Salomé Moltó

 

Asistimos, con toda normalidad, a las clases de terapia un grupo de gente diversa, que nos exponen sus problemas; personas que forman parte de nuestra sociedad, pero que no sabes de sus inquietudes y demás problemas que los angustian, hasta que se expresan.

En estas sesiones te das cuenta de la cantidad de problemas, decepciones y sufrimientos que las asisten. Veo a aquella simpática señora con la que coincido en la compra, en el mercado, de aquella otra, que pasaba por los pasillos del supermercado con los nietos, de otra que se apresura a coger el autobús pues se marcha al hospital, su hijo ha sufrido un accidente. Sí, la vida sigue y el sufrimiento diverso está presente.

De joven pensaba que las personas, de una cierta edad, tenían que ser, por fuerza, más felices, pues se habían superado muchos problemas y dificultades, tales como trabajos difíciles, criar a los hijos, la hipoteca del piso etc. y con el tiempo transcurrido, deberías decir: “misión cumplida, mis hijos ya están criados y tienen edad para hacer frente a la vida por si mismos”. Sí, pero la vida no les da “caramelos”, más bien lo contrario, sus derechos, y sus oportunidades son cada día más machacados y poco a poco eliminados, por eso no es de extrañar que los hijos se queden más tiempo en casa de los padres. La sociedad no le da oportunidades a pesar de su buena preparación.

Y entonces, para los mayores, ya es tiempo de disfrutar debidamente, y a su tiempo, de la jubilación. Recuerdo que algunas personas de la generación de mis padres me daban envidia, pues se habían jubilado y con, la experiencia alcanzada, podían disfrutar de lo que no les había sido posible durante la juventud. Sí, aquella generación de posguerra con doce horas de trabajo diarias y unas cuatas más, complementarias, no para poder llegar a fin de mes, sino para dar de comer a la familia.

Elemental planteamiento, pues cual golpe de viento que sacude el ventanal, la vida no deja de golpearte, con una fuerte sacudida o, a veces, con una serie de ellas, pero constantes y duras y ahora con menos fuerza la angustia es superior. Así que los jubilados no son más felices, ni disfrutan de la vida de mejor manera, no pocos tienen que cuidar de los nietos y ayudar a los hijos económicamente.

Esa pareja de jóvenes que se enamora se casa y se aprestan a vivir juntos para siempre y que puedan llegar juntos hasta la vejez, pero cincuenta años después del “si quiero”, ahora pasan la vida enfrentados el uno al otro, vigilando y exigiendo que cada cual cumpla su parte de obligaciones. Mi vecina dice que hay que negociar, incluso con el marido (?).

¿Qué pasó de ese amor que los unió? ¿Los avatares a los que tuvieron que hacer frente eliminó todo afecto? A veces me pregunto si el ser humano es capaz de preservar el amor a pesar de los inconvenientes y las frustraciones a les que se deber hacer frente todos los días ¿La convivencia conserva el amor o lo elimina? Quizás haya que ir aprendiendo de las cosas, según los cambios que la vida te repara.

Tocándome el hombro una viejecita me dijo: “¿me puede dejar pasar delante?, he dejado a mi marido sólo en casa”, estábamos en la cola de la panadería, “por supuesto”, le respondí. Pidió un pan y mientras se lo daban me habló de su marido, con cerca de noventa años, y que cuidaba con mucho esmero. No dije nada, pero la dulce impresión que me causó aquella anciana se me quedó, para siempre, grabada en la memoria y me reproché ser tan pesimista en los asuntos de convivencia, tan comunes a todo el mundo, porque, la verdad, veo más cosas malas que buenas y eso me acojo…perdón me acompleja.

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