marxistas entre reformistas (también llamados evolucionistas o revisionistas) frente a los revolucionarios: Bernstein y Kautsky frente a Lenin o Rosa Luxemburgo. El reformismo se aceptaba como modo de unir a los trabajadores y generar consciencia de clase, pero las luchas por mejoras que no lesionan el poder eran comparables con Sísifo y su roca: baja y sube permanentemente. Todos sus debates giraban en torno a encontrar el equilibrio respecto a estas cuestiones.
La interpretación de la Historia desde el materialismo marxista, pretendidamente científico, propugnaba la idea de que una revolución hecha por un movimiento obrero o político era adelantar acontecimientos que se van a dar por las condiciones sociales que impone el desarrollo económico, de modo que la actuación debe ser gradualista. Adelantarla era inevitablemente un fracaso, y retrasarla como pretendían los enemigos de la revolución, también era luchar contra lo inevitable, porque se pretendía contrariar los procesos históricos observados por el marxismo. Hoy ya sabemos que, con la Unión Soviética y la situación actual del mundo, fueron errores en ambos casos, pero entonces no era fácil verlo así. Con el tiempo, el reformismo se convirtió en un grado que marcaba, según qué perspectivas, el nivel de coherencia o fidelidad hacia un ideario, difícil de zanjar por la subjetividad y abstracción, sujeto siempre a interpretaciones y circunstancias que, a menudo, suponen un obstáculo en la acción anarquista, en los dos sentidos: el reformismo fortalece otros idearios e incluso el propio Sistema (el hegemónico), y el maximalismo que genera expectativas que resultan en desmoralizaciones o exigencias muy altas que hunden en la inacción, hace que se fortalezca el sistema hegemónico al no actuar o frustrarse el movimiento militante.
En este sentido se enfocó la obra de Althusser, Ideología y Aparatos Ideológicos del Estado, donde la ideología se materializa y se reproduce en hechos y relatos, utilizando las herramientas del sistema, sus «aparatos» (escuelas, burocracia, medios de comunicación, ejército…) para naturalizar su propia visión del mundo y con ello la aceptación del mayor número posible de la población.
Anarquismo y reformismo
En el anarquismo, el reformismo originalmente ha venido del marxismo que ha pretendido acercarse desde posturas «heterodoxas» o con disputas teóricas sobre algunas cuestiones o extremos. Se ha llegado a hablar de «neoanarquismos» que procuran aplicar «nuevas» fórmulas tan novedosas como la participación parlamentaria, el centralismo democrático (votar a jefes desde las asambleas y que desde arriba se decida y si no gusta pues nuevas elecciones) o, ya recientemente y fuera del marxismo, esa degeneración llamada anarcocapitalismo, que es el viejo liberalismo radical que se ha combatido desde siempre.
Hay un anarquismo gradualista, no revolucionario, implicado sobre todo en impulsar las escuelas libertarias, pero rara vez se les ha denominado como reformistas. Otros gradualistas, como los creadores de colectividades, sólo se han preocupado por la posibilidad de que no sean solidarios y se desentiendan de las luchas populares y obreras, no por faltar al ideario. El reformismo en el anarquismo se debe, pues, a la participación política que han procurado otras corrientes como el marxismo o el republicanismo, y más concretamente: a la aceptación de las instituciones, de los modos y de las mentalidades del sistema hegemónico, que suele ser el capitalista. Por eso quien defiende un «dinero social» suele generar sospechas sobre un futuro abstracto, que puede generar debates (que no militancia). Asimismo, el vanguardismo leninista procura que el anarquismo confíe en líderes y pequeños grupos de profesionales de, oh paradoja, la revolución, que se integra así en el profesionalismo capitalista que celebra el modelo de mercenarios. Pero todo esto, donde vemos esa sospecha, se convierte en un problema real cuando no se trata de debates, sino de hechos: la participación en instituciones e instrumentos de dominio y la desideologización en favor de líderes que sirven sus propios idearios o, incluso, intereses.
El problema del marxismo siempre ha sido que nunca han renunciado al Poder, al dominio, como modo de lucha y, hasta en la mayoría de casos posteriores a Marx, como ideario. Pero, como todo en la vida, nada se autodestruye, nada renuncia, el poder genera más poder, como ya decía Bakunin. La corrupción no es tanto corrupción sino como consecuencia y autorreproducción de su lógica raíz: un poder que se fortalece como poder. Si hay una revolución de vanguardias y líderes con poder, es normal que la revolución no sea renunciando al poder, sino fortaleciéndolo desde diferentes medios. Lo llamamos corrupción porque traiciona idearios, pero sirven la lógica del poder de esos líderes que los han aupado a sus posiciones de poder. El poder, en el capitalismo, es dinero y dominio. Y eso tiene como consecuencia inevitable cualquier revolución no anarquista, y por supuesto todo reformismo.
