Manuel Xío Blanco

Empezaré en este humilde artículo, que yo prefiero 1a claridad de ideas que la facilidad de palabra, así quiero empezar mí teoría.
Entre el orador y el charlatán, más que una diferencia hay un abismo, ocurre que son demasiadas las gentes que no los distinguen con precisi¬ón y con una frase tan vacía, como la mayoría uniforme dicen: ¡¡Que bien habla!!, pero una cosa es hablar sin contención ni contenido, y otra es decir con aplomo conciso lo que se quiere transmitir a través de la palabra.
El charlatán más que hablar regurgita sin fin palabras, la mayoría repetitivas y rimbombantes, por encima de todo, para gustarse a sí mismo y adornarse hasta el hastío, para al final escuchar su favorito pi¬ropo: ¡¡Que bien habla!!
El orador, más que hablar conversa, habla y charla pausado y su con¬dición inapelable es hacerse entender para así poder explicar su charla de forma sencilla, que viene a ser la mejor forma de enseñar y aprender a través de la conversación amena, con justas y ajustadas palabras de su pensamiento con voz, y sus oraciones sencillas sin abusar de la repetición, siempre con frases concisas y concretas de todo buen dis¬curso y sin olvidar los silencios (paradas), esta fórmula hace de fijati¬vo en la memoria del que escucha sin embotarse del bla, bla, bla. Tal vez el halago más socorrido para un orador es, y se dice en privado, “se explica como un libro abierto”, pero ojo, el orador dirá eso siempre que haya un buen lector y mejor escritor de libros amenos, y que enseñan con su lectura, e ilustran el espíritu humano.

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También hay rocas
de vista cansada
de tanto leer en los horizontes
                            Manuel Xío

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