Severino Campos

Guyau continúa siendo el filósofo que no pierde actualidad. La filo­sofía moderna, por lo menos la de expresión ético-pedagógica, halla aportaciones analíticas, y conclu­siones no superadas hasta hoy, que el pensador francés anticipó como premisas certeras para la constitución de una Humanidad cada día su­perior.

Sabido es que el sereno y meticuloso análisis del autor de “La Educación y la Herencia” penetra en todas las esferas del movimiento so­cial. En lo que aborda, siempre por vías reflexivas, el factor moral adquiere prominencias en las conclusiones. Penétrese en el amplio te­mario de sus varias obras y se constatará el mismo fenómeno.

“Si el mundo no vale más que como una sim­ple materia para la caridad, su existencia pa­rece difícil de justificar, y los caminos de dios son harto tortuosos.”

En materia de crítica social, religiosa en lo que acabamos de citar, el pensamiento de Guyau se confunde con los pensadores ácratas. In­dependientemente de la finura de lenguaje, de su elocuencia y enjundia, son dos líneas para­lelas de acción hacia un destino común.

Podrá alegarse que no toda persona irreligio­sa es anarquista. De acuerdo. Sin embargo, opinamos que en toda irreligiosidad hay algo de ácrata. A nuestro modesto entender, el individuo de íntegra formación y conducta ácrata no existe; no puede existir, dadas las condicio­nes en que nos desenvolvemos en estos momen­tos históricos. De cualquier modo, no creer en las divinidades, protestar del comercio que de ellas hacen sus explotadores, y aportar luz pa­ra desintegrar esas tinieblas embrutecedoras, es acción de sentido libertario.

Tenemos el caso de Luis Buchner, Ibarreta, Moleschost, Nakens y muchos otros. No cabe duda de que entre los citados hay alguno de afinidad con la filosofía ácrata. El autor de “Fuerza y Materia” perteneció a la Primera In­ternacional. Nakens tuvo ciertos contactos con elementos libertarios españoles. Pero ninguno de ellos, públicamente, hizo “profesión de fe anarquista”.

La filosofía de Guyau es, en su mayor con­tenido, de relieves constructivos. No obstante, esa preponderancia admite como necesidad, plazados en los senderos de superación humana, “destruir primero para construir después”. Las metas sociales que su inteligencia y su mo­ral le hacen ver son elevadas y equitativas. Pero no se le escapa que, para llegar a ellas, el camino está interceptado por altares, dioses y oligarquías que hay que demoler. ¿Cómo? El filósofo tiene su criterio y su fórmula. Acciona con método singular. La crítica, aguda y de tono pedagógico, es la piqueta de su prefe­rencia.

“Si todo lo que existe está bien, no es preciso cambiar nada, no es preciso retocar la obra de Dios, ese gran artista. De la misma forma, todo lo que suceda está igualmente bien; todo acontecimiento se justifica, porque forma parte de una obra divina acabada en sus detalles. Se llega sí, no sólo a la excusa, sino a la diviniza­ción de la justicia. Nos asombramos, hoy día, de los templos que los antiguos elevaban a los Nerones y a los Domicianos; ellos, no solamen­te rehusaban comprender el crimen, sino que lo adoraban. ¿Hacemos otra cosa nosotros cuando cerramos los ojos respecto a la realidad del mal en la tierra, para poder declarar inme­diatamente divino a este mundo y bendecir a su autor?”.

¿En nombre de qué habla de ese modo el filó­sofo moralista? Su criterio es amplio y sano. Puede elevar la voz en nombre propio porque, como el que más, en su corazón palpita anhelo de justicia social. En ninguna de sus conclusio­nes se ve signo convencionalista; todo es vibración equitativa y razonamiento de finalidad constructora.

Desde esa atalaya, sus vínculos ideales, sin incorporación a escuela específica, son múlti­ples. Fácilmente podemos hallarlos con Godwin, Proudhon, Kropotkin, Reclus y Bakunin. Y probablemente, no queriendo hacer uso de ninguna tribuna dogmática, es por lo que nos dice: “La moral del dogmatismo optimista nos ordena contribuir al bien de la comunidad, pero hay para ello demasiados caminos posibles”.

