Pedro Ibarra
Por más atrocidades que muchos hombres cometan en la tierra, no ha aparecido, ni apareció nunca ese ser superior que viniese en auxilio de todos aquellos implorantes y sedientos de gracia celestial.
El ser humano no tuvo la consideración y el mérito de que su “creador” apareciera a socorrerlo cuando más necesidad tenía de él. Momentos terribles abrazado y prisionero por el dolor y la segura muerte, no tuvo el ser humano la gloria de ser socorrido por aquel padre que lo “creó”. Millones de gritos de seres indefensos ante la muerte suplicaron al divino cielo la bondad maravillosa atribuida al buen Dios, amo y señor de todas las bondades del universo, siendo siempre el más espantoso silencio la respuesta única.

Si en las grandes carnicerías humanas, producidas por las terribles guerras, las horrorosas tempestades o los espantosos terremotos, aparecen esos montones de seres destrozados, podría servir de justificación el que ese montón de seres destrozados fuesen todos ellos unos seres malvados, merecedores de la más espantosa muerte. ¿Pero y los pobres niños y demás seres inocentes? Porque son destrozados por la muerte, con la total indiferencia del cielo, que no se digna tender su mano de amor y ternura humana sobre la carne maltrecha.
¿Por qué al ver estas atrocidades a los ojos de los hombres se les inunda de lágrimas y el sumo creador no aparece? ¿Tendremos que decir que nosotros, pecadores empedernidos, somos más humanos que nuestro “creador”? Nosotros, los insignificantes seres humanos, nos enternecemos al oír llorar a un niño o cualquier ser humano, quedando nuestro pecho compungido. Incluso hay seres que ofrecen sus vidas para que se puedan salvar la de los demás. Nos basta el ver aquella escena que ocurrió en un pueblecito del Irán, después de un terrible terremoto, al hallar a una madre abrazada y muerta, cubriendo con su cuerpo a su hijo aún vivo, protegiéndolo más allá de la muerte. Esa madre sí que fue la Todopoderosa Diosa del cielo, porque lo que hizo nos llenó el alma y nos hizo seres humanos por ese derroche de amor infinito. Sólo a ella la vimos y la sentimos en nuestros interiores de personas. Es por ello, que nuestro corazón es generoso y mucho más lo sería si, mientras que él crece, viera que las personas son buenas cuando ven hacer el bien entre todos. Que sólo son los malos alfareros los que hacen al ser humano malo. Ellos, los buenos alfareros, serán los hombres espejo para que sus conductas humanas sean por todos imitadas. Pero no, los muy viejos sacerdotes que, en dos mil años, no han conseguido hacer al ser humano mejor, sólo han conseguido vivir del Señor sin trabajar nunca y siempre muy cerca de los poderosos.
Se ha de valorar la bondad del hombre por sus buenas acciones y no por tener bien llenos los bolsillos. Pues los bolsillos llenos son muy malos consejeros, porque esos afanes hacen alzarse sobre todos los demás, viviendo por encima de ellos sin dignidad ni humanidad y extrayendo de ellos todo aquello que pueda proporcionarle un beneficio material y no moral ni ético. Tiempos en que el verbo tener arrasa las buenas conciencias destruyendo lo muy poco de bueno que aún resta en las personas, siendo el mal alfarero modelador de un sinfín de lamentables seres, incapaces de intentar ser mejores personas.
Hay que tomar conciencia de que ninguna religión nos puede hacer mejores, pues ellas, desde sus orígenes hasta el presente, jamás han conseguido extinguir el mal sobre la tierra, jamás lo hicieron y jamás lo harán. En el corazón del ser humano está la llave que puede abrir la vieja puerta para que pueda salir lo peor que pueda haber dentro y así poder vivir en un planeta lleno de paraísos reales para todos.
Lleva la religión más de dos mil años construyendo con nuestras manos coloridas imágenes atribuyéndoles infinitos poderes. Posándolas sobre altos pedestales para así elevar sus poderes y creer que sólo ellas podían hacernos la vida más agradable; de facilitarnos la mejor y más grande de las justicias, ¡la del cielo!, llenando los tristes corazones de las gentes humildes con grandes esperanzas celestiales, que para lo único que sirvieron fue para prolongar el gran engaño y poder vivir, espléndidamente y sin trabajar, a costa de los humildes: aquellos que desde los albores del Monte Sinai fueron condenados a ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente y que, desde entonces, han sido unos fieles cumplidores de los deseos del Señor, sin darse éste cuenta de que sus sacerdotes no lo obedecieron y desde entonces viven parasitariamente del sudor ajeno, que son aquellos que cumpliendo fielmente los designios del citado monte sagrado buscaron el amor de una mujer para poderlo fecundar y así prolongar la estirpe humana, cumpliendo con lo esculpido sobre una Santa Piedra por el Sumo Hacedor (en una noche terrible de truenos). No fue ni es respetado este mandato celestial por los fieles seguidores, de oscuro atuendo, del gran prodigio ocurrido en el enfurecido Monte Sinai, manteniendo el más absoluto celibato con su completa negación a los actos sexuales naturales, salvo pequeñas salvedades sigilosas en los numerosos colegios tutelados y regidos por sacerdotes y religiosos. En todos los lugares del planeta donde han tenido y tienen presencia. En las almas de los inocentes niños permanecerá siempre el recuerdo de aquellos sacerdotes de largas falanges impías con miserables pensamientos.
Todo ello nos hace pensar que unos sacerdotes, completamente imbuidos de sabia religión y de piadosos deberes impuestos por el mismísimo Dios, en un momento de olvido de sus deberes religiosos violaron sexualmente a jóvenes miserablemente. ¿Por qué no mandó el supremo un rayo a la cabeza a sus sacerdotes pederastas? No ocurrió nada, sencillamente, porque en la nada nunca sucede nada. Lo demás será siempre fruto interesado y falso de la imaginación de aquellos que tanto miran y admiran el sublime cielo, tan repleto ahora de inquietos satélites artificiales.
Sabemos que aquí en la tierra la mayor autoridad vaticana optó como castigo, en uno de los tantos casos descubiertos, condenar a permanecer en un opíparo convento italiano al pederasta mejicano, General de los Legionarios de Cristo, por ser un consumado pederasta, convicto y confeso, además perseguido por las autoridades mexicanas y la de los Estados Unidos. No dudamos que la estancia monacal fue de primerísima categoría, para mejor gloria de un santo pederasta sobón, de tan alta alcurnia. Otro tanto cabe señalar que verdaderamente hace tambalear más de una fe. A lo largo del tiempo a ocurrido en varios países el derrumbamiento de techos y paredes de templos envejecidos llenos de devotos en plena oración. Perecieron varios de ellos por los cascotes y nadie del cielo se apiadó de ellos. Nadie más que los feligreses que lograron salvarse fueron los que ayudaron a los heridos. Volviendo de nuevo nuestro índice a señalar al ser protector por su falta de humanidad para con sus hijos. Pues sólo sus iguales tuvieron humanidad con los infelices heridos, porque el eterno silencio celestial es el silencio de la nada.
El Dios más hermoso, divino, humano y bondadoso es, sin duda, nuestra madre. Ella será toda su vida la suprema mujer que velará siempre por sus hijos, los amamantará de leche y amor, cariño y sacrificios mil. Blanquísima verdad manada de sus senos, dándonos amorosa leche perfumada de mil amores y caricias, dando vida al ser de sus entrañas. Y cuando por tener que cumplir el fatal e injusto adiós deje solos a sus pequeños, estos, hasta su muerte, tendrán en los oídos la dulce voz de su eterna diosa de amor y humanidad. No importando para nada el tiempo transcurrido y las marcadas arrugas de sus hijos, siempre existirá ella. Ella es la eterna y verdadera diosa de los cielos y el amor más profundo en la tierra.
