27Millones

 

La lucha desatada el 18 de octubre por la juventud rebelde y los trabajadores del país fue una sublevación generalizada que desde hace varios años atrás intentaba abrirse paso contra los gobiernos de turno y el régimen pinochetista de la constitución del ’80.

Desde hace años, poco a poco, fueron derrumbándose los engaños y la trampa del plebiscito de 1988 y la transición concretada en 1990, que hace 30 años prometía que, con la vuelta a las elecciones, la reapertura del congreso y el retorno de la república “vendría la alegría” para los trabajadores y explotados del país, pues cada 4 años se podría votar a quienes les “representaran” en el poder su sentir, necesidades y falencias.

Pero la llamada transición pactada a la “democracia” dejó a los milicos genocidas impunes, con poderes supremos y a las transnacionales mineras, agroexportadoras, etc., y a los bancos intactos y llenos de garantías para saquear libremente las riquezas del país y súper explotar a los trabajadores. Además, entregó una gran legitimidad a los gobiernos de la vieja Concertación, la cual utilizaron para profundizar la obra de Pinochet: privatizaciones masivas, nuevos tratados de libre comercio, leyes favorables a la banca, hicieron de Chile un país totalmente entregado al dominio imperialista.

Ya en 2003, por la terrible situación que vivía el pueblo trabajador, que comenzaba a manifestarse con huelgas y paros, sintonizando con las tremendas batallas revolucionarias de clase que a principios de siglo ocurrían en Argentina, Ecuador y Bolivia, la burocracia sindical de la CUT se vio obligada a convocar al primer Paro nacional en “democracia”.

Años más tarde, le siguieron combates generalizados de los estudiantes universitarios y secundarios en 2005/06, a los que se plegaron enormes paros y huelgas de los trabajadores contratistas de Codelco, como de otros sectores obreros estratégicos para la economía del país, que también surgían al compás de sus hermanos de clase del continente que en México y, nuevamente, en Bolivia se alzaban en históricas luchas.

En 2011, el año que estallaron las indignaciones revolucionarias por todo el planeta contra los parásitos del capital financiero internacional, los estudiantes combativos y los trabajadores a lo largo del país salieron a la pelea. Se sumaron años más tarde fuertes paros y revueltas en regiones, como el de los portuarios y Aysén y Freirina respectivamente, así como en 2016 se hizo sentir el reclamo de no más AFPs que coordinó marchas de cientos y cientos de miles de trabajadores en el país.

La debilidad de las corrientes contrarrevolucionarias se combinó con una ofensiva del imperialismo

La llamada “revolución bolivariana” fue la encargada de apropiarse y llevar a la derrota estas luchas antimperialistas, que una y otra vez sacudían Latinoamérica y que buscaban coordinar una respuesta a los ataques que sufrían las masas del subcontinente. Fueron fundamentales para aquel cometido los procesos de Asambleas Constituyentes en Venezuela, Bolivia, Ecuador, etc.; con los cuales avanzaron en abortar los procesos revolucionarios que estallaron en esos países la década pasada.

En Chile aquel papel se encomendó, principalmente, a los gobiernos más de “izquierda” que podía parir el régimen pinochetista, como el de los “socialistas” Ricardo Lagos y los dos gobiernos de Bachelet, que para hacer retroceder la lucha de los trabajadores aplicaron variadas reformas cosméticas al régimen, a la vez que integraron abiertamente al PC a sus instituciones. Más tarde hicieron surgir al Frente Amplio, cooptando a los principales dirigentes de las luchas estudiantiles y de trabajadores de 2011/12, para sentarlos en el parlamento y así le fuera más fácil a la burguesía desviar hacia allí los reclamos y las luchas de los trabajadores y los explotados.

No obstante, la decadencia y el descrédito de estos gobiernos populistas y demagógicos que el imperialismo tuvo que utilizar y soportar para apaciguar las sublevaciones revolucionarias que venían de estremecer la región, los dejó a ojos de las masas como representantes de gobiernos tan reaccionarios y lacayos del imperialismo, como Macri en Argentina, Piñera en Chile, Juan Orlando Hernández en Honduras, etc. El derrumbe de las materias primas, en el mercado mundial en 20013/2014, comenzó a revelar que, sin tocar la propiedad e intereses del capital extranjero, al cual se dedicaron a proteger, sólo podían ofrecer esclavitud, hambre, súper explotación, cesantía y represión.

