Pedro Ibarra

 

(Dedicado a aquel fiel creyente que legó 7.000.000 de pesetas a la iglesia de su pueblo)

 

Volviendo la cara atrás, para recordar lo que fue y lo que ocurrió en un tiempo pasado, vuelan las páginas del viejo calendario jugueteando con el tiempo. Tradiciones y costumbres enzarzadas en su época nos convencieron de que esas costumbres y tradiciones se tenían que perpetuar en el tiempo para siempre. El entorno se cuidó muy mucho de dominarlo todo y al mando de aquellos numerosos ejércitos, de beatos convencidos, persiguieron la felicidad terrenal y el pecado de la carne e inculcando la fragilidad de la vida y el coste del pasaje para poder gozar de la compañía divina del creador en un lugar de veinte estrellas. Coste liviano, de esfuerzos físicos, para los que legaron sendos testamentos, pero para los simples y pringosos hijos del humilde pueblo, tan llenos de fieles parásitos acompañantes, se les exigió la austeridad, la templanza, el trabajo, el sudor y el perpetuo sufrimiento, cosas otorgadas, desde siempre, por aquellos que, desde las alturas, predicaron como precio para poder compartir el hotel de veinte estrellas y la diestra del Altísimo.

Enormes cantidades de santos invadieron todos los lugares de la sociedad de aquel entonces y raro fue el pequeño espacio en que no hubiese el oportuno santo protector ejerciendo la labor para la cual estaba entronado. Calles y callejuelas, rincones y fachadas, lucían floridos altares que, en forma de capilla, albergaban el correspondiente santo benefactor ante el cual todos se persignaban haciéndose la señal de la cruz. Gremios artesanales y profesiones libres eran todas arropadas por el correspondiente santo bienhechor. Cuerpos militares lo fueron igualmente, lo mismo el funcionariado laico y todo bicho viviente estaba sujeto a la norma imperante y nadie, ni siquiera en sueños, se podía escapar del larguísimo brazo romano que dominaba el viejo y el nuevo mundo. El no hacerlo suponía el solucionar los rigores de los fríos invernales con una brillante hoguera purificadora.

El inocente hecho de tener que emprender un pequeño viaje a caballo o con diligencia a un pueblo cercano o lejano, estaba condicionado a tener que persignarse y encomendarse al deseado santo para que el trayecto fuese sin sobresaltos. Los tortuosos caminos estuvieron, en aquella época, poblados de bandidos que saqueaban los pasajeros sin perder nunca el vivo espíritu religioso dominante, diciendo al detener los carruajes: “A la paz de Dios, vacíen las alforjas” mientras apuntaban los desbocados trabucos sobre las cabezas de los infortunados viajeros. Todo se hacía con suma religiosidad, incluso la célebre Cofradía de la Garduña, mafia de aquel tiempo en Andalucía, contratada para dar muerte a algún infeliz y si éste se metía en una iglesia, la sicaria que tenía que ejecutar el trabajito poseía, además de una gran belleza, la santa obligación de saber completamente bien “toda la misa” con el fin de no desentonar nunca con el medio imperante y poder, así, sacar fuera de la iglesia al infortunado al callejón, en donde esperaban los puntilleros.

La extensión del dominio de todo tipo de santo protector se propagó por todo el viejo mundo y, como es lógico, por el nuevo. Toda persona o mercancía, casa o tierras y cosechas, estaba comprometida bajo el manto protector de las figuritas de madera, y eso o metal, que ejercían cotidianamente su leal vigilancia protectora y nadie gozaba desconfiar de tan prodigioso método de infalibles y buenos resultados.

Algunos de aquellos santos protectores aún persisten hoy en día, por ejemplo la santa patrona del cuerpo de artillería: Santa Barbara; la de la marina, Virgen del Carmen; la de aviación, Virgen de Loreto y la de la fiel Infantería, la Purísima Concepción; junto con varias más que aún pululan por los viejos altares de nuestro país y otras que fueron primero abandonadas intencionadamente por las sierras conquistadas al moro, para que fuesen halladas por los inocentes pastores que las adoraron, fervorosamente, por creerlo un hallazgo divino.

