Bruno Servet

 

Cuando le interesa a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana (ICAR), ya que se pone al día. Digo esto porque las basílicas de la Virgen de los Desamparados de Valencia y la catedral de la Almudena de Madrid realizan el cobro de limosnas y donativos mediante tarjeta de crédito o a través del teléfono móvil. Sin embargo, cuando se trata de actualizar su arcaica norma del celibato (causa principal de muchos de sus abusos sexuales) para sus miles de servidores/sacerdotes miran para otro lugar, de tal manera que han contraído una tortícolis aguda crónica de tanto mirar para otro lado, en lo que afecta a sus miembros pederastas. Estas viejas costumbres son el actual impuesto de la Fe, realizadas telemáticamente. No tiene bastante con apropiarse de propiedades ajenas, esquivando todo lo que sea pagar por sus ingentes fortunas, sino que ahora se han convertido en unos “cobrones” a distancia. Aunque lo grave no es eso, sino que tiene que dejar de una vez por todas de vivir de las arcas del Estado, que son las nuestras. Dónde queda aquella frase bíblica, tan cacareada en tantas ocasiones por ellos desde los púlpitos: “que tu mano derecha no sepa lo que hace tu mano izquierda”; dónde que la privacidad de sus feligreses, por qué tiene que saber cuán generoso es cada uno de los feligreses o feligresas. Esto no es una idea originaria de España, ya que terminales parecidas se instalaron por primera vez en parroquias de Nueva York, Chicago y San Francisco, continuaron por Gran Bretaña, donde hay más de 16.000 templos con esas modernidades recaudatorias de donativos y limosnas. Donativos que son simples entradas a espacios religiosos que no tributan a las arcas estatales, cometiendo un verdadero fraude económico al conjunto de la sociedad de los diversos países. Dicen que no hay que robar, pero ellos roban a manos llenas. Estas modernidades contrastan con sus rituales y costumbre medievales en el resto de su actuación diaria.
Pero vayamos al asunto del que hoy toca escribir, la Pederastia. Parecía que eso de la pederastia sólo ocurría en otros lugares del globo terráqueo y no en la España Católica, Apostólica, Romana y célibe. Pero la realidad es tozuda y a la larga se impone. Y, muy a pesar suyo, los escándalos por abusos sexuales les están saltando a la cara, tanto en cantidad como en la calidad de los ejecutores de los mismos (obispos, arzobispos, cardenales), ya no son simples sacerdotes en parroquias de recónditos pueblos de perdidos valles, en la abrupta geografía española, allí donde Jesucristo perdió el bolígrafo bic naranja o bic cristal; sino en los colegios más selectos de las órdenes más selectas, léase, en los Maristas y Jesuitas de Catalunya.