Se debilitó terriblemente el papel de expropiadores y aborteros de la revolución de los “bolivarianos”. En Chile los tres gobiernos del PS, que incorporaron en el último de ellos al PC, desgastaron su margen de acción, por su parte el Frente Amplio quedó amarrado al completo desprestigio del parlamento.

Simultáneamente, las potencias imperialistas, lideradas por el imperialismo yanqui, lanzaron una fuerte ofensiva sobre Latinoamérica con el ánimo de contrarrestar los avatares de una latente crisis económica mundial, que ha reducido enormemente las ganancias de sus bancos y transnacionales.

Esta combinación, sólo consiguió fortalecer la respuesta y resistencia de las masas a las peores condiciones de explotación y opresión a las que las querían someter. En 2018 vimos combates en Nicaragua, en Venezuela, el norte de México. 2019 comenzó con Honduras y Haití, hasta que, como un torrente incontrolable, a principios de octubre pasado, estalló Ecuador, seguido de Chile, Bolivia y Colombia. Rebeliones de masas que se inscribieron dentro de los procesos de lucha mundiales que, en Francia, Hong Kong, El Líbano, Irak e Irán, presentaban una tremenda lucha en contra de las arremetidas del imperialismo y sus gobiernos sirvientes.

Por este motivo, como un shock eléctrico impactó sobre el conjunto de los explotados del país la respuesta de las masas de Ecuador al tarifazo aplicado por Lenin Moreno. Piñera, acompañando la ofensiva del imperialismo, se sentía fuerte y en sus casi dos años de gobierno no titubeo en lanzar una seguidilla de ataques, siendo el aumento del precio del transporte en la capital el que detonó la histórica lucha.

 

La grandiosa espontaneidad no ha logrado cristalizarse en organismos de democracia directa y autodeterminación de las masas

 

A la fecha un hecho a constatar es que, tras meses y semanas de una ofensiva espontánea y directa contra el gobierno y el régimen, hicieron más que treinta años de la política de las direcciones colaboracionistas, pro “bolivarianas” y sus promesas de que presionando y reformando al régimen burgués se podrían conseguir mejoras en las condiciones de vida.

Esta lucha es parte de un fenómeno internacional que a fines de 2018 y principios de 2019 abrieron los Chalecos Amarillos de Francia, de luchas espontáneas, por fuera y objetivamente en contra de las burocracias sindicales corrompidas gracias a la estatización de los sindicatos, donde la democracia obrera y, por ende, la independencia de clase es inexistente.

Su máxima potencialidad, o punto más fuerte, estuvo en que las masas en Chile pudieron desarrollar toda su espontaneidad porque no se puso a su frente ningún aparato sucio, que en su nombre negociara y entregara nuestro combate. Pero aquel punto fuerte de la espontaneidad tuvo un punto débil. Ha sido que desde lo más profundo de la lucha no surgiera una genuina organización de las masas sublevadas, que no es otra que los organismos de democracia directa y autodeterminación, que coordinaran, sincronizaran y centralizaran a los que luchan.

Sin la existencia de dichos organismos fue imposible que el movimiento hiciera consciente las falencias con las que contaba y las tareas que la situación abierta el 18 de octubre tenía pendiente para cumplir con el objetivo que millones de trabajadores y explotados se habían trazado: derrotar a Piñera y al régimen pinochetista.

La creación y generalización de estos organismos, a nivel nacional, hubiese permitido que la juventud trabajadora revolucionaria, que fue quién más heroicamente entregó sus fuerzas para el triunfo de la lucha, influyera con su indignación y rebeldía al conjunto de los explotados. De esa manera este sector, que mayoritariamente carece de derechos democráticos e incluso sindicales, que más descaradamente soporta la represión y opresión del estado burgués y a quien se le hereda un ruinoso país, descalabrado por el saqueo imperialista, podría haber roto la quietud de amplios sectores del movimiento obrero. Así se podría haber preparado y organizado una verdadera huelga general revolucionaria que paralizara toda la economía y el funcionamiento del aparato del estado, echando a Piñera, dejando en ruinas al régimen y al Estado burgués.

