Patricio Barquín Castañ
La prueba de que una mentira repetida hasta la saciedad acaba transformándose en dogma la encontramos en George Santayana y su sentencia que decía: “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Esta frase hizo fortuna y no ha parado de ser repetida una y otra vez hasta la saciedad; a tal punto, que prácticamente toda persona que se precie habrá asistido en algún momento de su vida a una clase de historia que arrancaba con la cita atribuida a diferentes personas en función del docente que la impartía (ora Churchill, ora Roosevelt o, incluso, el famoso Oscar Wilde). Así, grabada a grafito o a tinta, lucía en los amarillentos apuntes que andan perdidos en alguna caja polvorienta.

Ya lo siento por el señor Santayana que, al parecer, era un reputado filósofo con una buena cantidad de trabajos profundos, de lectura compleja y de mucho pensar. Ya lo siento por la fortuna de la frasecita que nos grabaron en la mente sin permitirnos el más mínimo atisbo de duda. “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”.
Este año 2026 es año de aniversario, año de celebración, de conmemoración y, sobre todo, de reflexión. Este año, concretamente el 19 de julio, se cumplen noventa años de la salida del pueblo a la calle, el pueblo en armas, el pueblo haciéndose cargo de la situación y parando el golpe militar llevado a cabo por los facciosos. Pero no solo se trató de eso, que no es poco, sino que ante la desidia del estado en todas su formas (gobierno de España, gobiernos regionales, gobiernos municipales), se aprestaron a organizarse de forma horizontal, colectiva y sin imposiciones de ningún tipo. Nacía la revolución anarquista más extendida y prolongada de la historia contemporánea. Todo ello fue posible gracias a un cúmulo de circunstancias; entre ellas, una que venía forjándose desde el siglo XIX en forma de sociedades obreras, ateneos, grupos de afinidad; todos ellos atravesados por el germen anarquista que crecía, florecía y forjaba formas de organización y apoyo mutuo que rompían con el individualismo, la avaricia, la explotación y un largo etcétera de aberraciones que se estaban apoderando de la sociedad española. Gracias a estas personas que se dejaron la piel nacieron las mutualidades obreras, las bolsas de trabajo, las escuelas racionalistas, las cajas de resistencia… Todas ellas tomadas más adelante como patrón para construir los llamados estados del bienestar, eso sí, pervirtiéndolas y vaciándolas de su verdadero sentido solidario y liberador, como sólo el estado es capaz de hacer, y vendiéndolas como un invento de la socialdemocracia o, más recientemente como un invento del fascismo del funesto dictador de voz aflautada, andares ridículos y cierta predilección por el asesinato y la tortura.
La revolución de 1936 supuso la explosión de todas estas prácticas llevadas a su máxima expresión llegando a llevar a la práctica la jubilación voluntaria a los 55 años y la prohibición del trabajo infantil entre otras muchas cuestiones. El comunismo libertario permitió la emancipación de las personas, la desaparición del trabajo asalariado, la abolición del dinero (aunque con ciertas dificultades) en favor del “montón de Kropotkin, la conciencia generalizada de que no se necesitaban jefes ni mandatarios, porque la vida de las personas dependía de lo que estas quisieran hacer con sus vidas. Todo ello en un contexto de guerra en el que se organizaron milicias voluntarias para aplastar al fascismo. ¡Hasta el ejercito habían suprimido de sus vidas!
