José Viadiu

El día 13 de marzo, en todas las esquinas de la capital catalana, se fijó el bando declaratorio del Estado de guerra. Su escritura era la típica de todos los pergeñados por el oficialismo.

Preveían que así se disolverían los grupos que embarazasen la vía pública o que tuviesen carácter sedicioso, empleando la fuerza para ello.

Por tal disposición quedaban sometidos a la jurisdicción militar los delitos de rebelión, sedición, robo en cuadrilla, levantamiento de carriles, intercepción de vías de comunicación, ataques a mano armada a trenes o tranvías, destrucción o deterioro de las obras y efectos destinados a la explotación y comunicación y toda clase de atentados por medio de explosivos.

También lo eran los causantes de incendios o desperfectos en edi­ficios públicos o particulares, establecimientos industriales, líneas telegráficas y telefónicas, conducciones de electricidad, cañerías o depósitos de agua y gas; además de los desacatos con violencia a la autoridad militar o comandantes de cualquier fuerza del ejército.

Los que promovieran o tomasen parte en reuniones o manifes­taciones públicas no autorizadas y en asociaciones ilícitas, los que ejercieran coacción de cualquier clase relacionada con la huelga, los que formasen grupos para imponer violentamente paros o cuantos otros perturbasen o intentasen perturbar el orden público. También los jefes o promovedores de huelgas o paros que no hubieran sido denunciados a la autoridad en el plazo establecido por la ley.

A la vez estaban sujetos a los procedimientos militares los que de algún modo impidieran el abastecimiento de víveres y demás ele­mentos útiles a la sociedad o que directa o indirectamente, de pala­bra o por escrito, incitasen a cometer alguno de los citados delitos o propalasen noticias que sirviesen de pretexto para excitar el ánimo de los individuos del ejército para que le faltasen a la subordinación y quebrantasen sus deberes militares.

Otro apartado disponía que serían sometidos a los tribunales mi­litares los que se levantasen en armas contra la patria, los que la injuriasen por escrito o por estampa y los que intentasen ultrajar a la nación o a su bandera.

Establecía que quedaban en suspenso todas las licencias de ar­mas; prohibía el uso de emblemas que no fuesen los oficiales e im­ponía la previa censura a la prensa, ejercida por los militares.

No hemos podido resistir la tentación de reproducir esta jerigon­za autoritaria pergeñada con una mala literatura propia para cuen­tos de miedo, ya que muestra el tipo mental y moral predominante en los medios monárquicos de la España de aquellos días.

Pero en el mismo momento en que se publicaba el bando, en el tren expreso Madrid-Barcelona viajaba el subsecretario de la Presidencia, señor José Moróte, persona bien intencionada, en calidad de apaci­guador, quien a su llegada a la ciudad de los condes celebró varias entrevistas con las autoridades y directores de las empresas afectadas, y el día 15 de marzo se reunió con los representantes de los trabajado­res, evidenciando sus buenos deseos de acabar con el conflicto.

BASES DEL ACUERDO

Por fin, después de reiterados forcejeos por ambas partes, el día 19 de marzo se llegó al arreglo que publicamos a continuación:

«Primero: La Compañía Riegos y Fuerzas del Ebro readmitirá a todo el personal despedido y huelguístico en todas las secciones, servicios y dependencias de dicha empresa.

Dos: Siendo facultad indiscutible de la dirección de la compañía organizar el servicio y el trabajo en todas las secciones y dependen­cias podrá destinar a sus empleados a los servicios que tenga por conveniente, sin menoscabo ni quebranto de su carácter técnico o profesional ni de sus categorías.

Tres: La compañía acepta el aumento de sueldos o haberes al per­sonal de oficinas con arreglo a la siguiente escala: hasta 100 pesetas mensuales se aumentará el 60 %; de 101 pesetas a 150 se aumentará el 40 %; de 151 pesetas mensuales a 200 se aumentará el 30 %; de 201 pesetas mensuales a 300 se aumentará el 20 %; de 301 pesetas mensuales a 400 se aumentará el 15 %; de 401 pesetas mensuales a 500 se aumentará el 10 %. Estos aumentos no serán válidos a los menores de 17 años.