En las alturas la burguesía era plenamente consciente del peligro multiplicado que significaba para su dominio que los trabajadores del país retomaran la tradición revolucionaria de los cordones industriales de la década de los ’70. Ellos rompieron el control burocrático de la estatizada CUT, se organizaban democráticamente, con delegados revocables elegidos por los obreros de base, por fábrica, parque industrial, comuna, región y se coordinaban a nivel nacional, para unirse a los estudiantes, a las clases medias y campesinos pobres y enfrentar al conjunto de la burguesía. Establecieron el poder de los trabajadores en la producción, socializando o expropiando bajo control obrero múltiples ramas de la economía.

 

Las burocracias sindicales y la izquierda del régimen salvaron de caer a Piñera y el régimen pinochetista

 

A pesar de dicho límite, que significó no haber conseguido formar organismos de democracia directa, innumerables fueron las grandiosas acciones revolucionarias que como pudieron conquistaron las masas. Se derrotó el Estado de Emergencia y Toque de Queda, ya que las manifestaciones políticas y revolucionarias de millones en las principales ciudades quebró la moral de la tropa (proveniente del mismo pueblo trabajador) y redujo así el poder de fuego del ejército. Se consiguió la unidad de los trabajadores y el pueblo pobre en las calles, con piquetes de autodefensa de la primera línea que lucharon en cada jornada. Ellas abrieron perspectivas de lucha superiores, pero lamentablemente estas no fueron resueltas.

El corazón de la economía chilena no se tocó. El movimiento no utilizó su arma más poderosa, pues no paralizaron, generalizada y simultáneamente, las grandes mineras, las forestales, las salmoneras, toda la agroindustria, los complejos industriales de las grandes ciudades, los puertos, los aeropuertos, el transporte pesado, las rutas y autopistas, etc. Esto porque la burocracia sindical colaboracionista de la CUT y de aquellos sectores lo garantizaron, en algunos casos apoyándose en el conservadurismo que está presente entre los trabajadores que están mejor económicamente, capas altas del movimiento obrero, mientras a los otros, un sector mayoritario, simplemente los dejaron librados a su suerte bajo la dictadura y el chantaje patronal que reina en los lugares de trabajo.

Los dirigentes de la Unidad Social llamaron en conferencias de prensa a tres “huelgas generales” desde las directivas de sus organizaciones sindicales y populares, que sólo agrupan a una ínfima minoría de los trabajadores, las cuales no fueron organizadas y preparadas en ningún comité de huelga de base, en cuanto sólo querían descomprimir las energías revolucionarias de las masas.

Es verdad que en algunas partes hubo paros impuestos por las bases, pero lamentablemente sólo fueron parciales, ninguno a la altura de lo que la situación exigía. El movimiento fue condenado a intervenir en la lucha de manera dispersa, en decenas de marchas que se realizaban después de los cambios de turno, o una vez terminada la jornada de trabajo.

Esto fue central para que, en los momentos más álgidos de la lucha, del 18 de octubre hasta la primera quincena de noviembre de 2019, no cayera Piñera ni el odiado régimen.

La lucha se estancó, Piñera y el régimen pinochetista no caían pese a que su gobierno por semanas sólo contaba con una aprobación de entre un 6 y un 4%, igual que el parlamento, que llegó a contar con un raquítico 3%.

Así el gobierno encontró importante apoyo en una respuesta contrarrevolucionaria a nuestra lucha. La burguesía resistía con los aparatos represores del estado intentando sembrar el terror contra los que luchan. Esto ya que ninguna institución “republicana”, “democrática” se pudo interponer para amortiguar y conciliar la lucha de los explotados que directamente enfrentaban al gobierno y al régimen en su conjunto. Pero por la relación de fuerzas que estableció la propia lucha, no la pudo derrotar mediante un aplastamiento sangriento. Así apeló al desgaste del movimiento y nuevamente recurrió a las fuerzas auxiliares de la izquierda colaboracionista, reformistas, de las burocracias sindicales de la CUT, sindicatos, agrupaciones y caudillos del Frente Amplio, que recientemente habían formado la Unidad Social.

Ellos, después de impedir que el combate iniciado se manifestara de manera contundente en la producción y toda la economía, reimpulsaron los Cabildos pro Constituyente que había formado Bachelet en su segundo gobierno, para que todo tipo de organización que surgiera fuera desclasada, “ciudadana”, y subordinada a las instituciones del régimen, en cuanto fueron los alcaldes y las bancadas, diputados y senadores de la oposición burguesa a Piñera, los que canalizaban sus deliberaciones y conclusiones. Limitaron todo a organizaciones territoriales para atomizar, dividir y así restarles fuerza.