La preocupación por mantener los idearios en una sociedad donde hay una ideología dominante y hegemónica ha suscitado todo tipo de debates. En el anarquismo militante, con vocación principalmente asociativa, se materializó con el debate de «continente» contra «contenido». El «continente» es la organización, la estructura, los seres humanos; el «contenido» son el ideario, los debates, la razón, la justicia. Hay un problema: la gente no nace siendo anarquista, sino toma conciencia en algún momento de sus vidas cuando miran a su alrededor y ve la sociedad que existía desde que nacemos, que viene del pasado, desde hechos históricos sucedidos hasta hoy. La mayoría de nosotros estamos educados bajo ese sistema social imperante y no desde los idearios anarquistas. Pero si el anarquismo se organiza, es a partir de personas que han nacido y educado bajo premisas más o menos opuestas. Si se afilian o adhieren a la organización anarquista, es obvio que van a arrastrar conductas y pensamientos que no son de ese anarquismo, que no nació de una teorización pura, sino de una rebeldía contra hechos concretos que, al sistematizarse, se ha ido teorizando hasta constituirse como una «ideología», un sistema de ideas y pensamientos. Y de ahí a su materialización entre las personas y la sociedad: un movimiento social, el anarquismo. Un anarquismo con sus organizaciones donde se da la tensión entre pensamientos heredados -o hegemónicos en la sociedad- con los anarquistas -o hegemónicos en la organización libertaria-.
A nuestro ver, es un debate equivocado y hasta peligroso. Todo movimiento social debe tener contenido para motivarse y tiene que tener continente para existir. Si no tiene contenido, se hace parte del sistema hegemónico. Si no tiene continente, se hace parte de libros viejos, sin existencia entre las personas. Y con ello a 800 años de opresión como en la Edad Media, donde no se puede negar pensamientos rebeldes entre los campesinos, pero si no se materializa en organizaciones y hechos, pues queda como en una ocurrencia de cinco minutos cuando estás descansando junto a un río.
Es como el debate colectivo contra individuo, una cuestión propiamente burguesa, inexistente en los pueblos primitivos o desarrollados fuera del ideario liberal burgués europeo: sin colectivo ni siquiera pueden nacer las personas, sin individuos no hay colectivo. Lo mismo: sin contenido no hay continente salvo el geográfico, sin continente no hay contenido. Son polémicas que nacen, en el fondo, del modo de pensar capitalista y burgués. Que es normal que lo tengamos porque hemos crecido y aprendido bajo su sistema social. Y también sus productos y cultura: películas, novelillas, deportes… todo influye. Luigi Fabbri escribió un folleto titulado «Influencias burguesas en el anarquismo», y no hablaba de partidos políticos ni parlamentarismo, sino de la exaltación de la violencia en las novelas de la época, que producía una idealización y fascinación hacia la fuerza, de la violencia por la violencia, ejecutado por siniestros anarquistas, y que esa imagen estaba afectando negativamente al movimiento anarquista, que se oponía a toda opresión y la violencia, que se puede entender en el contexto de las luchas sociales, no dejaba de ser un recurso secundario y excepcional, desesperado casi, que no puede definir el ideario anarquista.
Dentro del anarquismo es imperativo el debate y la duda, para mejorar y obtener nuestros propósitos. Hay muchas cuestiones de los reformismos que hay que tener en cuenta. Si existieran soluciones y medios fáciles ya haría tiempo que hubiéramos conseguido proclamar el comunismo libertario en el mundo. Pero no es tan sencillo, y la crítica y reflexión debe existir, pero esto tanto en el reformismo como en el maximalismo, y en realidad en todas las corrientes y posiciones existentes. El razonamiento y la autocrítica debe existir, pero también ser real: de poco vale autoproclamarte y atribuirte que lo haces y los otros no, para darte autoridad y con ello que se haga según como tú dictes.
