Pedro García

Paraíso de infinitos pentagramas, con innumerables  corcheas y semi corcheas, unidos a estridentes decibelios musicales es nuestro lírico momento. Brotan por todos los rincones de nuestro país, desde vehículos en movimiento hasta en los lavabos de los grandes almacenes, los alegres y mágicos sonidos que acompañan nuestra financiera vida. Los pálidos barrotes, de las numerosas jaulas que nos envuelven y acompañan a lo largo de nuestros pagos bancarios mensuales de toda una vida penal, son amenizados musicalmente por un sinfín de estridentes melodías que apaciguan nuestros ánimos
y, por lo tanto, nuestras rebeldías.

Desde el africano Tam Tam hasta las alegres maracas de nuestras queridas excolonias, todo respirar y vivir se ve acompañado de composiciones musicales, con sus pobres y ramplones textos, que no pueden lograr para nada conmover a las personas con unos pocos años.

Voces de jóvenes gargantas asoman, desde el fondo del profundo pozo de la ignorancia de nuestro momento deshumano, para hacerse oír, diciendo estoy aquí. Yo soy el mejor de todos los iguales, creado con el mismo patrón, gritos al viento pidiendo el dinero y la fama, siendo su timbre de voz y su cadencia igualitaria a todos los demás. Voces estrechas y débiles, cansinas e impotentes, sin brillo, potencia o identidad. Voces, miles de ellas por minuto, que desaparecerán y aparecerán en un instante fugaz, después el encadenado silencio que todo lo olvida.

El dominio es tal, que raro es el verbo que no sea acompañado por unas amigas corcheas. Desde los cantos Gregorianos o Benedictinos hasta las alegres estrofas del Chaval de la Peca, pasando por el durmiente Julio Iglesias, todo es dominado
por ese dios de la música, que con firme batuta impera y domina nuestras mentes. Las fuerzas de las masas pensantes pacen en frondosos y verdes prados para mejor provecho y beneficio de aquellos que nos gobiernan, y que por nada del mundo dejarían de cantar innumerables “nanas” para que acompañen dulces y pacíficos sueños al niño pueblo.
Despertares en forma de despidos laborables o abusivos horarios de trabajo, miserables sueldos, robos continuados de viejos derechos, y lo que es peor, deshumanos tratos, son aplastados con hipócritas sonrisas de aquellos que hace ya demasiados años nos hacen bailar, y que, siendo acompañados por golfos de varias calañas, viven y dejan vivir a
todos aquellos de su condición y uso.

Los numerosos jóvenes son conquistados y seducidos, a la vez de adormecidos en un sueño estatal interesado, por esa dulce flauta de Arlequín, que, como todos sabemos, fue cautivadora.

El mejor y más dulce despertar fue, sin duda, aquél en que pudimos ver la faz de nuestra inmensa madre, pero el despertar del desengaño no deja de ser cruel. Lo es porque puede provocar un rápido desfile, por nuestra mente, de indignantes
imágenes debido a la horrible manipulación, por la que hemos sido embaucados, de aquellos que, con batuta o sin ella, hacen de nuestras vidas lo que quieren.

Siempre fueron los estados los grandes interesados en que los pueblos no pensasen, por eso instauraron el circo romano, pasando por los toros, hasta llegar al fútbol y el maravilloso mundo musical acompañado de los blancos caminos  de locuras, hierbas y humos. Todos estos productos, desgraciadamente, nos hacen dormir cuando tan necesario es el estar despierto. Deberíamos de preguntarnos: ¡cual fue la razón que destruyó el movimiento Hippy? ¿Fue el tiempo o la droga?

Los jóvenes siempre fueron vanguardia de adelanto y progreso. Ellos, en su generosidad y desprendimiento, lograron cosas que después todos hemos disfrutado. Ellos conquistaron las libertades sociales y sexuales que todos gozamos. Bellos ideales de elevación del hombre y su dignidad, que aportaron, en sus luchas, las simientes de bellos ideales de humana fraternidad entre los seres humanos decentes, que ganaban el pan con su propio sudor. Todo ello, duerme en las blancas hojas de papel de olvidados libros que, en recónditos espacios de sótanos, esperan ser devorados por el inmisericorde tiempo.

Viven hoy, pues, nuestros jóvenes una clase de libertad virtual, bien alejada de lo decente del concepto de libertad, amparada y dirigida por los más puros y desviados conceptos, que no hacen otra cosa que prostituir el noble sentimiento, tan necesario como humano. Ella fue, un lejano día, introducida en un cruel y siniestro laboratorio, soportando todo tipo de alteración y por lo tanto manipulación que lo que restó de ella, es por los ojos exigentes, libres y rebeldes, miserable.

La gran jaula educadora, creada por los de siempre, se ve favorecida, indudablemente, por ese entorno musical que tanto adormece y aturde a los jóvenes. Mientras tanto, sus cómodas mentes permiten que se ofrezcan esas humillantes y escandalosas ofertas como las que se oyeron, hace algunos años, por la radio y la TV de Catalunya, que consistió en ofrecer discos y libros, en concepto de indemnización, para aceptar los despidos de 200 obreros de una empresa.

Aquel hecho no deja de ser esperpéntico, pero dado el concierto nacional esta música no indigna a nadie. Pero lo que si debiese de preocuparnos verdaderamente es el atrevimiento de la oferta, a no ser que los que la hicieron pensasen que fueran 200 súbditos de la República de Mongolia los empleados.

Dado el creciente dominio musical, lógicamente los patronos de aquella empresa estaban convencidos de que sus empleados eran descendientes directos, por parte paterna, de Giusepe Verdi, y por parte materna, de Luwig von Beethoven, o más bien confiaron que estos jóvenes obreros se alimentaban de corcheas y de novelas policíacas.
Es indignante y vejatorio el concepto que tienen estos señores de los trabajadores y el elevado grado de tontuna adquirido tras el empacho musical que los domina.

Sólo habría que haber recomendado a esta empresa en crisis que hubiera puesto en las aceras de cualquier ciudad, o bien en mercados, varias paradas de “Top Manta” con sus discos y libros y así habría mejorado su penosa situación financiera.

Quisiera decir también, como persona que soy, mi predilección por la música, pero si tuviese que oír 34 óperas (aunque fuesen las más populares), estallaría mi paciencia. Aunque me temo que me van a expulsar de este planeta por no querer oír música de los aparadores y por preferir la música de los campos.

PD. Un viejo música me decía: “Las partituras de la música moderna no se escriben con letras musicales, sino con letras de banco”.

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