Aplicados a cualquier fenómeno del hemisfe­rio social, el razonamiento y valoración de Gu­yau tienen similitud con lo que Kropotkin real­za en su gran libro “La Ética”. Cierto que el punto desde donde se lanzan a analizar las do­lencias humanas es distinto; pero a más de los puntos de contacto que en el curso del camino tienen los dos moralistas, en la finalidad se ob­serva poca o ninguna diferencia. Ablando, o escribiendo, cada cual tene­mos recursos que creemos adecuados para estructurar nuestro pensamiento; con pa­labras que no son iguales, diferentes personas darán expresión a un mismo objetivo; en otras ocasiones, similares palabras conducen a con­clusiones opuestas. Este último caso se da mu­cho en el campo de la política. No ocurre lo mis­mo cuando se trata de moralistas que, al mar­gen de toda presunción, y sin materialistas egoísmos que satisfacer, dedican todo su valor al bien de la Humanidad.

“¿No es una injusticia, no solo ejecutar el mal, sino hasta pensarlo? Ahora bien, se pien­sa en el mal a partir del momento en que se duda del bien. Es preciso, pues, creer en el bien más que en ninguna otra cosa, no porque sea más evidente que el resto, sino porque no creer en él sería cometer una mala acción”.

¿Quién que comprenda y sienta el ideal ácra­ta disentirá de lo que se dice en el anterior párrafo? Sabemos, por lo menos, que Juan Grave dijo estar completamente identificado. Es una razón de las más convincentes la que ahí esgri­me Guyau. El bien para la Humanidad sólo puede flotar, y practicarse, cuando en el cora­zón palpita como potencia, y en el pensamiento como proyecto de realizaciones.

Las definiciones de Guyau son sólidas y cohe­rentes; ninguna carece de expresión humanita­ria; todas llevan algo de savia ácrata. Dialoga con la historia, con las ideas que fueron y si­guen siendo rectoras de los destinos humanos. No está conforme con lo existente; ha previsto y siente una Humanidad mejor. ¿Cómo forjar­la? Entre los muchos recursos para ese fin la pedagogía es su preferencia.

Entre los pensadores ácratas los ha habido de gran vocación a la enseñanza. Todos los cultores del ideal libertario tuvieron algún afecto a los métodos pedagógicos racionalistas y cien­tíficos. Entre otros, en Francia podemos citar a Sebastián Faure y a Luisa Michel. En España la experiencia fue más amplia. La obra de Francisco Ferrer, y los valiosos auxiliares que para ella tuvo, no ha tenido historiador afín que le dé su merecido relieve. El día que se efectúe esta labor, dando coherencia bien orde­nada a lo que fueron materias y métodos de capacitación intelectual y moral, se verá la compenetración que hay entre las aspiraciones de Guyau y lo medular del pensamiento ácrata.

Pero la gran tarea de transformar a la Hu­manidad, de dotarla de otra moral, de otra inteligencia, de otro sentido de relación entre hombres que deben profesarse el máximo respeto, no lo circunscribe a las aulas. En su pro­ducción, donde quiera que pongamos la mirada nos daremos cuenta de que su horizonte es mucho más amplio. Pero el testimonio más vivo, don­de la exposición adquiere contornos de elocuen­cia, donde la belleza y la moral patrocinan una sociología sin igual de los principales factores de la vida humana, es en el arte desde el punto de vista social.

“Sólo es verdaderamente sagrado lo que está consagrado a todos, lo que pasa de mano en mano, lo que sirve sin cesar, lo que se consume y se pierde en el servicio universal. Nada de mansiones cerradas, de templos y almas cerra­das también; no más vidas enclaustradas, amuralladas, corazones ahogados o extinguidos, si­no la vida bajo el cielo descubierto, con el co­razón dilatado, al aire libre, bajo la bendición incesante del sol y de las nubes”.

