La Iglesia de la eterna Cruzada, XVI

Sísifo

Asfixia por impresión, fractura de base de cráneos, el término, en suma, del terror caliente. Pero hubo mucho más, continua Casanova, “varias docenas de miles de ciudadanos, hombres, mujeres, ancianos y niños emprendieron el 6 de febrero una autentica desbandada hacia Almería para evitar las represalias y razias de los vencedores y fueron bombardeados por la aviación y los Cervera y Baleares. El camino se cubrió de muertos y heridos mientras que muchas familias perdían a sus niños la huida. Unas 40.000 personas pudieron llegar a Almería. La cifra de muertos que se manejan superaba los tres mil”.

Esta es una de las muchas y tétricas estampas que los muy cristianos hijos de dios hicieron a diario en el país. Como hemos podido ver no fueron solo los fascistas españoles, allí estaban presentes las divisiones italianas como lo estarían por aquellos lugares en que necesidad tuvieron estos bravos y gloriosos patriotas que querían salvar al país asesinando a sus habitantes con tropas legionarias y extranjeras. Dios siempre les permitió esta clase de hacer, ya que todo era para su gloria. Nunca llegamos a saber el por qué dios tenía necesidad de tanta sangre para estar cada día más en su gloria, no sabiendo ni lo que esta consistía para él ni donde se la podrían entregar.

Sí, los que ya nos hacemos muy viejos nos acordamos todavía del drama de Málaga. No se nos borrará de nuestra mente porque lo vivimos y porque, posteriormente, hemos tenido la posibilidad de recordarlo con informaciones que han ido haciendo que aquel monstruoso crimen lo pudiesen hacer seres humanos que en estado normal pudiesen estar. Había que ser muy bajos, muy viles y muy cobardes para cometer aquel crimen. Pero en ellos nunca hubo límites cuando de un crimen se trataba, siempre estuvieron dispuestos a que este fuese insuperable, era la esencia del catolicismo español, lodo y sangre, sangre y lodo. Y lo hemos dicho, la fotografía moral y humana de ellos está ahí, la teníamos presente, y si por casualidad la olvidásemos se nos repetía todos los días para que bien la comprendiésemos y nunca la pudiésemos olvidar.

Ya lo hemos repetido también, ellos no tuvieron nunca bastante con la desolación y devastación de la guerra, la venganza tenía que ser ejemplar, como ejemplar siempre fueran sus vidas. Para ellos la venganza es un plato que se come caliente, no hay que dejarlo enfriar, puede que pierda se salsa, su sabor, calentito, lo acepta mejor el estómago. Como las hienas, lo quieren en el momento.

El obispo Balbino quiso, en Málaga, lo que de siempre habían deseado todos ellos: Colonizar y recatolizar el país con toda esa cantidad de gracias que anteriormente hemos mencionado. Ya sabemos que el ridículo es en ellos natural y no nos puede extrañar que permanente en ellos tenga que ser. ¿Para qué cambiar cuando también nos va? A los talleres de fabricación de todas esas chucherías no les faltaría trabajo y pensamos que, como de siempre en ellos fuera natural, esos talleres, muy cristianamente, estuvieran bajo llave clerical para que todo quedara en beneficio de los que para todos tan sagrados tenía que ser. Ellos disponen de una estampa sumamente deliciosa: en una sien te ponen el crucifijo y en la otra te colocan el cañón de una pistola. Tú, muy cristianamente, tienes la posibilidad de escoger lo que más te “guste”, nada se te impone, todo lo haces libre y cristianamente, como dios manda, y que para su gloria tan indispensable le es. Era así que cuando las gloriosas unidades del ejército salvador “liberaban”” una ciudad, iba un carro lleno de chismillos de esos con los que tanto les gusta adornarse para que el carnaval fuera más completo.

