Roque Llop

 

Agradecimiento

Cuando los hechos del 6 de octubre de 1934, yo me encontraba de maestro en el pueblo de Vallfogona de Riucorp (el del célebre Rector de Vallfogona). El mencionado pueblo (por cierto, el último de la provincia de Tarragona, cerca de Tárrega, Lleida) tiene, a un par de kilómetros de la villa, un célebre Balneario de aguas termales, muy concurrido en el verano por la variedad de aguas adecuadas para varias enfermedades, lo cual quiere decir que los enfermos y veraneantes acudían en cantidad.
El pueblo tenía condiciones para el recreo: cafés, baile y otras diversiones. El Balneario estaba bien surtido de hoteles y todo el confort y recreos de distracción. Aunque la Segarra no tenía demasiados árboles, tenía mucha tierra de siembra: trigo, cebada y otras semillas. El río Corp, aunque con un pequeño caudal, permitía que, en sus márgenes, hubiera multitud de pequeños huertos y jardines.
En la escuela comunal (que no era mixta por la gran cantidad de alumnos, tenía solamente a los chicos). Las niñas iban a un colegio que había de religiosas, cosa que a mí me hacía un favor, ya que en la pequeña escuela, por falta de condiciones pedagógicas e higiénicas, no habría cabido toda la matrícula del censo escolar.
El salario de un maestro joven era muy pequeño con una exigua asignación para la calefacción. Por tanto, para arreglar la cuestión económica de casa, hacía clases particulares a niñas y niños. También tenía unos bachilleres. Con esposa y un hijo, tenía que trabajar mucho. Además, escribía para mí.
Pero vamos a los hechos. Cuando el Presidente de la Generalitat de Catalunya, Sr. Lluis Companys, declaró por los altavoces la República Catalana Federal, dentro del conjunto de los pueblos de Iberia, para que no me acusaran que cerraba la escuela, con los niños, o sea, con los alumnos, pasamos al otro lado del río, donde había el campo de deportes. Lo que quería decir que hacíamos clase deportiva, gimnasia, juegos, etc.
El caso era que, con otros aldeanos, escuchaba la declaración del Presidente Companys. Incluso creamos un Comité Revolucionario, pero cometimos la falta de levantar acta en el Ayuntamiento. Resultado: fracaso el Movimiento “Revolucionario” y los “Escamots”, con el “Musolini catalan” Dencás, huyendo por las alcantarillas y abandonando las armas, que fueron recogidas por los militantes de la CNT y que, por cierto, sirvieron el 19 de julio de 1936, cuando la sublevación militar en Cataluña y en el resto de España, que fue vencida por los obreros y fuerzas públicas al lado de éstos, al menos en Cataluña.
La rebelión militar de que fuimos acusados al triunfar los militares el 6 de octubre de 1934, fui inculpado con otros compañeros. El 12 de octubre de ese año, el teniente, con dos números de Montblanc, se presentó en Vallfogona; el alguacil me dijo que me presentase en el Ayuntamiento. Yo le dije: “Diga al Sr. teniente de la Guardia Civil que acabo las clases a las 11 de la mañana. Así era yo. Cerrada la escuela, fui al Ayuntamiento. Amonestaciones y registro en casa y en la escuela. Hasta el fogón de la cocina. Todo patas arriba, como se suele decir. Los burgueses, gente de derechas, con el alcalde y el secretario jefe, nos acusaban de haber entrado un camión con armas. Yo sabía manejar el fusil un poco por haber hecho el servicio militar. Pero en casa, los cuchillos de la cocina y uno pequeño, que me servía para hacer punta a los lápices de los alumnos, pues no se habían inventado aun los modernos aparatos para este menester. El dueño del Balneario era un cura, que se las traía, y el administrador era peor que él. Una anécdota lo retratará.
Cuando el 2 de octubre del año 1932 tome posesión de la Escuela de Vallfogona, el secretario del Ayuntamiento me hizo visitar el Balneario. No me presentó al propietario, pero si al Administrador. Hablamos. Como no dependía de nadie sino de mí mismo, hablé como tenía costumbre: Clar i Català (claro y catalán) y sin rodeos. De vuelta al pueblo, el secretario me dijo: “Sr. Maestro, si habla así, no lo podrán ver”. Mi respuesta fue: Es que no me verán más el pelo. Tenía 21 años y la cabellera abundante. Ahora estoy calvo y mi cabeza parece un campo de aviación para moscas. Por lo que deduje que los pobres maestros que pasaban por Vallfogona, como en el verano no podían ir de vacaciones, como ahora, el Balneario, para tenerlos de su parte, los empleaban de telefonistas o en otros trabajos adecuados. No tuvimos encontronazos, pero siempre me miraron de reojo.