Rápidamente toda la izquierda parlamentaria promovió variadas interpelaciones y acusaciones constitucionales contra ministros, exministros, intendentes, persiguiendo relegitimar al odiado parlamento. Y, por último, insistieron en resucitar la antigua carta bajo la manga del régimen: la Asamblea Constituyente, buscando afanosamente desviar la lucha hacia una gran reforma democrático-burguesa a cambio de reestablecer el orden burgués que las masas dejaron en profunda crisis.

 

Antes que cayera Piñera y el régimen pinochetista, la burguesía cedió el tramposo cambio de Constitución

 

Sólo después de este operativo político, que se desarrollaba mientras la represión se cobraba la vida de decenas de compañeros, los ojos de cientos, más miles de presos y procesados, el pacto tramposo del 15 de noviembre por un plebiscito y proceso constituyente pudo comenzar a asentarse.

Y es que ni el gobierno ni el régimen previeron la irrupción que en lo más profundo del pueblo trabajador y explotado se estaba gestando. Para evitar que se iniciara una lucha revolucionaria como la de los últimos meses, desde hace décadas que la burguesía venía aplicándole reformas, principalmente políticas, a los puntos más grotescos y reaccionarios de la constitución, reforzando la fachada democrática-republicana con que cubrieron su régimen de dominación pinochetista. Fue uno de los objetivos centrales de los gobiernos de la vieja concertación, especialmente los de Lagos y Bachelet, aunque también recurrieron a ello en los dos gobiernos de Piñera, que, por ejemplo, derogó la Ley reservada del cobre (que destinaba el 10% de las ventas del metal al presupuesto de las FF.AA. asesinas). Pero esta vez fue demasiado tarde, la sublevación de octubre pasado les estalló en la cara.

En un principio intentaron responder con una política 100% reaccionaria, contrarrevolucionaria, con los pacos y el ejército. Sin embargo, esto sólo consiguió que se cayeran por completo las fachadas democráticas que cubren al régimen, mostrando el poder absoluto de las FF.AA. y el presidente. La burguesía encontró como respuesta una lucha redoblada, generalizada, que movilizaba a los trabajadores y las clases medias empobrecidas para sacar a Piñera y el régimen represor y explotador.

Ni retroceder en el aumento de los precios del transporte en Santiago, anunciar un puñado de migajas y realizar un cambio de gabinete conseguía hacer retroceder la lucha.

La burguesía comprendió que ninguna nueva reforma a la Constitución, o un conjunto de ellas, haría retroceder la lucha contra el Chile del imperialismo y los explotadores que había estallado. Era necesario recurrir a una estrategia superior, a una reforma a la ley de leyes que es la Constitución del ’80. Fue allí cuando se reunieron todos los partidos del régimen en el Ex Congreso para firmar el pacto del 15 de noviembre, “Por la paz, el orden público y una nueva constitución”, que convocó al plebiscito del 26 de abril en pro del proceso constituyente.

Recién después de casi un mes de lucha incontrolable, aquel pacto comenzó a dividir y restar a un sector de las masas de la lucha. Antes de que Piñera y el régimen fueran derrotados revolucionariamente, la burguesía prefirió ceder el tramposo cambio de la constitución.

Todo el reformismo se cuadró con esta política. Más allá de que algunos, como la Unidad Social, lo denunciaran como “cocina” o “de espaldas a la ciudadanía”, sólo se dedicaron a llamar acciones de presión para que dicho pacto los considerara a ellos en los acuerdos. Y es que su política, en todo momento, fue mostrar como a este gobierno y su régimen se los podía presionar para conseguir las sentidas demandas de los trabajadores y el pueblo. Por eso es por lo que el 28 de noviembre se reunieron, con el ministro del interior Blumel, para “transmitirles sus exigencias”, a aquel personaje bajo el cual más muertos y mutilados hubo, así como compañeros presos por luchar. Todo esto lo coronó la izquierda parlamentaria el 4 de diciembre, día en que, plegándose a los llamados para reestablecer el orden social burgués, entregó quorum y votó a favor de la ley “anti-saqueos”, que en realidad es una vil ley anti-huelgas.

