Lo del jesuita Félix Olmedo vivía en la vieja España de los reyes católicos. No se que tendrían en sus cabezas Isabel y Fernando, pero si se parecían a Franco, era para no felicitarlos en ninguno de los sentidos, porque en Franco, ya lo hemos dicho, no habían cualidades que se deseasen querer imitar. Yo no puedo pensar que Olmedo se quería referir a la gran cualidad “intelectual” del enano de la venta, ya que aparte de ir a misa ignoro de lo que se le podía dar título alguno, al menos que su sentido de la carnicería humana fuese considerado como valor para ese pobre Olmedo, que tan voluntariamente viejo se hacía.
Tenía mucha gracia este jesuita cuando dice que Franco tenía el mismo sentido providencialista de la guerra. Se comprende que para esta calidad de cristianos la guerra es algo elemental e indispensables, de ahí el sentido que de siempre tuvieron por sus gloriosas cruzadas, todas ellas realizadas entre muy cristianos hijos de Jesús y su abuela. Con ese amor a la patria genuinamente español, como dios manda, ya que no podía ser de otra forma, todo era igual, los siglos habían pasado pero las mentes de estas gentes habían quedado inmóviles, sin posibilidad evolutiva, no era de extrañar lo que tuvimos que conocer con mentes tan ilustres como las que aquí esta eminencia nos hace conocer. Hay veces que uno se hace preguntas, en el siglo que vive, cuando a estos individuos se les oye hablar, ya que nos parecen voces de lejanas tumbas. No es de extrañar que Mauriac dijese que la peor fuerza es aquella que se emplea en nombre de la religión, porque en ella es normal que así sea, que hace uso de ese enloquecedor fanatismo que priva al ser humano de su raciocinio y lo convierte en una bestia sangrante. Cuando se tiene la desgracia de tener que escuchar a individuos como Olmedo podemos comprender que Torquemada y sus huestes pudiesen alegremente funcionar. Pero aparte de esta calidad de alimañas ¿quién hubiese podido vivir en ese mundo tan remoto como bárbaramente retrógrado? Sería sumamente beneficioso el poder reunir a toda esta clase de individuos y enviarlos a vivir juntos y solos a un determinado lugar del planeta para poder observar las humanidades entre ellos imperantes y poder conocer las bellezas de es cristianismo tan exquisito y lleno de humanidades como aquí este pobre diablo nos menciona. Así, no era de extrañar la cantidad de sangre que el ilustre enano de la venta tuvo imperiosa y cristiana necesidad de derramar, ya que como bien sabemos, si él era pequeño y bajo, el volumen de sus víctimas fue incalculable, ya que hasta poco antes de
morir seguía matando. Como buen cristiano y habiendo sido declarado caudillo por la gracia de dios y de ser paseado por los santos varones bajo palio tenía que terminar su gloriosa obra como dios le ordenaba y conocidas nos son las bondades divinas a las que de siempre éste nos induciría. La programación que de estas haría nos aportaría la felicidad de la que siempre se gozó en 1a muy católica España.
En el país se mataba, se moría la gente de hambre, llenos de harapos y más o menos descalzos, pero aparecían manos divinas y santos milagreros por todas partes. Gracias al enano todo marchaba a las mil maravillas para una Iglesia que nunca tendría un segundo de reparo frente a tantas indecencias e indignidades. Con misas, ofrendadas a cualquiera de esas fabricadas vírgenes que por todas partes había, y hay, todos los días había alguna procesión a la que se debería reverenciar, algún anillo de obispo a besar y siempre las iglesias llenas, era un mundo de maravillas, por todas partes reinaba la belleza de lo exquisito, la filosofía y las razones lógicas imperaban por doquier, el país se había convertido en el faro que a la humanidad alumbraba para que su camino por todo el mundo fuese visto. Merecía ser bien conocido.