Y mientras la Conferencia Episcopal Española continúa, con su torticolis aguda, mirando para otra parte, ha tenido que ser una de las órdenes mencionadas anteriormente la que ha abierto una investigación interna para tratar la cuestión. No es que la investigación vaya a tener mucho recorrido ni graves consecuencias para sus miembros pederastas, pero al menos han anunciado un mínimo gesto que se desmarca de la actitud encubridora de la Jerarquía Eclesiástica Española, será por eso por lo que parte de la jerarquía catalana está más por la ruptura que por el continuismo de la “Nación Española”; esa Una, Grande y Libre. Veremos. En este asunto, de graves consecuencias sociales, por las secuelas que quedan en los afectados y afectadas, no cabe decir, como ellos pretenden, que no sabían nada, que nadie había denunciado la terrible situación. Eso es falso, totalmente, ya que hace 23 años que salió a la luz un documentado libro que hablaba del tema de La vida sexual del clero, impreso en una ciudad del Vallés Occidental barcelonés en 1995, y cuyo autor es el periodista Pepe Rodríguez, experto como pocos en tema relacionados con la Iglesia. En la página 145, escribe sobre el caso del padre Luis To González, de “los jesuitas de Sarrià” (Barcelona capital), el cual abusó de una niña de 8 años (abril de 1992), en presencia de un niño de 9 años. Un libro que “partiendo desde la psicología, la teología y el periodismo de investigación, presenta un estudio muy riguroso y de muy graves conclusiones. En el muestra cómo la mayoría del clero actual mantiene relaciones sexuales; y señala la absoluta falta de legitimidad evangélica del celibato obligatorio; y analiza los intereses que llevan a la jerarquía católica a forzar hábitos sexuales patológicos y/o delictivos entre el clero”. En el libro citado, decenas de sacerdotes pederastas recorren sus páginas.
En la curia de gobierno del arzobispado de Barcelona todos los prelados han conocido los detalles de la historia de corrupción de menores, pero al menos cinco de ellos han tenido responsabilidades directas en su encubrimiento: los cardenales Narcís Jubany Arnau y Ricard María Carles Gordo y los obispos auxiliares Carles Soler Perdigó, Jaume Traserra Cunillera y Joan Enric Vives Sicilia. Son los silencios de los cardenales y obispos, en casos de pederastia, los que legitiman y desautorizan la propia integridad moral de la Iglesia como institución. Sería muy larga, demasiado larga y repugnante, la lista de pederastas encubiertos por la jerarquía eclesiástica barcelonesa. La misma parroquia de Santa María de Badalona (ciudad donde se publica Orto), no ha sido ajena a estas prácticas de curas pederastas. Pero como siempre se miró para otro lado, a pesar de las denuncias presentadas por parte de los muchos afectados y afectadas. No es este el momento ni el lugar para dar una lista con los nombres y apellidos de los implicados en esa ruin práctica sexual. Es cuestión de acercarse a cualquier biblioteca y pedir el libro y adentrarse en sus 342 páginas para darse cuenta de la magnitud de los atropellos cometidos contra personas inocentes, a las cuales se les ha destrozado en parte o totalmente sus vidas.
Aunque la pederastia es dañina provenga de donde provenga, la gravedad de los abusos sexuales cometidos a menores de edad por el clero es de una mayor gravedad, ya que es el clero quien predica a diario, desde los púlpitos y confesionarios, la “recta moral”, la que tiene que ser practicada por el “pueblo” sea creyente o no. Ya ellos predican la doctrina de la verdad y la vida, según la encíclica del nuevo “Santo” Juan Pablo II (EL Turista). Si es así, por qué mienten y por qué rompen vidas de sus propios creyentes. La situación se agrava cuando en vez de poner a disposición de la justicia ordinaria a esos delincuentes sociales, la respuesta de sus superiores era un simple cambio de parroquia, de provincia o de país. Otra institución con los miles y miles de casos de pederastia ya hubiera desaparecido del mapa social, pero la Iglesia ahí sigue, dando sermones de moralidad y buenas costumbres. Y si alguien se pregunta el porqué de su continuidad, la respuesta es sencilla y simple: porque hay muchos intereses detrás de ella, porque es el soporte de la injusta sociedad en la que vivimos. Dice estar con los pobres, pero siempre se pone de parte de los ricos cuando la situación lo requiere, cuando hay que apoyar cualquier dictadura que beneficia a su interés particular, allí la tenemos dando soporte social, económico y espiritual a los dictadores y sus lacayos. Por eso y por otra multitud de razones, la Iglesia, las iglesias no desaparecen, ya que son cómplices necesarios para mantener en cualquier parte del mundo el status quo de la miseria y la explotación de la humanidad. La bomba de relojería, con detonante retardado, de la pederastia en España, ya les ha estallado en las propias manos. Por mucho que la Conferencia Episcopal Española quiere escabullir el bulto y se haga, una vez más, el “sueco” o el longui, la situación se hace insostenible.
