Desde que entiendo un poco de política creo que mi país es una anarquía disfrazada en república democrática. Eso no solo por la actuación de los gobiernos elegidos por votos directos, como por cada ciudadano que se da el derecho de actuar según le dé la gana y después defenderse con el apoyo de la interpretación de la ley según su abogado.
El anarquismo, que según uno de sus más famosos defensores, Peter Kropotkin, es la aspiración humana a la libertad y el bienestar para todos los seres humanos sobre la superficie de nuestro mundo. En la mentalidad brasileña eso pasa a ser la aspiración de una libertad del individuo que poco se importa por la libertad y el bien estar de los demás, pues para que haya deseo de libertad para todos es necesario tener la confianza de que todos la merecen. Y confiar que todos la merecen es vivir anticipadamente en la utopía, ¡una hipótesis de cielo aquí en la tierra! Sin embargo, los brasileños siempre afirman que creen en el cielo…
Hace algún tiempo, regresando del Brasil en una compañía aérea americana, de precio más accesible que las brasileñas, pasando los ojos por las noticias del New York Times, me encontré con un artículo sobre el ministro de estrategias políticas, cargo para el cual fue nombrado por el presidente Lula y re¬nombrado por la Presidenta Dilma Rousseff para hacer al filósofo Roberto Mangabeira Unger regresar al Brasil, dejando su cátedra en la Universidad de Harvard. Pues entonces vi que él también tiene esa opinión de nuestros conterráneos. Sin embargo, él la define de manera más radical, diciendo que los brasileños son “payasos expresando disgusto por el sistema o libertarios disfrazados de súper héroes”. Eso parece un insulto, pero tiene explicación, y ella está en sus 15 libros, en los cuales defiende la idea de que hay que romper con las instituciones existentes para evitar la esterilización del potencial humano. De eso viene su declaración de que el Brasil es una anarquía creativa.
El pueblo brasileño está totalmente desamparado: el gobierno, con cualquier partido que haya vencido las elecciones, es históricamente corrupto por prestar obediencia al gobierno de los Estados Unidos; los trabajadores pueden ser miembros de un sindicato, que se supone vaya a defenderlos contra la arbitrariedad de los jefes, pero el sindicato es también corrupto; la elección de los gobiernos es secreta, pero igualmente falsa; los aumentos de sueldo o la recuperación económica prometida por los dueños del poder, otra hipocresía. Como en Brasil hay servicio militar obligatorio sin tener guerra, el policiamento se hace con los soldados del turno, es decir, por los jóvenes alistados a los 18 años, totalmente ignorantes por falta de escolaridad: ¡el ejército es compulsorio, pero la escuela no lo es! Eso resulta en una increíble cantidad de “pivetes” (niños en la calle) que roban, molestan y estorban a la gente que va de compras o a la escuela. ¿De qué vale tanta libertad?
Los intelectuales, escritores, periodistas, críticos y hasta los poetas exigen libertad de expresión y está muy bien eso, pero el Brasil es donde hay la mayor libertad para escribir contra el gobierno, contra las instituciones y contra todo. Todos los escritos apuntan lo malo, la corrupción, la falta de seriedad en la actuación de los políticos. Los blogs, facebooks, los artículos en periódicos y en internet están llenos de críticas y de protestas, que la gente lee y aprueba por coincidir con su propia opinión. Es tradicional ese ataque a los políticos, pero se sabe que no funciona nada en las elecciones: muchos candidatos, duramente criticados, ganan las elecciones por varios turnos consecutivos. Estoy de acuerdo con las palabras del escritor Jorge Fregadolli, en el editorial de la revista TRADIÇAO, que él edita y dirige: “Brasil necesita que hagamos un expurgo general en la vida pública. Tenemos el voto, que es la más eficiente de las armas. Basta usar bien el derecho de elegir, y listo: la vida pública se purificará”.
Lo mismo pasa con las paseatas en la calle: ¡pura diversión! Pues sabemos que el problema no es solo encarado por el punto de vista de los candidatos, sino que también de los electores.
De eso la fama que tiene el pueblo brasileño de no ser “serio”… y consecuentemente la fama de ser naturalmente anarquista, tomando el término en su sentido negativo. Para hacerlo positivo hay que dar a ese pueblo una educación social, que además de leer y escribir, los jóvenes estudiantes aprendan a actuar con honestidad y ética, individualmente primero y después colectivamente. La educación completa y verdadera tiene que ser civil y social, como se espera entre los utópicos y verdaderos anarquistas.
Brasil, ¿una anarquía creativa?
T. P.

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