Cuatro: Los obreros de la compañía, así como los oficiales, tendrán los mismos jornales que pague como mínimo cada una de esas cate­gorías en su respectivo oficio la Federación Patronal de Barcelona.

Quinto: La compañía abonará al personal de oficinas la mitad de los haberes del mes de febrero e íntegros desde el 1de marzo, con el aumento estipulado que regirá desde el día en que se reanude el trabajo, pero quedando suprimidos por este año los quince días de permiso con objeto de compensar y recuperar el trabajo perdido durante la huelga. La quincena de febrero será satisfecha a las 24 horas de reanudado el trabajo.

Sexto: Todos los empleados y obreros de la compañía disfrutarán la jornada de 8 horas.

Séptimo: La compañía abonará a su personal el jornal íntegro en caso de accidente de trabajo.

Octavo: La compañía se compromete a no ejercer represalias sobre el personal con motivo de la huelga.

Noveno: El trabajo se reanudará dentro del plazo de cuarenta y ocho horas a contar desde el día siguiente a la fecha de este docu­mento, reservando sus puestos a los movilizados hasta las cuarenta y ocho horas siguientes a la desmovilización. Y de acuerdo con todas las bases anteriores, la compañía y la repre­sentación obrera suscriben este documento en Barcelona. A 17 de marzo de 1919″.

Por la compañía de Riegos y Fuerzas del Ebro firman el director Lawton; por los obreros y empleados de huelga, los representan­tes sindicales. Siguen los sellos y firmas del comité de huelga y de los Sindicatos de Construcción, Madera, Metalúrgico y Gas, Agua y Electricidad.

çAquí cabe decir que los delegados de los trabajadores se reserva­ron la aceptación definitiva hasta que prestara su conformidad la multitud de obreros adheridos a la CNT.

EL MITIN

A tal efecto se celebró uno de los comicios más importantes de nues­tro Movimiento. Tuvo lugar en la plaza de toros de las Arenas, y a el asistieron más de 25.000 personas. Tomaron parte el compañero Simón Piera, representando al sindicato del ramo de la Construc­ción; Paulino Diez, por la Federación Local y Francisco Miranda en nombre de los presos recién libertados. Durante sus peroraciones se mostraron partidarios de que los huelguistas volvieran al trabajo, lo que dio lugar a que arreciara la protesta (debido a que parte de los asistentes consideraba que debían ser libertados los compañe­ros sometidos a procesos militares). El último alegó que se tuviera confianza en las gestiones del comité de huelga y que se lograría la liberación de todos los presos.

Salvador Seguí fue el último orador de la jornada. Su intervención fue altamente difícil. Quería llevar al convencimiento de la necesi­dad de dar por terminado el conflicto a la gran muchedumbre. Mos­tró habilidad, paciencia, comprensión, inteligencia, dotes persuasi­vas y gran dominio de la tribuna. Empezó recordando los incidentes más destacados de la lucha recién sostenida y mostró que los arres­tos de los trabajadores habían derrotado a la burguesía.

«Se acercan días de lucha —dijo— y para triunfar se precisa la unidad de todos». Pidió que tuvieran confianza en los elementos di­rectivos de los organismos obreros y afirmó que las suspicacias y los recelos podrían hacer fracasar lo logrado hasta ahora.

Al aconsejar de nuevo la vuelta al trabajo, se recrudecieron las pro­testas. Entonces Seguí propuso dar un plazo, hasta el lunes próximo, para que el Gobierno pusiera en libertad a todos los compañeros presos. Si para ese día no estaban libres, se iría a la huelga en toda Cataluña y luego procuraríamos extenderla por toda España.

Algunos de los oyentes plantearon la expulsión de quienes pro­testaran. El orador se opuso a ello terminantemente, poniendo de manifiesto lo sensible y humano de tal petición, de tal anhelo.

Insistió de nuevo en recomendar la vuelta al trabajo y en que no se desoyera la voz del comité, puesto que este sabría cumplir con su deber.

A continuación, el compañero secretario dio lectura a una carta enviada por los huelguistas encerrados en Montjuic. En ella felicita­ban al comité por su actuación y por el gran triunfo alcanzado sobre la burguesía.

A renglón seguido, habló Seguí, preguntando escuetamente:

«¿Tenéis confianza en la actuación del comité? ¿Se acuerda la vuelta al trabajo?».

La contestación fue unánime y afirmativa de todos los trabajado­res allí reunidos.

Así terminó el célebre mitin de las Arenas. Mitin preñado de ilu­siones, de afanes de lucha; mitin al rojo vivo, donde las pasiones encrespadas y el entusiasmo férvido de las multitudes presagiaban días de combate tormentosos, cuya reseña y descripción resultarán pálidas ante el recuerdo de los hechos.

segunda fase del conflicto

La solución condicionada del movimiento huelguístico, basada en la libertad de todos los presos y de los beneficios alcanzados por los trabajadores, tuvo una repercusión formidable en todos los medios sociales como reconocimiento de un gran triunfo del movimiento libertario patrocinado por la CNT. Los elementos conservadores pusieron el grito en el cielo contra la solución. Abrieron la caja de los truenos y hablaron de claudicación del poder público, de pactos vergonzosos, de renuncias gubernamentales y de toda la jeremiada propia de dicha gente y en tales casos, hasta el extremo de que el representante del Gobierno que intervino en la solución del conflic­to, don José Moróte, al llegar a Madrid, acosado por los periodistas, declaró:

«—Al llegar aquí me entero, con gran sorpresa, de las especies insidiosas que circulan a propósito de mi actuación en Barcelona. Tengo que decir aquí, para rectificarlas de una vez, que allí se ha actuado sin la más leve rozadura del honor del poder público ni del particular de los que llevaron su representación. No han existido pactos como se dice con intención poco piadosa; ha habido tan sólo otorgamientos de absoluta justicia».

Apremiado, luego añadió:

«—El sindicalismo barcelonés tiene una dirección inteligentísi­ma, no se presta a procedimientos de violencia. Esta es la realidad y a ella debemos someternos todos».

Así las cosas, el día 20 de marzo se restableció la normalidad con las empresas de la industria eléctrica, y la desmovilización fue gene­ral. Pero era de esperar que las fuerzas reaccionarias no se confor­marían con una solución que otorgaba tan gran triunfo a la militancia cenetista. De forma que la palabra empeñada de liberar a todos los presos procesados fue incumplida, no faltaron algunos jueces militares que se resistieron a soltar la presa.

Por nuestra parte, ello dio origen a un cúmulo de reuniones. Se alegaba que la informalidad oficial tenía que ser contestada con la huelga general. La cosa fue discutida con pasión en nuestros me­dios. La dualidad de opiniones consistía en que unos creían que presionando pronto recobrarían la libertad los compañeros presos sin necesidad de recurrir a otros movimientos, mientras que otros argüían que era una dejación, una cobardía no exigir al momento la libertad de todos los presos. Así que se optó por la declaración de huelga general a los tres días justos de haberse resuelto el dramático conflicto con La Canadiense.

Lo mismo entonces que ahora, pensamos que tal resolución fue un desacierto. Creemos que, si en dicha ocasión, la CNT hubiese sa­bido o podido frenar sus ímpetus, el desarrollo inmediato de nues­tro movimiento se hubiera convertido en una fuerza sindical única, afluyendo todos los trabajadores a sus organismos de combate, pues el ambiente conseguido, el crédito logrado por nuestras luchas ha­bía alcanzado todos los ámbitos. Por otra parte, no se tuvo en cuenta que el pueblo estaba cansado de una lucha tan prolongada y ansiaba la normalidad.

Mas esto hubiera sido tanto como desdecirnos, pues en nuestras luchas siempre se ha tenido más en cuenta el fuero que el huevo. De modo que se siguió el camino más difícil, el de hacer honor a la palabra comprometida de que se diera inmediata libertad a todos los presos que estaban en curso de proceso. Esto no era cosa fácil de conseguir, puesto que equivalía a humillar el espíritu de casta de los militares. Además de que ello respondía a un plan preconcebido en el que entraban en juego los elementos más reaccionarios, con el fin de alimentar el desorden frente a la transigencia más o menos acen­tuada de las autoridades civiles, que iban dando bandazos, fluctuan­do entre las medidas represivas y las de tolerancia y benignidad.

Esta contienda entre civiles y militares tuvo fases ostensibles y ruidosas, culminando con la dimisión del gobernador, señor Monta­ñés, y del jefe de Policía de Barcelona, señor Doval, que representa­ban una especie de poder moderador frente a la actitud irreductible del capitán general de Cataluña a cargo del anacrónico y entumecido Milans del Bosch. El propósito de los militares era evidente. Su posición al enfrentarse a cuanto representara las aspiraciones proletarias no tenía otro fin que el de presentarse ante las clases conservadoras y adineradas, al margen y contra los políticos en el poder (Romanones y su séquito) como la única fuerza capaz de res­tablecer el orden con mano dura. Esa aspiración surtió sus efectos años más tarde con el golpe de Estado de Primo de Rivera el 13 de septiembre de 1923.

Con todo, a la orden de paro que se dio para el día 24 de mar­zo, a las 12 de la mañana, este fue unánime. A esta hora se cortó la corriente y quedaron paralizados tranvías, talleres, comercios, fá­bricas, etc. De nuevo empezaron las reuniones y conciliábulos de las autoridades, que iban de cabeza. Eso sí, en vez de conminar a los jueces reacios a soltar a los presos, que era el verdadero caballo de batalla, se apresuraron a declarar el estado de guerra. Barcelona apareció tomada militarmente. Milans del Bosch concentró todas las fuerzas a su mando, además de la guarnición local ya muy nu­trida, fueron llamados a la capital catalana el regimiento de María Cristina, de Lérida, y el batallón de cazadores de Estella, que residía en la gerundense Olot.

En la mañana del 26 estas fuerzas se diseminaron por toda la ciu­dad. Piquetes de caballería frente a los edificios oficiales. Cañones en el Paralelo, en las plazas de España y de Cataluña. La cochera de tranvía de la calle Campo Sagrado fue utilizada como cuartel gene­ral. La plaza de Lesseps, de la barriada de Gracia, fue ocupada por artilleros. Además, al puerto barcelonés llegaron el acorazado Espa­ña y el destructor Osado.

Esto da la pauta de la mentalidad militaresca. Como no tenían ocasión de ganar ascensos frente a un enemigo aguerrido y varias veces fueron derrotados por cabilas rifeñas, hacían todos estos des­plantes bélicos ante masas inermes y pacíficas. Su función consistió, junto con el somatén, otra fuerza armada al servicio de la burguesía, en recorrer las calles de la ciudad obligando a que los dueños de co­mercios, cafés, bancos, restaurantes, etc., a que levantaran las puer­tas de sus establecimientos, a la vez que conminaban a los obreros y empleados a que prestaran servicios, dándose el caso de que, por resistirse, centenares de trabajadores fueron aprehendidos y llevados a las cárceles y al castillo de Montjuic. En fin, todo el aparato militar dispuesto para aplastar una huelga que se había declarado por unanimidad y sin el menor acto de violencia.

Ya puede suponerse, en tal situación, que todos los miembros más activos de la CNT estaban presos. Las redadas eran masivas. Bar­celona daba la impresión de ser un aduar. Pero con todo, la cosa de pacificar no marchaba, el orden público iba a la deriva. Aquí se resolvía un conflicto y allá se declaraban en huelga centenares de trabajadores, secundando el movimiento las zonas más industriali­zadas y más inquietas de Cataluña.

Por aquellos días la burguesía se atrevió a publicar en el Boletín Oficial la siguiente locución:

«La Federación Patronal de Barcelona, con la venia del excelentísi­mo Señor Capitán General, ha acordado:

Primero, que el jueves 10 se reanude el trabajo en todas las fábri­cas, talleres, obras y transportes, con los salarios y horas de jornada que regían al estallar la huelga general, bien entendido que de no reanudarse el trabajo absolutamente en todas las casas, quedará este suspendido al día siguiente, sin que ningún obrero tenga dere­cho a otra reclamación que el pago del jornal devengado. Segundo, en las casas que hasta el sábado día 12 no hayan com­pletado su personal por incomparecencia de parte de sus obreros, los no presentados se considerarán despedidos sin derecho a recla­mación alguna y quedando el patrono en libertad de contratar el personal que le haga falta».

Se publicaron varias jerigonzas de este tipo que, como una espe­cie de globos sonda, trataban de quebrantar la voluntad de resisten­cia de los trabajadores, respaldadas por la fuerza de las bayonetas que dominaban la ciudad. Sin embargo, estas conminaciones no producían el menor efecto en el ánimo de los trabajadores. Además, esta literatura, así como la gubernamental, era debidamente con­testada por las hojas clandestinas que se publicaban a diario y por Solidaridad Obrera, que salía con intermitencias sin que la Policía jamás pudiera dar con el lugar en donde se imprimía. Por estas fe­chas en que no salía ningún periódico, ya sea por huelga de tipógra­fos o bien por falta de fuerza eléctrica, no se editaban más que los manifiestos, notas y periódicos del movimiento libertario. La plaza de España y la entrada al parque de Montjuic era uno de los lugares donde se repartían nuestras publicaciones, que circulaban de mano en mano con verdadera fruición. Y sus indicaciones eran aceptadas por la multitud de huelguistas.

Por entonces, se publicaron varias disposiciones oficiales con el propósito de ahogar la agitación social. En realidad, resultaron unos emplastos, puesto que las aspiraciones de los trabajadores sobrepa­saban en mucho las concesiones que se otorgaban por decreto. Del desbarajuste oficial da fe que en el espacio de unos meses se suce­dieron tres gobiernos: Romanones, Maura y Sánchez Toca, sin que lograran mejorar la situación huelguística ni que pudieran domeñar el espíritu de protesta y rebeldía de las multitudes vinculadas al

mo­vimiento libertario.

Tanto es así que el propio conde de Romanones, pocos días antes de su dimisión, dijo a los periodistas:

—¡Qué más quisiera yo que poderme marchar! Mi natural inclina­ción a la clemencia no ha dado el resultado que esperaba.

Efectivamente, el conde presentó la dimisión y lo sustituyó Mau­ra, que duró poco tiempo. Se sucedieron los gobernadores y entre ellos, Julio Amado, quien comenzó una especie de mesa redonda donde patronos y obreros discutían sus problemas, que no sirvió más que para evidenciar la dualidad irreductible de ambas posicio­nes y que quedaron truncadas al poco tiempo.

Por otra parte, la honda pugna entre políticos y militares se iba tornando más agresiva. Los militares sentían nostalgia de las pre­bendas y gajes que antes obtenían de Marruecos. Por estas fechas el «glorioso» ejército español cifraba todas sus esperanzas de medro en las hazañas y heroicidades que desarrollaba frente a los militan­tes y sindicatos de la CNT. A un general cualquiera lo mandaban de pacificador a Valencia, Andalucía, Zaragoza o Barcelona a enta­blar alguna «guerrita» contra los sindicalistas, eso le valía honores y ascensos. Así lo hicieron los generales Barreira, Milans del Bosch, Arlegui, Martínez Anido y Primo de Rivera, entre otros.

Pero con todo, la agitación en Cataluña seguía indomable. Las huelgas se sucedían. El caso es que el poder público pretendía re­solver el problema social con procedimientos gastados y viejos, sin querer reconocer que había terminado ya la era paternal y que los trabajadores se lanzaban a la conquista plena de sus derechos, a la realización de sus propios destinos.

Aun ahora creemos que la huelga de La Canadiense fue uno de los movimientos más vertebrados y coherentes que haya podido desarrollar el sindicalismo internacional. A la vez demostró la gran eficacia de este me dio de lucha y que, además, fue el ariete, el gran corrosivo, el crisol que vino a depurar el estado mefítico en que se desenvolvía la vetusta y corrompida monarquía española.

*Este artículo se publicó en Solidaridad Obrera (París), en los números 802, 803, 806 y 811 (1960).

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