Por muy grande, por muy monstruoso, sádico y bárbaro que fue el crimen nadie de la Iglesia levantó la voz, todo el mundo guardó silencio, la escuadra salvadora, si bien no había ganado ninguna batalla contra los herejes, si supo gallardamente atacar a mujeres, niños y ancianos que no querían vivir en el paraíso que bien conocían. Hay que ser COBARDES, BAJOS Y VILES para cometer aquel crimen. Como de costumbre, se cubrieron de glorias divinas e ignoramos si Pacelli no le enviaría algún telegrama de felicitación cuando Gomá le contase el trabajo heroico de unos cañones contra niños descalzos. Si alguien le hubiese indicado algo, Pacelli se hubiese hecho el sordo, como cuando le hablaban de los amos nazis. Su “santidad” tiene cosas más elevadas de que ocuparse, las cosa de la Tierra son muy bajas para quien, como él, tan alto miraba. En ellos no se tenía la costumbre del perdón ni ninguna clase de piedad, esto está para los otros, en ellos siempre ha imperado la venganza, que cuanto más refinada y sádica ha sido más placer en ella han tenido. No hay necesidad de ir muy lejos, con solamente escuchar a cualquiera de ellos pronto sabemos lo que todos son. En la fábrica del Vaticano se hacen las piezas en serie, como en cualquier otro lugar de producción. Conversando sobre este hecho criminal me veo en la necesidad de hacer una disgregación y presentar este mismo drama en otro ángulo de nuestros numerosos desastres.

Aquí en el relato que hace Casanova menciona solamente el Cervantes y el Canarias como los barcos que hicieron fuego sobre la indefensa población, pero siempre se ha mencionado que se encontraba una unidad naval alemana que haría la mayor parte del ataque. En el ministerio de defensa nuestro estaba Prieto de ministro y plantea una inmediata respuesta de nuestra aviación, que entonces aun teníamos, contra tal unidad. Al presentar esta proposición lógica, en la situación en que estábamos, los lacayos de Stalin consideraron ponerla en conocimiento de éste, el cual contestó inmediatamente prohibiendo tajantemente que tal acto se llevase a efecto. Los lacayos obedecieron y nosotros tuvimos que soportar esa doble humillación, primero la alemana al atacarnos sin justificaciones de ninguna clase, y segunda la de Stalin, que tenía la costumbre de ordenar todo lo que se tenía que hacer en nuestra parte, porque para eso tenía sus lacayos, que amenazaban con una crisis gubernamental y la posible suspensión del poco material que a fuerza de oro Rusia nos mandaba. Los alemanes se quedaron tan tranquilos, y nosotros tuvimos una porrada de miles de muertos y la doble humillación sufrida, y la basura estaliniana aprovecharía la ocasión para quitar de en medio al general Asencio, que no les era persona grata. Era con estos míseros procederes que íbamos a ganar la guerra, ya que el gobierno de la “victoria” iba reduciendo cada día más nuestro espacio geográfico hasta que debimos salir victoriosamente a otros lares, aquellos que pudimos, mientras que los otros se quedaron a merced de la bestia triunfante, que diría Bruno. La señora de las estampas (la gloriosa Pasonaria) haría lo que ya le había dicho el Campesino, que cada vez que había un drama organizaba manifestaciones y se ponía en frente para salir en la foto. Quince días antes de que se terminara la guerra cogió un avión y se fue a Oran. No conoció los campos de concentración y, dos días después, estaba en Moscú haciendo su gloriosa revolución, cuando la ofensiva de los alemanes sobre Moscú se hallaba lejos de la capital y cogió un coche con las maletas llenas, abandonó a sus hijos y se fue a galope con Dimitrov a las fronteras del Cáucaso. Como Jesús Hernández le diría después a Castro Delgado: “Las vieja es capaz de todo. Si la vieja fue capaz hasta de que su hijo la despreciara”. Pero todas sus miserias, que no fueron pocas, no le impedirían que muriese en olor a santidad en el incienso moscovita, por lo menos en apariencia, pues bien sabemos el “cariño” que de siempre entre ellos existió. Como en todas las iglesias las rencillas cardenalicias siempre innobles fueron.

