Pietro Gori

No pretendemos, a imitación de los republicanos italia­nos, que haya una sola escuela sociológica especial, nuestra o extranjera; sin embargo, la característica de la sociología anarquista consiste en ser universal y verdaderamente inter­nacional. Ninguna necesidad tenemos de pedir al hambre y a la miseria el certificado de su patria para sentirnos llenos de indignación contra una sociedad que tan descaradamente viola los santos derechos del hombre a la existencia y a la libertad.

El sociólogo, si quiere ser verdaderamente tal, debe sen­tirse ciudadano del mundo y afrontar el gran problema mo­derno -que no agita solamente esta o aquella nación- con entendimientos de universalidad y con el corazón lleno de amor para todos los desheredados de la tierra, que es la úni­ca patria lógica de la especie humana; debe dirigir la mirada hacia los horizontes nuevos que no restringen el campo de las batallas redentoras en el círculo angosto de los Alpes y del mar; debe comprender que la religión antihumana del patriotismo quedará vencida por la fe grandiosa en la solida­ridad de todos los hombres y de todos los pueblos; debe, en fin, convencerse de que querer reducir a un vacío doctrinarismo unilateral o político-nacional el estudio y la solución de un problema tan evidentemente complejo e internacional como es la cuestión social, significa que se entiende de un modo infinitamente pequeño, lo que, por su naturaleza, es infinitamente grande.

El individuo considerado aisladamente, sintetiza en sí la gran vida colectiva de la humanidad; pero no es la humani­dad.

La humanidad es el ente colectivo formado por las móna­das individuales, y su mal no es más que el bien y el mal de los singulares individuos.

Por esto la sociedad no puede basarse más que en la ar­monía del bienestar del hombre con el de la humanidad.

La satisfacción de sus necesidades es el elemento esen­cial para la existencia del individuo. El derecho natural a satis­facer las propias necesidades lo adquiere todo hombre por el nacimiento y ninguna ley social puede legítimamente violar este natural derecho.

Allí donde un individuo no esté en grado de ejercitar inte­gralmente este derecho; allí donde al lado de quien posea lo superfluo viva quien carezca de lo más necesario, no puede decirse que hay ¡sociedad!, no hay más que una agregación heterogénea de seres vivientes. En tal condición de cosas el individuo tiene el derecho de rebelarse de algún modo con­tra la colectividad de los privilegiados.

Este incivil consorcio es un desorden legal; en este no es posible asociación natural; no hay más que la agregación de los intereses parasitarios y la alianza tumultuosa de las fracciones rebeldes. El individuo vive en un estado extra-social; la lucha por la existencia se efectúa en sus formas más mortíferas e hipócritas; en nombre de una sociedad que no existe, se oprime legal y honradamente se roba el producto del esfuerzo de la inmensa clase de trabajadores. La guerra económica, que toma el nombre de libre competencia, es la forma de antropofagia que asume el industrialismo burgués en este siglo todo lleno de sus glorias; la víctima, el devorado, es siempre el trabajador.

En este período de transición los intereses del individuo están en antagonismo y en perfecta antítesis con los intere­ses de toda la especie humana. El hombre es enemigo de la humanidad; la muerte de uno es la vida de otro; una clase goza chupando la sangre de la otra. Es una caza desespera­da a la riqueza y al poder. Los fraudulentos se convierten en propietarios, los acaparadores de votos obtienen el poder poniendo el pie al cuello del vulgo ignorante de electores; el quinteto de ayer se vuelve millonario; el obrero que tan­to trabaja y todo lo produce, se engolfa cada vez más en la miseria.

En un tal estado de cosas el individuo, por atado, oprimi­do y envuelto que esté por las leyes, halla siempre modo y razón de acogotar, entre una sonrisa y un apretón de manos, al propio semejante que le embarace el camino.