La otra anécdota es que, cuando tome posesión de la escuela, se reunió el Consejo escolar: Médico, alcalde, secretario y un padre y una madre representando a los niños. Mi declaración, después de las consideraciones que me manifestaron, fue:
“La Escuela, que no cierro, está abierta para quien quiera comprobar como enseño. En la Escuela, encontraréis al maestro; pero en la calle, soy un hombre como los otros y hago lo que me parece, con todo el respeto para todos, porque soy un hombre libre”. Con todo, me acusaron de que Dios no existía y que lo decía a los niños. Decían que lo habían oído. “Hice saber que si era un hombre era una nada, y si una mujer, que no era hija de su madre, por no decir que era una “cagassa”. Lo que hacía en la escuela, y no lo niego, era que, junto a la “Historia Sagrada” (estábamos obligados por el Programa) les explicaba una lección de Astronomía. Los niños me decían: “Sr. Maestro, ¿cómo es que una cosa se contradice con la otra? Hijos míos, la cosa es así. Ya sois suficientemente grandes para pensar y desentrañar esto. La verdad es que meditaban y no lo hacían mal.
El 24 de octubre, fiesta mayor del pueblo en que nací, otra vez vino el teniente con guardias civiles, pero esta vez para llevarnos a tgodos los encartados a Tarragona para hacer declaraciones. El caso es que fuimos a parar al barco “Manuel Arnús”, prisión flotante en el puerto de Tarragona y vigilados por dos unidades de la Marina de Guerra. Paso por alto la vida en el barco. Lo que, sí que había, aparte de gente de todos los lugares de la provincia, era personalidades de todos los órdenes. Por primera vez, el gran músico Pau Casals, venía, al “Manuel Arnús” a visitar a su hermano, alcalde del Vendrell, al Comisario de la Generalitat en Tarragona, Sr. Prunés, persona correcta, culta y simpática. Discutíamos a menudo. Una vez me dijo: “Si vuestra doctrina y forma de pensar es como decís, yo también lo sería”. Hicimos buena amistad. Había personalidades jurídicas, musicales, intelectuales y personalidades políticas y sindicales. Joven, y con ganas de discutir y cambiar opiniones, hice amistades de las que duran.
Entre el “Manuel Arnús” y el Fortín de Tarragona, cumplí tres meses de prisión. Con libertad provisional, retorné a Vallfogona. Perdí la plaza y la Sección Administrativa me dio de baja de la nómina. Y espabílate que hace frío.
Los amigos de Vallfogona querían que pusiera una escuela particular, como tenían las monjas.
Pero se daba la circunstancia que la escuela la ocupaba un condiscípulo de la Escuela Normal, y amigo, y no acepté la propuesta. Y hacia Barcelona, refugio de todas mis desgracias. Trabajé en academias, y, por fin, en un gabinete de ortopedia, donde aprendí todo lo necesario y con libros que me orientaron. La especialidad eran las hernias. Ya al corriente, cogí la maleta y a viajar por toda Iberia. Menos el norte de España, conozco el resto de las provincias, especialmente de Andalucía. Como era que la casa nos daba una ruta a seguir, las autoridades civiles y militares sabían donde me encontraba cada día. En Oliva, un pueblo de Valencia, tuve el primer contratiempo. En Barcelona hacían el proceso de los otros encartados conmigo. El sargento de la Guardia Civil me llamó para decirme que tenía que volver a Barcelona por el tema del juicio. Cuando llegué ya lo habían celebrado. Mala suerte. Otra vez maleta en mano, para la misma casa de las hernias, porque tenía que ayudar a la familia, pese a que mi mujer era tejedora en la “España Industrial” de Sants.
Cuando me encontraba en la frontera de Portugal, otra vez me llaman a juicio. Esta vez en Tarragona. Me juzgaron sólo. El Tribunal lo presidia el coronel Villalba, jefe del Regimiento Almansa de Tarragona.
Podría decir como el estudiante aquel, que le preguntaron por el resultado del examen: “¿Cómo has salido?”. ¡Partido!
La condena del Tribunal militar fue: seis meses y un día de prisión. El día podía ser largo. Como ya había cumplido seis meses entre el “Manuel Arnús” y el Fortin, el comandante instructor me dijo: “Supongo que por tres meses que te quedan, no te escaparás al extranjero”. Yo le dije: “Vengo de cerca de la frontera de Portugal, podrían haberlo hecho”. Su respuesta fue: “Pues bien, no te haré acompañar por la guardia civil. Coge un taxi y, con este papel, te presentas en la prisión de Reus”. Y así lo hice. Con el taxi llegue, delante de la puerta de la prisión, No es la hora de visita”, me dijo.
Yo le respondí: Vengo a que me encierre. “Es que estás loco”, me contestó, poniendo el dedo sobre la frente.
