Releyendo las viejas crónicas que hacen referencia a estos parajes, hoy desérticos, de nuestros queridos “Monegros”, sorprende al saber que estos lugares tuvieron verdor de vida y frutos de variadísimos colores, que tanto alegrarían los ojos de aquellos rudos campesinos.
Según las referencias históricas estos lugares estuvieron saturados de generosos bosques que, sin duda, serían un maravilloso lugar en donde podían habitar libremente las más bellas aves de esta rica floresta. Todo allí habría sido armonioso hasta que apareció el mandón de turno, nuestro señor el Rey Jaime I, El Conquistador, cabeza suprema de Aragón y Catalunya. Su Majestad tuvo serios problemas con los piratas berberiscos, señores entonces de las islas Baleares y de su mar Mediterráneo. Por lo cual nuestro buen Rey tuvo que hacerse de una numerosísima flota guerrera propia que, unida a la de los Pisanos, Venecianos y Genoveses, pudiese eliminar ese gran peligro, en el Mare Nostrum, que eran, sin duda, los crueles Berberiscos, que tanto asolaban las costas y los buques de cabotaje .
El Rey no disponía de una flota catalano aragonesa aceptable, por lo que se vio obligado a ampliarla construyéndosela en las playas de Tarragona, donde tuvo que montarse unos astilleros en la época.
Pero aún había otro problemita que resolver, y era la madera. ¿Dónde la podía conseguir? Cierto es que la había en varios sitios de Aragón o el Norte del país, pero estaban muy lejos, y era poco menos que imposible acarrearla hasta estas playas tarraconenses por su coste físico y material. ¿Qué hacer? ¡Pues nada más fácil! Arrasar los bosques de los Monegros. Y así se hizo de este lugar una prolongación del desierto del Sahara, paraíso para las lagartijas y los alacranes y lugar en que los matojos corren tras los perros que deseen orinar cerca de ellos.
Desde aquella ocasión nuestro “buen” Rey ecológico fue el único Monarca del mundo que logró tener una región de su tierra (como Los Monegros) flotando sobre el mar sin ser ninguna isla.
Aquello fue, sin duda, una barbaridad mayúscula y eterna, pues aún hoy tenemos que sufrir las consecuencias de aquella decisión y no es nada agradable el mirar estos páramos de los Monegros sin sufrir por tanta desolación vegetal. Pero el “buen” Rey Jaime antepuso la tranquilidad de sus dominios, de sus palacios y sus tesoros, sin dejar de mencionar sus vasallos, los siervos serviciales y sumisos. Es por estas razones que, al tener que juzgar al “buen” Rey, se debe de pensar que todo lo que él hizo fue por querer salvar su Reino, aunque perdió para siempre un hermoso pedazo de él.
Hace algún tiempo todos los baturros estaban de regocijo, pues un hermoso grupo humano, descendientes del nuestro “querido” Rey Jaime I, quería reunir sus pobres caudales para poder devolver a este santo lugar su vieAquellos
verdes bosques de los Monegros
Pedro Ibarra
ja historia de verdes colores, dignificando estos terrenos para poderlos convertir en el más hermoso de los lugares de la tierra y que estuvo a punto de serlo con el intento de llenarlo de palacios luminosos y de ruletas, bacarrás y bingos. Fue un intento de convertir Los Monegros en un verdadero paraíso de la Ludopatía con todo tipo de juegos de distracción, en donde se hubieran podido distraer los dineros y los seres humanos. Seres humanos dignificados, bondadosos y fieles padres y madres de familia que, a pesar de poseer el noble título de “Ludópatas”, no habrían abandonado jamás sus santos deberes como padres y madres. Aunque, sin duda, se podrían haber visto muy perseguidos por los Bancos para poder conseguir el importe de Hipotecas impagadas. Personas que, seducidas por el juego, hubieran perdido toda humanidad, arrastrándose sobre sus propias miserias, no solo a sus personas, sino a sus familias, arruinando hogares y patrimonios tras la locura del ciego juego.
La luminosa idea de intentar convertir estos páramos en un vergel de la ludopatía, igual o superior a la estadounidense de “Las Vegas”, nos llenó de frío sudor. Idea que, sin duda en su momento, fue digerida por benedictinos hombres de sanos negocios que, sedientos de honestas intenciones, habían ideado que este lugar, maldito por la decisión de un “buen” Rey, se hubiera podido transformar, al cabo de siete siglos casi, renaciendo sobre sus lagartijas y alacranes, en una moderna región llena de fichas de juego y luces de neón y de babeantes ludópatas enloquecidos por los números saltarines. Sin olvidarnos de los alegres e indispensables burdeles que tan repletos hubieran estado de bellas mujeres traídas de lejanos países con honestas proposiciones de unos muy felices matrimonios con gallardos caballeros del lugar, repletos de sudados euros conseguidos tras hacer sudar a los demás.
La triste persistencia de tener que ver lo poquísimo que interesa a los gobiernos el deseo de culturizar a este pobre pueblo y hacer de él seres humanos, buenas personas, solidarias y cultas, que tan poco abundan en nuestros lares, quieren hacer unos seres miserables y enfermos, arrastrando por sus locuras a todos aquellos que están en la vida gracias a él. ¿No habría sido más lógico y humano el intentar hacer en estos lugares escuelas, centros de buenas enseñanzas, universidades, teatros y espacios deportivos en donde se puedan forjar hombres y mujeres que puedan dignificar aquellas tierras, tan injustamente tratadas ellas y sus gentes?
Confirmado está lo que siempre hemos opinado de que jamás los Estados han ilustrado a los pueblos, pues siendo blanda la masa es más fácil la figura, por lo que será siempre mucho mejor no culturizar “al Tigre”, pues éste quizás un día se puede volver contra sus culturizadores mandones.

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