Xavier Diez

Sin duda, una de las lecturas que más me han influenciado en estos últimos años es Algo va mal, del historiador londinense Tony Judt. Aunque el título original inglés Ill Fares the Landhace referencia a un poema escrito en 1770 por Oliver Goldsmith, el autor de este breve ensayo histórico utiliza estos versos para quejarse amargamente de la deriva histórica de estos últimos años. Tony Judt (Londres, 1948 ¬– Nueva York, 2010), uno de los historiadores más influyentes de las últimas décadas, testigo e interpretador del final de la guerra fría, concibió este texto como su testamento intelectual. Golpeado por una rápida y letal esclerosis múltiple amiotrófica, ya casi del todo impedido para escribir, dictó a unas alumnas un texto que constituye una de las reflexiones más críticas sobre la involución política, social e ideológica de estos últimos años. El poema de Goldsmith, The Desert Village arranca con un contundente “Mal le va al país, presa de inminentes males / cuando la riqueza se acumula y los hombres decaen”, es un lamento sobre cómo la revolución industrial acaba por arruinar un viejo orden construyendo algo feo, desolador, terrible y profundamente inmoral. Escoger estos versos para titular su libro representa una forma de expresar el malestar profundo que surca la sociedad actual.
El libro arranca con unas frases contundentes: “Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy. Durante treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material: de hecho, esta búsqueda es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo”. A partir de aquí, el autor trata de analizar el porqué de esta profunda desazón contemporánea, en el que la riqueza acumulada se funde con una sensación de injusticia social, de malestar común, de desigualdad intolerable, de ser conscientes que avanzamos hacia un futuro tan próspero como inmoral.
En los últimos años, comparto esta sensación. De hecho, se está convirtiendo en una cierta obsesión. A menudo me pregunto por qué asistimos a esta progresiva degradación de la vida pública, por qué parece que nos dirigimos hacia la disolución de los lazos comunes, por qué parece que nos sintamos impotentes siguiendo este camino, cuesta abajo, hacia un mundo peor del que dejaron las generaciones que nos precedieron. En los últimos años he estado dando vueltas a las responsabilidades de este espectro ideológico que, por pereza mental, denominamos izquierdas. Como Judt, percibo que hemos ido perdiendo un relato común, una visión de lo que debería resultar un proyecto compartido, y asisto a lo que el mismo historiador consideraba una compartimentación de luchas, no siempre coherentes entre sí. Ni Judt ni yo somos demasiado originales. Un siglo atrás, el historiador austriaco Max Nettlau, gran amigo de la familia Montseny, ya denunciaba en sus escritos lo que él denominaba como la “dispersión de tendencias” que hipotecaba el patrimonio del anarquismo.
Hoy parece que las izquierdas, más que proponer metas por las que valga la pena esforzarse, parece que organizan retiradas más o menos ordenadas. El capitalismo y sus arquitectos e ingenieros llevan la iniciativa ideológica, y sus principios de competencia darwiniana y autismo social han llegado a impregnar la mentalidad de la mayoría de la sociedad, especialmente entre los perdedores de la globalización. No hay más que ver los fracasos de unas huelgas generales que cuentan con mayor participación entre aquellos sectores medios que todavía tienen cosas que perder, mientras quienes ocupan la base de la pirámide social parecen movilizarse más felizmente en sus días festivos, en los centros comerciales. Cualquier estudio sociológico constata cómo la clase trabajadora con menor poder adquisitivo y mayor precariedad pueden ensimismarse ante causas como la xenofobia y el reaccionarismo y se dejan deslumbrar por líderes como Donald Trump, Marine Lepen o Albert Rivera.
Este fenómeno, sin duda requiere de un esfuerzo de análisis mayor del que puede siquiera apuntarse en un modesto artículo de revista. Pero en mis especulaciones siempre aparece un punto de ruptura en el que, lo que parecía una victoria, puede contemplarse hoy, medio siglo después, como el punto de inflexión de un desastre. Buena parte de las ideologías de izquierdas con cierta capacidad de difusión e influencia parece tener su momento fundamental en 1968. Aquel año, referido a la revolución estudiantil parisina es considerada por muchos como la revitalización y reinvención de los valores de izquierdas. Pero como soy de aquellos que no se fían de las apariencias, he llegado a conclusiones bastante contrarias a las corrientes dominantes.
