Sin duda, en este mundo entregado a la locura, parece ser, si no contradictorio, al menos insensato arriesgarse a presentar un humanismo que se ingenie afirmar la posibilidad de reformar nuestras sociedades, por el ascendente del saber y del buen sentido.
Importa, ante todo, no renunciar a la esperanza, sin por esto dejarse mecer en una ingenua creencia que afirmaría el ineluctable destino del hombre hacia el bien y la perfección.
Porque, hay necesidad de decirlo y repetirlo, es sólo por el esfuerzo constante que el hombre guardará para sí lo que los siglos han arrancado a las bestias, a través de mil dificultades increíbles. De esta manera se afirma el humanismo libertario, en el curso de vicisitudes de la vida en perpetuo devenir.
Conócete a ti mismo. De Sócrates nos ha quedado esta imperativa expresión que indicó el primer esfuerzo a tantear. No se trata, pues, en primer lugar, de estudiarse a sí mismo, y después a los demás, ayudando a librarlos en la medida de lo posible. Y esto sin ilusionarse sobre la pretendida ayuda que se pueda aportar a los demás en lo referente al espíritu. Lo más que se puede hacer es producir la chispa que desencadenará en el individuo el deseo de conocerse y aprender.
Ya hace mucho tiempo que la palabra humanismo ha sido tomada en el sentido de erudición ética. Nos ha satisfecho invocar el humanismo de la antigüedad y el del Renacimiento, quedando ahí, para algunos, las manifestaciones de la vida.
Esa concepción del humanismo, demasiado uni¬versitaria, no puede ser aceptada por nosotros en tanto que libertarios. Debe ser muy ampliada, hecha más social, más humana. Para conseguir esto, y es lo esencial, la misión de un nuevo humanismo debe cooperar a la transformación de la estructura social de las sociedades y a la liberación del individuo.
Salvar los valores individuales, establecer “una justicia social”, conceder derechos al trabajo, a la libertad, en el seno de un mundo donde se establecerá un ser superior es lo que considero necesario, sin exaltar un mesianismo vulgar.
Pero desde un principio el humanismo parece bastante complejo. Constituye, si se puede decir, un conjunto de ideas bastante dispares y de tendencias diversas, que parece no orientarse hacia una asociación, si no es de intereses bastante fortuitos.
De este modo, el impulso humanista ofrece una extraña mecía donde los vicios y las virtudes se codean, aunque se registre el triunfo del coraje, mientras que por otro lugar se le lleva la ferocidad. He ahí el espectáculo donde se choca con los excesos sin nombre, y donde se afirma, en el origen de los primeros tanteos, un humanismo ya marcado por un abuso de investigaciones,
Gorgias, Protágoras, Aristipo; los cínicos: Antisthemo, Diógenes, Crates, cada uno con su linterna buscan un hombre, el hombre del mañana, aquél que se formará, aquél que se forjará. Nuestro amigo y compañero Camilo Berneri, en una página admirable que escribió cuando la guerra civil española, en 1936, daba algunas precisiones del humanismo, que no puedo impedirme citar; ellas son el reflejo de todo lo que un anarquista puede pensar de este mañana: “El término de humanismo no se comprende aquí en un sentido más amplio que aquél de regreso filosófico y literario a la antigüedad clásica. El término humanismo resume aquí el espíritu del Renacimiento y significa, además y por encima de todo, el culto al hombre tomado como base de toda concepción estética y sociológica”.
Nada de lo que es humano puede permanecer extraño al hombre que se afirma humanista. Ver al hombre en todo hombre, no verle solamente, sino esforzarse a comprenderlo, a elevarlo, a amarlo : querer que sea libre y feliz, es lo que perseguía Berneri demostrando y escribiendo: “El industrial cu-pido que en el obrero no apercibe más que al obrero; el economista que en el productor no conciba otra cosa que la producción; el político que en el ciudadano no aprecia más que al elector, viven alejados de toda concepción humanista de la vida social. Igualmente alejados de esta concepción estan los revolucionarios cuando, en el terreno de las clases, reproducen sus generalizaciones arbitrarias que -en el plano nacionalista- se llaman racismo y xenofobia”.