España se había convertido en un viejo reloj de repetición, por todas partes se veían las mismas imágenes y se escuchaban las mismas palabras. La inteligencia de nuestras eminencias era tan elevada que con media docena de palabras les era suficiente para expresar todo el saber que ellos sustentaba, Hablaban tres clases de gentes: la Iglesia, el militar y el fascista, y empezaban igual y terminaban todos con las mismas conclusiones. Todo tenía que ser bendecido, coronado y santificado por la mano de cualquier tronco de árbol que bien pintado hubiese sido. Nada podía existir sin que un pedazo de madera no estuviese en medio. Para Franco se le pedían todas las bendiciones que todos los santos podían dar. Ya no quedaban santos que bendiciones no diera para quien tanto saber esparcía sobre el país. Por todas partes se podían ver esos espantapájaros clericales con sus monaguillos, que daban la impresión de los siglos XV o XVI. El cardenal Segura debía de estar contento, ya que él decía que en esos siglos hubiera querido vivir. La insustancialidad religiosa imperaba sobre este país, lleno de milagros y de manos cortadas que había que llevar a los lugares sagrados para que religiosamente guardadas quedasen. El ambiente en que el país vivía no podía ser más estúpido ni retrógrado, de un oscurantismo desconocedor de los momentos en que
vivía. Ellos han dicho siempre que España era diferente, y tenían razón, no había ningún país que como el nuestro fuese. La oscuridad de las cavernas imperaba sobre este país, en el que contentos y satisfechos, rechonchos y bien lustrosos, incultos y depredadores los hijos de dios mantenían gozosos un régimen de miseria, de opresión y de enterradores trabajando a destajo para poder cumplir con la enorme tarea de cavar fosas, y en más cantidad, cada día. Veamos una muestra de esas mentes privilegiadas que deberían salvar al país.
Los soldados de Franco entraron en Madrid el 28 de marzo de 1939, el día del natalicio de Santa Carmelita. Unos meses después de acabada la guerra, y ante tanta milagrosa coincidencia, el secretario de Franco pedía al obispo de Madrid que el generalísimo fuera el destinatario definitivo de la mano de la santa, porque era seguro que la mística doctora (…) estaría gustosísima de tener su mano al lado del caudillo, que se ha propuesto, con la ayuda de dios, forjar una nueva España que entronque con la imperial del tiempo de dicha santa.
Debido a que el generalísismo estaba protegido por dios y en su nombre actuaba, el obispo de Madrid no le iba a rehusar que junto a tanta sabiduría religiosa no pudiese estar esa mano de quien tan santa siempre fue. España estaba llena de santos, de piojos y harapos. Con Universidades e institutos apagados, ardían las velas en un país lleno de conventos, monasterios, iglesias y catedrales. Santos teníamos para vender a todos los países del mundo, pero nos faltaba el dinero para comprar libros, pues los que ya habíamos tenido perecieron en la hoguera. Sí, España era diferente y solamente podía haber una porque única era su Iglesia y también la mentalidad de los espadachines, educados y gestados en África, donde la desolación y la muerte supieron llevar. Escuchemos a otro de esos representantes de nuestras incomparables ciencias. El 1 de febrero de 1938, el general Aranda, jefe del cuerpo de ejército de Galicia, tras su entrada triunfal en la reconquista de Teruel, sacó de nuevo la procesión sobrenatural de Santiago, y en un telegrama enviado a su amigo Tomás Muñíz dijo: “Los soldados de Galicia han entrado hoy en Teruel protegidos y guiados por su veneradísimo apóstol Santiago y solicitaron conmigo la bendición de de V.E., que desearíamos viniera a dárnosla personalmente.
Aquí nos encontramos, una vez más, con los santos y sus milagros. Y nos tenemos que preguntar el por qué ellos tenían necesidad de todas esas bestias uniformadas que tenían para ganar la guerra.