Hasta que no le di el papel de presentación, que me hizo el comandante instructor, no me abrió la puerta. En la cabeza de aquel funcionario no cabía que no fuese acompañado por los tricornios. Y tenía razón. Mi caso no era administrativo para él. Se saltaba, a la torera, los reglamentos de prisiones. Los encartados conmigo se morían de risa. ¡Mira que hacerse encerrar por su cuenta, cuando se podía escapar! De pasada, anoto que uno de ellos se casó con la hija del director.
Cuando me hicieron el juicio a mí, ya estaba en libertad Lluis Companys y su gobierno. Mi defensor, pasante del célebre abogado Lloret, de Tarragona, se valió de los argumentos del juicio al gobierno de la Generalitat. De aquí que la pena no fuese muy grave. En la prisión escribí y colaboré en periódicos de Reus. Conocí al célebre Juanito, especialista en el “Timo de las Misas”. Era tan listo que te avisaba que de que te quitaría la cartera, y lo hacía sin que tuvieras conocimiento. Enseñe a leer y escribir a un preso común que se llamaba Palomo. Era un sublevado y un inadaptado de la sociedad. Hice que me escuchara. Otro, Vivancos, no se si es el de nuestra guerra, comandante, tenía un buen oficio. Pero creía que su patrón se hacía rico con su sudor. Se dio a la mala vida. Como tenía buenas manos, hacía rótulos de colores para comercios de Reus.
Fuera de la libertad y no comodidades, estábamos bien en la prisión. Teníamos visitas de parientes y amigos que nos traían de todo. No teníamos necesidad del rancho de la prisión.
Cumplida la condena, otra vez a la Ciudad Condal. Ahora que, esta vez, sin trabajo ni dinero. Llegué a no tener 30 céntimos para un litro de leche para el niño, en incluso a tener malos pensamientos.
Encontré la solución escribiendo una carta al presidente Companys explicándole mi caso, explicándole que acababa de salir de la prisión por los hechos del 6 de octubre de 1934.
He de agradecer que estábamos en el mes de julio y salía una Colonia escolar hacia la Rabassada de Tarragona, dirigida por el director del Grupo Escolar de Sarriá, grupo modelo emplazado en el edificio que ocupaban los escolapios o jesuitas (no sé cuál de los dos). El presidente Companys hizo que me nombrasen profesor de la Colonia. Es cosa que no olvido y se lo agradeceré mientras viva, dada mi situación económica de entonces.
Teníamos niños del “Serrallo” de Tarragona, del Ayuntamiento de Valls y de la Asistencia Social de Lérida.
De vuelta de la Colonia de la Rabassada, con el Consejero de Cultura de la ciudad, J. Alomar, y los maestros leales y profesores creamos el Consejo de la Escuela Nueva Unificada en Tarragona. A continuación, organizamos los diferentes Grupos Escolares en los edificios que pertenecían a la Generalitat de Catalunya y en la mayoría de ls locales incautados a las escuelas privadas, confesionales y religiosas. Ni un solo niño de Tarragona quedó sin escuela. Yo tenía la Dirección
Del Grupo Escolar Eliseo Reclús (el gran sabio y geógrafo francés), que estaba cerca de la Catedral. A los gitanillos, que antes iban a pedir y bailar en las terrazas de los cafés, los tuve como alumnos en el Grupo Escolar. Contentos, bien peinados y ordenados, ni uno tan sólo voluntariamente falta a la escuela. No hablo de los otros aspectos de la obra de la Revolución en Cataluña y Valencia.
La obra, en la escuela, bajo la dirección del C.E.N.U. (Consejo de la Escuela Nueva Unificada), fue una de las realizaciones exitosas. Ejemplo: En del grupo que yo dirigía, las clases iban de párvulo, a partir de los tres años, hasta la clase superior obligatoria, hasta los 16 años. El método y sistema era la coeducación. Niñas y niños bajo la dirección de una maestra o maestro. No se dio ni un solo caso que lamentar. Amistad y compañerismo bajo el lema: RESPETO MUTUO.
En el comienzo del curso todos los niños bien ordenados en presencia de los padres y tutores, que les daban detalles y características de sus hijos.
Además de las clases ordinarias, había clases de corte y confección, de mecanografía y taquigrafía, de música, de realizaciones, de palma, de alambre, de yeso, fango y escayola. Había sala de juegos, damas, ajedrez, etc. Con el Sistema Frenet, los alumnos hacían su periódico, que ellos redactaban y cambiaban con los que hacían en otros grupos. Todas estas clases se hacían bajo la dirección de profesores especializados.
En honor de las maestras y maestros hay que decir que ellos mismos adaptaron los Métodos, Decrolí, Montesori, etc., con los materiales que necesitaban y que la Consejería de Cultura del Ayuntamiento de Tarragona facilitaba. No había necesidad de comprar lo necesario para la práctica de los nombrados métodos: Ellos mismos los confeccionaban con el material necesario.