Noventa años de olvido, de tratar de silenciar todo aquello que se vivió
Fraga, en aquel entonces, vivió uno de los momentos más brillantes de su historia. El momento de mayor libertad y autogestión de la historia contemporánea. Las colectividades se encargaban de la producción y el quehacer cotidiano. La CNT (¿puedo escribir CNT sin acabar en la Audiencia Nacional?) en ese momento, en Fraga, con una población de unos 8000 habitantes, contaba con unas 1000 personas afiliadas, lo que permitió un impulso revolucionario tremendo. Aquí se creó el Consejo de Aragón que luego acabaría trasladado a Caspe. En definitiva, parece que este pueblo tuvo un momento en su historia en que era el epicentro de algo bastante importante desde cualquier punto de vista. Teniendo en cuenta que esta forma de organización se dio, como mínimo, desde agosto de 1936 hasta el verano de 1937 en que se produjo el abandono del frente por las tropas de Lister con el fin de asaltar el pueblo y desmantelar la colectividades, pero incluso que tras el asalto por las citadas tropas y la instauración de un ayuntamiento de corte marxista y el intento de desmantelamiento de las colectividades, estas continuaron funcionando, haciendo caso omiso a la autoridad, hasta la ocupación definitiva por parte de las tropas moras y fascistas en marzo de 1938; todo parece indicar que el período fue lo suficientemente intenso y singular como para ser recordado y comentado pormenorizadamente por la población fragatina, pero no, misteriosamente no. Aquí hace aguas la máxima del intelectual Santayana, puesto que si realmente el poder, en cualquiera de sus manifestaciones, hubiera querido que no se repitiera la historia, habría insistido en que se estudiara a fondo este período, sin embargo, se ha dedicado a malversar este período histórico, y a silenciarlo. Ha habido un silencio sepulcral. Tan sepulcral que esta historia permanece oculta a los ojos de gran parte de las gentes que tienen antepasados cercanos que la vivieron en primera persona. Enterrada bajo cal viva a los ojos de las gentes que tienen familia viviendo en Francia sin tener muy claro el por qué acabaron allí. Historia enterrada en una cuneta para que nadie pueda hurgar en ese pasado. A lo más que se ha llegado es a hablar de república y republicanos. ¿Cómo es posible que aquellos que no quieren que la historia se repita hayan puesto tanto empeño en que no se conozca esta parte de la historia? Pues porque la frasecita de las narices es un sinsentido.
¿Para qué sirve entonces la historia? Pues seguramente, no para repetirla o dejar de repetirla, ya que los períodos y los momentos son cambiantes en cualquier tipo de sociedad. Es por ello que la historia no se va a repetir, al menos no de la misma manera en que sucedió ni se va a dejar de repetir por recordarla mucho, mucho.
¿Quiere eso decir que jamás volveremos a vivir una Revolución Social que derive en una organización horizontal en donde desaparezca la imposición violenta y, por consiguiente, el estado? Evidentemente no, sencillamente porque la supervivencia del ser humano depende del apoyo mutuo, tal y como demostró Piort Kropotkin en su “El apoyo mutuo: un factor en la evolución”, y este apoyo mutuo, aunque no lo quieran, surge en los momentos de crisis, en los momentos más complicados de la vida, en aquellos momentos en que el estado colapsa la sociedad se organiza, tal y como explica la socióloga Rebecca Solnit y tal y como hemos podido comprobar en catástrofes como el hundimiento del Prestige o la reciente Dana en el levante español, por poner dos ejemplos cercanos. Ahora bien, el estado y sus palmeros siempre van a reaccionar a estas situaciones tratando de recuperar el control y para ello no dudarán en atacar por todos los medios a las personas que hayan osado organizarse, aunque sea para ayudar en una situación de emergencia, al margen de la autoridad. Las desprestigiarán, desanimarán, dispararán, matarán, encarcelarán y harán todo cuanto puedan para no permitir que recordemos esos momentos en que nos pudimos sentir poderosas, capaces de ser amas de nuestras vidas y de nuestro destino.
Estoy convencido de que la organización y la conciencia de las personas es la fortaleza necesaria para frenar las embestidas de los estados ante tamaña afrenta que supone el mostrarles que no solo son prescindibles sino que son un lastre y una traba en la vida de las personas, en la buena vida de las personas. Así sucedió el 19 de julio de 1936. Gracias a la gran organización y conciencia existentes, se pudo contener por más tiempo al fascismo y al estado republicano empeñado en hacerse con las riendas del poder tras haberlo abandonado cobardemente, permitiendo el desarrollo del comunismo libertario, permitiendo que durara más que una flor y que perviviera en la memoria de aquellas personas que creemos y creeremos que es posible porque sucedió, que llegará el momento en que la injusticia acabe, la violencia desaparezca de nuestras vidas y podamos vivir una vida plena y fraternal, una vida que valdrá la pena, al fin, ser vivida. En definitiva, como titulara Miquel Izard: “Que lo sepan ellos y no lo olvidemos nosotros”. No para mirar con nostalgia sino para que nos sirva de fuente de inspiración y de energía para continuar en la desagradecida lucha hacia un mundo en el que quepan muchos mundos.