Si salimos de nuestras fronteras, la situación es todavía más grave, ya que altos mandos del Estado Vaticano están implicados de manera inapelable en casos de abusos sexuales. Ya no pueden ocultar la hecatombe moral, para la iglesia de la Verdad y la Vida, que supone los miles y miles de implicados en ese escándalo mundial que es la pederastia del Clero Católico. El informe de Pensilvania (EE.UU.) o la sentencia de Melbourne (Australia), junto a lo descubierto en la República de Irlanda, Alemania, etc., presentan un sombrío panorama de la actuación pederasta de la ICAR en muchas partes del mundo.
Entre los cardenales señalados están algunos de gran relevancia dentro de la Iglesia Católica. Destacan los siguientes: George Pell, asesor del Papa y superministro de Finanzas, el cual afronta su segundo proceso; el cardenal Francis Law, fallecido en 2017, fue la cara de la vergonzosa gestión que durante años hizo la Iglesia de los escándalos de pederastia. Protagonista de la extensa investigación del Boston Globe, el cual dimitió como arzobispo de Boston al saberse que había encubierto a decenas de curas pederastas. En 2004, el Papa Juan Pablo II (El Encubridor) le nombró arcipreste de la Basílica de Santa María Maggiore (Roma) y le mantuvo el rango de cardenal; el prelado Theodore Mc Carrick, abusó, presuntamente, de decenas de jóvenes, pero la Santa Sede nunca clarificó durante cuánto tiempo ni desde cuándo lo supo. El papa Francisco, acusado por el exnuncio en Whasington de encubrirle, le retiró la birreta cardenalicia y abrió una investigación; Francisco Javier Errázuriz, líder de la Iglesia chilena entre 1998 y 2011, está acusado en el país latinoamericano de haber ocultado los abusos sexuales del sacerdote Fernando Karadima. Un asunto que provocó la dimisión en pleno de la cúpula de la iglesia chilena y que obligó a Errázuriz a renunciar al consejo asesor del Papa el pasado octubre; Donald Wuert está salpicado por el tremendo escándalo del Informe de la Fiscalía de Pensilvania (EE.UU.), su nombre aparece decenas de veces en un documento de 1.356 páginas como presunto encubridor de algunos abusos de clérigos a más de 1.000 menores de edad. También presentó su renuncia como arzobispo de Washington el pasado mes de octubre.
Hasta hace poco el Vaticano apoyaba abiertamente a sus clérigos y lanzaba comunicados en su apoyo, como hizo con George Pell, apodado el Ranger por sus modales toscos y agresivos. Las palabras del comunicado del Vaticano fueron éstas: “Ha condenado durante décadas abierta y repetidamente los abusos como actos inmorales e intolerables, ha cooperado en el pasado con las autoridades, ha apoyado la creación de una Pontificia Comisión para la tutela de menores y la prestación de ayuda a las víctimas de abusos”. Todo eso son buenas palabras, pero los hechos desmienten tales afirmaciones de la curia romana. La sombra de los abusos persigue a Pell desde los años ochenta. El cardenal ejerció como sacerdote en Bellarat, su ciudad natal, entre 1979 y 1984. Ese fue un período en que se produjeron decenas de violaciones a cargo del sacerdote, y pederasta en serie, Gerald Ridsdale, que vivió varios años en la misma casa que Pell, y era profesor de la escuela St. Alipius. Un centro calificado por la prensa local como “paraíso de pederastas”, en el que cinco de sus profesores fueron relacionados y condenados por abusos sexuales a menores. Pell y Risddale fueron colegas durante mucho tiempo. De hecho, Pell acompañó a testificar a Risddale en 1993, en uno de los juicios incoados contra él, en el que fue condenado a 18 años de cárcel por violación de 54 menores, los más pequeños con apenas 4 años de edad.
Pero lo más grave, respecto a la actuación de la ICAR, con el papa Francisco a la cabeza del Estado Vaticano, es que hasta la presente sólo se han limitado a pedir perdón (¡qué poco cuesta pronunciar unas hipócritas palabras!), pero la triste realidad es que todo sigue igual. Sólo hay una salida digna para satisfacer, en parte, las demandas de los y las afectadas por los miles de abusos sexuales del clero católico tanto español como mundial, entregar, sin más dilación, a la justicia civil, a esa escoria social que son los pederastas, que se esconden tras la nefasta entidad religiosa que se llama Iglesia Católica.

 

 

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