Teresinka Pereira

“El hombre es, ante todo, un animal que juzga”, dijo Nietzsche con mucho acierto. Todo lo miramos con ojos de crítica, sea un texto que leemos, un cuadro que miramos o el vestido de una amiga. Y por supuesto, si tenemos hijos, ellos son las mayores víctimas de esta manera de mirar, aunque podamos afirmar que no tenemos prejuicios. La realidad no se ve de la misma manera por cada uno de nosotros. Tenemos un filtro, no especialmente en los ojos, sino en el pensamiento, que nos hace juzgar lo que vemos.

La visión es nuestra capacidad primaria para el conocimiento y la comunicación con los demás humanos, y por ella nos informamos de quiénes son los que se acercan a nosotros. Pero las personas que vemos no son exactamente los que vemos con nuestros ojos críticos. Dentro de las ropas y vestidos lindos están varios detalles de elecciones según la personalidad o el momento del individuo que la usa. Muchas veces nos equivocamos al intentar desvendar esa personalidad.

Y cuando nos vemos a nosotros mismos en un espejo, muchas veces tratamos de conocernos o de saber quien somos en la realidad. En eso somos casi ciegos, mirando sin entender porqué tenemos esa mirada que nos refleja mirando… Los ojos preguntando: “¿Quién soy?”, no como en el poema de Jorge Luis Borges, que era ciego y dijo al final de “El ciego”:

“Pienso que si pudiera ver mi cara

 Sabría quién soy en esta tarde rara”.

 

Pero siempre nos criticamos no solo la mirada, sino la boca, las cejas, la nariz… Nos gustaría ser más perfectos.

Además de la visión, hay otros sentidos que nos ayudan a criticar, a nosotros y a los demás: el olor y la voz. En el deseo de oler bien, usamos desodorantes y perfumes, aunque siempre nos deparamos con las críticas sobre si el olor es muy fuerte, si es agradable o desagradable. Y la voz es un gran objeto de la crítica, pues si la persona es tímida, y habla bajo, recibe quejas de quien no la puede oír, o si habla muy alto, se quejan todos al rededor, que la juzgan autoritaria.

He tenido siempre problema con mi voz. Era tímida en la escuela, hasta la universidad. Los profesores se quejaban. Yo hacía esfuerzos para hablar más alto, pero era un sacrificio. Decidí tomar clases de teatro, para aprender a hablar claro, alto y con buena entonación. Pero al representar, todas las veces que necesitaban una actriz para representar a una niña, me ponían en ese papel. Lo peor era en la casa, ya grande, casada y con hijos, yo contestaba el teléfono y me decían: “¡Por favor, llama a tu madre!”.

La crítica que más nos interesa es la literaria. Por más que un lector diga que no critica la obra que tiene en las manos, sabemos que está mintiendo. En su mente, cada libro, página e incluso las palabras están pasando por un juzgamiento serio y honesto, que él o ella guarda para sí mismo. E igual pasa con los críticos, que anuncian que son imparciales. Puede ser que sean imparciales en el momento de decirlo, sin embargo, en su convicción tienen un juzgamiento propio que quizás no sepan expresar. Y si hay textos que leemos y no entendemos parece que tenemos como un cisco en el ojo… Como criticar lo que no entendemos. Pues al confesarlo, aunque sea a nosotros mismos que no lo entendemos, estamos haciendo una crítica.

Los críticos literarios responsables actúan como el crítico brasileño Fábio Lucas, que afirma “lee y relee con la finalidad de recoger lo máximo de la potencialidad de la obra”. Esta es la manera honesta de hacer una crítica, sin aterrorizar al escritor, que muchas veces escribe disciplinándose para que la crítica no lo ataque.

Como actriz y persona libre, quiero popularidad, y a veces digo: “¡hablen mal, pero hablen de mi obra!”.

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