 

El régimen pinochetista de las Constitución del ’80: reflejo de un Chile colonial, saqueado por las potencias imperialistas

 

Gran parte de la izquierda que apoya el proceso constituyente asegura que este permitirá dar solución a las demandas de los explotados ya que se podrá acabar con la actual Constitución del ’80 y su carácter proempresarial, que anula el poder de los sindicatos y la negociación colectiva, y del que ellos llaman “estado subsidiario”, que impide que los derechos más básicos, como salud, educación, pensiones y vivienda, sean cubiertos por el estado.

Que en Chile exista un régimen basado en la Constitución del ’80, que priva a los trabajadores de los derechos más básicos, no se explica porque haya una “mala democracia”, que promueve una nula “participación ciudadana”, “popular”, en las políticas públicas, sino por el completo sometimiento de la nación al imperialismo, que mediante tratados, convenios y concesiones se apropia de las riquezas naturales y las ganancias que producen los trabajadores. Así en el estado burgués chileno la oficialidad de las FF.AA., sus altos mandos, velan por el predominio del capital financiero internacional, es decir, de los bancos y transnacionales imperialistas.

En primera y última instancia esa es la razón porque las instituciones democrático-parlamentarias son de fachada, una simple envoltura, ya que los recursos que podrían desarrollar una sistemática actividad legislativa y reformas que impulsen el progreso del país en beneficio de su población, son saqueados por el imperialismo y la burguesía local asociada a éste. A eso se debe que las instituciones más reaccionarias, anti obreras y anti populares, como las FF.AA. y el cargo de presidente de la “república”, tengan tanto poder, tantas garantías e impunidad.

Este régimen pinochetista, impuesto con el baño de sangre del 11 de septiembre de 1973, sólo es la expresión política de la total dominación imperialista en el país; de que la burguesía local y sus partidos, desde las distintas instituciones “democráticas” de aquel régimen, no tengan nada para repartir, concesiones que entregar, por lo cual el pueblo trabajador es condenado a una vida de miserias. Cuestión que los últimos años comenzó a agudizarse de la mano de una nueva crisis económica mundial, que ya empezó a dar sus primeras señales, con una importante desaceleración y que ha significado una caída en los precios de las materias primas, lo que golpeará fuertemente la economía primaria chilena, totalmente dependiente de las exportaciones de cobre, otros minerales y productos agrícolas al mercado mundial.

Este panorama se ha visto agravado por el Coronavirus, que por semanas redujo la actividad económica de China a un 40 y hasta un 50%, lo que bajó aún más las expectativas de crecimiento de Chile, que tiene a aquel país como principal destino de sus exportaciones. De hecho, Piñera, para financiar su miserable “agenda social” con la cual intentó apagar la lucha, recurrió al crédito internacional y a la venta de bonos del estado, endeudando aún más la alicaída economía nacional.

Es así como los reformistas tienen que explicar qué reforma social seria, profunda y duradera, en favor de los explotados, ha emanado del congreso y de las distintas instituciones del régimen. Por qué los distintos gobiernos -incluyendo a los de “izquierda”, cuyos partidos hoy están por aprobar el cambio constitucional con una convención constituyente-  han respondido armas en la mano, con la policía militar, hasta el ejército, deteniendo, encarcelando y asesinando, a los reclamos más sentidos de los trabajadores y explotados del país, como sueldos dignos y acabar con la subcontratación, educación pública y gratuita, no más AFPs y pensiones dignas, devolución de las tierras en manos de los grandes latifundistas, etc. Y por qué cuando han cedido algo, sólo han sido cuestiones secundarias que no mejoran en lo más mínimo nuestras condiciones de vida, con el fin de seguir teniendo el control de la situación.

 

La izquierda colaboracionista huye de una lucha consecuente por la democracia

 

El proceso constituyente ha reafirmado que todas las corrientes y partidos de la izquierda reformista son fieles sostenedoras del régimen pinochetista, cívico-militar, de la Constitución del ’80. Un sector (PS, PC, PRO, facciones del Frente Amplio, etc.) defiende el proceso, otro, como Unidad Social, lo critica por considerarlo insuficiente puesto que en el plebiscito del 26 de abril sólo se dio como posibilidades una Convención o Congreso Constituyente, dejando fuera la opción de Asamblea constituyente que, afirman, es un organismo mucho más democrático.