Sin lugar a dudas Berneri no ha faltado en precisar su humanismo y declararlo revolucionario, es decir, que según él, el revolucionario humanista es consciente del rol que juega la clase obrera en la revolución, y como esta clase obrera es oprimida, explotada y envilecida, él no tiene la ingenuidad de atribuir a la burguesía todos los vicios y al proletariado todas las virtudes; incluye a la burguesía en su sueño de “emancipación humana”.
Se puede pensar que el término revolucionario en nuestros días se presta a confusión, ya que hemos visto partidos y organizaciones revolucionarios donde, llamándose tales, actuaron con desprecio absoluto hacia el individuo y lo maltrataron atrozmente. Por otra parte, agrupaciones y sectas fascistas, racistas nacionales y socialistas bolcheviques, se proclaman de cierto espíritu revolucionario. Los unos, como los otros, han acabado con el hombre; han traicionado el humanismo revolucionario.
El individuo, para ellos, se había vuelto un peón, una unidad que se utiliza para las necesidades de la causa y del partido, sin tener en cuenta su personalidad o sus aspiraciones.
A merced de las fluctuaciones, de los titubeos, de las oscilaciones, de las irresoluciones, de los cam¬bios alternativos de las doctrinas, o de las elucubraciones imaginadas por cualquier demoniaco, el hombre debía abdicar su total personalidad, no ser más que un robot que se inclina ante las máquinas de pensar, a sueldo de las colectividades totalitarias, o pretendidamente demócratas.
P. Kropotkin precisó el sentido de la lucha
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eman¬cipadora haciendo constar: “Trabajando para abo-lir la división entre amos y esclavos trabajamos para la felicidad de los unos y los otros, para la feli-cidad de la Humanidad”.
Pero antes que él, Rabelais, en su Abadía de Theleme, y después de él los utopistas La Boétie, en su Servidumbre Voluntaria, y Erasmo, en su Elogio de la Locura, y Cervantes en su Quijote, Diderot, Sylvais, Goethe, Multatuli, elaboraron perdurables pensamientos que jalonan los siglos, vivificando el humanismo libertario, que las teorías anarquistas han asimilado en las obras de sus pensadores después: Véase W. Godwin, P. J. Proudhon, Bakunin, Tucker, P. Kropotkin, E. Malatesta, Landahuer, R. Rocker, H. Mushan, E. Armand, Anselmo Lorenzo, L. Fabbri, Galeani, M. Stirner, P. Ramus. Y coloco, a unos y otros, en una sucesión dispar que me ha hecho olvidar algunos, y tal vez de los mejores.
Pensadores de origen diverso, aristócratas, burgueses u obreros, no importa su extracción, ya todos se afirman humanistas preocupados en liberar el hombre, exaltar la fuerza, la personalidad, lo humano.
“Después de cada derrota del individualismo, la potente naturaleza hace surgir la fuerza bienhechora. Todo parece anonadado; un vasto silencio aplana a la Humanidad. Súbitamente un ruido desgarra el espacio. Después se elevan los estruendos y despiertan la naturaleza. Es la vida que aparece, y con la vida el individuo”.
Esas pocas líneas, sacadas del libro de Abel Faure, El Individuo y el Espíritu de Autoridad, son de una riqueza de pensamiento poco común. Y añade: “Todos los grandes movimientos que regeneran el mundo tienen como punto de partida el individuo; a él se deben las atrevidas hipótesis filosóficas que buscan el eterno conocimiento, y conducen las actividades humanas contra el muro de las creen-cias imbéciles; ahí está el recurso vivificante por el que las letras y las artes se rejuvenecen y engendran energías; es quien levanta la voluntad…”.
En unas líneas escritas como nota marginal en el capítulo “El Renacimiento”, de la monumental obra de Elíseo Reclus, El Hombre y la Tierra, se revela la profunda significación del humanismo que animaba a ese sabio geógrafo anarquista:
“La viril Humanidad futura, ¿no estará compuesta de hombres que cada cual se bastará a sí mismo, y realizará un mundo en torno a él?”.