Les hubiese sido más lógico que siendo estos santos quienes todas las batallas ganaban, los hubiesen empleado en vez de quienes expuestos tenían que ser a las balas de los otros. Pero la eminencia de Aranda, como la de TODOS ellos, era así tan rica en sustancialidad en todas las ciencias humanas. No, no podía extrañar que tanto desprecio en el exterior inspirasen y que durante cuatro lustros el país no llegase a levantar la cabeza y ponerse al más pequeño nivel de cualquier país de Europa. Ese fue el bello horizonte que de siempre se nos reservara. Ahora que aquí he mencionado la toma de Teruel, se me viene a la mente lo que el Campesino dijo después de que él dejase a 1500 de sus hombres en aquella batalla y que tuviera que romper el cerco en e1 que se encontraba metido en la ciudad, donde el mando comunista lo había condenado a muerte. A su salida de Teruel, encontró a Líster y Modesto, con sus fuerzas allí frescas y dispuestas a no moverse, en compañía de un general ruso. Estos habían dejado encerrado al Campesino y éste entró en una de esas rabietas que tan naturales le eran a su carácter. Les dijo de cobardes y traidores para arriba ya que lo habían abandonado en el interior de Teruel y habían permitido la entrada de Aranda, como aquí acabamos mencionar. El Campesino tenía una muy justa razón, aquel acto fue uno de los muchos que ellos hicieron, pues aquí podemos constatar que, en este caso, fue contra su mismo compañero, aunque bien sabemos el “cariño” que entre ellos existía. El Campesino, después de desahogarse a su gusto y manera, conociendo el percal les dijo: “Ahora, que la vieja acuse a Prieto de haber perdido Teruel y que organice manifestaciones para ponerse delante y salir en la foto. Este era el proceder clásico de la Pasionaria, que no dejo de hacer efectivas las palabras del Campesino. Prieto se vio acusado de todo lo que aquella víbora era capaz y las cosas tuvieron que terminar como par ellos tan “naturales” les eran, y así “ganábamos” cada día más la guerra, pero bien sabemos de la forma y manera en que todo se terminó. Ellos, con sus santos, llegaron a ganar y nosotros, con las diarias “victorias” que el Partido Comunista nos ofrecía, unos salimos para el largo exilio y los otros para dar pasto a los cementerios bajo la Luna. Los santos siempre nos fueron adversos.
Hay en esta insustancial calidad de seres algo que además de causar risa, por lo ridículo y estúpido que es, causa una gran inquietud al tener que constatar el atrofiamiento de estos cerebros que tenían que regir los destinos del país. Lo que en realidad no se puede esperar de mentes de esta clase, de dementes incapaces, es una pausada meditación de causas y consecuencias. No sabían más que rezar, oprimir, embrutecer y asesinar. Lo que en realidad el país necesitaba, en principio, era una buena cantidad de psiquiatras que pudiesen, si es que aun había tiempo, intentar analizar, y poner en marcha, esas cabezas carcomidas por una fe embrutecedora y negadora de todos los sentimientos culturales que naturales nos deben ser. Pero meditando bien podemos constatar que la psiquiatría tendría hoy mismo mucho hacer en los hom9
bres que nos desgobiernan, pues conocemos a algunas piezas que al taller de reparaciones tienen necesidad de ir muy a pesar de que ellos ni cuenta se den.
Al hablar de ellos es sumamente difícil de encontrar los medios para poder terminar. Las propias imágenes que nos han legado nos sacan de quicio. Tenemos la impresión de que en qué momento y país ha podido suceder algo tan falto de estética e intelectualidad. Casanova, en el texto que comentamos, nos muestra una colección de fotos de toda canalla estúpida y degradante en las que no solamente quedan reflejados en su carencia intelectual, sino también en un sólo gusto de la más burda estética. Se nos hace ver al enano de la venta, un obispo y a su señora al otro extremos, detrás de ellos una serie de payasos que cierran el circo de mal gusto.
