Pedro García

Dicen los grandes sociólogos, y los no menos grandes psicólogos, que el comportamiento social de las personas, en el momento adulto de sus vidas, está condicionadísimo a los momentos del tiempo que ha sido formado como tal. Es por ello por lo que se suele decir que un hombre es el reflejo de su tiempo. Hasta aquí todo esto nos puede parecer sensato y justo. Claro está que toda regla debe de tener, y de hecho tiene, una o varias excepciones.

Intentando meditar esta opinión dada por los científicos, y apelando a unos reducidos recursos literarios y científicos que nos otorga el vivir, intentaremos hallar estas razones expuestas por aquellos que saben bastante de este tema. Dentro de los períodos del tiempo, en los cuales se debió de formar esta determinada clase social dirigente, hubo una época, que por cierto duró 36 largos años, en la cual el largo tiempo se enseñoreó, paciente y constantemente, mentalizando a varias generaciones de toda una nación entera, dentro, claro está, de unas premisas políticas y religiosas severísimas, hijas naturales de un sistema impuesto por una dictadura militar, de grandes miserias, sobre todo para los más débiles y extenuados por el dolor de las pérdidas de seres queridos y las inseparables viejas hambres hermanas pasadas.

Fue forzoso para las gentes del pueblo vencido el tener que apelar a la única arma con la cual poder defenderse y existir. Esta arma, económicamente práctica y al alcance de todos, fue “el disimulo”. Este portento, hijo predilecto de la condición humana, obró maravillas.

¿Cuántos sufrimientos evitó al pueblo vencido? Cientos de miles de golpes, palizas brutales, aceites de ricino e incluso muertes. Recurso proverbial muy empleado en ese espacio de tiempo, aunque no fuese infalible. Si todo estaba negado, lógico era el disimular el deseo por poseerlo y disfrutarlo, y como no se podía expresar lo pensado se había de recurrir al recurrido amigo el disimulo.

La monstruosidad de querer martirizar y enrejar todo pensamiento libre del ser humano, todo deseo natural, estuvo condenado por el insigne “Papa de baja talla vestido de caqui”.

En esa misma época y nación vino, al mundo de los vencedores, un enjambre político de nuevas generaciones que se formaron en el consabido “disimulo”, pero sacando provecho del él, no de forma existencial, pues estos tenían la vida física y económicamente asegurada, sino de una manera más artística dentro del diseño bancario del oportunismo privilegiador. Largos fueron los años en que protegiendo al “Papa caqui”, respirando su sagrado aliento y succionando algún que otro excremento caído al suelo de sus santos pasos, se pudieron, de esta manera, prolongar fructíferas vidas, tan llenas de servicios a la patria.

Estos enjambres, de babeantes adoradores, lo arroparon, igual que se arropa a la reina de las abejas, con el honesto propósito de endulzar sus vidas. La vela y el esmerado cirio fue casi faraonal, no por devoción papal (pues ya la cosa se resquebrajaba por momentos por su antigüedad) sino por la continuación de la especie.

Fatalmente, el altísimo abandonó, a su suerte, a su protegido del alma, dejando, en el más espantoso desamparo, a aquellos que, llenos de sonrisas, babas y disimulos, acompañaron el calvario de una vida tan llena de razones cuarteleras.

El glorioso buque, llamado “El Concenso”, partió en busca de la comodidad de nuevos “ El Dorado” para así dar vida rosada a las ingentes familias que formaron parte del amplio círculo de adoradores de sables. Cansados ya de apretar gatillos y torniquetes de garrotes, consintieron en el cambio de morada por estar estas ya extenuadas y calcinadas por su vejez. No naufragó con todo su pasaje, el cielo no lo permitió, sino que la mano proverbial, de un diestro “timonel del movimiento”, avecinó a la borda del infortunado buque otra hermosa y nueva nave llamada “Democracia”. Esta, hizo una florida pasarela entre los dos buques y pasaron, sanos y salvos, la “disimulada parroquia”.

Llenos del hermoso, inacabable y desbordante “disimulo”, acumulado y señoreado durante 36 años, formaron parte prominente del nuevo oropel gubernativo imperante, disparando a la deseada Diana, pero debido al mal tiempo reinante el disparo no fue completamente centrado. No obstante, nuevas balas cargaron el reluciente rifle de caza y a la tercera fue finalmente la vencida.

Alzados por fin en la suprema cima del monte Aznar del poder, para gloria de la nación, pusieron en práctica, hasta llegar a la extenuación, todo ese maravilloso mundo de mentiras y disimulos, de los cuales, ellos, fueron Catedráticos, y que el tiempo y la paciencia se tomó, día a día, la molestia de irles inculcando para poderles formar su ejemplar carácter acomodaticio, brillante y sublime en el arte de la interpretación. Inútil será el poderse sorprender hoy al ver y oír argumentos y apariciones bordadas por el viejo disimulo por él fabricado e hijo natural de la Dictadura, pues todos sabemos que en ella nunca sucedía absolutamente nada, porque era un estado de gracia que levitaba angelicalmente. Por todo ello, y en nombre de la congruencia, los tiestos se deben de parecer al jarro.

En esta España, marinera y navegante, un negro día otro buque apareció, pero esta vez no fue portador de venturas, sino de adhesivas negruras expuestas a los vientos y sujetas hasta en los pensamientos. Terminando su andadura, partido en dos el negro corazón, con canales de negras hemorragias, que fueron rápidamente rellenadas de mentiras por los hijos del “hilillo plastilino y de la simulación”. Sacaron de sus adentros los Señores Mandones todo aquello que el gran Arrastra Sables, durante 36 años, les inculcó, aquellas lecciones que decían: No puede nunca ocurrir nada (dentro del Orden) y mucho menos si al frente del país está el mejor de los Timoneles de Occidente y de los mares de “Chapapote” con bigote. Finalmente, hijos somos todos de aquella larga dictadura, que incrustada quedó en nuestra piel hasta el final de nuestros días… Amen .

Sólo unos poquísimos locos rebeldes escaparon de su mala educación. El resto tiene el lógico sabor del pasado, por lo tanto, nadie tiene que sentirse sorprendido ni ofendido por estos disimulos interesados, pues bajo el imperio de las Dictaduras nunca ocurre nada que pueda perjudicar su imagen y todo lo que no esté bendecido por “el Iluminado” será maldito por siempre e ignorado. Convirtiéndose todo en una gran mentira disimulada:

Lo decían nuestros abuelos: El disimulo es hijo legítimo de la hipocresía y de la falsedad.

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