T. P.

Me recuerdo que, cuando era niña, el primero de abril en Brasil era el día de las mentiras. Uno trataba de inventar un cuento y decirlo a cualquiera. Si se lo creía, uno gritaba: “Caiu, caiu, primeiro de abril!”. ¡Y era una risa enorme de todos! Sin embargo, para nosotros, los niños, el primero de abril era el único día en que nos permitían mentir. Las mentiras en otros días eran castigadas severamente.

Hoy día, viviendo en el extranjero, después de una emigración forzada, de varias mentiras bajo juramento para conseguir la ciudadanía en un exilio voluntario, llegamos a la conclusión de que sería imposible estar viva sin las mentiras.

Recuerdo haber leído, de la pluma del escritor español Manuel García Centeno, que “Lo bueno que tiene la verdad es que no pertenece a nadie. Lo malo que tiene la mentira es que se presta a todo”. En mi caso se prestó para salvarme la vida. Para entrar a los Estados Unidos tuve que jurar que no era comunista, y después de falsificar los certificados de nacimiento y pasar por “otra Teresinha Pereira”, porque hay centenas de ellas en Brasil, me hice ciudadana americana jurando lealtad a este país. Y pues, como dijo mi amigo que la verdad no pertenece a nadie, practico la lealtad tratando de enseñar aquí la solidaridad y la obligación comunitaria, tan contraria el egoísmo del capitalismo estadounidense.

Los capitalistas más absurdos son los Evangelistas, quienes con el Evangelio en la mano van anunciando que la libertad económica es una dadiva divina y por eso exigen que el gobierno baje los impuestos y los reglamentos para las corporaciones y mercados globales. Gritan en todos los rincones y pasillos del Congreso que sólo la palabra de Dios es la verdad. Imaginen: si así fuera, y si la codicia capitalista les parece la mejor devoción, el gobierno nada tiene que ver con la educación, el cuidado de la salud o el bien del pueblo. ¡Que hedionda verdad es esa que pertenece al Dios de los Evangelistas!

En los países considerados democráticos el pueblo puede votar. El candidato ganador ni siempre es el más votado, en los que tienen elecciones gobernadas por un colegio electoral. Esto quiere decir que cada estado pueda nombrar un número igual de electores. Este número tiene que ser el total de los senadores y diputados que lo representan. Para ganar las elecciones el candidato debe tener la mayoría de los votos en el colegio electoral, lo que no es necesariamente la mayoría de los votos populares. Entonces, ¡las elecciones, en EE.UU., son una farsa, una mentira! Y la verdad es que, aunque un candidato popular como Obama gane las elecciones, el sistema no le permite pasar leyes que favorezcan al pueblo, como educación, seguranza de salud y derecho a la paz en las calles accesibles para todos. Las buenas universidades, la seguranza de salud y de vida son para los ricos. Las corporaciones siguen produciendo y vendiendo armas de guerra para ser utilizadas en las guerras por el capitalismo y en las calles por los locos y racistas. Los dueños y contrabandistas de armas se apoyan en la constitución de los EE.UU., interpretada a su manera, porque “la mentira se presta a todo”. En un país de fanáticos capitalistas, el dinero es más importante que la vida.

Pues hoy ha sido el día de la mentira permitida y ¡no he encontrado siquiera una oportunidad de hacer a alguien caer en mi cuento! Y ahora, en vez de escribir un cuento bien mentiroso, una verdadera ficción política, estoy intentando hacer memorias… ¿Sería posible mentir en las memorias? Eso sería como mentirse a sí misma. Creo que puedo terminar con un pensamiento del escritor brasileño Humberto Del Maestro: “Ya no sé en quiénes creer desde que empecé a dudar de mi mismo”. Hay que dudar de uno mismo porque, según los evangelistas, todos nacemos con el pecado original (el pecado de caer en la mentira de la serpiente del paraíso y comer la manzana de la sabiduría, prohibida por Dios) y nuestra tendencia es ir por la mentira en vez de la verdad. La mentira nos trae diversión, placer y experiencia; la verdad sólo nos trae sacrificios y dolor. Es el primero de abril: ¡que viva la mentira!

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