Este hecho corresponde a la interioridad de lo que en nuestro drama tuvimos que soportar, y que supondría que dentro de una guerra teníamos que hacer frente a otra que, como la primera, impuesta nos era por una bestia como Stalin, que nunca tendría otra consideración que sus locuras personales. La TRAICIÓN sin nombre que hizo al aliarse con Hitler y que de forma tan terrible tuvo que pagar el pueblo ruso. La negatividad de Stalin y la obediencia de sus lacayos españoles no serían la primera ni la última vez que tal acto sucedería. La aviación, como los tanques, estaba en manos rusas muy a pesar de haber sido pagado por nosotros, y los “técnicos” rusos tenían más poder que el gobierno fantoche de Negrín. Más de una operación se vio frustrada por la conducta de quienes nos consideraban como una pequeña colonia del inmenso imperio ruso. Ya sabemos el resto, así como la victoria final a que nos condujeron. Pero dejemos estos tristes recuerdos que, no por viejos, son olvidados y regresemos al origen de nuestro decir sobre las negras sombras, tan teñidas de rojo, que imperaron en España y que aun hoy están dispuestas a corregir su mal hacer.

Gomá no sería infiel a su posición autoritaria y totalizadora, y desde el puesto que ocupaba se dirigía a Roma pidiéndole que no se sumara a las manifestaciones que en el exterior se hacían para una posible paz en el país. Él, como una buen parte de los militares, que todos eran excelentes cristianos, no deseaban oír hablar de paz, ellos querían una liquidación total del enemigo. La sangre, y las vidas siempre carecieron de valor para todos estos carniceros y Gomá, como todos los obispos y cardenales, verían la guerra desde sus lujosos palacios, donde nunca faltaron las riquezas y los buenos jamones. El problema del país tenía que ser como dios manda, y había que derramar hasta la última gota de sangres y hasta que quedara un niño que pudiese heredar los rojos instintos de sus padres. Bien sabemos que consiguieron todo lo que deseaban, sobre todo teniendo a la cabeza del país a un ser como la Francisca, como sus compañeros llamaban a Franco. Ya sabemos que como buen legionario la muerte fue si fiel compañera y era lógico que fuese eso lo que a los demás pudiese dar. Por algo tenía un capellán a su servicio personal, para que las delicias divinas sobre el país imperasen. No nos podíamos quejar, el
reino de dios no estaría lejos, en casa teníamos todo lo necesario para su llegada.

Como humanamente tenía que suceder porque carecíamos de armas y alimentos, porque los cristianos del mundo nos condenaron a muerte para el gran triunfo del corazón de Jesús, y por mucho que fuese el valor de quienes en los frentes supieron resistir 33 meses frente a tantos adversarios y adversidades, tenía que llegar el momento de que dios terminase su gran obra y le diese la victoria a tan gigantesco general. Encima se nos quería hacer creer que era magnánimo y generoso debido a lo cual se podía respirar por todo el país un aire tan feliz como el que de siempre se respiro y que correspondía al tan natural que ellos dieran.

Se cruzaron los telegramas de todas partes, Roma estaba radiante de felicidad por el triunfo de la siempre católica España, y que tan grande debería ser. El catolicismo torquemadesco se cernía sobre el oasis cubierto de fosas, cruces y flores de espinas que para sus víctimas habían preparado. Como bien decía, desde Roma Pío XII, los designios de la providencia se han vuelto a manifestar. Siempre la misma y estúpida verborrea jesuítica y malvada. Cada vez que la providencia conseguía sus objetivos era una desgracia para un pueblo. Ahí quedaba toda la sabiduría y bondades divinas de nuestras grandes eminencias. El ridículo siempre les fue desconocido y nunca tendrían bastante por mucho que fuese por ellos realizado. Es una angustia, es algo que tan pesado se hace, por su enorme carga de estupidez, que hay momentos en que no se desecaría tener que mencionarlo, tan grande nos parece el despropósito por ellos sustentado.