Elíseo Reclus elaboró este pensamiento en El Hombre y la Tierra, figurando su exposición como una síntesis admirable del “íntimo lazo que unirá la sucesión de hechos humanos a la acción de las fuerzas telúricas”.
Este colorido humanista, descrito con precisión, revela la evolución de la naturaleza tomando con-ciencia de ella misma que, elevándose poco a poco, antes de la invención de la palabra articulada, de la del fuego y de la escritura, registra lo que las entrañas del suelo han revelado hasta el presente: Las costumbres, las invasiones, las Comunas. Inmenso panorama de lucha de razas, de naciones, en la constante búsqueda de un equilibrio, en el inmenso margen de un pensamiento, que no descuida nin-guna manifestación de esta evolución de los mundos y de las cosas. Y todo de acuerdo a lo que es la vida, a lo que es animado por el hombre, a lo que hace, como conclusión, esta entera comunicación de la Tierra y del Hombre.
Y si El Hombre y la Tierra fue para Elíseo Reclus el canto de cisne de sus escritos, si ese estudio ha marcado la coronación de toda su obra, también su persona testimonia una perfecta armonía entre su vida y su pensamiento, a cuya admirable constancia enlaza el amor y la simpatía a sus semejantes. No es menos grande el espíritu de solidaridad en él, como todo es dentro de todo para quien sabe poner un alma, según él mismo dijo algún día.
Paul Brien, profesor de la Universidad de Bruselas, habló, en una conferencia dada en “La Maison d’Erasme”, sobre “La Biología, Elemento de Cultura Humanista”. El Hombre y la Tierra queda, por el pensamiento que le inspira, en una de las más altas expresiones del humanismo contemporáneo.
Si el hombre del siglo XV se ha liberado del ambiente sociedad, para descubrirse en la plenitud de su fuerza, de su belleza y de su libertad, lo debe al humanismo de su época.
El humanismo libertario iba a hacer suya esta herencia sostenida, durante algún tiempo, por una pléyade de pensadores, de filósofos, de escritores. Por lo cual asistimos a un nuevo impulso del indi-viduo hacia un ideal donde se desarrolla con fuerza, elegancia y encanto, el saber y el valor intelectual.
Continuemos pues, la obra bosquejada a través de siglos, y hagamos por apresurar la realización de este humanismo libertario. Este constante pensamiento no debe de cesar de animar nuestra indómita voluntad, aunque serena, para llegar hacia nuestras ambiciones.
De la enseñanza de Elíseo Reclus necesitamos re¬cordar este ejemplo, que sin cesar deberá guiarnos; se revela como una profesión de fe de un humanismo perfecto: Un humanismo libertario.
“Seamos anarquistas por razonamiento, por voluntad, por carácter, pero seámoslo, sobre todo, por bondad. Ser bien su Yo para darse, he ahí el ideal”.
Humanismo Libertario, sin ninguna duda, pero no olvidemos que las transformaciones se hacen lentamente; es por lo que hay necesidad de trabajar con paciencia y abnegación, y crear una conciencia. Jamás hay que perder de vista que es de aproximación en aproximación; como lo escribió ese sabio anarquista, por pequeñas sociedades afectuosas e inteligentes, como se constituye la gran sociedad fraternal.
Pero el humanismo libertario se presenta hoy bajo mil facetas originales, y extrañas a la vez, si bien no pueden negarse aportes como esos de: Gerard de Lacaze Dutiers y su Artistocracia; L. Barbedette, y su Ciudad del Mañana; R. Rocker, y su Nacionalismo y Cultura; P. Kropotkin, y su Apo¬yo Mutuo; la obra considerable de Max Nettlau, y particularmente sus estudios sobre la Anarquía, sin olvidar las aportaciones de Stirner, Godwin, Proudhon, Armand y Tuker.
De este modo se perfila, a través del tiempo, el humanismo que nosotros, libertarios, desarrollamos incansablemente, esforzándonos cada cual a nuestra manera, para aportar una nueva piedra al edificio que se levanta en el curso de la evolución humana. Por otra parte, ¿no es esta nuestra razón de ser y de afirmar nuestra presencia?
El humanismo libertario es la Anarquía en Pensamiento y acción, es la vida.

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