Salomé Moltó

Alguien me dijo que vivir en espacios físicos y emocionales y, sobre todo, en espacios de tiempo que, por supuesto, no se repiten, pueden dejar en nosotros huellas profundas.

Espacios de luchas, en activo y en pasivo, donde damos lo mejor de nosotros mismos. Es la impresión que tengo al observar el álbum de fotos. La foto de mi tía Paquita en Barcelona, con su esposo Antonio, 1935, pocos meses después, el l8 de julio, sería asesinado por un teniente franquista que con un “viva la República” iba disparando a los que creía “rojos” como se solía decir, quizás les evitó el “trabajo” a los estalinistas, ya que él pertenecía al POUM. Su matrimonio no llegó a celebrar el primer aniversario.

La foto del día de la comunión de mi madre, de la mía años después, de paseo con mi hermano pequeño, con mi hijo después. Un proceso que gobierna el tiempo, el valor inconmensurable al que pocos damos su verdadero valor y dimensión.

Mis abuelos junto a una pequeña niña que abrazaba a su perro, un incondicional amigo, la misma que unos pocos años después cantaba en radio Alcoy. Ya había gente preocupada de que los niños participaran en actividades culturales.

Viendo los libros de Canalejas, hermosos testimonios de nuestro querido Alcoy y que debo a la amabilidad de mi alumna Ester, ¡qué impresión!, ¡cómo todo fluye!, ¡cómo todo se desvanece! No puedo por menos que sentir una fuerte emoción, hay muchos paisanos, personas de gran interés que crean esos espacios de tiempo únicos, que ya nunca serán lo mismo y dan la magia de detener el tiempo, de verte como si todo estuviera igual. Es como trasladarte a un tiempo ido, pero que guardas en tu fuero interno, a veces dolorosos, pero inolvidable siempre.

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