Más allá de la polvareda que levanten, ambos aprueban que tanto el plebiscito, la Convención, Congreso o Asamblea Constituyente, sean convocados y garantizados por las mismas instituciones reaccionarias del régimen pinochetista. Por lo cual ninguna de esas instituciones parlamentarias constituyentes por las que hacen campaña será soberana, sino que serán un completo apéndice del régimen y las instituciones que las masas salieron a enfrentar. Al lado de la Convención o Asamblea Constituyente continuará el gobierno de Piñera con poderes absolutos, seguirá sesionando el mismo parlamento de los enemigos del pueblo explotado, la corte suprema y su casta de ministros inamovibles amparados en una Ley Orgánica de la dictadura militar.

Por lo cual todo este grandilocuente proceso sólo será una nueva reforma cosmética, de maquillaje, al régimen pinochetista.

Tan antidemocrático, tramposo y fraudulento es todo este proceso que una vez que fue pactado, el gobierno no paró de mandar leyes para que fueran aprobadas con urgencia en las dos cámaras del parlamento. Se aprobó la llamada  “ley anti saqueos”, que eleva las penas de cárcel a quien altere el orden público, considerándose parte de ello no solo el lanzar piedras o levantar barricadas, sino también provocar la paralización (huelga) en sectores estratégicos de la economía; la de “infraestructura crítica”, que permite al presidente movilizar a los milicos sin recurrir al estado de emergencia o toque de queda para “resguardar” lo que él considere vulnerable, así como se votó contra el uso público de las aguas. Además, no se tocarán los Tratados de Libre Comercio, que han hecho de Chile el oasis de las transnacionales imperialistas.

Esto demuestra que son enemigos no solo de los organismos de democracia directa, de la democracia de los que luchan, para que decir de la revolución obrera y socialista, sino hasta de la propia democracia burguesa plena, que de palabra dicen defender y luchar para llevarla hasta el final.

 

El pacto del 15 de noviembre: un acuerdo de Unidad Nacional de toda la burguesía y las direcciones reformistas para derrotar a las masas

 

Es una mentira que la campaña del “apruebo”, de la convención o asamblea constituyente es continuidad del combate iniciado el 18 de octubre; es una falsedad demagógica que esa es la vereda del pueblo trabajador y la del “rechazo” la del empresariado y el “fascismo”. En el pacto tramposo del 15 de noviembre, por sobre los apetitos y diferencias de los distintos sectores, partidos y coaliciones de la burguesía, primó su total unidad nacional, empujada por la urgente necesidad de avanzar en un plan político para derrotar la lucha de las masas.

Que expliquen aquellos que crean falsas ilusiones en las masas llamando a cambiar la lucha de clases contra el régimen, sus instituciones, el gobierno de Piñera, el conjunto de la burguesía y el imperialismo, por una lucha exclusivamente contra la “derecha” del rechazo, porqué gran parte de los principales dirigentes de la “derecha” están por la opción del “apruebo” una nueva Constitución, inclusive con una Convención Constituyente y la “paridad de género” que acaban de aprobar, con muchos de sus votos, en el Congreso. Porque el que se postula a ser candidato de la UDI para las próximas elecciones presidenciales, Joaquín Lavín, junto a todo Evopoli, el presidente de RN, Desbordes, senadores como los hermanos Ossandon y un importante sector de ese partido, más un sinnúmero de alcaldes de su coalición “Chile Vamos”, están en la campaña por el “apruebo”.

El apoyo a la opción “apruebo” de esos dirigentes y militantes no está dado por su buen olfato u oportunismo político, ya que se proyecta que ganará el “apruebo”. Se debe a su claridad de clase burguesa. Es que el régimen que aparente ser más democrático para las masas es el que más estabilidad entregará a la dominación y explotación de la burguesía, mejor preservará a su Estado asesino: a las FF.AA. y a los pacos. Por cuanto, de conseguir esa legitimidad “democrática”, lograrán que la lucha baje la guardia y retrocedan completamente del terreno conquistado con la alianza de los trabajadores y el pueblo pobre en las calles, sus piquetes, barricadas, paros, huelgas, etc.

A no llamarse a engaño. La verdadera y más amplia democracia para el pueblo trabajador y explotado -inclusive una Asamblea Constituyente verdaderamente democrática y soberana, para los honestos luchadores que creen que ese es el camino para conquistar nuestras demandas- únicamente puede ser conquistada sobre las ruinas del régimen bonapartista-pinochetista, cívico-militar de la Constitución del ’80; sobre los escombros de cada una de sus instituciones que oprimen y aplastan a las masas.