Era un placer el poder observar al enano con su cara redonda, sus enaguas hasta los pies, como las ancianas de antaño, sus trapos, su gorro de cartón piedra y su bastón de mando para conducir el ganado de dios. Sus acompañantes, como él mismo, llevaban unos baberos blancos, que se parecían a los que cuando somos pequeños nuestras madres nos ponen para cuando los dientes salen y que la baba infantil no vaya sobre la ropa. Era ridículo totalmente grotesco el ver esas estampas que mostraban lo que en sí el país poda ser.
Era la España por la Iglesia deseada y necesitada, llenas de catedrales, de monasterios, de conventos e iglesias, cardenales, obispos, curas y sacristanes, vírgenes, ángeles, arcángeles y querubines, que estaban todos ellos ahí para hacernos felices con sus eternos rezos y cruces por doquier, pero en el que los libros faltaban y la ciencia era desconocida porque bien sabemos que jamás la quisieron. España era un “modelo” de incultura e ignorancia, donde imperaban la cruz y la espada, que desde siempre habían destruido el saber porque energúmenos como Millán Astray y Narváez no la podían necesitar, pero si podían imponer que los demás no la tuviésemos. Estas acémilas no tenían necesidad nada más que de su vulgaridad, pienso que por ellos mismos creada y para ellos apropiada. Así no tenían ninguna clase de reparos en presentar siempre la misma estampa del país al no tener ni sentir necesidad de otra cosa. España seguiría siempre siendo diferente a los demás y de ahí la incultura y la ignorancia que podía permitir que estas bestias pudiesen vivir y prosperar sobre los pesebres que tanto necesitaban. Cuanto más se miran estas estampas, más rabia e indignación se gesta en nuestro interior al constatar como seres desprovistos de todos los valores éticos y humanos podían llevar a un país y estas grotescas y tétricas estampas las podríamos conocer cuando los nazis ocuparon Europa, que la Iglesia la convertiría a toda ella en una vieja y ridícula España. Sí, allí donde la Iglesia mete su asquerosa pezuña impera la tristeza del vivir y el eterno ganado que la vara de un obispo o cardenal necesita para ir a pastar. Pero no seamos demasiado ilusos, que la estampa de la actual España difiere muy poco de esa tan despreciable que aquí vamos mencionando, nos falta el caudillo, nos sobran los payasos de las negras enaguas sin gusto ni estética. Cuanto más detenidamente se les observa, más angustia y desgana de vivir nos dan, son todo
El general Aranda (el represor de Asturias, brazo en alto, rodeado por los sostenedores del asesino régimen franquista
lo contrario de lo que la vida es y necesita.
En este país, que España se llamaba, había solamente una palabra que debería salir de todas las bocas de país y que debería agradecer a dios la sustancialidad que en el mismo imperaba. Aquí no se podía escuchar otra cosa que las cartas dirigidas a Pio X, y más tarde al Pacelli cuando ocupara ese delicioso puesto, cartas al muy santo padre de todos sus hijos más ilustres acerca de algo tan importante como era el que en las esquinas de la calles tenía que imperar la cruz de Cristo para que bendijese a los habitantes. Cualquiera de esas numerosa e indispensables vírgenes aparecían por todas partes, según las necesidades que la Iglesia tuviese en un determinado momento. Las cartas los telegramas, la felicitaciones, las órdenes pastorales, los rezos y el incienso apestaban y destruían el oxígeno del país por muchos que fuesen los árboles que quisieran darnos un poco de lo que tanto necesitamos para poder vivir. La peste religiosa se podía cortar con un cuchillo, impidiéndonos ver claro y poder respirar según nuestras necesidades. En el país hasta el sol estaba de luto y las estrellas de noche se negaban a resplandecer en sus lejanías, se alejaban de nuestros lares como si miedo tuviesen de que algún individuo como Gomá pudiese llegar a enturbiar sus relucientes paseos, que desde tantas décadas estaban acostumbradas a brillantemente hacer por aquellos sus lejanos lares.