1968 puede parecer un año simpático, en el que unos jóvenes estudiantes salieron a proclamar que bajo los adoquines se hallaba la playa, que para ser realistas había que pedir lo imposible, y que la imaginación debía tomar el poder. Los campus universitarios, tomados por la generación de los babyboomers, incluyeron nuevas reivindicaciones respecto a las viejas aspiraciones de sus mayores. Pero, haciendo una lectura de aquel año desde una perspectiva amplia, evaluando la evolución posterior de las ideas y sus detentadores, fue un auténtico desastre. Los estudiantes norteamericanos, alzados contra la guerra del Vietnam y en una intensa y moral lucha contra la discriminación racial, fracasaron. No pararon la guerra, y la situación de los afroamericanos en la actualidad, si bien protegidos por las leyes, no ha mejorado de manera significativa. No hay más que ver el movimiento Black livesmatter, en el que el asesinato de jóvenes negros a manos de la policía es algo más que habitual, mientras que la droga y la delincuencia gangrena la comunidad. Al sur, los estudiantes mexicanos fueron masacrados en lo que se conoce como la Matanza de la Plaza de las Tres Culturas, cuando el gobierno, deseoso de unos Juegos Olímpicos sin desórdenes, asesinaron a entre 200 y 300 jóvenes (y encarcelaron a unos 5.000) en un acto todavía sin resolver ni aclarar. En Praga, los tanques soviéticos, en nombre de la ortodoxia socialista, arrollaron una efímera primavera. Incluso en París, tras poner contra las cuerdas al gobierno de De Gaulle, desactivaron el movimiento gracias a hábiles maniobras de cesiones y elecciones en las que la derecha se impuso sin problemas. De hecho, el movimiento parisino era tan inconsistente que, probablemente se hubiera agotado por sí solo, puesto que no existía un programa suficientemente coherente que alterara el sistema atacado.
De hecho, lo que sucede a las izquierdas a partir de aquel momento, representa una especie de Titanic ideológico. Tras el impacto, todo parece normal, pero el agua empieza a desbordar las bodegas hasta que el naufragio resulta inexorable. Algunos, generalmente los pasajeros de primera clase, logran un bote salvavidas para que sean rescatados. La mayoría, abandonados a su suerte, perecen entre las gélidas aguas del Atlántico. El viejo marxismo, el mismo que tras la segunda guerra mundial había ahogado al anarquismo, controlado por el imperialismo soviético que no duda en actuar como un estado autoritario y convencional, queda desacreditado a ojos de la mayoría de occidentales, que lo contemplan como es: una burda dictadura con excesos propagandísticos.
Ante esta situación, muchos tratan de buscar alternativas poco razonadas o razonables. Algunos, se dejan deslumbrar ante el maoísmo que tiene en la Revolución Cultural una imagen poderosa: los jóvenes y adolescentes inmaduros e ignorantes que humillan a sus mayores, a sus maestros, a aquellos que poseen algo de cultura. Otros, se quedan encantados ante la épica de la derrota que representa el trotskismo (un comunismo de perdedores). Casi todos, quedan fascinados ante las consignas y el lenguaje revolucionario, que ofrecen cierta calidez de grupo, cierta falsa seguridad ideológica ante la complejidad del mundo. Muchos de sus protagonistas, con el tiempo, y relacionado con su procedencia social, abrazarán el neoliberalismo más radical. Precisamente entre los neoconservadores que rodearán a Bush hijo, o a los socialistas españoles, no será difícil encontrar a antiguos trotskistas capaces de sofisticar ideológicamente la hegemonía del capitalismo actual.
Muchos otros, buscarán en la fragmentación buscar su propio espacio de confort. Ante la incapacidad de generar un relato común que fuera capaz de articular una alternativa creíble al capitalismo, empiezan a indagar en causas particulares y sujetos parciales: aparecen los defensores del feminismo, las luchas contra la discriminación racial, a favor del indigenismo, por la dignidad de los campesinos, por preservar el medio ambiente, todas ellas, causas justas que tratan de corregir las injusticias del sistema, pero que generan una compartimentación de los esfuerzos, a la vez que incoherencias a menudo insalvables. La propia evolución ideológica de las luchas, no hacen sino profundizar en las diferencias hasta que al final, ya no queda relato común. Es más, quienes quedan excluidos de estos grupos de agraviados (hombres blancos occidentales y trabajadores) acabarán, como sucede hoy, como la base del reaccionarismo actual, como explica el sociólogo Owen Jones. Serán los votantes de Trump, Lepen o tantos otros reaccionarios actuales.
Cuando miro a mí alrededor, detecto una gran desorientación en el mundo de la izquierda. Si bien existen una serie de reivindicaciones más o menos bien intencionadas, denuncias de injusticia, de discriminaciones intolerables, también constato bastante folklore, causas que afectan a pocos, quejas exageradas o irrelevantes, o cierta tendencia al sectarismo que potencian que muchas ideas asuman un cierto cariz de creencia religiosa, en el que la fe resulta más importante que el rigor. Por experiencia, no las citaré, puesto que, en épocas de twitter, cualquier crítica suele ser contestada con linchamientos mediáticos de celo inquisitorial: “lo mío es lo más importante”, puede deducirse de algunos comentarios. Ello impide, como denunciaba Judt, cualquier conversación mínimamente productiva, cualquier espacio de diálogo constructivo.
En todos estos años de reflexiones llego a la conclusión que es necesario replantear y reconstruir un espacio político y social suficientemente sólido para plantear una alternativa global al neoliberalismo triunfante. Quizá sobren ideas y sea necesario regresar a las raíces (de aquí el término “radical”). Me temo, que, en este sentido, deberíamos repensar en término de valores. El valor de la trilogía republicana de libertad, igualdad y fraternidad. Los principios de establecer un programa mínimamente aceptable para la mayoría que no somos beneficiarios de este sistema. Para retomar la iniciativa, quizá todo radica en esto: abandonar ideas superfluas o inconsistentes, y recuperar valores que (siento el lenguaje) se fundamenten en una sólida moral. Una moral de la convivencia, la tolerancia y el bienestar.

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