Todo aquel que deposite expectativas en el proceso constituyente para resolver todos los reclamos y demandas que motorizaron el combate debe preguntarse: con una nueva Constitución ¿dejará la clase obrera chilena de ser una de las más explotadas del mundo? ¿Se decretará salud pública y gratuita? ¿Se establecerá la educación pública, gratuita y laica, en todos sus niveles, resolviendo esa histórica demanda? ¿Se romperán los denigrantes Tratados de sometimiento de Chile a las potencias imperialistas? ¿Se acabará con el latifundismo? ¿Se meterá preso a Piñera y a todo su gabinete, a los jueces y la oficialidad asesina de las FF.AA, para reparar a las familias y amigos de los asesinados, torturados, heridos de octubre hasta la fecha? ¿Un ciudadano de una población trabajadora tendrá los mismos derechos que uno de los barrios altos burgueses?

Como nada de ese circo parlamentario dará respuesta a los grandes problemas que aquejan al Chile pobre, trabajador, esclavizado, reprimido y torturado, es que debemos volver a la lucha, aprendiendo y sacando lecciones del camino andado.

 

Siguen vivas las energías para triunfar: ¡que triunfe la revolución!

 

La juventud, centralmente los estudiantes secundarios, que desde los primeros días de marzo salió a las calles con distintas acciones de lucha en todo el país, vuelve a ser la caja de resonancia de los trabajadores y explotados, al igual que en los días previos al 18 de octubre. Es la voz que grita que nada ha cambiado, que ninguna demanda ha sido satisfecha, que las cárceles siguen llenas, con los mejores luchadores, secuestrados por el Estado asesino y que la burguesía intenta hacer pagar los costos de una crisis social, que su clase provocó, manteniendo al pueblo en la miseria, con miles de nuevos despidos “por necesidad de la empresa”, peores condiciones laborales, como el gigantesco crecimiento del trabajo informal, y más carestía de la vida e inflación. Por eso es por lo que no baja sus brazos y se manifiesta manteniendo en alto el grito de ¡Fuera Piñera!

Los secundarios muestran que aún están presentes las oportunidades para derribar los fraudes del régimen pinochetista. Ninguna ilusión ni falsa expectativa en las nuevas trampas democrático-burguesas. Sólo la juventud revolucionaria, los trabajadores y el pueblo son quienes luchan consecuentemente y hasta el final por democracia. Y es que, durante semanas, pusieron millones en las calles para echar abajo a Piñera y el régimen maldito. Son los únicos que no tienen nada que perder al forjar su propia democracia, opuesta a ese fraude que ofrece el régimen pinochetista de Plebiscito y Constituyente.

Es el momento para saldar las cuentas pendientes. Tenemos que poner en pie la democracia de los trabajadores, estudiantes y explotados, la democracia directa, la democracia de los que luchan. Un trabajador/ra, un estudiante en lucha: un voto. Para que en los centros de producción, de servicios, de empleados públicos y particulares, en los liceos y universidades, se elijan delegados, con mandato de las bases y revocables, que formen los organismos de autodeterminación y democracia directa, que pongan fecha y hora a cada una de las acciones de lucha de masas, que pongan en pie comités de autodefensa para cumplir con el objetivo trazado desde las jornadas de octubre: echar a Piñera y al régimen pinochetista de la constitución del ’80. Que se abran las universidades, las canchas de fútbol y teatros para que la democracia de los que luchan empiece a sesionar.

Hace falta una revolución antiburocrática que limpie las organizaciones de los trabajadores y estudiantes. Fuera la burocracia colaboracionista del PC, el PS y el FA de la CUT, de todas las organizaciones sindicales y estudiantiles. Hay que erradicar a los enemigos de la democracia directa de nuestras organizaciones. Basta de aparatos corruptos, de partidos políticos del régimen, de parásitos que no trabajan, que se aferran a las directivas sindicales y son la voz de la patronal entre los trabajadores. Que los cientos y cientos de miles de obreros y explotados que trabajan en las peores condiciones, con los salarios más de miseria, los cesantes, la mujer trabajadora y la juventud rebelde ocupen los locales de las burocracias sindicales para quebrar la colaboración con la burguesía de esos representantes de las minoritarias capas altas y privilegiadas de los trabajadores.

La lucha se libra en las calles, la justicia se consigue en las calles, paralizando la producción del movimiento obrero y los asalariados, que son los que producen las riquezas y ganancias en el país, con una verdadera Huelga General Revolucionaria, para sacar a Piñera, demoler al régimen y destruir al Estado burgués de los asesinos del pueblo. Es el momento de dirigir los piquetes de primera línea a ganar para la lucha a los trabajadores de los sectores estratégicos de la producción y la economía. Marchas y piquetes a las grandes concentraciones obreras, en las minas y en todos los centros industriales para que rompan la pasividad y se unan a un combate decisivo.

Por eso hace falta una revolución, para hacer justicia contra nuestros verdugos del imperialismo y sus lacayos de la burguesía local, para que empiece una nueva vida en el país, que no esté basada en la depredación, el lucro, la esclavitud, la decadencia y la miseria del pueblo trabajador. Lo cual sólo pueden hacerlo las masas trabajadoras con ayuda de los pueblos explotados y oprimidos de todo el cono sur y de todo el continente. Es una tarea histórica e impostergable para triunfar.

 

7 de marzo 2020. 27 millones

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Los procesos Constituyentes: mecanismos de reconstitución de los estados y regímenes proimperialistas

 

La izquierda del régimen ha iniciado una gran campaña que muestra como un triunfo el plebiscito del 26 de abril y el proceso constituyente que este abrirá. Aseguran que es una conquista que se escriba en “democracia” una nueva constitución. Insisten en hacernos creer que la conclusión de semejante movilización fue haber obtenido más y nuevos derechos “democráticos”, que permitirán que el pueblo explotado chileno esta vez sí haga pesar en la nación su aplastante mayoría, en las constantes elecciones del proceso constituyente que elijan representantes que van a hacer sentir sus necesidades y reclamos en una nueva constitución que contendrá nuevas leyes a su favor.

Este fraude contra las masas y su lucha no es nada nuevo en Latinoamérica. La asamblea constituyente no ha transformado revolucionariamente, ni en favor de los explotados, el subcontinente como han querido presentarlo los “bolivarianos” y los reformistas de toda especie. Basta saber que, según estadísticas del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PUND), desde 1947 hasta la fecha un 46% de los cambios constitucionales se han hecho mediante Asambleas Constituyentes y está a la vista cómo se prolonga y perpetúa la opresión imperialista, crece la explotación, desigualdad y pobreza, con países con economías totalmente quebradas, hundidas, dependientes de una creciente e impagable deuda externa, muchas de las cuales han sido dolarizadas. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) Latinoamérica continúa siendo la región más desigual del planeta, las tasas de pobreza, que este organismo publica, pasaron de un 28 % en 2014 a un 31% de su población en 2019.

Aquel no es más que un mecanismo que ha consistido en adaptar los regímenes y estados burgueses de Latinoamérica, en severa crisis, a las nuevas condiciones (relación de fuerzas entre las clases) establecidas por los combates de los trabajadores, campesinos pobres y el pueblo explotado. Es un maquillaje “democrático”, de pequeñas reformas de tercera o cuarta importancia, presentada por la burguesía como una gran concesión y por sus sostenedores como toda una conquista de la lucha de las masas. Así pueden dejar intacto lo más importante de sus regímenes.

Todo este proceso no representa ningún peligro para el orden burgués chileno, por el contrario, es parte fundamental de su reconstitución, ya que fue fuertemente dañado, no por el proceso constituyente, sí por el combate de las masas. En el período que dure todo el proceso constituyente quieren pacificar y desviar el profundo y justificado odio de clase del pueblo explotado, estabilizar el orden burgués, en el que no haya amenazas de nuevas manifestaciones revolucionarias donde millones vuelvan a tomar las calles, comiencen a desarrollarse los paros y huelgas y queden en el pasado sus temores a que estalle una verdadera Huelga General Revolucionaria que barra con el Chile de los explotadores.

Eso explica que este proceso de plebiscito y constituyente no haya encontrado ninguna resistencia firme y tenaz de las clases dominantes, las cuales lo promovieron e impulsaron desde las distintas instituciones de poder. Inclusive con esta política comenzaron a cerrar la crisis y divisiones que en los distintos sectores de la burguesía provocó el no poder y no saber cómo terminar con la ofensiva revolucionaria de masas que se extendió por semanas.

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