Pedro Ibarra

Noviembre de 1948. Lejos ya de aquella fecha en que teníamos 20 años y fuimos embarcados en un Bou de pesca, desde el Puerto de Palma, hasta el puertecito de Andratx, en donde hicimos 2 meses de instrucción en un viejo y pequeño cuartel del cuerpo de Infantería de Marina, cuyo edificio estaba en un miserable estado de higiene y habitabilidad y que producía verdaderos desasosiegos en nuestros cuerpos por la familiaridad de los parásitos que allí tanto abundaban y que eran dueños y señores de nuestras sangres y de nuestro sosiego. Chinches, piojos y ladillas fueron animales de compañía en las clases de teórica y de instrucción militar. Se dormía en el suelo sobre una colchoneta de gruesa lona, pero eso sí, rellena de apelmazada lana de borrego. Sin cabecera ni sábanas y con una manta de lana que arañaba incluso al hierro.

No había armarios para poder guardar la ropa y demás enseres y con un verdadero espanto de lavabo, de cuyas paredes emanaba el más puro ácido bórico de los orines de tres compañías de soldados (360 hombres), y con el gran peligro de que si te dormías un poco en semejante lugar te tenían que sacar en parihuelas sin sentido. Había un wáter que podía escandalizar incluso a los mendigos del país y de la época. Con un triste pozo de aguas de lluvia, apuradísimo en su caudal, por la falta de ellas, hasta el extremo de no poder ver el fondo del cubo, con el cual se extraía el precioso líquido, por causa de su suciedad. Por todo este conjunto de cosas que faltaban para nuestra propia higiene, tuvimos que alquilar una casa de Pagés, con cisterna, cocina, habitaciones e incluso un arcón en el cual guardábamos nuestras ropas, y por todo poníamos, los 9 compañeros que éramos, 5 pesetas cada uno al mes en concepto de alquiler.

La cocina del cuartel era horrible, con bajos techos de troncos de madera, en los cuales se apoyaban las tejas y en los que se escondían algunas ratas, dos de las cuales cayeron una mañana en la perola en donde hervían unos pocos litros de leche, acompañadas de abundantes aguas del sucio pozo. Las ratas nadadoras se ahogaron por el calor de la cocción. Se empezó a repartir el célebre cacao con leche hasta que el cazo tropezó con algo raro, las dos ratas. La cuestión fue que a pesar de todo no hubo manera de vomitar el cacao con leche. Seguramente fue por ese espíritu de conservación y vida tan indomable que forja el hambre, o quizás la infinidad de vacunas que nos pusieron en la Clínica Naval de Palma. La verdad es que fuimos verdaderamente un ejército forjado en el valor e inmune al hambre, las plagas de parásitos y el sentido común.

A la hora de preparar la comida se colgaba una joven cabra de la rama de un árbol y se le despellejaba, haciéndola trozos. Se hacia una pequeña selección de ellos y, como era lógico, los mejores pedazos fueron siempre para la oficialidad instructora, con la sana intención de que por falta de alimento no pudiese nunca fallar la voz de mando. Los restos óseos de la difunta cabra eran guisados con boniatos, que los empezaban a pelar a las 9 de la mañana y a las 12 los añadían de compañía a la triste cabra, con la añadidura de numerosas avispas moniateras que se negaban obstinadamente a abandonarlos por creerlos de su única propiedad. Curiosas fueron las escaramuzas con dos gatos de tejado y 9 soldaditos con un cierto apetito irreverente. No conseguimos jamás llevarlos hasta la cazuela (para pasar mejor el frio). Tenían los malditos mucha más mili que nosotros y escapaban por los tejados con el rabo levantado en forma vertical, enviándonos a cierta parte.

Pasó el tiempo por ese pueblecito costero de Andratx e hizo en él estragos en el paisaje, de tal manera que al poderlo ver hoy por TV se me hace imposible el poderlo reconocer, solamente me es familiar su iglesia, escapando de la vieja niebla del viejo que la recuerda y adornándolo todo lo que fue, con el polvo de oro que dora todo recuerdo.

Negras nubes cubren todo lo bonito y sencillo que la naturaleza, y a veces el ser humano, creó. Hoy, este lugar, que en un tiempo fue el verdor de sus pinos mediterráneos lo que lo cubría, está cubierto ahora por la funesta codicia de algunos hombres, que ciegos por ella arrasan la belleza tapándola con ladrillos y cemento. La codicia, la más terrorífica llaga sangrante del ser humano, hizo estragos en este sencillo pueblecito, alegría de sus pobladores y hoy pendón de vergüenza, rabia y escándalo, y como vergonzante testigo agorero de codicia su excelentísimo Sr. alcalde, hijo predilecto de la “primitiva”.

Los bosquecillos de encinas entorno a este pueblo y las visitas en busca de bellotas para poder distraer la pesada hambre, que como fiel compañera nos acompañó 2 años. Toques de trompeta y revista para poder salir de paseo. Y el paseo pretexto para visitar un sencillo bar que vendía boniatos asados baratos. Los cortes de luz producidos por una vieja “Burra”que fabricaba electricidad con cuentagotas y que en los momentos de oscuridad se aprovechaba para sustraer boniatos asados de un cesto de forma gratuita. Triste época en que la miseria era dueña y señora de todas las cosas y de casi todas las personas.

Todo quedó atrás, y me duele mucho el que sea ensuciado por unos locos codiciosos mi recuerdo de este lugar. Quizás sea la pobreza aquella la que valora y forja mejor al hombre, ya que la abundancia lo destruye. Algo de ello debe de ser cierto y será por ello el que por eso la naturaleza esconde el oro y la plata para nuestro bien. Debe de ser por ello el que este lugar tan bello que fue un día es hoy señalado como víctima de la codicia del ladrillo y el cemento, destructor de la dulce mano creadora de la naturaleza. Tristeza por sus altas paredes, ladronas de soles, luces y vientos. Cuantas cosas bonitas perdidas por la miserable codicia de unos hombres, que sedientos de dineros arrasan todo lo hermoso de su entorno.

Saludemos finalmente al Excelentísimo señor alcalde de Andratx por el enorme cariño a ese bendito pueblo, al cual debe todo que lo sabe y todo lo que tiene :¿Y nunca mejor dicho!  

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