Lugares comunes, se nos dirá: cosas mil veces repetidas; pero es siempre verdad que esta es la posición recíproca ac­tualmente, entre el individuo y la colectividad. Precisamente de esta comprobación de hecho, muy común y demasiado olvidado, debe partir el sociólogo concienzudamente en su estudio de los problemas sociales para obtener su solución.

Pero el individuo no puede ser considerado aisladamente. El hombre normal no puede ya, como otros animales inferio­res, vivir en un estado de disgregación salvaje. Sus necesida­des y su propio interés lo empujaron, a través de los tiempos, a asociarse, y el instinto de la sociabilidad -síntoma del más elevado sentimiento de la solidaridad- se ha convertido ya en él en hábito adquirido.

El estado felino y salvaje de la humanidad primitiva no es la consecuencia de la libertad natural que gozaban los hom­bres de la edad prehistórica, sino el efecto de la naturaleza bruta de aquellos hombres sobre los cuales no había pasado la obra lenta y refinadora de tantos siglos de evolución des­de un egoísmo bestial hasta el egoaltruismo razonador, que, si no fuesen las presentes leyes e instituciones de privilegio, haría ya posible una convivencia fraternal de ciudadanos co­operando en el común bienestar por impulso racional de los bien entendidos intereses individuales. Ya que la ley escrita, que no es más que la goma elástica al servicio de quien la fabricó, nada tiene que ver con estas sustanciales transfor­maciones de la psicología de la humanidad, que, a pesar de todo, fue siempre perfeccionándose aun en medio de sus dolores y de sus vergüenzas.

La abolición de estas leyes formales, por lo tanto, en lugar de hacer retroceder al género humano hacia la barbarie pri­mitiva, suprimiría las razones económicas, políticas y sociales del antagonismo entre clase y clase destruyendo las diferen­cias de clase, e imprimiría a la lucha por la existencia un mo­vimiento concordé y espontáneo de los individuos asocia­dos contra la naturaleza exterior, para el mejoramiento de las condiciones materiales y morales de cada uno y de todos. Así como el hombre primitivo comprendió que para defender­se más fácilmente era mejor asociarse a otros hombres; así como el más fuerte comprendió que era preferible hacerse servir del más débil antes que matarle, y así como también el capitalista moderno halla más interés en hacer capitular al proletariado en las condiciones que le place imponer y tener­lo a su discreción por medio del hambre crónica antes que eliminarlo negándole directamente todo alimento, asimismo el individuo libre entre hombres económicamente iguales, o sea, copropietarios de todas las riquezas naturales y artificia­les, hallaría más útil y agradable asociarse por afinidad elec­tiva a otros hombres, que permanecer solitario y disgregado de los demás.

En tal forma de asociación libre y rescindible, el individuo no abdicaría de ninguna de sus libertades, porque su vo­luntad, árbitra de mantener o desvincularse del pacto, sería siempre soberana.

Así, pues, si la libre asociación no puede ser posible sino entre hombres iguales, el primer paso que debe darse es aquel que conduzca a la igualdad de las condiciones econó­micas de los asociados. Y esta igualdad no puede obtenerse sino por la comunidad de los bienes y por la asociación del trabajo.

Con todo esto, tenemos que hacer constar que miente quien afirma que los comunistas anarquistas se preocupan simple y únicamente de las satisfacciones del vientre.

Dejando a las particulares iniciativas individuales la liber­tad de aplicarse según sus variadas tendencias, que son la característica más genial de la naturaleza humana, el arte y la ciencia no quedarán defraudados de la actividad de tantos genios que hoy quedan ignorados o no florecen, agobiados por la miseria, aplastados bajo el peso brutal del trabajo me­cánico.