En ellos no hay sustancialidad, son todo imágenes, estampas, cruces, rosarios castigos, muchos castigos desde antes de nacer y la felicidad y los jamones son ellos quienes se los comen. Es algo tan triste, tan estúpido, tan dramático, tan grotesco, tan sin vida que no sabemos como tales animalidades pueden ser aceptadas por el espíritu humano. Se puede ser religioso si los sentimientos lo exigen, pero de ahí a que la mente humana llegue a extremos como los que aquí vamos mencionando, de una ciega obediencia a tantas aberraciones mentales, es algo que repugna a la sana meditación. Es que no se encuentra en ellos palabras sensatas, justas y lógicamente razonables, solamente esa verborrea cansada, insulsa, insolente, impositiva y condenatoria en la que el individuo desaparece para dejar de él un guiñapo sangriento que sólo espera expirar y terminar con su imposibilidad de humanamente vivir. Y esa actitud de animalidad permanente lo mismo la encontramos en un cura de pueblo que en el dueño de Roma. Veamos lo que decía Pacelli en una de sus muchas felicitaciones al régimen y a la gloriosa y eterna España católica.

En la mañana del 16 de abril, Pío XII dirigió a la católica España. “El papa se congratulaba por el don de la paz y de la victoria, confirmaba el carácter religioso de la guerra, recordaba a los obispos, sacerdotes y fieles que un tan elevado número de ellos habían sellado con su sangre su fe en Jesucristo y su amor en la religión católica, y pedía seguir los ejemplos inculcados por la Iglesia, y proclamados con tanta nobleza por el generalísimo, de justicia para el crimen y de benévola generosidad para los equivocados”. El pobre Pacelli se quedó descansando. En esos garabatos no hay una sola palabra humana que pueda aportar un poco de algo bueno a cualquier ser humano. La eterna e insípida demagogia que desde el principio hasta el fin se empalagaba y negaba a pasar. Total, la hipocresía y el jesuitismo que tan habitual siempre les fue, y que han sido siempre el que han expresado en cada momento y ocasión. Todo para la gloriosa y eterna España, siempre oliendo a caverna y a oscuridad y donde los murciélagos pudieran anidar. Ni la más mínima esperanza de luz para el ser humano que a tal individuo escuchaba. Como siempre, la misma pieza de la mecánica celeste hecha a molde y sin variación. Lo estúpido y grotesco nunca les molestaría, forma parte de ellos, los constituye.

Pacelli era lo suficientemente inteligente, porque en realidad lo era, para comprender todas estas tonterías que continuamente debería decir y hacer. Aquí no se trata de un sacristán de pueblo, estamos hablando de uno de los hombres más inteligentes de su tiempo, si no era el más. Él sabía muy bien el terreno que pisaba y siempre puso sus pasos allí donde el mercantilismo clerical le aconsejaba. Ya hubo tiempo de verlo después de terminada la guerra mundial en la conducta que tuvo con todos los nazis, a los que pudo favorecer, a las narices y barbas de americanos, ingleses, franceses y rusos. Fue un individuo de una soberbia demencial, que no cedía ante nadie, pues tenía muy asumido que le debían obediencia reyes y emperadores, cosa que se tomaría muy en serio y no dejó de decirlo en ciertos momentos, él lo sabía y lo sentía en su interior, de ahí su continuo hacer frente a todos.

Aquí, en el caso de España, no era Pacelli quien hablaba y exponía sus sentimientos personales en relación a unos hechos e individuos determinados, era Pío XII, que en nombre de un jesuitismo y enorme poder quería alentar a quienes a su disposición estaban para que pudiesen continuar la obra de recatolización de un país que por unos momentos había intentado salir del corral en el que de siempre el ganado católico ha pastado, bien comido y mejor cuidado.

