T. P.

Esta diéresis quizás explique un poco. Estamos siempre creciendo. Crecemos en el cuerpo, con lo que se nos va apareciendo de callos o verrugas, y crecemos en la mente, con las malas costumbres o lo que aprendemos en casa con la familia o en la calle con desconocidos. Si somos pesimistas, crecemos mal: nos hacemos viejos; si somos optimistas, ¡nos hacemos sabios!
El universo no crece. Es enorme y tiene túneles negros en donde desaparecer en su infinito. No conviene aquí hacer referencia al cielo de los creyentes… Porque infinita es la imaginación humana.
“Y enseñan la filosofía de la humana supervivencia, a cambio de rutinaria forma de vida”, dice Floreal Rodríguez de la Paz en un texto enviado por internet. Y admito que creemos casi todos en esta filosofía, porque no hay otra mejor.
Las personas que creen en un Dios se preocupan menos del futuro que los ateos, que sufren el stress cuando piensan en que se les ocurrirá en la vida y tratan de prepararse para lo peor… Para las buenas cosas no es necesario prepararse, sino gozarlo con anticipación.
Quizás la solución, aunque provisoria, sea mirar el tema desde un punto de vista humanitario. En este mundo hay siempre personas necesitadas de ayuda, sea física, sea psicológica. Mirar a la vuelta y preguntarle a la primera persona que vea: “¿Qué deseas de la vida?”. Y esperemos que la respuesta venga con el altruismo necesario sobre crear un ambiente de buenos hechos para la humanidad.
“…la vida era para el poeta sus palabras escritas.”, dijo Oscar Menassa en el Monólogo entre la vaca y el moribundo, (p.16). Y me voy por eso, porque escribo a cada momento que tengo libre del trabajo de la casa y del cuidado de los hijos. Cuando era maestra, escribía mientras los estudiantes hacían sus composiciones o mientras se iban de recreo. Vivo a cuesta de la palabra. Y muchas veces pienso: ¿Qué sería del ser humano sin la palabra? ¡Hasta las imágenes en los sueños vienen con palabras! Los psiquiatras nos preguntan por los sueños y se los contamos con palabras. Los sueños son importantes partes de la vida.
La palabra escrita vale más que la palabra lanzada al viento y oída por una sola persona o por una multitud, porque la palabra escrita no tiene la inconstancia del tiempo y queda mientras dure el papel o el material en donde ha sido escrita, aunque sea un muro de calle.
La literatura es el campo más progresista de la palabra, pues puede persuadir los lectores a las posibilidades de vida diferente y experimental. Sin embargo, la mayor parte de la humanidad vive sin literatura, y una gran mayoría siquiera sabe leer. Pero sabe pensar. En ciertos países del mundo los ciudadanos cultivan la religión del pensamiento, y esto quiere decir que hablan interiormente consigo mismos, y hasta para esto utilizan la palabra.
Así es la vida: un derecho humano que no debería ser violado en ninguna circunstancia. La pena de muerte es la mayor de las torturas, porque es una imposición inhumana y absurda. De otro lado, el suicidio es un derecho. Es una opinión formada en contra de la vida. Y cada persona, desde que nace, es dueña de su propia vida.

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