Fijémonos bien en lo que acabamos de leer. No hay presencia definida de ningún dogma; es una invocación a la más amplia libertad del hombre, al uso de un método de relación que compenetra a la Humanidad para el goce de sus creaciones. Frente a los poderes de la autoridad, a las creencias que limitan y subyugan la personalidad, es una declaración de rebeldía que excluye de la sociedad lo que no sean fuer­zas naturales y virtudes del individuo.

Esa tónica elevada, de luz tan meridiana, de finalidad tan concreta, no es ajena a las proyecciones ácratas. La concordancia es innega­ble. La filosofía anarquista nunca dejó de pro­clamar que la riqueza social debe ser de ser­vicio común, de alcance universal. Mientras eso no se logre, no puede reputarse, ni respe­tarse como sagrado, lo que es lucrativo de de­terminados sectores de la sociedad.

Aunque con espíritu filosófico, Guyau flagela los prejuicios sociales con irreverencias poco usuales. Es inmisericorde responsabilizando a las religiones de los más tormentosos males que aquejan a los humanos. La trama de sus argu­mentos sólo tiene una finalidad: Valorizar al hombre. Es el fin plausible hacia donde deben tender la filosofía y la ciencia. De esta misión, corno bien puede comprobarse, ningún sector de opinión ha hecho tanta defensa como el anarquismo.

¿De la política? Carece de recursos capaces de dignificar y pulir la personalidad; las contradicciones de su propia entraña hacen infe­cundas las energías y el tiempo que ahí se dediquen: “Cuando la ley moral se hace bastante fuerte, la opresión debe desaparecer; entonces todo gobierno resulta inútil y hasta se vuelve un mal”.

¿Alcance de estas afirmaciones? No figuran en el patrimonio finalista de ninguna religión ni de ningún credo autoritario; pertenecen a la filosofía ácrata, a las constantes afirmaciones que los postulados libertarios esgrimen como razón de su existencia y de su porvenir. En ello se sintetiza una conclusión de proceso re­flexivo, de análisis histórico, de penetración sicológica que indican lo que fue el hombre, lo que es, y lo que puede ser según el cultivo que se le aplique.

Las más hondas preocupaciones de los pen­sadores ácratas siempre se encaminaron a perfeccionar el individuo; es lo básico en la obra de transformación social. Hay mucho escrito con este punto de mira. Véase “El In­dividuo y la Sociedad”, de Juan Grave, y “Pa­labras de un Rebelde”, de Kropotkin. El capítulo titulado “A los Jóvenes”, de la últi­ma obra citada, amén de su lenguaje sencillo es una maravilla donde vibran con elocuente armonía las indicaciones más sabias para la sana formación del hombre. Lástima que la juventud no ponga ahí los ojos y la atención.

A tenor de esto, ¿qué nos dice Guyau?: “El respeto a la autoridad declina a medida que se acrecienta el respeto a los derechos del in­dividuo; si el respeto a éste fuera perfecto, el gobierno no tendría por qué existir. Ninguna ley puede tener existencia sin ejercer coerción; ninguna coerción sin causar sufrimiento. Y to­do sufrimiento es un mal”.

Estas definiciones están exentas de toda va­guedad. Son nítidas. Concretan un pensamien­to en el que no hay el más insignificante moti­vo para especular. Son de perfil ácrata bien de­finido. Con abundancia de detalles, en “La ley y la Autoridad”, Kropotkin estudia este mis­mo problema que Guyau bosqueja someramen­te. No sabríamos diferenciar, en lo sustanti­vo, el pensamiento de ambos autores. Opina­mos que la conclusión es la misma.

Las religiones simbolizan lo inexplicable, la ignorancia, el temor, y a veces el pánico; la autoridad, los gobiernos, al través de la histo­ria, son la ejecutoria de la violencia, de la in­justicia, de la brutalidad. Esta realidad es in­negable. De ahí que, en toda persona reflexi­va, al hacer análisis de los valores políticos, re­ligiosos y económicos que se imponen a la Hu­manidad, surja alguna protesta.