Pío XII

Que Pacelli le enviase a Franco los elogios que aquí se conocen era un sin sentido total. Él sabía muy bien lo que en realidad era el enano de la venta, el valor intelectual y humano que poseía, como casi todos los que le acompañaban, pero la Iglesia necesitaba eso y más y él estaba dispuesto a darle todo lo que de su parte estuviese, es de ahí que podemos siempre constatar el mismo ronroneo embrutecedor y negador de toda inteligencia humana. Ellos no tenían necesidad de éstos, solamente nombrando a todos los santos habidos y por haber tenían suficiente. Sobre todo Santiago, que con su espada justiciera estaba dispuesto a despanzurrar a tantos no creyentes como a su paso encontrara. En ellos nunca hubo límites ni en el crimen ni en el fanatismo que el crimen podía cometer. Para Franco ya no quedan condecoraciones españolas que puestas no hubiesen sido, ni felicitaciones y honores que la Iglesia no le hubiera dado. Era un “hombre” colmado de lo que su estúpida vanidad le podía aportar. A todo accedería la Iglesia para conservar el enorme poder que siempre fue el suyo. El poder la Iglesia lo quiso eterno y total, no sabemos si ese era el reino de dios que desde hace siglos se prometía, pero para España fue el de la vergüenza, la humillación, la miseria y la degradación. Nadie no lo afirmó ni desmintió, ninguno de sus charlatanes se atrevió a hacerlo, con lo que derecho tenemos a pensar que tal reino tiene que ser tan infernal que bajo mismo el régimen de esos momentos ellos lo quisieron declarar como tal, mal tiene que ser cuando en aquellos momentos no lo consideraron aun establecido, como normal en ellos es: hacen lo que no dicen, y dicen lo que no hacen, y por esa casualidad en sus vidas ahí tenemos a Rajoy, que tan bien y de forma tan totalizadora ha hecho lo mismo que aquí acabamos de mencionar. Como buen hijo de la Iglesia no podía faltar a sus deseos y cada día podemos constatar una nueva ley que venga a degradarnos mucho más de lo que ya nos había degradado la anterior. No quieren hacerlo todo la vez, progresivamente consideran que mejor tragaremos la píldora, lo esencial para ellos es que nos la tomemos, si no nos gusta ahí tienen sus perros para que bien la tengamos que tragar y como dios manda, sin que la Iglesia tenga nada que decir sobre la terrible tragedia en que el pueblo está viviendo y que se ignora hasta dónde se llegará, ya que los hijos de dios, que son los que tienen el verdadero poder del dinero, no sabemos hasta donde están dispuestos a llegar. El silencio se impone para respetar la ley, como en los cementerios siempre lo hubo. Pero no perdamos las esperanzas, ahora tenemos un nuevo papa que nos va a traer pan para todos y la felicidad eterna en el regazo del señor. El tiempo siempre ha venido aportar las verdades que tan sin sustancia se nos hacían. Francisco también tendrá que contar con el tiempo.

Se terminaba la tragedia y España ya no tenía cruces ni condecoraciones para poner en pecho tan heroico como siempre fue el de Franco, ni al Vaticano le quedaban ya ganas de echar bendiciones a quien tantas ya le había echado, entonces se organizaron misas, congregaciones, desfiles militares, paseos bajo palio y todas aquellas indignidades de las que ellos siempre gustaron y capaces fueron de hacer. Los espectáculos eran grotescos, repudiaban a toda mediana inteligencia, era algo degradante el constatar como esos grupos de tripas agradecidas se prestaban a todo para conservar el pienso. Se podía ver a los espadachines con sus rostros de grandes intelectuales, a obispos o cardenales, con sus negras y largas enaguas y sus babis blancos, acompañados por un grupo de aquellos que agradecidos le estaban y que no querían perder la ocasión de salir en la foto para garantizar el mendrugo que como partícipes de la usurpación representaban.
Continua…

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