La imperante necesidad de protección quita miedos heredados de las viejas y oscuras cavernas; pasó luego por la época mercantil, en que dirigiéndose al santo se hacía el trueque de: “Tú me das una cosa a mí y yo te doy otra cosa a ti”, hasta llegar al más completo olvido de todas esas imágenes por su falta de formalidad para poder cumplir el trato acordado.

Pero…….el pero de la vida. Cayeron las hojas del calendario y tras ellas los años del inmisericorde tiempo ilustrador, hasta poder llegar a nuestro hoy, en que, por obra de no se sabe que magia, aún restan dos santos (aunque muy depauperados), San Cristóbal y San Pancracio.

San Cristóbal, patrón del 600 y de sus modelos derivados, protector de las conducciones temerarias de domingueros y Nubolaris está completamente desacreditado debido a las innumerables inasistencias protectoras en carreteras y autopistas, que ocasionan miles de jornadas de trabajo a doctores, enterradores, planchistas y mecánicos. Aunque también podíamos pensar que este santo está en combinación con San Pancracio para facilitarle trabajo a los empleados, no creemos que esta maniobra maquiavélica tenga visos de ser cierta, pues los “colaterales” saldrían perjudicados seriamente.

Otro santo igualmente protector de hogares y facilitador de empleos es San Pancracio, pero al poder saber las cifras de paro en el país hace que ya hace varios años ha sido despedido de la iglesia por ser un santo inútil para la función de poder colocar a los desocupados. Su desprestigio es tal, que es completamente imposible el que sea visto sobre las mesas en ninguna oficina del “INEM ni en las llamativas y modernas oficinas de empleos negreros”.

Nuestra falta de fe en esas portentosas imágenes lo justifican las docenas de tragedias anuales que desdichadamente azotan nuestro planeta, masacrando a miles de inocentes personas que a pesar de adorar un sinfín de santos y dioses (de la más diversa índole) sufren inmensas sorderas de corazón y oídos sus dioses. La única aparición humana que mitigue sus dolores será la de siempre: Los brazos y los corazones de los seres humanos que están al lado de quien los necesita, que puedes verlos y tocarlos, llevando el calor de vida que a todos nos alimenta y siendo siempre lo más próximo, real y humano de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

necesita ; lo demás siempre será la falsa fantasia que cabalga inmisericorde sobre la grupa de un tsunami “.

 

Nada nos debe de desanimar y hacer perder nuestra volatíl fe, en el aéreo cielo por la total desaparición de las fes religiosas y sus santos protectores ; pues aún nos queda la fe que se deposita diariamente en nuestros fieles , serios y honestos políticos representantes . Ellos nos ayudaran a cruzar este valle de lágrimas que es la vida , pasándonos a la otra orilla ,donde impera la justicia , la decencia , la honestidad y sobre todas las cosas : La Humanidad .

 

Loados sean todos aquellos que sufren y que son los dilatados colaterales de siempre , por sus penurias, por las míserables justicias que los poderosos les otorgan , por sus hambrunas tan apegadas a sus pieles y sus huesos y por sus faltas de vida .Ellos descenderán por las estrechas escaleras que conducen a los negros pozos sin fondo, porque “el hotel de veinte estrellas” ya estará ocupado por los de siempre y principalmente por ese fiel creyente de las tierras del bajo Ebro que ha dejado una fortuna de 7000.000000, millones de pts al párroco y a la Iglesia de su pueblo , por lo que seguramente habrá optenido un pasage en primera clase especial adornado de hermosas puntillas tejidas con hilos de finisimas sedas .Esperemos que la llegada al “hotel de veinte estrellas”sea tan maravillosa ,como la muchedumbre de santos protectores que lo esperan para poder agasajarlo dignamente , tal como se merece por la cantidad de dinero ofrecida a los más necesitados terrenales de ellos :

 

7 de Enero de 2005 .     PEDRO IBARRA.

 

 

 

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