Debemos tener cuidado con el maximalismo, que a menudo usan agentes provocadores del Estado, pues saben que una autoexigencia imposible que deviene en frustraciones termina con abandonos o críticas al anarquismo como movimiento social y con ello también como ideario. Al final, refuerza al Sistema, y no lo destruye o revoluciona. Evitar también los clichés que caricaturizan el anarquismo como movimiento social: no es puro idealismo ingenuo, ni radicalismo filosófico ni superioridad moral. Hay planes, programas de actuación, interpretación de las actitudes colectivas, comprensión de las reacciones de la gente, contextualizaciones de luchas y decisiones, etc.
Las palabras son palabras y los hechos son hechos. Si un campesino que nunca ha tenido conocimiento del anarquismo actúa en su vida cotidiana como un anarquista, se le podrá llamar como se quiera, pero se acerca mucho a su ideario. En cambio, si un anarquista se llama a sí mismo anarquista, pero se hace policía y carga contra manifestantes del movimiento anarquista, no es anarquista en la práctica. No debemos dar tanta importancia a los posicionamientos y las palabras, que son muy baratas frente al riesgo y esfuerzo real. Y con ello no rechazamos la «propaganda por escrito» o «por la palabra», pero si no se acompaña de hechos, pues mal.
El anarquismo es un sistema de ideas en torno a la libertad que se opone a todo tipo de dominio y opresión, y en torno a su filosofía la gente puede asumir pensamientos, conductas y actitudes en coherencia con ellos, pero también es un movimiento social que lucha, se organiza y actúa, para la liberación de la humanidad frente a las estructuras sociales jerarquizadas y los idearios autoritarios. El anarquismo sin personas es un anarquismo para piedras: carece de sentido, al menos socialmente. Por ello la población humana es importante, tanto que, de triunfar el anarquismo, éste quedaría como un movimiento y fenómeno histórico, y la Humanidad, libre, sería simplemente humanidad, con nuevos retos y problemas. Muchos anarquistas se equivocan cuando piensan en un anarquismo racional y filosofal superior a la humanidad en sí, al ser humano, pero socialmente carece de sentido. El anarquismo transhumanista no existe en el movimiento anarquista, en el anarquismo militante, ni puede existir. Se queda en filosofías personales, con sus razones y argumentos. Pero, al final, el anarquismo surgió como un pensamiento para liberar a los seres humanos, y no para oprimirlos, por el ideario en sí.
El anarquismo es un movimiento que hoy procura incentivar la organización asociativa desde abajo, las asambleas y la defensa contra el autoritarismo y el dominio, con sus instituciones y fuerzas activas: vivimos en una sociedad del «bienestar» donde la Demanda del Mercado procura satisfacer a consumidores siempre que paguen; servicios públicos del Estado que sustituye la comunidad y las iniciativas desde abajo; meritocracia que genera jerarquías y hace competir por llegar más arriba, invisibiliza trampas, condiciones y falacias; medios de comunicación dominados por el mercado que impide que las voces de todos lleguen a todos los demás; leyes que no se pueden cambiar de ningún modo haga lo que se haga porque no conviene que se relativice y desafía la propiedad privada, el dinero o el mercado capitalista. El reformismo pretende facilitar las luchas, sí, pero a cambio de que lo hagan otros, jefes, o con recursos estatales o corporativos, del Sistema: es a cambio de la institucionalización, cuando las instituciones procuran matar la personalidad del Pueblo, de la autoorganización y de la autocapacitación de la gente sin necesidad del Estado o de empresas. Y así reforzar (reformar) el Sistema.
El anarquismo no nace bajo las mismas lógicas de poder que heredó el marxismo del liberalismo, y el liberalismo del Antiguo Régimen. Por eso siempre ha parecido utópico, su propio Ser es revolucionario, así como sus formas: Sus asambleas de masas parecían imposibles, pero se hicieron; el autodidactismo generaba culturas obreras y populares de gran éxito, dando ejemplo a otras posteriores como la cultura punk o la hacker; el asociacionismo y la federación rompía con el centralismo monárquico y el modelo del Estado Contemporáneo; la solidaridad popular y la plaza del pueblo se oponía a la competitividad empresarial y el colonialismo.
La cuestión de la Unidad en la lucha contra las injusticias
Sin duda, en el aspecto práctico dentro de los movimientos sociales, se dan propuestas de unirnos a colectivos autoritarios o simplemente no anarquistas para determinadas reivindicaciones. Estas son de diferentes tipos y niveles: desde estar de acuerdo en una subida salarial en un sector laboral determinado, a oponernos contra una guerra. Se suele decir que, si estamos de acuerdo y planteamos más o menos lo mismo, lo natural es que nos unamos, dejando las diferencias para otros momentos, en los que se dé el caso de afectar realmente. Si hay algunas diferencias, hay que tener en cuenta si son de las que asumimos, pues durante la resolución del conflicto, en la que negociamos, no es raro que renunciemos algunos objetivos al lograr otros que son necesarios. Por ejemplo, queremos un plus de nocturnidad que empiece más temprano y también esa subida salarial. Es probable que, habiendo logrado la subida salarial, nos conformemos si ésta es aún mayor de lo esperado, pero no se logra ese plus. Si la diferencia es que unos asumen, durante la lucha, ese plus, y otros no, no es suficiente motivo para estar separados. Que queramos el comunismo libertario y una asociación gitana no u otro sindicato, no quita que nos podamos unir, pues no se busca con un aumento salarial el proclamar el comunismo libertario. Aunque nos gustara estamos en nuestro contexto social, y no siempre vamos a intentar lo mismo, y habrá que plantear otras reivindicaciones, como una subida salarial. Como no se plantea, y no parece viable hasta que haya más apoyo social y popular, no tiene sentido exigir a otros colectivos que apoyen el comunismo libertario. Y unirnos, porque estamos de acuerdo, en líneas generales, de unos objetivos concretos o contra algo en particular.
Las uniones suelen preocupar teóricamente porque puede suponer una desideologización: al ocuparnos de cuestiones poco concretas, las actividades se enmarcan en una supuesta situación y ambiente de poca conciencia o ideología, que aprovecharían otras ideologías o el propio Sistema hegemónico. Por regla de tres, los otros unidos deberían ser víctimas de nuestro anarquismo, al renunciar ellos a su propio campo de control ideologizado, por decirlo de algún modo. Sabemos que esto no es así, y por una lucha no específica a nivel organizativo o ideológico, no se cambia de ideas, ni por nuestra parte ni por la otra. La realidad es que no se suele ni plantear y la preocupación ni existe. Es una preocupación que siempre se da entre la distancia o para presionar de algún modo, por alguna razón. Y es una preocupación, por cierto, que denota poca seguridad hacia el propio anarquismo por parte de esos anarquistas que mantienen esta actitud y postura. El anarquismo es una ideología fuerte y nadie va a pasarse a otra ideología por ir o no ir a una lucha. Bueno, si es confundido y piensa que el anarquismo, u otra ideología, recomienda quedarse en casa y no ir a actos contra una injusticia colectiva que estamos sufriendo, ciertamente percibirá la falacia y malicia de ese movimiento o ideología, si así fuera. Esperar la revolución y nada más mientras hay problemas, sufrimiento e injusticias día a día, con muertos, no convence a nadie, salvo a quienes no sufren nada de ello, ni necesitan realmente dicha revolución. Y el anarquismo se ha desarrollado como movimiento estando del lado del pueblo, en su día a día, con sus problemas y con sus carencias. Pero siempre con ellos, fomentando su cultura y sus fortalezas, mejorando sus problemas, errores y miserias.
Quizás el motivo principal ha sido los estragos del trotskismo con esa estrategia que han abanderado muchos (no todos) de sus sectores: el entrismo. Infiltrarse en otras organizaciones para destrozarlas por dentro a base de polémicas y malos tratos, hacer asambleas sobre luchas generales controladas por sus militantes y establecer sus propias agendas, han dado durante años múltiples experiencias de manipulaciones descaradas en luchas colectivas, que hacían efectivamente para captar militantes de otras organizaciones, lo cual, en ciertos contextos y ambientes, se ha dado. Pero no debemos caer en esta especie de despecho, que se da siempre en unos contextos determinados, y se puede combatir.
El problema que solemos tener los anarquistas es, en realidad, con las alianzas políticas. Poca concretas, permanentes y realmente disociadas de los supuestos objetivos que pretende, aunque los afirme. Los movimientos no anarquistas suelen presentar unos problemas generalizados: buscan alianzas de los militantes, de las siglas, de las vanguardias. Cuando lo que hay que buscar es alianzas dentro del mismo pueblo, que usará siglas y todo lo que haga falta, pero debe enfocarse siempre desde la propia gente, y no tanto en las siglas u organizaciones. Repito, no se trata de quitarlas o evitarlas, sino entender que las luchas deben ser de la gente, y no solo de unos militantes que logran más fuerza por esa unión. Es obvio que conseguirán algo más, pero sin la gente, esa lucha quedará reducida y con pocas posibilidades. ¿Qué es justa pero la gente no se une, debemos renunciar? Bueno, es mejor poco que nada. Pero lo que debemos indicar aquí es la orientación en el proceder, y es enfocar las uniones entre la gente y dentro de la gente pues las organizaciones e individualidades de los movimientos.
Por supuesto, a la hora de conseguir nuestros objetivos revolucionarios, lo ideal es que esa unión se dé pero dentro de nuestras organizaciones libertarias, pero eso se dará en otro contexto, no en nuestro presente. Mientras tanto, debemos realizar actividades propias que refuercen nuestras organizaciones propias y el movimiento libertario, pero tampoco descartar unirnos a reivindicaciones justas y necesarias en los que naturalmente se va a dar encuentros con otros modos, pensamientos y criterios. Cuando nos unamos, eso sí, debemos procurar que se hagan por medios asamblearios, típicamente libertario, pero también lo inevitablemente popular.
Finalmente, está la cuestión de la unidad dentro del anarquismo. Desgraciadamente, se han producido todo tipo de escisiones y expulsiones, y aunque siempre se proclama la unidad, ésta no se practica, especialmente por quienes más claman por ella. La CGT es una escisión que no estaba dispuesta a asumir los acuerdos de dos congresos. A su vez sufrió otra escisión, la Confederación Solidaridad Obrera. Una parte de CNT se escindió de la AIT incumpliendo los acuerdos del Congreso de 2015, dándose lugar el actual conflicto entre AIT y CIT, la Internacional nueva creada para seguir dividiendo el anarcosindicalismo, con el despropósito de presentar a la AIT y a la CNT que sigue cumpliendo los acuerdos de 2015 como los escindidos, cuando son el sector que evita las expulsiones y no ha promovido ese invento nuevo llamado CIT. Se puede entender que no crean en la AIT, pero entonces, ¿por qué claman por la unidad, si no la quieren? Suelen responder especialmente por las redes negando la realidad de la AIT y de sus sectores partidarios, pero, aunque clamaron por la desaparición de la AIT, ésta no ha dado lugar. Y han denunciado a la CNT, que sigue en la AIT, por las siglas. ¿Si no existían, si son tan irrelevantes, por qué entonces los denuncian, si no es porque necesitan la fuerza de las leyes y de los jueces?
No puede haber unidad ante estos desprecios y actitudes falsas y manipuladoras. Si creen que cuando los jueces logren quitar siglas se va a terminar el conflicto, se equivocan profundamente, los conflictos se radicalizarán y se harán más graves. Se alejará dicha unidad, pero es seguro que proclamarán por ella. También hay grupos anarquistas que así lo hacen, pese a sus ligaduras con la CNT de la CIT y sus posicionamientos en favor del plataformismo, esto es, hacer una organización anarquista centralizada donde se cumplan, no solo se respeten, los acuerdos, con las consiguientes expulsiones de quienes no cumplan estas decisiones, y con ello, no solo la desunión, sino compartir el fin que siempre han tenido las organizaciones plataformistas que histórica -y efímeramente- han existido: desaparecer. Pues es tan fácil como salirse, en lugar de no cumplir, para las organizaciones que están en su seno.
Si se quiere unidad, hay que aceptar las diferencias y asumir que estén dentro de la organización aquellos que no están de acuerdo con todas las decisiones, pero sí con los principios. Pero si quienes promueven todo esto no lo asumen, algo legítimo, tan fácil como asimilar que no habrá unidad, y en esto se parecen con aquellos anarquistas más intolerantes y exigentes: las diferencias son buenas, pues si no, estaríamos en una dictadura distópica. Sí hay que asumir en conjunto unos principios generales pues entonces no seríamos anarquistas sino otra cosa, pero esos principios no consisten en si nos juntamos con organizaciones de otras ideologías o con anarquistas rivales que se desprecian y/o «no existen», sino en la libertad, la solidaridad, la justicia… En última instancia: el anarquismo.
Y en ello, la actuación dentro de nuestra actualidad, de nuestro contexto, donde el anarquismo se muestra como lo que es, un movimiento social, un activismo, no solo una filosofía o un ideario. Quien asuma sólo esto último, debe saber que recoge un anarquismo cojo, incompleto, particular, pequeño. En la medida de lo posible, debemos actuar socialmente, porque hay muchas injusticias que combatir, muchas iniciativas y proyectos que promover, mucha cultura y actitud de autogestión y autoorganización que aunar… en fin, un mundo entero que cambiar, nada menos.