La asociación anárquica no será, como han fantaseado al­gunos, una sociedad conventual, cocinera, a base de vientres, cuyos miembros -abolida que fuese en absoluto la propiedad individual- se hallarían en una miseria peor. El sentimiento exquisito de la solidaridad desarrollándose maravillosamente en un consorcio de iguales y la copartición de cada individuo en los útiles del trabajo colectivo, crearían estímulos a una laboriosidad sin ejemplo en el régimen de las empresas pri­vadas y harían florecer una producción infinitamente mayor a la actual, si se piensa que todos los brazos aptos para el trabajo se aplicarían a la fabricación de géneros verdadera­mente útiles a los hombres.

Precisa estar muy fuertemente sugestionado por la eco­nomía social de setenta años atrás para no reflexionar y ver que tan sólo las máquinas, convertidas en propiedad común de los trabajadores -no ya como hoy, que son instrumento de su miseria- que estas máquinas aumentadas, simplificadas y aplicadas a todos los ramos de la industria y de la agricultura intensiva, centuplicarían la riqueza general, permitiendo que cada individuo, según la forma comunista, pudiera tomar del patrimonio acumulado por los comunes esfuerzos cuan­to le fuese necesario, sin que para nada tuviese que regla­mentarse la comida, el vestido, la habitación, la familia, como han dicho los que han estudiado el comunismo en los viejos libros de Fourier y de Saint-Simon, dos utopistas precursores cuyas teorías son muy diferentes y están muy lejos del comu­nismo científico moderno.

La base fundamental de la sociología anárquica es la abo­lición de la propiedad privada, sustituyendo este privilegio económico por la propiedad social de todos los bienes. Úni­camente sobre esta base es posible una verdadera igualdad y una verdadera libertad…

De hecho, la libertad sería una irrisión en una sociedad en que no se suministraran a la universalidad de los ciudada­nos los medios materiales para satisfacer las necesidades del organismo, que son las más imperiosas, y esto no es posible sin antes poner en común las actualmente privadas substan­cias.

No quiere esto decir que la asociación comunista anár­quica deba, como ya fue acusada de ello, limitarse, circunscri­birse, aprisionarse en el sólo y exclusivo concepto económi­co, puesto que el hombre no vive únicamente porque coma o satisfaga como los brutos sus necesidades físicas… lo cual no excluye ni quiere decir que estas necesidades físicas no tengan que ser satisfechas primero que las demás. Porque las ciencias biológicas enseñan, a pesar de todos los idealismos trascendentales, que del bien ordenado funcionamiento y satisfacción de los aparatos de nutrición depende todo sano equilibrio de las funciones orgánicas a que directamente va unida gran parte de toda la vida intelectual y moral del hom­bre.

En ninguna otra forma de asociación que no sea la comu­nista anárquica, alcanzará el individuo, completamente satis­fecho en sus necesidades, su pleno desarrollo orgánico, del cual deriva el desarrollo intelectual y moral de cada uno y de todos. De ahí también el natural ampliamiento de los víncu­los de efectividad, enlazando fraternalmente a los miembros de estas asociaciones libres.

Temen muchos de nuestros adversarios que en un siste­ma tal desaparezca la familia y que la mujer quede reducida a una simple máquina procreadora de hijos y que éstos sean arrebatados a su tutela para confiarlos a la comunidad, des­conociendo de este modo todo el valor inefable del afecto y de los cuidados maternos. Son acusaciones que a menu­do nos hemos sentido repetir… parto genuino de la fantasía adversaria; puesto que la mujer, si es cara a la especie como procreadora de hijos y conservadora del género humano, nos es predilecta asimismo como compañera de nuestras actuales miserias, y mañana, después de la gran liberación, lo será como copartícipe de los puros goces de la libertad.

La asociación anárquica, única que consiente el desarro­llo integral de todas las facultades y afectos humanos, res­petará aún más el exquisito sentimiento de la maternidad y del corazón, no interviniendo como educadora amorosa e imparcial, sino en la tutela de los niños que por cualquier motivo carecieron de los cuidados maternales, y de aquellos más adultos a los cuales la sociedad debería suministrar en común todos los medios para instruirse y perfeccionarse; convivencia fraternal que les educaría para que se considera­sen como miembros de una grande y amorosa familia.