Roque Llop Convalia

Referente al Método Frenet en la escuela hay una anécdota: Cuando yo volví en libertad del Campo de Concentración nazi de Mathausen-Gusen, fui a visitar, en Montauban (Tarn-et-Garone) a unos maestros que nos habían adaptado y ayudado física y moralmente cuando estábamos en el Campo de Concentración francés de Sepfonts en el año 1939, después de pasar la frontera tras la derrota del ejército republicano.
De este Campo salimos a fortificar la célebre “Línea Maginot”, que no sirvió para nada, ya que los alemanes pasaron por detrás. Pues bien, los maestros de Montauban, en el año 1945, nos mostraron como un acontecimiento de su avance pedagógico la caja de la imprenta del Método Frenet. El inventor de este Método es un profesor francés. En 1936 nosotros lo teníamos en las escuelas de la Generalitat de Cataluña. Recuerdo que el maestro que yo tenía en la escuela cuando era chiquillo, durante la República, y antes de nuestra guerra, con un inspector de escuela, que murió refugiado en México, hacíamos la propaganda por toda Cataluña y enseñábamos el procedimiento.
Eso que, a los que vivíamos al otro lado del Pirineo, nos tenían como africanos. Al maestro que yo tuve en la escuela, lo tuve, en la clase superior, como profesor en el Grupo Escolar que dirigía. Es necesario que confiese que, de él, tanto en la escuela como después de Director, aprendí de sus enseñanzas y consejos.
Para acabar, ya que no cabe en el caso del fusilamiento del 50 aniversario del Presidente Companys, otra anécdota:
“Cuando me nombraron Delegado de Cultura de la Generalitat de Cataluña, el Consejero Ventura i Gassol, a los que fuimos nombrado para las diferentes “Vegeries” (yo tenía la 3ª y la 4ª) nos hizo hacer, en la Escuela Industrial de Barcelona, donde había la Escuela Normal y el Centro Psico-pedagógico (en Sabadell había otro), un curso especial para profesores escogidos. Pues bien, después de Ventura i Gassol conocí dos Consejeros más: Carles Pi i Suñer, que murió en Caracas, y Antonio M.ª. Sbert, muerto en México. Vamos a la anécdota.
“Los locales de la escuela de Cataluña pertenecían a la Generalitat. En la época, en el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, como se llamaba entonces, del Gobierno de España, había como ministro el comunista Jesús Hernández. Sin que diera motivo ni razones, el caso es que el Ministerio de Enseñanza del gobierno republicano y la Consejería de Cultura de la Generalitat estaban de “punta” y las relaciones no eran nada amistosas. El Consejero Sbert vino a Tarragona, me llama al Grupo escolar y me dijo tal cual: “Fuera (así) todos los maestros del Estado Español, a la calle, de nuesLa diferencia era solamente que unos cobraban de la Generalitat de Cataluña tros grupos escolares (enfadado como es debido), que Jesús Hernández les de locales. La determinación del Consejero era seria, pero muy grave para la buena marcha del problema escolar. Y los otros de las Secciones Administrativas del Gobierno central.
Si yo me atenía a su determinación, el problema (1) era sin medida a juzgar.
Los maestros, sin diferencias, trabajaban en perfecta armonía, el compañerismo y la amistad eran perfectas en cuanto a la organización de los grupos para toda la matrícula escolar de Tarragona. Las escuelas privadas y religiosas desaparecieron. Así, también, las escuelas unitarias donde trabajaban los maestros del Estado.
Le dije: Escucha Sbert, ¿te das cuenta de la magnitud del problema y de lo que me mandas que haga? Si los “jodemos” (empleo su palabra) a la calle, les tenemos que dar los locales que tenían (que puede ser que ya no existan) u otros para ubicarlos. ¿Dónde los encontrará con el material que necesitan? Piensa bien y no vayamos a hacer un disparate catastrófico. Tienes razón Llop, pero son unos mal…etc. Hizo bien en escucharme, porque el escándalo habría sido de órdago. El Comité de Enlace UGT-CNT podía arreglar lla cosa. Pero había por medio los partidos políticos con sus rivalidades y los odios personales. Ninguno se enteeró de la proposición y decisión del Consejero de Cultura de la Generalitat y el trabajo en las escuelas hizo su camino constructivo.
Referente al Presidente Companys lo tendré en la memoria mientras viva y, en el fondo de mi corazón, el agradecimiento profundo por haber dado solución a mi problema económico, que era desesperado, nombrándome profesor de la Colonia Escolar de la Rabassada de Tarragona.

Vitry-sur-Seine (France) 25 de noviembre de 1999

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *