Miguel Correas Aneas
Bajo este sugerente título la periodista e ingeniera estadounidense Karen Hao ha publicado un extenso libro, que es fruto de seis años dedicados a la documentación del auge de Open AI, la empresa del popular ChatGPT y de su fundador Sam Altman y su frenética carrera por dominar el mundo. El libro es una crónica del desengaño personal de la autora respecto a la Inteligencia artificial propiciada por Silicon Valley.

Es necesario hablar, en profundidad, de Open AI, la muy opaca compañía responsable de ChatGPT en todas sus versiones. El volumen, de unas 600 páginas, recoge datos de más de 300 entrevistas. En él la autora narra la evolución de la IA a través de la historia de una de sus principales empresas y, a la vez, describe con gran precisión cómo funciona realmente el mundo de los milmillonarios de Silicon Valley, en donde sólo un puñado de hombres está imponiendo sus ideas, en ocasiones utópicas y otras realmente peligrosas, que no se rigen por normas o regulaciones por parte de los poderes públicos.
La propuesta consiste en crear una Inteligencia Artificial que sirva para todo, mientras tanto, va consumiendo cuantiosos recursos, precarizando la vida de seres humanos, en lugares tan alejados de la utopía tecnológica como Chile o Kenia. Así pues, quienes son considerados y se consideran gurús, como Sam Altman y otros, se revelan como persuasivos vendedores de un insostenible capitalismo de carácter tecnológico. Ellos son los dueños y señores del imperio de la Inteligencia Artificial.
En una entrevista realizada a la autora del libro, por el periodista del diario “Público”, Pablo Romero, hace afirmaciones tan interesantes como éstas: “El problema no es que la IA sea un campo dominado por los hombres, sino que también está dominado, en la actualidad, por EE.UU, concretamente por San Francisco (Silicon Valley), y más concretamente por la clase rica. Por lo tanto, la franja demográfica que controla la investigación de la IA es una gota minúscula dentro del cubo de la gran diversidad que existe en el mundo. Intentan construir una tecnología de talla única, que se supone que tiene que funcionar para todo el mundo, mientras que ellos existen dentro de una pequeña burbuja, viviendo una vida que en realidad es accesible para un 0,001% de la población”.
Para Karen Hao, el imperio de la IA funciona como lo han hecho todos los imperios, piensa que los imperios en su origen funcionan como una secta, y se apoya al final en una idea de religión, tal vez porque este tipo de sistemas requieren creencias muy fervientes. Un ejemplo de ello son los imperios occidentales, que expandían la cristiandad alrededor del mundo con fervor intenso y un sistema de creencias todavía más intenso. Tal como afirmó Sam Altman en una entrevista que concedió a Tucker Carlson de Fox News, en la que Altman apuntaba esa idea de que es una religión, de que es una especie de culto. A este respecto dice Karen Hao: “Lo que a mí me incomoda de la IA comparada con las religiones es que, en éstas, al menos hay reglas, hay una Biblia a la que todo el mundo puede acceder, todo el mundo puede leerla y entender los principios de esa religión. En la IA no existe un equivalente: el sistema de creencias de estas personas es opaco para todos los demás”.
Según Hao, todos los gobiernos tendrían que exigir transparencia a las empresas de la IA, y no una Biblia para todo el mundo, que es el modelo de talla única, pero sobre todo exigir que haya transparencia en los datos que se utilizan para entrenar sus modelos, qué propiedad intelectual utilizan, dónde localizan sus centros de datos, cuánta agua y recursos consumen, y cuántas ventajas fiscales obtienen. A la pregunta: ¿Es sostenible la Inteligencia Artificial de propósito general, como Open IA? La autora responde: “Es absolutamente insostenible en todos los sentidos de esa palabra. No es sostenible como negocio, las cuentas no salen. Open AI se ha comprometido a gastar 1,4 billones de dólares y sus ingresos están en los 28.000 millones de dólares anuales. No es sostenible tampoco en lo que se refiere al medio ambiente”. “Si quieren hacer sus modelos diez veces más potentes cada año, eso requiere aumentar diez veces más los recursos utilizados, aumentando así diez veces las emisiones de gases nocivos. Silicon Valley ha tomado el camino de desarrollar la IA de una manera más ineficaz a nivel de coste económico, sobre todo, y medioambiental. En realidad, existen maneras mucho más eficaces para desarrollar estas tecnologías. La idea de que va a existir una tecnología que pueda hacer absolutamente todo para cualquiera es algo que no va a existir”.
Existen modelos de IA especializados que pueden utilizarse sin un superordenador y que sirven para la predicción climática y optimizar las cadenas de suministros, el transporte, los requisitos energéticos para los edificios, etc. Querer entrenar los modelos con todo internet es un grave error. No quisiera terminar esta primera entrega sin recordar el suicidio del joven de 16 años, Adam Reine, tras interactuar con ChatGPT durante meses. La tecnológica Open AI no asume su responsabilidad y alega que fue debido a un “uso indebido” de la herramienta. Según la demanda de los padres, los Raine, la responsabilidad es tanto de Open AI como de su propietario, Sam Altman, ya que ChatGPT “ayudó activamente a Adam a explorar métodos de suicidio”.