La asociación anárquica, desde el simple al compuesto, se efectuará probablemente por la federación de los grupos de los productores, de uniones de oficio federadas; como la liga de municipios libres, independientes, soberanos, constituirá la federación internacional de los pueblos suprimiendo, claro está, del municipio, toda característica autoritaria y burocráti­ca actualmente aceptada.

Claro que a los que conciben la asociación del porvenir como una frailería nacional o universal, obediente a una regla única, esta concepción libertaria nuestra les parece ilógica y privada de la unidad de educación que para ellos es esencial. No se dan cuenta de que esta unidad choca contra la misión verdadera de una verdadera sociedad civilizada, la cual ha de respetar la autonomía de los individuos y de los grupos, los cuales, a su vez, tendrán el derecho de asociarse, o federarse, según sus afinidades, simpatías y tendencias.

La libre manifestación de estas varias tendencias no turbaría de ningún modo la armonía del gran ente colec­tivo que se llama humanidad, el cual progresa y se mejora precisamente gracias a esta vida múltiple y multiforme; y si esta mezcolanza vivaz de actividades convergentes, por dife­rentes caminos y en varias formas, al bien de cada uno y de todos; si este entrelazamiento genial de iniciativas tan varia­das lograse, como nosotros esperamos, destruir toda idea de nación, quedará finalmente proclamada la nacionalidad de todo hombre sobre la Tierra y sancionada por el hecho social la ley de natura, que, a despecho de las artificiosas distincio­nes patrióticas, agrupa todas las razas humanas vivientes en un solo conjunto orgánico, desarrollándose bajo el impera­tivo categórico de unas mismas necesidades físicas y de los mismos impulsos morales que empujan a la especie humana por la vía del infinito progreso.

Únicamente entonces habrá libertad, cuando, eliminado todo el gobierno del hombre sobre el hombre, haya des­aparecido toda causa de arbitrariedad; puesto que el grave error de la política actual estriba en que se legitima la arbi­trariedad y la violencia por medio de las leyes, de la policía, de la magistratura y del ejército, que son los engranajes y las columnas del grande órgano central, el Estado, matador de todas las autonomías y de todas las iniciativas individuales y locales. Por esto el pueblo, que anhela la libertad, comienza ya a comprender que el primer paso que debe darse por la vía del progreso y del propio bienestar es la abolición de toda forma gubernamental, de todo privilegio autoritario, de toda centralización violenta, todo lo cual ha de ser sustituido por la asociación de pactos libres según las afinidades, las sim­patías, las necesidades individuales y sociales. Este estado de cosas hacia el cual la historia y el movimiento humano cami­nan, es la anarquía.

Pero como la anarquía para ser un adecuado y armónico ordenamiento, debe basarse, como dijimos, en la igualdad de condiciones (que nada tiene que ver con la pretendida igualdad niveladora de las horas de trabajo y de las comidas para todos, como verborrean los infantiles criticones del so­cialismo anárquico), esta igualdad de condiciones no puede ser un hecho sino con el comunismo, o sea, en un estado de cosas en que cada uno, dando a la producción cuanto sus fuerzas permitan, pueda obtener en cambio todo lo que ne­cesite.

Únicamente entonces, cuando, cegado el abismo de un pasado sepultado para siempre, la humanidad verá germinar la floricultura gozosa de la prole fraterna, bañada por el sol de la verdadera libertad, conviviendo en la sociedad igualitaria que nosotros miramos con amor. Aquella prole pensará, ma­ravillándose, en los escepticismos de quienes hoy niegan la nueva fe, y en la inutilidad de los esfuerzos reaccionarios para impedir su fatal advenimiento.

De nosotros, que hicimos cuanto nos permitieron hacer nuestras fuerzas, dirán al menos que no mentimos.

 

 

 

 

 

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