Rudolf Rocker

 

Me encontraba ocupado en los últimos preparativos para la primera edición en inglés de mi obra Nacionalismo y cultura, cuando la prensa cotidiana publicó los informes iniciales sobre la insurrección fascista en España el 19 de julio de 1936. Las primeras noticias eran bastantes confusas y muy poco claras; sin embargo, se podía comprobar en seguida que el intento de los conspiradores militares había encontrado una poderosa resistencia en el país, para la cual no estaban preparados seguramente. No obstante, transcurrieron algunos días antes que fuese posible formarse una idea en cierto modo exacta de la situación real. El conocedor de las condiciones internas de España, no se sintió singularmente sorprendido. Todos sabíamos que se cernía sobre España una tormenta que debía descargarse pronto; sólo que nadie podía decir con precisión de qué parte iba a surgir el primer golpe.
La República se desgastó con mayor rapidez de lo que muchos querían confesar. Había perdido, especialmente en los estratos del proletariado y de la población campesina pobre, casi toda confianza y fue considerada por muchos todavía como una fachada, tras la cual continuaba el viejo juego que se creyó superado después de la caída de la monarquía. La eterna indecisión de los políticos republicanos, su temor morboso a una obra renovadora que era lo único que podía crear una situación mejor, dieron a las potencias reaccionarias del pasado la máxima posibilidad de reunir sus fuerzas dispersas para llegar a un cambio violento en la primera ocasión. A ello se añadieron las persecuciones crecientes contra el movimiento obrero, que se dirigían con especial brutalidad contra la C.N.T., la más fuerte organización obrera del país, que debió soportar, incluso bajo la República, que millares de sus miembros diesen con sus huesos en la cárcel. Los incidentes sangrientos de Pasajes, Jerica, Burriana, Épila, Arnedo, Casas Viejas y, sobre todo, la represión brutal de la insurrección de Asturias por las tropas africanas, en octubre de 1934, habían quitado a la República todo prestigio en las masas del pueblo.
En esas circunstancias no podía menos de ocurrir que la reacción clerical y monárquica se mostrase cada vez más amenazadora, pues no tenía nada que temer de los nuevos gobernantes. Cuando después de la caída del ministerio Samper, en octubre de 1934, el nuevo gabinete de Lerroux admitió a tres miembros del Frente Popular Católico (C.E.D.A.), una organización reaccionaria con matiz fascista, fundada por Gil Robles, había que ser absolutamente ciego para no reconocer cuál sería el fin de todo aquello. Que la nueva crisis podía ser resuelta por los medios parlamentarios, no lo creía ya nadie entonces. En realidad, la insurrección de As¬turias fue el resultado directo de la situación creada y la crueldad inhumana con que fue aplastada destruyó toda esperanza en una solución pacífica de la crisis.
El desarrollo de la situación general en Eu¬ropa, sin duda, tuvo gran influencia en la agudización de los contrastes políticos y sociales de España. Una Italia fascista era ya, para la República española, una severa prueba, pues si entre Mussolini y los reaccionarios españoles hubo siempre relaciones secretas, la victoria de Hitler tenía que contribuir a fortalecer la reacción fascista en todos los países y alentarla para nuevos ataques. En verdad la situación política de España tenía alguna analogía, tres años después de la fuga del rey Alfonso, con las condiciones de Alemania antes que los nazis llegasen al poder. Los socialistas mayoritarios alemanes, a quienes cayó en las manos el poder político tan repentinamente después de la guerra mundial perdida, no supieron ponerse en pie para ninguna decisión seria a fin de dirigir la vida social y política de Alemania, en base a la situación revolucionaria dada, por otros caminos, los únicos que podían conducir a un nuevo ascenso. Así faltó también a los partidos republicanos de España la energía revolucionaria para crear las condiciones previas, mediante cambios profundos en la estructura social del país, para liberar a España del modo más rápido del pesado lastre que le había dejado la monarquía y avanzar hacia un nuevo porvenir.
Como en Alemania, también se intentó en España eludir toda actitud decidida para no provocar nuevos conflictos. Se olvidó que el porvenir del país dependía de esas decisiones y que los conflictos que no se pueden eludir, deben ser solucionados por las vías más rápidas si no se quiere verlos convertidos en fatalidad para un pueblo. Nada es más peligroso en una situación revolucionaria que una política que malogre las oportunidades, que en la mayor parte de los casos no se pueden volver a reparar más. Con ello no se hace sino fomentar los ataques de la reacción y se pierde la confianza de las fuerzas revolucionarias del pueblo, sin cuya ayuda no es posible en general ningún cambio.
Pero en un punto se distinguía la situación de España esencialmente de la situación en Alemania antes de su entrada en el tercer Reich. En España la reacción no podía recuperar el timón sin vencer una resistencia decidida en el pueblo. Lo que era posible en Alemania, no era imaginable en España. El carácter del movimiento obrero español, que se había creado en la C.N.T. un poderoso baluarte, no permitía esto. La gran mayoría del proletariado español organizado se manifestó desde los días de la Primera Internacional en favor de las concepciones del socialismo libertario. Su historia era una larga serie de luchas infinitas, ligadas muy frecuentemente a los más graves sacrificios. Pero no ocurrió nunca que se haya dejado a la reacción el paso libre sin resistencia. Por eso no podía nadie suponer que esta vez sería distinto. Esto se vio pronto después de la represión sangrienta de la insurrección de Asturias. Po¬cos meses después de aquellos acontecimientos recorrió grandes zonas del país una nueva oleada revolucionaria, que imprimió su sello a las elecciones de febrero de 1936. La victoria electoral del llamado Frente Popular no fue de ningún modo un voto de confianza para el gobierno, sino una advertencia a la reacción de que las masas del pueblo no estaban dispuestas a admitir una restauración de la monarquía. To¬dos sabían ya que el nuevo gobierno del Frente Popular no estaría a la altura de la situación y que una verdadera renovación no se podía esperar de las prácticas parlamentarias. También los partidarios de la reacción lo sabían y no estaban dispuestos a someterse a la decisión del electorado. Esto se mostró al reunirse el nuevo parlamento, cuando el monárquico Calvo Sotelo tuvo la desvergüenza de incitar desde la tribuna de las Cortes a los jefes militares a entrar en Madrid con sus tropas y a dar a la República el golpe de gracia.
Esta incitación no cayó en oídos sordos y se puede admitir con precisión que Calvo Sotelo tenía conocimiento de los planes secretos de los generales. Esas maquinaciones se hicieron notar muy pronto y fueron favorecidas directamente por la ciega incomprensión del gobierno republicano. Así ocurrió que el general Sanjurjo hizo ya en 1932 en Sevilla un intento de insurrección militar, que habría podido convertirse fácilmente entonces en fatalidad para la República, si no hubiese sido sofocada en su origen por la vigilancia de la C. N. T. Antes que pudiese recibir la ayuda esperada de fuera por Sanjurjo, la huelga general del proletariado le cortó todas las relaciones, de modo que su intento terminó en una derrota. Sanjurjo era el alma de todas las maquinaciones secretas del ejército. Había visitado personalmente a Hitler y a Mussolini antes del levantamiento de los generales en julio de 1936, de modo que no existe la menor duda de que ambos estaban exac-tamente informados de los manejos clandestinos de la camarilla militar española. Sólo la circunstancia de que Sanjurjo cayera al comienzo víctima de un accidente de aviación, hizo luego de Franco el jefe del amotinamiento fascista.
Se debió pensar que la primera insurrección de Sanjurjo en Sevilla habría tenido que imponer precauciones al gobierno de Madrid. Pero no ocurrió nada, de manera que los conspiradores militares pudieron continuar sin molestias sus ataques secretos. El nuevo gobierno que surgió de la victoria del Frente Popular, no tomó tampoco disposición alguna para impedir la obra de los bandidos militares. Se sabe que el presidente Azaña tuvo conocimiento de los manejos de sus jefes militares en Marruecos con anticipación; pero el gobierno no movió un dedo para hacer frente al peligro. Cuando llegaron a España las primeras noticias de la rebelión militar allí, el gobierno estaba a punto de nombrar al general Mola ministro de guerra. Pero Mola había tomada su decisión y se adhirió a los conspiradores para terminar con la República.
El fracasado intento de insurrección de Sanjurjo en Sevilla hizo más previsores a los jefes fascistas del ejército. Sabían que tenían que contar con la resistencia de grandes masas del pueblo y por eso adoptaron el plan de ocupar por sorpresa los puntos más importantes del país, para cortar la capital de todas las relaciones con las grandes ciudades, lo que habría hecho pronto inevitable la caída de Madrid. El punto más importante de ese plan era la dominación repentina de Cataluña, porque allí era de temer la resistencia más fuerte. Cataluña era uno de los centros más vigorosos de la industria española y el baluarte del movimiento obrero libertario. Mientras Cataluña no fuese dominada por los rebeldes fascistas, esa parte del país, por su situación geográfica ventajosa, sería la base natural de una larga resistencia, pues podía abastecer al proletariado en armas con todo lo que era preciso para una larga lucha.
La caída de Barcelona, la mayor ciudad de España, fue por lo tanto el objetivo principal en los planes de los conspiradores fascistas, cuya ejecución podía asegurarles un triunfo inmediato. Por eso se encargó al general Goded la dirección del levantamiento en Barcelona y este militar partió en avión desde Mallorca al lugar de destino para cumplir su misión. Pero gracias a la vigilancia y la disposición para la acción de la C. N. T. y la F. A. I. fracasó fun-damentalmente ese plan. Los obreros no dieron a Goded y a sus tropas tiempo para des-plegarse e iniciaron inmediatamente el ataque en los puntos en que se habían agrupado los rebeldes. Tuvieron en Durruti y Ascaso, dos jefes valerosos, que no retrocedieron ante ningún peligro. Ascaso cayó pronto luchando al lado de su amigo Durruti. Poco después debió rendirse Goded por no quedarle otra alternativa. Luego de la victoria del proletariado revo-lucionarlo de Barcelona fueron abatidos rápidamente los intentos menores de insurrección de Tarragona, Lérida y Mataró, y Cataluña quedó liberada de los fascistas. En breves días puso en marcha Barcelona una milicia obrera de 20.000 hombres, de los cuales 13.000 pertenecían a la C. N. T. y a la F. A. I.; 2.000 hombres fueron ofrecidos por los sindicatos socialistas de la U. G. T. y 5.000 por los partidos del Frente Popular. En seguida partió una columna de 8.000 hombres, bajo la dirección del anarquista Durruti y de sus amigos, hacia Aragón para arrancar Zaragoza a los fascistas.
Esta resistencia se reprodujo en breve tiempo en todas las regiones del país que no fueron sorprendidas sin preparación desde el comienzo por las hordas de Franco. En ese vigoroso movimiento participaron activamente todas las capas de la población que no querían someterse al yugo sangriento de una banda de asesinos sin honor, que no habían vacilado en conspirar con Hitler y Mussolini y movilizaron tropas marroquíes para entregar su propio país al terror de una larga guerra y abandonar su población a la crueldad inhumana de mercenarios extranjeros.
Fue la primera vez, desde la aparición del fascismo en Europa, que todo un pueblo opuso una resistencia decidida y unánime al peligro amenazante. Justamente esa circunstancia fue la que dio a los sucesos revolucionarios de España su significación histórica, que traspasó las fronteras del país y los convirtió en acontecimiento mundial. Y ello se destaca más considerando que, aunque en esa heroica resistencia de un pueblo valeroso colaboraron las más diversas tendencias, la energía de los trabajadores, campesinos e intelectuales reunidos en la C. N. T. había dado al movimiento desde el comienzo un carácter que hizo de él un nuevo punto de partida en la historia de los levantamientos revolucionarios de Europa. Se había reconocido que la victoria del pueblo no podía ser alcanzada tan sólo por las luchas en las barricadas y por la guerra en el frente, sino que debía terminar con una renovación de la vida social en todos los dominios de la actividad humana según el espíritu del socialismo libertario y una estructura social federalista, que asegurase a la totalidad de sus miembros los mismos derechos y libertades y que hiciera accesibles a todo el pueblo los productos del trabajo humano. Estaban convencidos de que sólo se podía hacer frente al peligro de un nuevo absolutismo en el ropaje del fascismo por una organización de la actividad social y económica, que diese a la vida de los hombres un nuevo contenido y los capacitase para abrir el camino a un porvenir mejor. Y ante todo comprendieron que semejante transformación no se podía alcanzar por la senda de una dictadura, de cualquier clase que fuese, sino que sólo iba a resultar de la construcción orgánica en las fábricas, en los talleres y en los diversos dominios del agro. Sabían también que una reforma de la sociedad no podía hacerse por ninguna panacea universal, sino que debía adaptarse a las condiciones locales del ambiente social para lograr resultados y alentar las fuerzas creadoras que desempeñan un papel decisivo e importante justamente en los períodos de transición social. Combatían la dictadura del fascismo, pero las tradiciones liberales de su historia les impedían atribuir a la llamada dictadura proletaria más validez que a cualquier otra forma de despotismo. La liberación social y la dictadura son polos opuestos; el que aspira a la una, niega la otra. Pues no se libera a los hombres llevando la tiranía al extremo y sometiendo a todos a la misma esclavitud.
En este planteamiento arraigaba toda la fuerza moral y la influencia poderosa que pudo ejercer la C. N. T. en aquella lucha desesperada que tuvo en tensión durante años al mundo entero. No creo decir demasiado cuando sostengo que ha sido esa influencia la que ha dado su carácter de grandeza épica a toda la guerra civil española. El burdo juego de las grandes potencias europeas en aquella contienda, las pequeñas maquinaciones y los celos en el seno de los partidos españoles de gobierno, las maniobras infames de los agentes gubernativos bolchevistas, que sembraron en aquella época de gran peligro la semilla de la discordia, para favorecer los planes de los políticos sin escrúpulos del Kremlin; todos éstos fueron fenómenos concomitantes de aquella lucha gigantesca que están en gran parte ya olvidados, aunque, cada uno de ellos, a su manera, ha contribuido a la derrota del proletariado español.
Pero lo que se ha grabado con fuerza irresistible en el corazón de todos los hombres amantes de la libertad, y lo que nunca caerá en el olvido, es la lucha heroica del pueblo trabajador español por un futuro mejor y sus ensayos creadores para una transformación de las condiciones económicas y sociales de la vida. Lo que la C. N. T. ha hecho en este dominio quedará inolvidable, pues fue inspirado por un espíritu en el que se manifestaba el anhelo interior de millones de trabajadores, que han avanzado con decisión valerosa por un camino nuevo para construir un nuevo mundo con la propia fuerza.
Toda una serie de hombres conocidos e influyentes de las más diversas tendencias, que no mantuvieron nunca relaciones con el movimiento anarquista, llegaron a las mismas conclusiones, después que tuvieron la posibilidad de observar los sucesos donde ocurrieron y de conocerlos por su propia visión. Así escribió el socialdemócrata suizo doctor Andrés Oltmares, profesor de la Universidad de Ginebra, un largo informe sobre sus experiencias personales en Cataluña, donde dijo entre otras cosas:
“En la guerra civil se han demostrado los anarquistas como organizadores políticos de primera clase. Encendieron en cada uno y en todas partes el espíritu de la responsabilidad y mantuvieron vivo ese espíritu en el pueblo por sus llamadas elocuentes en interés de todos. Como socialdemócrata, hablo aquí con alegría interior y con admiración honesta de mis experiencias en Cataluña. La transformación anticapitalista se realizó metódicamente y nadie pensó en refugiarse en una forma cualquiera de dictadura. Los miembros de los sindicatos son sus propios amos y toman por sí mismos todas sus decisiones en todos los problemas de la producción y de la distribución de los productos del trabajo, en lo cual se hacen asesorar por expertos técnicos en quienes tienen confianza. El entusiasmo de los trabajadores es tan grande que dejan de lado toda ventaja personal y sólo se cuidan del bien de la generalidad”.
El conocido antifascista y republicano social italiano Cario Rosselly, que ocupaba un cargo de profesor de economía en la Universidad de Génova antes de la toma del poder por Mussolini, declaró entre otras cosas:
“En tres meses fue capaz Cataluña de poner un nuevo orden social en lugar del viejo. Esto se debe principalmente a los anarquistas, que han demostrado un sentido sobresaliente de la proporción, juicio claro y capacidad organizadora. Todas las fuerzas revolucionarias de Cataluña se unieron en un programa de carácter socialista sindicalista: socialización de todas las grandes industrias, reconocimiento de los pequeños agricultores y fiscalización de toda actividad productiva por las organizaciones obreras… El anarcosindicalismo, hasta ahora tan poco apreciado, se reveló repentinamente como una gran fuerza constructiva. . . Yo no soy anarquista, pero considero que es mi deber expresar aquí mi opinión sobre los anarquistas catalanes, que han sido denunciados ante el mundo tan frecuentemente como elemento destructivo y hasta como elemento criminal. Estuve con ellos en el frente, en las trincheras, en las fábricas y he aprendido a admirarlos. Los anarquistas de Cataluña son la avanzada de la próxima revolución. Con ellos ha nacido un mundo nuevo, y es una alegría poder servir a ese mundo”.
También el conocido socialista inglés Fenner Brockway, en aquel tiempo presidente del Independent Labour Party de Inglaterra, que recorrió España después de los acontecimientos de mayo de 1937, escribió un largo ensayo sobre las impresiones que había recibido allí, del que tomamos el siguiente pasaje:
“He sido enormemente impresionado por la obra revolucionaria constructiva realizada por la C. N. T. Los resultados obtenidos en la administración de la industria por los trabajadores son justamente una inspiración… Existen todavía algunos ingleses y americanos que consideran a los anarquistas españoles como un elemento imposible, indisciplinado e incontrolable. Nada está más lejos de la verdad que esta manera de ver. Los anarquistas españoles realizan por medio de la C. N. T. un trabajo constructivo como jamás ha sido emprendido en escala mayor por la clase obrera. En el frente luchan contra el fascismo y detrás de él construyen en realidad un nuevo mundo del trabajo, pues han reconocido que ése es el único camino para combatir eficazmente al fascismo. Esto es sin duda alguna lo más grande que han hecho hasta aquí los trabajadores en cualquier parte del mundo”.
Para concluir remitámonos al interesante libro Homenaje a Cataluña, del conocido escritor inglés George Orwell, que ha sido abatido por la tuberculosis en la flor de sus años en 1950. Orwell participó en persona en las luchas del Frente de Aragón y fue herido de gravedad. Sus exposiciones llevan el sello de lo experimentado personalmente y ofrecen por lo tanto la más exacta visión del desarrollo interno de los sucesos y ante todo del espíritu de aquel movimiento, de lo que podrían dar los apuntes puramente históricos.
Examinar aquí con hondura las diversas fases de la guerra civil española, sería salir demasiado de los límites de estas memorias. Existe ya al respecto una vasta literatura. Yo mismo me esforcé entonces por explicar en mi escrito The Tragedy of Spain las tramas internas y externas que jugaron un papel en aquellos trágicos acontecimientos, en lo cual pude apoyarme en un rico material de primera fuente. Como mi escrito ha sido traducido también a diversos idiomas y es todavía accesible a todos, está demás volver a repetir aquí lo dicho hace ya quince años. En este lugar me interesa sobre todo transmitir al lector las impresiones que recibimos entonces de los sucesos de España y cómo hemos reaccionado ante ellos.
Hay acontecimientos históricos cuya significación social no puede ser sofocada ni siquiera por la derrota, porque se manifiesta en ellos el espíritu de una nueva sociedad. La gran lucha del pueblo laborioso de España fue uno de esos acontecimientos. Abrió nuevas perspectivas para el porvenir, y podrá servir aún como ejemplo para las futuras generaciones. Su verdadera significación será reconocida con exactitud cuando se haya superado el presente período de descenso espiritual, de perplejidad y de disgregación psíquica y aparezca la necesaria recuperación que ponga límites al estado de depresión moral de nuestro tiempo y al terror agobiante.
Si se compara la revolución española con los resultados de la llamada dictadura proletaria en Rusia, se comprende exactamente el abismo infranqueable que se abre entre ambos hechos. La disposición para actuar de la C. N. T. y su claro entendimiento de la nueva situación creada por la actitud de los generales fascistas en España, impulsaron la revolución española por el camino de un cambio social, que se impuso con sorprendente rapidez, de manera especial en Cataluña y Aragón, sin violar en lo más mínimo la independencia personal y la libre expresión de las opiniones. Se evidenció bien desde el comienzo que una nueva construcción social puede prosperar del mejor modo si no está perjudicada por ninguna medida dictatorial, que siempre conduce a paralizar fuerzas creadoras, a destruir el derecho de autodeterminación del pueblo laborioso y a abrir el camino a una nueva reacción. La revolución española mostró que es posible una nueva convivencia sin dictadura; es más: que es posible justamente por eso. Refutó la funesta manía de la dictadura como etapa necesaria de transición al socialismo y la desenmascaró como un reflejo de hechos falsos que sirven de hojas de parra a un nuevo despotismo. En eso consiste su gran significación histórica, que ni siquiera puede anular su derrota. También las tumbas pueden convertirse en jalones hacia un nuevo porvenir, pues no han sido enterradas con los hombres las ideas por las cuales combatieron y dieron la vida, y la revolución española era un camino hacia el futuro que tenía en sí todos los gérmenes de nuevas posibilidades de desarrollo.
Pero la victoria de la dictadura bolchevista en Rusia no fue más que un camino hacia la barbarie de tiempos pasados; despertó a nueva vida el absolutismo político y sofocó el socialismo en la camisa de fuerza de un feudalismo capitalista estatal, bajo cuyo yugo férreo fue violado todo derecho humano, sofocado todo pensamiento libre y enterrado todo anhelo de un futuro mejor. De los calabozos y cámaras de tortura del N. K. V. D. y de los infiernos de los campamentos de trabajo forzado, donde el trabajo humano está reducido a la condición de franca esclavitud, no sale ningún aliento de futuro, sino el olor mohoso de un pasado que sólo puede renacer por la represión más brutal de toda libertad. La revolución española era un ascenso, circundado por la aurora de una época próxima; pero la llamada dictadura del proletariado en Rusia no era más que una recaída en la época del absolutismo y de la servidumbre feudal anterior al estallido de la revolución francesa.
Los sucesos de España encontraron también en Norte América un fuerte eco y animaron al movimiento libertario por algunos años con una actividad que desde hacía mucho no se había visto. Todos reconocimos que era imprescindible ayudar a los compañeros españoles en su heroica lucha lo mejor que se pudiera, poniendo los puntos sobre las íes a las noticias confusionistas de la prensa, ocasionadas a menudo por el desconocimiento completo de la verdadera situación de España, pero que eran a veces desfiguradas con intención de menospreciar el trabajo de la C. N. T. y de la F. A. I. y de crear una opinión hostil. Nunca se habló en este país de los anarquistas con simpatía, y así hallaron siempre oídos acogedores las tergiversaciones más ridículas y malévolas.
Como no disponíamos de ningún diario, tuvimos que ver el modo de influir en la opinión pública por medio de asambleas, manifiestos, folletos de propaganda y artículos que hacíamos publicar donde se nos ofrecía oportunidad. En breve tiempo conseguimos incluso dar a luz un periódico especial The Spanish Revolution, que apareció cada dos semanas y se dedicó principalmente a publicar todo el material auténtico de primera mano sobre los sucesos de España.
Además, aparecieron en la editorial del Freie Arbeiter-Stimme toda una serie de folletos en lengua inglesa, que informaban en general sobre las diversas fases de la guerra civil y sobre nuestro movimiento español: The Revolutionary Movement in Spain de M. Dashar (Helmut Rüdiger), The Life of Durruti, un pequeño volumen colectivo con artículos de diversos camaradas de España sobre la muerte de Durruti; Spain from the July 19th 1936 to July Wth 1937 por Agustín Souchy y dos trabajos míos. Además, apareció una obra mayor, After the Revolution, por Diego Abad de Santillán, una traducción inglesa de su conocido libro El organismo económico de la revolución.
Para mí personalmente comenzó entonces un período de actividad alentadora y febril. Escribí al principio un folleto, The Truth about Spain, que apareció en el otoño de 1936 en Nueva York. Fue la primera de las ediciones inglesas que hizo entonces Freie Arbeiter-Stimme y se tradujo también a otros idiomas. Un año más tarde apareció mi escrito mayor The Tragedy of Spain, en donde intenté exponer los acontecimientos de España en el panorama de la situación política general de Europa lo más palpablemente posible y esclarecer las oposiciones hostiles de intereses de las grandes potencias Inglaterra, Francia, Alemania, Italia y Rusia y su influencia en el desarrollo de la guerra civil española. En 1938 tuve otra vez ocasión de tratar bastante detalladamente, en mi libro Anarcho-Syndicalism – Theory and Practice, las aspiraciones de la C.N. T. y la F. A. I. (1)
Sin embargo, mi actividad principal entonces consistió en viajes de conferencias por todo el territorio de los Estados Unidos, de costa a costa. Puedo afirmar que pocas veces en mi vida he trabajado en favor de una gran causa tan constante y casi exclusivamente como en aquellos años de la guerra civil española. En este país, donde hay tan poco interés por los sucesos extranjeros en que no participan los EE. UU. directamente, esto era mucho más difícil. No solo me había movido a ese esfuerzo la solidaridad con los camaradas españoles con los que me sentía tan íntimamente ligado desde hacía muchos años, sino ante todo la convicción interna de que del destino de España dependía la suerte de Europa y del mundo entero. Desde el comienzo fue del todo claro para mí que, si Franco ganaba el juego sangriento con la ayuda de sus aliados fascistas de Alemania y de Italia, una nueva guerra mundial era inevitable. Pero lo que ocurría entonces, nadie podría preverlo con precisión, pues, cualquiera que fuese el desenlace, una segunda catástrofe mundial tenía que conducir a consecuencias incalculables.

Insistí por eso en mis numerosas reuniones en este vital aspecto del problema, para explicar a mis oyentes que en ese caso tampoco los Estados Unidos podrían mantener su neutralidad y serían arrastrados al torbellino sangriento de una segunda guerra. Mis asambleas fueron en todas partes sumamente concurridas, pero no se me ocultó por un momento siquiera que nuestro esfuerzo no podría testimoniar ningún gran resultado mientras no hallase eco alguno en los grandes organismos sindicales americanos, los únicos que tenían la posibilidad de poner en tensión la opinión pública.
Una acción decidida de los sindicatos, junto con todas las fuerzas antifascistas del país, habría podido contribuir mucho a despertar en vastas masas de la población norteamericana la convicción de que el desenlace de la guerra civil española era de la ma-yor importancia también para los Estados Unidos y que una victoria del antifascismo en España podía salvar a la humanidad de una nueva hecatombe mundial y de sus espantosas consecuencias.
Una actitud firme de los sindicatos en ese problema habría podido incluso conducir fácilmente a que el gobierno sometiese la prohibición de la exportación de armas a España a nueva consideración, especialmente después que Hitler y Mussolini habían roto la neutralidad e Italia envió tropas a España, mientras Alemania proporcionaba a Franco las grandes armas modernas y le enviaba incluso expertos que podían manejar debidamente esos instrumentos de destrucción en masa. Era un hecho desconcertante que mientras Hitler era abastecido desde el extranjero de todas las materias primas y de material bélico terminado, a fin de que se preparase para una nueva guerra, se cortase a los leales españoles toda afluencia de armas.
La absurda prohibición que habían decretado las potencias sobre España tenía además algunas lagunas considerables que beneficiaban aún más a Franco. Se canceló la importación de armas en España, pero no la introducción de muchas otras cosas que eran igualmente necesarias para la guerra. Pero ni Alemania ni Italia fueron tocadas en absoluto por el llamado embargo, porque no se las consideraba Estados beligerantes y podían recibir del extranjero lo que quisiesen. Lo cierto es que las bombas que después estallaron en Bilbao, en Madrid y en Barcelona eran fabricadas en el extranjero, recibidas por Hitler del extranjero y traspasadas a Franco. El embargo se había producido principalmente por la nueva configuración política de Europa y en especial por el peligro agudo de una nueva guerra mundial que, merced a la agudización continua de las oposiciones entre las potencias del occidente europeo y los Estados fascistas, se había puesto al alcance de la mano. La rebelión de los generales fascistas en España puso a Inglaterra y a Francia en una situación crítica. No sólo por el hecho del capital considerable que habían invertido los dos países especialmente en los ricos yacimientos de hierro de España y que corría peligro, sino también porque había que temer que una España fascista, según toda probabilidad, se aliaría con Hitler y Mussolini. Pero en el caso de una nueva guerra mundial esto tendría consecuencias catastróficas tanto para Inglaterra como para Francia, pues un dominio del Mar Mediterráneo por Italia y España, fortalecido con la alianza de Hitler, cortaría a Francia de sus colonias del África del Norte e Inglaterra tendría bloqueada su vinculación con las posesiones orientales por el canal de Suez.
Por este motivo las dos potencias occidentales no querían una ruptura precipitada con Franco y creían poder conservar su favor mediante una falsa neutralidad, en la presunción tácita de que después terminaría, mediante negociaciones diplomáticas, la guerra civil por un compromiso superficial cualquiera. Lo mismo que han intentado todo el tiempo comprar la paz en Europa mediante concesiones cada vez mayores a Hitler, aunque justamente lograron lo contrario, así creyeron los estadistas ingleses y franceses conseguir también un éxito por el mismo método, lo que en vista de la situación de conjunto tenía que resultar frustrado.
Pero el papel más irritante y artero en el gran episodio de la guerra civil española lo tuvo Rusia. El gobierno de Stalin había firmado el pacto de neutralidad de las potencias. Sobre los motivos que le movieron a ello, no se pueden presentar más que suposiciones. Durante los tres primeros meses de la guerra civil, no se preocuparon los hombres del Kremlin en absoluto de los sucesos de España. Incluso la prensa rusa se ocupó muy poco de ellos. Tal vez se hizo así porque Stalin estaba muy atareado entonces con la liquidación de sus antiguos amigos, los viejos bolchevistas de Rusia, y no tenía tiempo para otras cosas. Pero eso cambió en cuanto no tuvo que temer ninguna resistencia seria interior. La primera intervención de Rusia en los acontecimientos de España fue el envío a los leales de algunos cargamentos de armas y otros materiales de guerra. Para el gobierno republicano fue ese, naturalmente, un suceso muy feliz, pues la obtención de armamentos fue desde el principio su problema más grave, que tenía que resultar más peligroso cuanto que Franco no tenía que luchar contra esos impedimentos, pues recibía de Alemania y de Italia todos los arma-mentos necesarios. Pero pronto se vio lo que eso significaba. Stalin no solo proporcionó a España algunas armas, sino también todo un ejército de agentes secretos, que tuvieron sus puntos de apoyo en las embajadas rusas de Madrid, Valencia y Barcelona e intentaron manejar desde allí en su sentido al gobierno español, para lo cual debía servirle de medio de presión el transporte de armas. Mientras la prensa comunista de todos los países publicaba aquellos días largos informes diciendo que Rusia era el único país que proporcionaba desinteresadamente armas a los antifascistas españoles, se olvidaba de advertir que Stalin se hacía pagar cada cartucho por el gobierno de Valencia de antemano y en oro, y además le obsequiaba con las intrigas y las infamias de sus agentes.

Continúa…

Notas

1.- La solicitud de esa obra me llegó del todo inesperadamente. La editorial Secker and Warburg de Londres se había dirigido a Emma Goldman para que hiciese ese trabajo, pero Emma aconsejó a los editores que se dirigiesen a mí, pues ella sabía que yo contaba con abundante material que en gran parte le era desconocido. Así fue como se me encomendó el trabajo.

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