“La ciencia no nos muestra un universo trabajando espontáneamente en la realización de esto que nosotros llamamos el bien; para realizar este bien somos nosotros los que deberemos plegar el mundo a nuestra voluntad. Se trata de convertir en esclavos a esos dio­ses que comenzamos por adorar; se trata de sustituir el “reino de dios” por el “reino del hombre”.

Pero ¿qué dioses son esos que “comenza­mos por adorar”, que Guyau quiere convertir en esclavos del hombre? No se interprete mal lo que el filósofo nos quiere decir en el párrafo anterior. Los dioses, según interpretación corriente, para él no existen. Tampoco desea la esclavitud para nadie; es un sistema que con­sidera pernicioso, negativo a toda misión de superación humana. Alude esos supuestos en­tes, refiriéndose a determinados fenómenos naturales, durante largo tiempo inexplicables para el hombre, a quienes adoraba creyéndo­los expresión de potencias divinas.

La palabra “esclavos”, en este caso, no nos parece la más apropiada para que se capte bien lo que Guyau quiere decirnos. Quizá estuviera mejor “auxiliares”. La esclavitud, como sistema social, cada día se hace más repulsiva, más de­testable; en la consciencia del hombre constantemente reduce el lugar que ha venido ocupan­do; se bate en retirada; va siendo desplazada por el anhelo y la realidad libertaria, que permanentemente amplían su radio de acción, se vigorizan y ensayan vuelos de mayor universa­lidad.

Para las personas de inquietudes científicas, que para su desenvolvimiento caminan por las vías de la observación, el sol, las corrientes eté­reas, las tempestades marinas o espaciales, dejaron de ser testimonios de malhumor o bene­volencia de los dioses. Ya no se les puede “ado­rar” como potencias ocultas, completamente in­dependientes de la voluntad divina.

Sobre ese mundo, antes desconocido y temi­ble, la ciencia ha despertado grandes esperanzas. Las omnipotencias divinas no pueden con­tener la curiosidad del hombre; cada vez se proyectan empresas más atrevidas; la voluntad y la inteligencia siguen triunfando; está en vías de constitución “el reino del hombre”, y sin du­da, en su plenitud, se lograrán las aspiraciones de los justos. El anarquismo y Guyau no están equivocados.

“El pueblo en cuya conducta se realice verda­deramente el evangelio de los derechos del hombre, no solamente será el más brillante, el más envidiado y el más feliz de todos los pueblos, sino que también será el más justo, pero no con una justicia nacional y pasajera, sino con una justicia, por decirlo así, universal e indes­tructible”.

Todo cuanto se consigna en esas aspiraciones es afín a las proyecciones ácratas. Muy bien po­drá comprobarlo quien consulte “La Ciencia Moderna y el Anarquismo”, de Kropotkin, “La Sociedad Futura”, de Juan Grave, y “Filosofía del Anarquismo”, de Carlos Malato.

La obra citada del que fue príncipe ruso es un amplio estudio sobre lo que Guyau alude en el último párrafo transcrito. En todos estos autores, la confianza en el porvenir que pro­mete la ciencia es inmensa; con ellos coinciden buen número de personalidades que, sin decla­rarse abiertamente ácratas, abrazan con fervor plausible los ideales de emancipación y libertad.

La lucha política, de rivalidad autoritaria, es el campo predilecto de la mediocridad y de la perversidad; en su marco coinciden la incons­ciencia y los instintos morbosos; es el fermento desintegrador de los esenciales valores cons­tructivos del hombre. Nada puede extrañar, pues, que en esa misión coincidan el militaris­mo, las religiones y cualquier matiz de gobierno. Lo selecto del Pensamiento, y de los senti­mientos, se distancian de esas efervescencias, o se yergue opositor.

“Dios se ha convertido, y se convertirá cada vez más, en inútil. ¿Quién sabe si no ocurrirá lo mismo con el imperativo categórico? Las primeras religiones fueron imperativas, despóti­cas, duras, inflexibles; eran disciplinas de hie­rro; dios era un jefe violento y cruel, que ma­taba a sus súbditos a sangre y fuego: se dobla­ba la rodilla, se temblaba ante él”.

¿Puede hablarse con más claridad? ¿Quién es capaz de desmentir lo dicho? Todo se compren­de con suma facilidad. La historia es bastante explícita; los ejemplos contemporáneos son bien elocuentes. Desde su creación, la intervención de los dioses, en los problemas del hombre, sembró de crueldades los senderos de la Huma­nidad. El camino del ascenso será fácil y alegre cuando las divinidades no intervengan.

 

El porvenir bienhechor sólo puede  ser la­brado por el hombre; será obra de su com­petencia y de su esfuerzo. El destino feliz, previsto y deseado como jardín de virtudes, nexo de voluntades solidarias, protectoras entre sí, sólo radica en el hombre, y en él late como pro­mesa venturosa.

La crítica de Guyau es aguda pero razonada con argumentos irrebatibles. Entre otras expre­siones de tinte y contenido ácrata, nos recuer­da “Las Doce Pruebas de la Inexistencia de Dios”, de Sebastián Faure. Tal vez el autor de “Temas subversivos” revista de mayor elegan­cia el mismo tema, pero no puede negarse que fundamentalmente hay una coincidencia indis­cutible. Frente al fantasma divino, y a la co­rrupción religiosa, ambos son incisivos, contun­dentes, inmisericordes.

Los pensadores de vanguardia filosófica re­conocen, en esa filosofía humanitaria, cálida y floreciente de Guyau, una lógica en pugna con todo lo que no rinda tributo de pleno respeto al ser humano. Lo que al respecto argumenta Alfredo Fouillée tiene los encantos de ver en Guyau un espíritu de los que más han contri­buido a que se reconozcan los derechos del hom­bre. Y en reconocimiento a esas dotes persona­les, a esa efusión fraternal que respira Guyau cuando habla de la Humanidad sana, en térmi­nos elogiosos se pronuncian también los ca­tedráticos Adolfo Posada y Rafael Altamira.

Los juicios vertidos sobre los dioses testimo­nian en el autor de “La Educación y la Heren­cia” un gran amor a la Humanidad. Y no a la manera que lo preconizan quienes se adjudi­can la representación del cristianismo. Se de­fiende una Humanidad independiente, laborio­sa, inteligente, próspera, solitaria, realista y prometedora de las mejores condiciones socia­les. A sus preocupaciones no escapa la econo­mía, ni la estructura social que mejor puede hacer honor a la equidad. Y es en relación con esto que nos dice:

“Vida es fecundidad, y recíprocamente, fecun­didad es vida desbordante. Esto es la verdadera existencia. Existe una cierta generosidad inse­parable de la existencia, y sin la cual se mue­re, se deseca uno interiormente. Hay que florecer; la moralidad, el desinterés, son flores de la vida humana.

“El corazón del ser verdaderamente humano también necesita de hacerse dulce y caritativo para todos: hay en el bienhechor mismo un lla­mado interior hacia los que sufren. La vida más rica resulta ser también la más inclinada a prodigarse, a sacrificarse en cierta medida, a compartirse con los demás. De donde se des­prende que el organismo más perfecto será tam­bién el más sociable, y que, el ideal de la vida individual es la vida en común”.

Ciertamente que “la caridad” no cuenta en las prácticas ácratas. Tal vez Guyau haya que­rido darle un sentido distinto. Si esa palabra la vinculamos estrechamente con la tónica me­dular de la argumentación que precede, no se­rá herético aceptarla como expresión de solida­ridad. Sin embargo, aun en el supuesto de que a conciencia el filósofo la hubiera estampado, su justiciera inspiración le hacen acreedor de la más sincera tolerancia. No perdamos de vista no es un expositor doctrinario del anarquismo.

