J. Carlos Chiné (Albañil y anarcosindicalista)

Jo vinc d’un silenci

que no és resignat,

d’on comença l’horta

i acaba el secà,

d’esforç i blasfèmia

perquè tot va mal:

qui perd els orígens

perd identitat.

Jo vinc d’un silenci

antic i molt llarg,

de gent sense místics

ni grans capitans,

que viuen i moren

en l’anonimat,

que en frases solemnes

no han cregut mai.

Raimon. Jo vinc d’un Silenci

Otoño de 1975, días de escuela

Como todos los días y, formados en fila de a uno, permanecíamos callados en

el patio de la escuela frente al promontorio. Desde ahí, el director del Colegio,

Matías Montero, presidía la escenografía diaria: formación estilo militar de cada

uno de los cursos, izado de bandera y el cántico del “Arriba España”. Ya en el

interior, dentro de cada aula, vendrían los rezos, antes de dar comienzo a la

clase de turno. Treinta y tantos alumnos, maestro o maestra mal humorados,

siempre dispuestos a utilizar la mano, cuando no la vara; violencia física y

verbal a diario y de manera sistémica. Funcionarios siniestros que cumplían

fielmente y de manera eficaz una parte importante de la represión. Y en la

pared principal, presidiéndolo todo, los retratos del dictador Francisco Franco y

del fundador de la Falange José Antonio Primo de Rivera, además del crucifijo.

Aquel 20 de noviembre, no recuerdo si entonamos el himno, ni si se izó o no la

bandera. Sí recuerdo que se nos comunicó que Franco había muerto y que por

esa razón quedaban suspendidas las clases. También tengo el recuerdo de

echar a correr y no parar hasta llegar a casa lleno de alegría, dejar la pesada

cartera y salir a la calle, a jugar sin descanso.

Mis recuerdos de niño quedan muy lejos, tenía once años, pero recuerdo

claramente las imágenes en blanco y negro en televisión del entierro del

dictador, y el momento cuando el entonces presidente del gobierno de la

dictadura, Carlos Arias Navarro, pronunció aquellas palabras, sollozando:

“españoles Franco ha muerto”. Era la primera tele y mis padres la habían

comprado hacía escasos días, con mucho esfuerzo y a plazos. Y cómo olvidar

las palabras y los gestos de mi padre, huérfano de un combatiente republicano

y antifranquista muerto a causa de las graves heridas sufridas en Tardienta, en

el frente de Huesca, y también su alegría contenida por no saber qué iba a

ocurrir con la dictadura.

Mi padre, con tan sólo 8 años, quedó a merced de las circunstancias junto a su

madre y sus dos hermanas pequeñas en plena guerra. Fue empujado al trabajo

prematuro, antes incluso de haber pisado una escuela, lugar al que nunca

podría asistir; aprendiendo a leer y escribir torpemente, ya casado, en las clases

particulares que un maestro ofrecía por un módico precio. Se hizo adulto antes

de hora, viviendo entre ovejas por los llanos de Fraga, como rabadà, pero

nunca hubo palabras ni gestos de rencor. Sin embargo, para él no hubo olvido:

en casa siempre supimos donde murió su padre y en qué circunstancias, no

necesitó de lecturas filosóficas ni políticas para saber a qué lado de la historia

pertenecía y de qué manera trasmitir a los suyos ese sentimiento de amor a la

libertad y a la justicia.

Fraga, otoño 2025, 50 años de la muerte del dictador F. Franco

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