Hasta las estrellas tenían miedo a la oscuridad que nuestros lumbreras esparcían por doquier. A pesar de los inmensurables distancias temían el que la desgracia nuestra les pudriese ser. Se angustiaban por nuestra mala suerte, pero hacían lo posible por no acompañarnos en nuestro tortuoso caminar. Ellas se dictaban sus pasos y no deseaban que algunas de nuestras glorias pudiese intentar entorpecer lo que desde tan lejanos días ellas habían conquistado. Conocían nuestra historia y no la querían compartir. Hay cosas que se abandonan con sumo placer.
En aquella España, “grande y libre”, rebrotaban los grilletes y las cadenas, de las grandezas patrioteras y estúpidas se desprendería el Sahara occidental, el protectorado de Marruecos y el Peñón de Gibraltar permanecería donde está, y ya sabemos su acción de siempre. De todas las glorias imperiales y ridículas que se nos querían hacer digerir les iba quedando el viejo y ridículo pataleo que en la misma actualidad podemos constatar con Cataluña y el país vasco. La incultura y ridículo que siempre les caracterizó nunca les permitió reconocer las realidades humanas que tan difícil les es sustentar en sus añejas y ridículas mentes. En cada momento en que las razones lógicas hay que exponer o respetar, siempre se encuentran con las mismas dificultades, no tienen posibilidad de estas cualidades conocer y respetar. De tal palo tales astillas y las que en la actualidad nos desgobiernan no desean dejar en ridículo a quienes las gestaron, son tan parecidos que nos dan la impresión de ser los mismos. Su biología no los engaña y los mantiene fieles a su tétrico y desastroso pasado.
Para ellos, para la Iglesia, como para los militares, que de siempre de la mano fueron cogidos, nosotros teníamos la culpa de todos los males que la guerra, por ellos impuesta, trajo sobre el país. El cinismo y la desvergüenza nos los abandonaría nunca y si en la actualidad se interrogase a sus descendientes dirían lo mismo. La falacia siempre sería su fiel compañera, a la que de la mano irían cogidos, no la abandonan porque es su propia esencia.
Lo hemos dicho y lo repetiremos en cada momento en que la necesidad se presente. Ellos cometieron un terrible y sangriento crimen que dejó al país en el fondo de un precipicio que bien podíamos saber lo que en sí debería ser para la continuidad de la existencia. Pero no tuvieron bastante, quisieron más, nunca se sintieron satisfechos, las bondades divinas se hicieron ausentes e imperó la muerte o la esclavitud. Ni tenían ni conocían otra cosa, como bien manifiesta Casanova:
“Ni el más mínimo atisbo de perdón hubo en Málaga, la ciudad que el obispo Balbino Santos Olivera llenó, tras la ocupación por las tropas fascistas e italianas, de tedeums, ceremonias religiosas, santificación de los mártires cristianos (como lo ha hecho tiempo atrás en Tarragona y que motivan estas líneas), purificación de los sitios profanados y proyectos de recatolizacion (Sí, toda la ñoña y estúpida faena que hemos señalado anteriormente, ya que sus pobres mentes no dan para más). Andaba preocupado el obispo por la ignorancia religiosa de los vencidos y que esperaba solucionar con lecciones y administración de sacramentos, por la reconstrucción de la familia y del matrimonio católico, pero no salió de su boca una sola palabra de condena del exterminio del vencido, de piedad para aquellos que el gran sentido de injusticias de Franco señalaba como culpables.
Trabajo no le hubiera faltado a don Balbino si hubiera querido adentrarse por ese espinoso territorio. Un mínimo de 1500 personas fueron asesinadas en los meses siguientes, en la cárcel, en el cementerio, paseaditos de noche. Entre el 8 de febrero de 1937 y abril de 1939 pasaron por la prisión provincial 819 mujeres y 4168 hombres, cifras que no incluyen a los detenidos en las otras cárceles de la provincia y los campos de concentración. Cadáveres que desaparecieron y nunca fueron registrados, inscripciones que representarían aquello de “herido por armas de fuego”.

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