Por encima de la incidencia que nos ha ocu­pado en el párrafo anterior, y de otras que sin duda pueden hallarse en la amplia producción del autor de “El Arte desde el punto de Vista Social”, son múltiples las conclusiones a que llega pugnando la desaparición de toda clase de jerarquías. Esa virtud sintetiza, no una ins­piración de lujo literario, sino una defensa de la más elevada justicia, hecha con tanta since­ridad como lo haya hecho la persona más des­interesada al servicio de la Humanidad.

Al aludir la generosidad, la moralidad, el desinterés, el compenetrarse, en esas expresio­nes va implícita la plenitud de unos sentimien­tos que se desvelan por la mejor causa que suya pueda hacer el hombre. Esos recursos, tenidos en cuenta por Guyau, son un canto a la soli­daridad humana que pueden figurar al lado de lo dicho por Kropotkine y Reclus.

Nótese que, como correlativa al análisis y cla­sificación de los factores superiores de la vida, hay como resumen una síntesis finalista que los anarquistas defienden, hasta hoy, como su­prema estructura social: “… El ideal de la vida individual es la vida en común. Pero vayamos fijándonos en otros pensamientos similares de nuestro apreciado filósofo:

“La felicidad de un pensador o de un artista es una felicidad barata. Con un pedazo de pan, un libro o un paisaje, se puede gustar un pla­cer infinitamente superior al que experimenta un imbécil en un coche blasonado por cuatro caballos. Hasta los placeres más egoístas, por ser completamente físicos, como el placer de comer o beber, no adquieren todo su encanto hasta que no los compartimos con los demás. Esta parte predominante de los sentimientos so­ciables debe encontrarse en todos nuestros pla­ceres y en todas nuestras penas”.

T

amice con atención el lector lo que aca­bamos de transcribir. ¿No se recuerda algo similar de la propaganda ácrata? En esa descripción se rubrican las supremas virtudes de la vida. Se trata de un “apoyo mutuo” que, frente a las teorías hobbesianas y darvinianas, Kropotkine tuvo éxito magistral en los medios científicos y moralistas. El propio Huxley que­dó maravillado, al ver la sabia argumentación aducida por el anarquista revolucionario, a quien dedicó palabras de afecto y admiración.

En este caso concreto Guyau está enlazado directamente con lo más excelso del anarquis­mo. Su persistencia tendiente a simplificar la vida, a depurarla de lo nocivo y de lo superfi­cial, es evidencia tangible de sentimientos que corresponden a las palpitaciones y proyectos libertarios. Incluso, la forma de expresarse, en lo que acabamos de transcribir, reviste colorido y tónica de los que con alguna frecuencia usa el verbo anárquico. Son preferencias únicas para dar a conocer especiales estados de ánimo.

La felicidad, en las prácticas de vida justa y sencilla, es invocación admirable. Ya hemos visto, por lo que el filósofo acaba de exponer, cuáles son los cauces para conseguirla. Se de­fiende la dicha social, no la individual a expen­sas de sufrimientos ajenos. La concreción es nítida. Ese es un objetivo en el que toda per­sona consciente tiene puestos los ojos y el pen­samiento; es problema de respeto y colabora­ción, no de antagonismos y explotación.

El lujo, el exhibicionismo, el egoísmo y la dis­criminación humana, son excitantes que dege­neran tanto a los opulentos como a los indi­gentes. Generalmente, en mayor o menor gra­do, traducen al individuo en ente antisocial. Desde el punto de vista moral, la tesis consis­tente en simplificar la existencia del hombre, en crear en él necesidades sanas y útiles, en­traña una visión pedagógica identificada en lo más profundo y elevado de las proyecciones ácratas.

Llamar “imbécil” al que “blasona en un co­che tirado por cuatro caballos” no es herético; es el calificativo que merecen las gentes que en ese plan de ostentación desafían a los explota­dos e indigentes. Es una actitud, o manifesta­ción de protesta, lanzada hacia una clase so­cial ociosa, promotora de sedicencias y agresio­nes. El lenguaje filosófico no discrimina adje­tivos perfectamente adaptables a determinados individuos o clases sociales.

“Permanezco en estrechez en el marco de mi yo; mi felicidad, para ser intensa, tiene necesi­dad de ser amplia y alcanzar la felicidad de los demás; de no ser así faltaría el más dulce de los placeres, la simpatía: para obtenerla me di­rijo a los otros, me hago afectuoso, bienhechor y desinteresado. La sociedad queda fundada”. “Buscamos, y debemos buscar nuestra felici­dad; pero, puesto que nuestra felicidad está de acuerdo con la justicia, de ninguna manera perjudica la felicidad de los demás».

He ahí, de forma muy sintética, expuesto un teorema social de fundamento ácrata. No cree­mos haya nadie que en ese bosquejo halle nada objetable. Se conjugan, para que culmine en realidad la dicha humana, los tres factores que el anarquismo siempre propugnó indispensables para que el hombre cumpla su más elevada mi­sión en la vida: Justicia, Igualdad y Fraterni­dad.

Con alguna insignificante variación, esa tri­logía fue la de la Revolución francesa. ¿Por qué no se alcanzó entonces el objetivo supremo de la vida social? No es difícil comprenderlo; el anarquismo lo ha dicho, lo dice y tendrá nece­sidad de repetirlo. Toda persona que estudie el problema, y oriente bien sus investigaciones, por lo menos a la luz de la imparcialidad, lle­gará a las mismas conclusiones anticipadas por la filosofía ácrata.

La dicha del género humano ha de tener, co­mo antecedente inmediato, un fraternal clima sólo puede darse por el radiante estímulo de la justicia y la igualdad. Son dos potencias im­pulsoras del progreso moral, con las que hay que contar, en primer lugar, como punto de partida, cuando se piense llevar a la Humani­dad a condiciones de felicidad general. Si se omite la práctica integra de esos elementos, la bella expresión social que se anhela no se logrará.

Sin tremolar la bandera del anarquismo, la sociología moderna está poniendo en tela de juicio la legalidad de la burguesía, de las reli­giones y del Estado. A tal inquietud contribu­yen mucho los impulsos científicos. El hombre no sujeto a los imperativos de la obsesión sec­taria, que llega a conclusiones por vías de aná­lisis y experimentación, reivindica para sí, y para sus semejantes, posiciones que el anar­quismo tiempo ha ocupó en los senderos de su­peración humana. Mírense los nuevos tratados de pedagogía, de psicología, de filosofía y de economía, y se comprobará una finalidad que a veces se confunde con la anarquista.

El individualismo burgués cada vez tiene me­nos elementos de conexión con las institucio­nes sociales que la cultura moderna levanta. Los cotos de interés privado están amenaza­dos; se baten en violenta retirada; jamás recu­perarán la fuerza imperiosa que gozaron al tra­vés de civilizaciones influenciadas por la espada y la cruz. Las mentalidades atrabiliarias no tie­nen por qué regir los destinos humanos; los anhelos humanistas de Guyau, como las proyec­ciones sociales de la filosofía ácrata, están en vías de realización; todo el porvenir está en su favor.

La vida del hombre es sociabilidad; tiene una misión y un objetivo supremo: Hacer dichosa a la Humanidad. El individuo aislado es incapaz de lograrlo. Esto queda confirmado por la vi­sión de las mentes sanas, por el concurso labo­rioso, y por la colaboración cada día más estrecha de las diversas facultades humanas que as­piran a mejorar la vida.

Si no en el empleo de procedimientos, en las aspiraciones supremas de la existencia Guyau está identificado con el anarquismo. Su filoso­fía tiene admirables relieves ácratas; como el que más, eleva su protesta contra los usos de la brutalidad, y del engaño, que tienen sumido al individuo en la miseria y en la ignorancia. Aspira a la formación del hombre culto, libre, laborioso, responsable y de sentimiento social. Ni más ni menos que lo que figura en los pos­tulados libertarios.

*Este texto se publico en la revista Cenit nº 178, de sept-oct 1967

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